Atada al enemigo, la venganza de la luna.

Atada al enemigo, la venganza de la luna.

last updateÚltima actualización : 2026-08-04
Por:  J. I. LópezEn curso
Idioma: Spanish
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Traicionada, humillada y desterrada de su propia manada, Selene Olcan creyó que lo había perdido todo. Tras la muerte de su padre, el Alfa Severus, el hombre al que amaba, Conall Dolph, le dio la espalda de la forma más cruel, uniéndose a su amante Juno Ováis para arrebatarle su corona de heredera legitima y arrojarla al fango como una paria. Pero el destino tenía otros planes. En medio de la ruina, los caminos de los clanes enemigos por una disputa antigua, los Olcan y los temidos Amaruq, vuelven a cruzarse. Atado a un antiguo pacto de tierras hecho por el difunto Severus, el enigmático y poderoso Alfa Alaric Amaruq decide cobrar la deuda pendiente con lo único que queda de los Olcan: la propia Selene. Lejos de destruirla, Alaric le ofrece una propuesta tan peligrosa como irresistible: un ejército, el poder absoluto y la venganza sangrienta contra Conall y Juno, a cambio de un precio innegociable. Selene deberá entregar su alma y convertirse en la luna de su peor enemigo: el mismo. ¿Aceptará la loba de ojos rojos vender su lealtad al diablo enemigo para reclamar su trono, o caerá consumida por la red de pasión y oscuridad que Alaric ha susurrado con su aliento? ¿Podrá encontrar en los brazos de su peor enemigo la calma que ansía su corazón herido y tracionado por el hombre que una vez amó?

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Capítulo 1

La caída de la loba de sangre.

Narra Selene:

No podía apartar la mirada del cuerpo de mi padre. El ruido exterior parecía haberse apagado, y tan solo el latido pasmoso de mi corazón resonaba en aquella estancia.

El Alfa Severus Olcan yacía en un féretro abierto, en el centro de la sala del trono. La madera oscura de caoba hacía que su piel se viera aún más pálida, casi ajena. Durante seis meses lo vi apagarse día tras día sabiendo que muy pronto llegaría la despedida final…y aun así no estaba preparada para esto.

A mí me correspondía ocupar su lugar. Eso decía el decreto, porque no tuvo un hijo varón y yo soy la única con su sangre, su única hija. Todo lo que él, mi padre, una vez me enseñó, fue para gobernar a la manada Olcan con la misma fuerza y poder de mis ancestros, y también, para cumplir con las deudas que teníamos hacía los Amaruq, nuestros enemigos.

¿Su último deseo? Detener la guerra que durante generaciones consumió a nuestra familia y manada, además de proteger a los nuestros. Todo eso, ahora recaía en mí, y yo, con todo el orgullo de mi sangre y de mi alma, asumiría como la nueva Alfa…o eso creía.

En medio de la atmósfera triste y pesada, podía sentir los murmullos, las dudas y el rechazo; las mismas cosas que desde hacía años se murmuraban a mis espaldas, ni siquiera esta noche trágica podían callarse.

Ninguno de ellos quiere a una Alfa mujer, y menos a mí, marcada por un cabello rubio platino y unos ojos rojo carmesí que la manada siempre ha mirado con recelo debido a viejas supersticiones de brujas y maldiciones heredadas.

Pero ya no me importaba; no ahora mismo, que tan solo quería y necesitaba vivir mi luto en paz. Ordené que me dejaran sola. Necesitaba despedirme en silencio, a solas con mi padre.

Pero no me dieron la oportunidad de ese último adiós.

La puerta se abrió de golpe.

Conall Dolph.

Mi prometido, el hombre que fue elegido y entrenado por mi padre para ayudarme a gobernar la manada, quien debería haber estado a mi lado mientras veía cómo mi padre se debilitaba cada día…pero que desapareció durante todos esos meses.

Y ahora estaba aquí.

Y, por supuesto, no estaba solo.

Su mano sostenía a Juno Ováis, su amiga de la infancia, como si le perteneciera. Mi mirada cayó, inevitable, sobre su vientre. Redondeado. Evidente. Imposible de ignorar bajo la túnica de luto.

Algo en mi pecho se tensó.

Y entonces vi su sonrisa.

No era tristeza.

Era victoria.

Me enderecé junto al féretro, conteniendo la marea de furia y confusión que amenazaba con ahogarme.

—¿Qué significa esto, Conall? — le pregunté con la voz helada, sabiendo bien cuales serían sus excusas o respuestas.

Pero hoy no; hoy no estaba dispuesta a dialogar como otras veces porque mi padre yacía muerto a mis espaldas, y tan solo exigí que se me respondiera.

Conall soltó una carcajada seca que rebotó en las paredes de piedra, y durante solo un segundo me sentí paralizada, sin aire. Lo vi soltar del brazo a Juno, y se acercó a mí con un desprecio que jamás me había mostrado en los años que llevábamos comprometidos; como si repentinamente se hubiese liberado de una carga pesada y pudiera mostrarse tal cual era. Su aroma a bosque y almizcle, que antes me resultaba familiar, ahora me dio náuseas al comprender a medias lo que parecía estar a punto de pasar.

—Significa, Selene, que me cansé de la farsa que tu padre montó. — escupió sobre mi como si aquello fuera una verdad innegable, deteniéndose a un paso de mí. — Severus te amaba, sí, como su única hija tenía que amarte, pero eres un callejón sin salida; una mujer destinada a gobernar solo hasta que un hombre más fuerte te tomara y por eso es que estoy aquí. Él me crio como a su hijo y me entrenó para ser tu compañero y el próximo Alfa cuando le hizo falta un hijo varón para tomar su lugar, pero en el fondo siempre te desprecié. ¿Cómo iba a desear a una loba con los ojos del color de la sangre de una bruja? —

Y allí estaba de nuevo, aquellas palabras que reducían mi existencia a ser solo un cabello de color extraño y unos ojos que provocaban asco o miedo, sus burlas y afirmaciones cayeron como cuchillos sobre mí, pues de todas las personas en este mundo, jamás creí que él, el hombre que juró ante mi padre amarme y gobernar a mi lado, fuese tan solo uno más que me odiaba tan solo por ser mujer y haber nacido con esta apariencia. Cada promesa, cada caricia del pasado, se desintegró en un segundo. Todo había sido mentira.

Y mi corazón se rompió en ese instante, pero me negué a derramar una sola lágrima desde mis ojos rojos, y en su lugar apreté mis puños hasta que me lastimé las palmas.

—Si no quieres gobernar a mi lado, si no deseas ser mi compañero, entonces vete, ya no eres bienvenido en esta manada. — le ordené con frialdad, aunque por dentro sentía como mi loba aullaba de dolor y me quebraba el alma.

Conall se rio y me lanzó una mirada fría, despojaba de piedad, como si mi palabra no valiese nada.

—Ahora que Severus está muerto. — continuó Conall con una sonrisa salvaje. — ya no tengo que fingir. Juno es mi verdadera luna, y el hijo que lleva en su vientre será el legítimo heredero de los Olcan. Eres la única de nosotros que lleva la sangre de Severus, pero no eres digna de ser la Alfa de esta manada; tan solo eres una mujer, y una marcada por la sangre en tus ojos, así que, por tu bien, renuncia aquí y ahora a todo derecho de sangre. —

Juno se adelantó, plantándose frente a mí con soberbia, frotando su vientre como si fuera un trofeo de guerra.

—Es hora de que aceptes tu lugar, Selene. —dijo con una dulzura venenosa. — Fui yo quien salvó a Conall de la muerte en la batalla contra los Amaruq, no tú. Mi sangre se mezcló con la suya. Yo soy la única que merece estar en el trono a su lado, tú no tienes ningún derecho, eres una mujer, así que hazte a un lado y no hagas un drama de esto. —

La rabia me cegó por completo. ¡Fui yo quien lo encontró desangrándose en el bosque, quien curó sus heridas con mis propias manos y le salvó la vida! Y ahora ella se robaba mi mérito.

—¡Mientes! —grité, haciendo retumbar la sala. — ¡Fui yo quien le salvó la vida a Conall! ¡Y mi padre dejó un decreto que me nombra Alfa legítima! ¡Soy la única hija del Alfa Severus, la única que lleva la legendaria sangre de los Olcan en sus venas! ¡No voy a aceptar esto! ¿Porque debería de agachar la cabeza ante un lobo sin linaje y su supuesta luna nacida de las sirvientas? ¡Soy la sangre Olcan que queda, y por derecho de nacimiento, soy la nueva Alfa de esta manada! — aseveré con autoridad.

Conall sonrió con maldad, y en ese momento me empujó con todas sus fuerzas, haciéndome chocar contra el ataúd de mi padre, y sin apartar la vista de mí, tomó el pergamino sagrado del decreto de sucesión que estaba sobre el féretro para romperlo en mil pedazos frente a los guerreros que ya se amontonaban en la entrada.

—¿Qué ley de lobos respaldaría a una hembra con ojos de bruja? La ley es clara, y aunque tu padre te amaba es un hombre el que debe de asumir el liderazgo, que una mujer sea quien nos guie solo nos deshonrará como manada. — bramó Conall a la manada, alzando los jirones del decreto. — ¿Prefieren ser guiados por ella, o por el hombre entrenado por el propio Severus para liderar? — le cuestionó a todos los que llegaron junto a él.

Los murmullos comenzaron, y en voz baja todos repetían lo mismo: Ella no puede gobernarnos, aunque sea de la antigua sangre Olcan y lo único que queda de ella.

Volví la cabeza con horror. Uno a uno, los guerreros, los hombres que habían jurado lealtad a mi padre, comenzaron a inclinarse ante Conall. El decreto estaba destruido, y con él, mi última oportunidad de defenderme…y de defender a los territorios de mi familia de los Amaruq, así como de cumplir las promesas que se hicieron.

Mi vista comenzó a nublarse por la rabia, mis puños ya comenzaban a sangrar al enterrar mis uñas en ellos mientras la risa burlona de Juno se unía a la de Conall.

Me habían traicionado, todos los que una vez se inclinaron ante mi padre y ante mí, me habían traicionado.

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