LOGINMario decidió seguir recorriendo la feria. Era su primera vez allí y quería ver qué tipo de animales extraños o adorables se exhibían.
Mientras caminaba, se sorprendió al ver cuatro avestruces. Los había visto en libros y videos, pero no imaginaba que fueran tan altos y robustos.
—Bien, empecemos con la subasta de la primera pareja de avestruces. —La puja comienza en quinientos mil dalias, con incrementos de cincuenta mil.
Mario se alejó, pues no le interesaba. A medida que avanzaba, notó que todo en la feria giraba en torno a subastas. Desde aves hasta ovinos y caprinos, cada animal, grande o pequeño, era subastado.
—¿Acaso en esta feria todo se subasta? —preguntó Mario.
Alguien que lo escuchó respondió:
—Veo que es tu primera vez aquí.
—¿Qué pasó con la feria? —preguntó Mario, sacando el folleto que le había dado su padre.
La persona lo examinó y dijo:
—Qué raro… este folleto tiene la fecha mal. Es de hace siete años.
—¿¡Siete años!?
—Las cosas cambiaron recientemente. Ahora todos los animales que están en esta feria serán subastados al final del día.
—¿Todos los animales? ¿Y los concursos?
—Sí, bueno… antes los concursos servían para mostrar la belleza, fuerza e inteligencia de los animales. Los ganadores podían seguir viviendo o intentarlo el siguiente año. Eran tiempos hermosos. Pero ahora, los concursos solo sirven para presentar al animal antes de subastarlo. Ya no los ven como compañeros, mascotas o amigos… solo como ingresos.
—Bueno… qué se le va a hacer. Los tiempos cambian.
Mario se quedó helado. Luego salió corriendo, lo más rápido que pudo, hacia el área de las vacas del concurso.
Mientras corría, pensaba:
¿Será que mi padre me engañó? No… él no haría eso… ¿o sí? Tiene que haber una explicación.
Al llegar, vio que su padre no estaba. Se acercó a uno de los ayudantes, que estaba cepillando a Rex.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó, jadeando cansado.
El ayudante lo miró, entendiendo lo que pasaba.
—Se fue a comprar algunas terneras para la granja. Debe estar por allá.
Mario se dirigió a la zona indicada. Había muchas personas, probablemente productores de leche o carne.
Recordó algo y se detuvo:
—Él siempre compra las mejores vacas. Cuando subasten una Holstein, seguro que él ganará. Solo me queda esperar.
—Bueno, señores, esa fue la última ternera Normando. —Ahora, para cerrar, comenzaremos con la subasta de las terneras Holstein. —Este año solo disponemos de veintidós ejemplares. —La puja comienza en ciento veinte mil dalias (12 mil dólares), con incrementos de veinte mil.
—Aquí está la primera. Es la más joven de todas. ¡Empiecen!
—Ciento cincuenta mil… ciento setenta mil… doscientos mil… doscientos veinte mil… doscientos cuarenta mil…
La gente dejó de pujar. Normalmente se vendían a doscientos cincuenta mil (25 mil dólares), ya que hacerlas crecer para que produzcan leche tomaba tiempo y dinero.
—Doscientos cuarenta mil a la una… a las dos… ¡vendida!
Mario se abrió paso entre la multitud:
—Permiso… necesito pasar…
Pero al llegar, vio que no era su padre, sino uno de sus amigos.
¿Dónde está mi padre? —pensó.
En ese momento, alguien le tocó el hombro. Era otro de los ayudantes.
—Joven Mario, su padre lo llama. Quiere hablar con usted.
Mario lo siguió hasta donde estaba Rex. Al verlo, dijo molesto:
—¿Me puedes decir por qué me engañaste?
Su padre lo miró con calma.
—¿De qué hablas? Ah… ya entiendo. Verás, hijo, en este negocio hay una lección muy valiosa.
—¿Cuál lección? —pregunto algo confundido.
—Nunca te encariñes demasiado con los animales —dijo su padre sonriendo.
—Me dijiste que si Rex ganaba, podría quedarse —dijo Mario molesto.
—Yo nunca dije eso. Dije que si no ganaba, le esperaría el mismo destino que los demás.
—¡Pero tú sabías lo que significaba para mí!
—Hijo, debes ser más listo que los demás, no confíes en todo lo que veas en internet. Mira a esas personas… perdiendo su tiempo en la subasta. Solo quedan las sobras.
—¿Y por qué no estabas en la subasta? Pensé que comprarías algunas terneras —dijo algo confundido.
—Y lo hice. Antes del día de la subasta hablé con algunos dueños y me llevé las mejores. Planeo expandir el negocio familiar. Abriré otra granja de leche.
Mario se sintió traicionado. Volviendo al tema, preguntó:
—¿Qué le pasará a Rex ahora? —pregunto Mario.
—Será subastado —dijo sonriendo.
—¿¡Subastado!?
—Me encantó ver cómo lo cuidabas, cómo lo hacías crecer. Lo hiciste bien. Ahora él es un ejemplar hermoso… y gordo. Hoy verás los frutos de haberlo criado bien.
—¡No! No dejaré que lo subastes. Me lo llevaré —dijo Mario molesto.
—Lo siento, hijo. Ya lo inscribí. No puedo permitir que lo retires así. Me haría quedar mal.
Mario se alejó, frustrado. Pensaba qué hacer.
¿Y si lo compro?
Tenía 745 mil dalias ahorradas (74.500 dólares). No gastaba mucho, pues se dedicaba a estudiar y a cuidar a Rex.
¿Vender mis cosas? ¿Pedir dinero prestado?
Calculó: vendiendo su PC Gamer, tablet, celular y otros objetos… no alcanzaría.
Maldita sea… ¿qué puedo hacer?
Recordó las tarjetas de crédito que recibió por su cumpleaños. Tal vez tenían un límite.
Sacó su celular y llamó al banco.
—Hola, habla Mario. Quería saber cuál es el límite de mi tarjeta.
—Hola, joven Mario. Déjeme ver… su límite es de dos millones de dalias.
Maldita sea… no será suficiente.
Sabía que Rex podría subastarse entre siete y nueve millones.
—¿Puedo pasar ese límite?
—Claro, siempre y cuando su padre se encargue de la deuda. Tendrá que pagar un interés del cinco por ciento antes de un año. ¿Está de acuerdo?
—Sí, claro que sí.
—¿Cuánto desea prestarse?
—¿Cuál es el límite máximo?
—Doce millones. Si desea más, debe venir personalmente. El interés sería del siete por ciento.
—Perfecto. Quiero el préstamo de doce millones.
—Muy bien. Su saldo es de doce millones setecientos cuarenta y cinco mil dalias (1.274.500 dólares)
—Gracias.
Mario estaba feliz. Podía comprar a Rex y tendría un año para pagar la deuda. Tendría que vender cosas, rentar a Rex como reproductor… pero no dejaría que otro se lo llevara.
Le pareció extraño que le permitieran el préstamo tan fácilmente. ¿Tal vez confiaban en su padre? No importaba eso ahora, lo que importaba era recuperar a Rex.
El concurso comenzó. Mario vio que había siete vacas participando, incluyendo a Rex.
Los resultados fueron anunciados. Rex no ganó, pero obtuvo el segundo lugar.
Mario sonrió. Si hubiera ganado el primer lugar, el precio habría sido aún más alto.
—Bien, empecemos la subasta con el primer puesto.
Mario estaba nervioso. Después de esa vaca, seguiría Rex.
En ese momento, alguien dijo:
—¿Mario? ¿Qué haces aquí?
Mario volteó. Era Cecilia, la chica que había ofrecido cien mil dalias por los pavos reales.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
—Estas vacas de esa raza son lindas, esponjosas, suaves y hermosas. Me gusta coleccionar animales lindos. Así que te sugiero que elijas del tercer lugar hacia abajo… porque me llevaré al primero y segundo.
Con una sonrisa maliciosa, añadió:
—Planeo agregarlos a mi colección.
Al día siguiente, Mario decidió vender la granja. Quería pasar más tiempo con Cecilia y cuidarla después de casarse. Pero Ino quería quedarse con la granja.Mario no estaba tan seguro de dársela. La primera vez que la llevó allí, los animales de engorde se asustaron tanto que uno escapó. Ino lo persiguió y, al alcanzarlo, se lanzó sobre él como un tigre. El animal terminó desmayado del susto.Mario la convenció de que se dedicara solo a la confección. Heredaría las fábricas y la fortuna que le dejó Adrián, su verdadero padre. No tendría tiempo para administrar una granja. Ino dejó de insistir. Después de pensarlo, Mario tenía razón.Esa misma tarde, Karma visitó a Cecilia. Manipulando su rostro, le devolvió su apariencia. También le informó que su clon le enviaba la mitad del dinero de la familia que la maltrató. Le pidió que viviera feliz, igual que ella, y que no lo contactara más. No quería recordar nada de esa familia.Esa noche, la santa visitó a Ino. Le contó todas las habilidade
Para Ino, aquello era una buena noticia. El ser llamado “el guardián” no mentía. Si alguien rompía la promesa, moriría al instante. Así que ahora estaba segura: sus padres estarían a salvo.Ino les dio su sangre con esa autoridad. Después de eso, Seven y Malty se retiraron.—Bien, ya todo está resuelto. En ese caso, me retiro, joven Redsy —dijo el guardián, antes de abrir un portal y desaparecer.—Ya que se resolvió… ¡vamos a comer y festejar! —dijo Yuno, mientras el oro dorado la cubría por completo—. Qué bien se siente estar rodeada de oro. Vamos, no se contengan… dejen salir su naturaleza.Ino sacó sus armas de caos: tentáculos con cabezas de serpientes de dientes afilados. Mientras ella comía, sus serpientes también devoraban. Todos se sorprendieron al ver que Ino y sus armas se comían incluso los platos… como si fueran galletas.—Eso es interesante —dijo Yuno, fascinada—. Veamos cuánto puedes comer… Ino, ¿qué tal si apostamos?—¿Qué apuesta? —preguntó Ino, interesada.—Si puedes
Al día siguiente, después del desastre de la cena, Karma estaba molesto. Reunió a Aida e Ino en la sala de profesores durante el recreo.—Escuchen, Aida, Ino… hablé con Redsy esta mañana. Dijo que el problema con Seven es más complicado de lo que pensábamos. Tiene negocios con Yuno, la representante de la avaricia. Redsy pidió que acompañemos a Ino en caso de que las cosas no salgan bien. Nos reuniremos con Seven, Yuno y Redsy esta noche.—¿Por qué debería ir yo? ¿No sería suficiente que tú vayas con ella? —dijo Aida, molesta por tener que ver de nuevo a Redsy.—¿Vas a dejar sola a tu aprendiz? —respondió Karma, molesto.—Maldita sea… está bien. Los acompañaré —dijo Aida, resignada.Ya en la noche, Karma abrió un portal y los llevó a una gran sala con una mesa redonda repleta de comida. Allí estaban Yuno, Redsy y Seven. Los tres estaban acompañados.Karma se sintió incómodo al ver a la acompañante de Seven.Ino se sentó entre Aida y Karma, lista para ser protegida si las cosas se salía
—Hee… se llama… —dijo Ino, nerviosa.—Esa información es privada —interrumpió Aida rápidamente, sonriendo.—Ya veo —dijo Redsy, sonriendo—. Ahora que lo recuerdo, Karma me dijo que querían que eliminara a Seven, ¿verdad?—Sí. ¿Lo vas a hacer? —preguntó Ino, mientras llegaba la comida—. Sigan trayendo más, por favor —añadió, comiendo feliz.—Sí, pero a cambio… me encantaría tener una cita con usted, señorita Aida —dijo Redsy, sonriendo.—Lo siento, pero estoy casada —respondió Aida, molesta por dentro, aunque manteniendo la sonrisa.—Solo es una cita —insistió Redsy—. Incluso puede llevar a su hija. Ella podrá comer todo lo que quiera.—¿Más comida? —dijo Ino, interesada.—Lo siento, pero estaré ocupada —dijo Aida, cada vez más molesta ante la insistencia.—Pero aún no te he dicho el día —dijo Redsy, sonriendo.—Karma, dile a tu amigo que me deje en paz —dijo Aida, molesta.—Redsy, creo que es mejor que no insistas —dijo Karma, preocupado.—Ya dejemos de jugar. Sé que no estás casada.
—Dime, Ino… ¿ya puedes ver la barra de amor? —preguntó Aida, sonriendo.—¿Barra de amor? ¿Qué es eso? —dijo Ino, confundida.—Es un medidor de afecto, por así decirlo. Mientras más alto sea, más amor siente una persona por otra. Puedes ver cómo sube o baja dependiendo de con quién esté —explicó Aida, con una sonrisa.—Muchas gracias por la información, Maestra Aida. Ahora seguiré con lo que tenía planeado —dijo Ino, sonriendo.—Espera un momento, Ino —dijo Aida, deteniéndola—. Dame esas cartas de odio que recibió Koizumi.—¿Qué? —dijo Ino, sorprendida.—Lo siento, Ino. No puedo permitir que castigues a otros estudiantes. Eso es trabajo de los maestros. Así que… dame esas cartas —dijo Aida, extendiendo la mano.Ino, algo molesta, se las entregó.—Bien. No te preocupes, nosotros nos encargaremos —dijo Aida, con una sonrisa.—En ese caso, volveré con Koizumi y Azuma —dijo Ino.—Ino, si no te importa… quisiera acompañarte a esa invitación —dijo Aida.—¿Por qué quiere ir? —preguntó Ino, co
Ino estaba sola en el hospital, sentada al lado de Mario. Había decidido ir sin Erika. Se dio cuenta de que, en vez de ser una ayuda, Erika sería una carga. Al fin y al cabo, solo era humana. Sus manos eran rápidas, sí, pero no lo suficiente.—¿Qué se supone que debemos hacer? —pensó Ino—. ¿Debemos decírselo?—Yo creo que no —respondió Jubi desde su mente—. Eso podría preocupar a Cecilia… y afectar al bebé.—Necesitamos más poder —dijo Ino, preocupada—. ¿Viste cómo dejaron a Karma y a la santa?—Si abandonas tu humanidad, serás más fuerte. Incluso más que Karma —susurró Jubi.—No lo haré. Lo guardaré como último recurso —respondió Ino, molesta.—No te preocupes, Ino. Cecilia está bien. Solo es un chequeo. Cuando salga del hospital, iremos a celebrar que está embarazada. Podrás comer todo lo que quieras.Mario pensaba que Ino estaba preocupada por el desmayo de Cecilia. No sabía nada de lo que había pasado en su casa.—Sí… vamos a celebrar —dijo Ino, fingiendo una sonrisa.En otro luga