Mag-log inEl bosque había dejado de ser un refugio hacía mucho tiempo. Para Nyxara, era solo un lugar donde sobrevivir un día más.
Un mes había pasado desde que su familia la ayudó a huir y la dio por muerta ante la manada Evermist, y en ese tiempo aprendió a moverse como una sombra: sin dejar rastro, sin llamar la atención, sin pertenecer a ningún sitio.
Su cuerpo ya no respondía como antes. Estaba más delgada, más débil. Su loba apenas despertaba, reducida a un murmullo lejano. —Sigue… —susurraba a veces. Y Nyxara seguía. Aquella mañana, el hambre le apretaba el estómago con más fuerza de lo habitual. Se detuvo un momento, apoyándose en un árbol, cerrando los ojos. —Solo un segundo —murmuró. Pero entonces, percibió un aroma bastante fuerte que le dió arcadas. Frunció el ceño. Era como si el metal, el sudor y la sangre se hubieran fusionado... Sus ojos se abrieron de golpe. —No… —Miren lo que tenemos aquí —dijo una voz. Nyxara giró. Uno. Dos. Tres… cuatro hombres la rodeaban. Sin marcas. Esos hombres no tenían manada seguramente. Increíble. Un mes y ya había sido interceptada por los jodidos Lobos Sombra... quienes obviamente movían el mercado negro en las sombras. Retrocedió un poco. —Estoy… solo de paso —intentó decir, con la voz más valiente que pudo evocar. Uno de ellos rió. —Y nosotros también. Pero tú nos vas a servir más. Otro se acercó, olfateándola. —Está débil —dijo—. Será fácil de dominar. Nyxara apretó los puños. —No se acerquen. El hombre sonrió. —¿Y qué vas a hacer? Intentó moverse, pero su cuerpo no respondió. El golpe la tomó por sorpresa. Todo se volvió negro. ───── ☪ ───── Cuando despertó, el mundo se sacudía. El traqueteo constante le revolvía el estómago. Abrió los ojos lentamente y lo entendió de inmediato: una jaula, una carreta, otros cuerpos alrededor. Intentó moverse. Las cuerdas en sus muñecas la detuvieron. —Carajo —respiró hondo, controlándose. —Ya despertó —dijo alguien afuera. Nyxara giró la cabeza. El mismo hombre. —¿Dónde estoy? —preguntó, con la voz áspera. Él sonrió. —En camino a venderte. Nyxara apretó la mandíbula. —No soy mercancía. El hombre soltó una carcajada. —Ahora sí, eres nuestra. Golpeó la jaula con los nudillos. —Y más te vale comportarte. Te van a querer entera. Nyxara cerró los ojos... De acuerdo. Simplemente iría con la marea. ¿Qué tan malo podía ser? Quizás acabaría siendo criada de algún rico. — El Reino de Molvking no necesitó presentación. Nyxara lo sintió antes de verlo. Ahí el clima era mucho más delicioso que en ningún lugar, resumaba un poder casi celestial por estar en los terrenos donde la Diosa Selene creo a los primeros hombres lobo. Cuando la bajaron, casi cayó al suelo. —Camina —gruñó uno, empujándola. Avanzó como pudo entre todas las personas que venían con ella en la carreta. Todos fueron evaluados con rapidez. —Esta —dijo uno de los captores, empujándola hacia adelante—. Joven y fértil. Una Omega de bajo rango. ¿Qué les parece? Nyxara se mantuvo en silencio. Un hombre bien vestido se acercó, observándola con calma. —Está demasiado delgada. —Se recupera —respondió el otro—. Mírale los ojos. Nyxara dudó… pero levantó la mirada un segundo. El hombre se quedó quieto. —Mmm... Interesante. Esos ojos ya no existen más. Ella bajó la mirada de inmediato. —¿Para qué la quieren? —preguntó un guardia. —El palacio necesita una nodriza. El corazón de Nyxara dio golpes frenéticos en su tórax. Su mano se llevó instintivamente al pecho. El dolor… la presión… la leche que su cuerpo seguía produciendo. La querían comprar por la leche que iba a ser de su bebé. —Esta sirve —decidió el hombre. Y así de fácil... Fue vendida. ───── ☪ ───── El palacio no le gustó desde el inicio. Todo era demasiado ordenado y perfecto, muy pulcro; con muchas cosas ostentosas que gritaban: «¡Soy el maldito Rey, obedezcanme!» —No hables si no te preguntan —le dijo una mujer mayor. Nyxara asintió. Cruzaron varios pasillos hasta detenerse frente a una puerta. —Y no lo mires directo —añadió la mujer. Nyxara no respondió, porque la puerta se abrió en ese instante, así que entró. Un hombre las recibió de espaldas. —¿Otra más? —dijo sin girarse. —Majestad, ella es... —No me interesa. Se giró entonces. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, podía sentirlo aún con la mirada baja. —Si la enviaron para entretenerme, pueden llevársela —dijo—. No está a la altura. Muy delgada, demasiado alta y personalmente no me gusta su aroma. Nyxara frunció ligeramente el ceño. ¡Vaya porquería de Rey tenían! ¿En serio, su aroma? El maldito debía tener pulgas y la criticaba a ella. La mujer intervino rápido. —Majestad, ella vino para servirle a... —¿Esa, Yalet? —la interrumpió—. Parece que no ha comido en días, seguramente que si respira muy fuerte se rompe como una ramita. Nyxara lo miró directamente a los ojos, harta de su falta de tacto. —No vine para usted. El silencio fue inmediato, hasta la mujer a su lado se tensó y le apretó la mano con fuerza. Pero ella no titubeó, ¿por qué habría de temerle? Había pasado por el averno y salido victoriosa. Si tenía que luchar con el mismísimo Satán, ¡pues que lo manden al ring! —¿Qué dijiste? —preguntó él. Nyxara sostuvo la mirada. —Que no vine para usted. Asheron la observó unos segundos que parecieron horas. Luego soltó una risa breve. —Interesante. Se acercó un paso. —Todas dicen algo distinto. Luego hacen lo mismo. Nyxara negó. —No soy lo que cree. —¿Ah, no? Se acercó más, lo suficiente para percibir su olor. Se detuvo frunciendo el ceño. —Espera... Inhaló ligeramente. —Eso no es perfume. La mujer habló rápido. —Majestad, como le intenté explicar, es la nueva nodriza. Asheron volvió a mirarla, ahora con más atención. —¿Es cierto? ¿Tú, pequeña ramita? Nyxara asintió. —Sí. —¿Desde cuándo? —Un mes. —¿Sin cría? —Sí. Él la observó en silencio unos segundos más. Luego señaló con la barbilla. —Acércate. Nyxara avanzó. Cada paso le costaba, pero no se detuvo, se plantó frente a él. Asheron la examinó sin disimulo. Su estado físico, sus manos, su postura. Y después sus ojos. Se detuvo ahí. —No son comunes tus ojos, ¿sabías? Nyxara respondió sin pensar demasiado. —Nunca lo han sido. Él ladeó la cabeza. —Eso lo veo. Hubo un segundo de silencio. —¿Sabes lo que haces? —preguntó. —Aprendo rápido. —Eso no es lo que pregunté. Nyxara sostuvo su mirada. —Lo suficiente para no fallar. Asheron alzó una ceja. —Eso es mucha confianza para alguien en ese estado. Nyxara no respondió, se quedó estoica para validar su punto. —Bien —dijo finalmente—. Se queda. La mujer asintió. —Sí, Majestad. Asheron dio medio paso atrás. —Si falla, se reemplaza. Nyxara habló antes de que se retirase. —No voy a fallar. —Eso dicen todos —canturreó. —No todos sobreviven un mes solos en el bosque luego de un aborto forzado. Créame, soy muy fuerte. El Rey alzó una ceja pero salió de la habitación sin decir nada. Un minuto después, soltó el aire que tenía retenido en los pulmones. No había conseguido su libertad... solo había cambiado de dueño. ¿La mejor parte? Que como los perros, ella había aprendido nuevos trucos.Más tarde, acompañada por Annika, visitó al Alfa Cassian y al antiguo líder, Thomas Thorne. Ambos la esperaban en una sala privada adornada con reliquias de generaciones pasadas. El aire tenía aroma a pergamino viejo, antiguo. Se preguntaba porqué habían solicitado su presencia con tanto misterio detrás. —Queremos mostrarte algo —dijo Cassian con solemnidad. Puso sobre la mesa un gran álbum cubierto en cuero con símbolos del viento. Lo abrió con cuidado, revelando páginas donde fotografías mágicas se movían suavemente como si respiraran. —Este es el legado de tu bisabuela —dijo Thomas—. Fue una mujer sabia que llegó con gran conocimiento aquí. Descubrió que era mate de mi padre y le conto sobre su gran misión con la Diosa Selene, él acepto claro está. Dayleen se quedó sin aliento. Era ella. La mujer del cuadro. Su reflejo más antiguo. Tenían la misma expresión desafiante, la misma curva en los labios, la misma chispa en los ojos. Le dolió el corazón por aquella mujer a la
Dayleen despertó con el sonido del viento silbando suavemente entre las cortinas de lino blanco. La luz era distinta en el reino del Aire, casi irreal. No había calor ni frío, solo una calma que parecía no pertenecerle. La marca de Xavier aún ardía en su cuello. Una mordida que decía “eres mía”, pero no disipaba su confusión. ¿Qué hombre vivía en su corazón? Uno la destruyó, y el otro lo estaba reparando. Annika tocó suavemente la puerta. —¿Estás lista? Hay un rito esta mañana. La Sacerdotisa del Aire unirá a una pareja de mates que cumplen dieciocho hoy. —¿Mates verdaderos? —Sí —asintió con una sonrisa nostálgica—. Es tradición aquí. Se les presenta ante la manada del Viento, y el vínculo se sella con el primer aliento del alba. La misma Selene bendice esa unión y brillará si es auténtica. Dayleen no sabía por qué sus pies la llevaron hasta el salón. Tal vez para entender lo que otros vivían. Tal vez para confrontar lo que a ella le fue arrebatado. ─────༻✧༺───── El
Al terminar el banquete, cuando la música se apagó y cada quien se retiró a sus cabañas semi flotantes, Cassian y Thomas la guiaron hasta un jardín privado. —Tenemos que contarte la verdad —dijo el anciano Alfa con tono serio. Frunciendo el ceño, se acercó para sentarse junto a ellos en la mesa de piedra. Y lo que escucho a continuación cambio por completo su forma de ver el mundo hasta ahora. Le explicaron que lo que conocían hasta ahora era apenas un fragmento del mundo. Que las manadas del oeste, del sur y del este no eran las únicas que existían. Existían otras repartidas más allá del velo protector, más allá de la zona de los pícaros; pero no todas estaban conectadas. Habían otras manadas elementales: hielo, rayo, sombra, espíritu… algunas en guerra, otras dormidas, aisladas de las otras. —Este mundo es más vasto de lo que imaginaste, Dayleen. Tu destino no es solo aquí. Es más grande —dijo Cassian con gravedad—. La abuela Maery nos dejó claras instrucciones acerca de la e
El amanecer llegó demasiado rápido. Dayleen se incorporó con un sobresalto, la respiración entrecortada y la piel perlada de sudor. El eco de la risa de aquella diosa aún latía en sus oídos. —Venuket… —susurró—. Maldita seas. Su loba temblaba, y no era de miedo. Era por vergüenza. Por no haber podido protegerla. Aún eran débiles. Vulnerables a los ataques mentales de entidades más antiguas. Más oscuras. No conocían el alcanza de su propio poder ni cómo activarlo. Lo que sucedió con las sirenas no parecía que fuera a pasar nuevamente. ¿Cómo rayos pudo invocar el fuego para deshacer un hechizo? «Debemos fortalecernos, Dayleen. No podremos huir de todos los ataques. En algún momento tendremos que pasar a la ofensiva», dijo su loba con un susurro apagado. —Lo sé… —susurró ella mientras se envolvía en su capa—. Pero no quiero volver a sentirme así. Frágil. Está jugando con mi mente y no me gusta nada. ─────༻✧༺───── A medio día llegaron finalmente a la entrada del Reino del
El coraje le envolvía el corazón, la ira que sintió no desapareció. Pero no hizo nada, porque una mirada no era justificación para un asesinato. Necesitaba acciones contundentes... que no tardarían en llegar. Cuando todos se retiraron a dormir, Dayleen tardó en conciliar el sueño. El ambiente le escocía, como si algo estuviera rasgando dentro de su mente, se sentía incómoda y no podía cerrar los ojos con tranquilidad. Cuando pensó que al fin lo lograría, el silencio que tanto le inquietaba se terminó. Pequeños sonidos extraños llenaron el ambiente, no lograba asimilar qué era con exactitud. Pasaron unos segundos cuando un sonido particular tuvo sentido para ella. Se quedó sin aire. Y entonces lo entendió, porque pareció como si le subieran el volumen. Jadeos. Quejidos. Madera crujiendo. Gemidos ahogados. Se levantó sin hacer ruido. Siguió el sonido, apenas empujando la tela que separaba su pequeño espacio del de ellos… y ahí estaban. Una escena que le destrozó el alma, su c
El camino hacia la manada de Aire no era tan apacible, justo como Xavier lo había prometido. El viento era más fuerte conforme avanzaban, y los árboles, aunque aún verdes en la copa por su altura, parecían sacudirse por miedo. Dayleen lo sintió primero. Un estremecimiento en su pecho, como si su loba quisiera advertirle algo, pero no tuviera palabras para explicarlo. —¿Lo sientes? —preguntó en voz baja. Xavier asintió desde su caballo. Sus ojos azul profundo escrutaban el horizonte con desconfianza. Había algo raro en el ambiente. La bruma se hizo más espesa cuando llegaron al límite del cañón que conectaba con las tierras altas de la manada de Aire. Lo que encontraron les robó el aliento. —El puente… —murmuró Annika. Dayleen clavó la vista. No quedaban más que escombros dispersos y trozos de cuerda colgando al vacío. El paso original estaba destruido, y no parecía ser un acto al azar, se veía reciente. Otra vez, alguien tratando de no dejarles avanzar. Solo un loco se at







