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Author: Lucia
last update publish date: 2026-10-06 17:21:05

Harper

Elias está profundamente dormido a mi lado, un brazo pesado tirado sobre mi cintura como si tuviera miedo de que desaparezca si me suelta. Su respiración es lenta y pareja, la cara aplastada contra la almohada, el pelo un desastre. Se ve casi humano así. Casi suave. Excepto que era un tipo de casi 40 años que obligó a una de 19 a casarse.

Miro el techo hasta que el cielo afuera pasa de negro a gris a rosa pálido. Mi anillo de boda atrapa el primer rayo de amanecer y lo lanza por la pared como un pequeño reflector. Sigo torciéndolo, probando qué tan real se siente. Demasiado real. Demasiado pesado.

A las 6:17 a.m. no aguanto más. Me deslizo de debajo de su brazo con el mayor cuidado posible. Él hace un ruido gruñón bajo y me busca en su sueño. Me congelo. Se calma otra vez, los dedos cerrándose alrededor del aire vacío.

Agarro una de sus sudaderas del piso (porque toda mi ropa aparentemente es ceniza ahora) y salgo de puntillas de la habitación descalza.

El ático está en silencio total. Camino hasta que encuentro la cocina. Es ridícula: dos hornos, una isla del tamaño de mi vieja habitación de dormitorio, un refrigerador más grande que mi habitación de la infancia. Lo abro. Está completamente abastecido. Alguien entró en la noche y lo llenó con comida real. Incluso hay un cartón de leche de chocolate.

Lo agarro, salto en el mostrador y bebo directo del cartón porque ahora soy una mujer casada y hago lo que quiero.

Ahí es cuando empiezan las lágrimas.

No las ruidosas. Solo lágrimas calientes, estúpidas, silenciosas que gotean de mi barbilla y caen al piso. Ni siquiera me molesto en limpiármelas. Solo me siento ahí abrazando la leche de chocolate como si fuera lo único normal que queda en mi vida.

Me casé con un extraño que mata gente.

Se supone que debo tener su bebé.

Ni siquiera sé su segundo nombre.

El llanto se pone más feo. Mis hombros tiemblan. Presiono el cartón frío contra mi cara para parar la situación de mocos.

Pasos. Pies descalzos.

No miro hacia arriba. Sé que es él.

Se detiene en la puerta. Puedo sentirlo mirándome.

“Harper.”

Su voz es áspera del sueño. Suave.

Me limpio la nariz con fuerza. “Vete.”

No lo hace. Claro que no. Camina hacia mí, me quita el cartón de las manos, lo deja a un lado. Luego solo… se para ahí entre mis rodillas, manos en el mostrador a cada lado de mis caderas, sin tocarme, solo encerrándome.

“Mírame.”

Niego con la cabeza.

Espera. Es molestamente bueno esperando.

Finalmente arrastro los ojos hacia arriba. Su pelo está parado por todas partes. Solo está usando esos mismos pantalones grises. Hay marcas rojas de la almohada en su mejilla. Se ve como de doce años y eso me hace llorar más fuerte.

“Joder,” murmura. Luego sus brazos están alrededor de mí, jalándome contra su pecho.

Lucho medio segundo, luego me rindo y sollozo contra su camiseta como un desastre completo. Me abraza tan fuerte que mis costillas crujen. Una mano envuelve la parte de atrás de mi cabeza, la otra frota círculos lentos en mi espalda.

“Lo sé,” dice contra mi pelo. “Lo sé, bebé.”

Lo de bebé me rompe de nuevo. Lloro hasta que me duele la garganta y su camiseta está empapada y estoy hipando como una idiota.

Cuando finalmente se calma, no me suelta. Solo sigue abrazándome, meciéndonos un poco, como si yo fuera algo precioso que tiene miedo de soltar.

“Lo siento,” dice en voz baja.

Me separo lo suficiente para mirarlo con furia a través de ojos hinchados. “Deberías.”

“Lo estoy.” Me limpia las mejillas con los pulgares. “Siento haberte asustado. Siento haberte apresurado. Siento que la primera vez que usaste un vestido de novia fue porque te obligué a ponértelo.”

Me limpio la nariz. “Te olvidaste de siento por secuestrarme y chantajearme para la maternidad.”

“Eso también.”

Me río. Sale húmeda y rota, pero es una risa. Él sonríe, pequeña y cuidadosa, como si tuviera miedo de espantarme.

Apoyo mi frente contra su clavícula porque mirarlo duele ahora mismo. “Ni siquiera te conozco,” susurro. “Podrías odiar a los cachorros. Podrías poner piña en la pizza. Podrías ser terraplanista.”

Él suelta una risa suave. “Me gustan los perros. Creo que la fruta en la pizza es un crimen. Y la tierra es muy redonda.”

“¿Color favorito?”

“Antes era el negro. Ahora es el color que tengan tus ojos cuando estás enojada conmigo.”

Gimo. “Eso fue cursi para el carajo.”

“Lloraste encima de mí. Se me permite una línea cursi.”

Escondo la cara otra vez. Él huele a sueño y a mí ahora, porque le froté mis lágrimas y mocos por todas partes. Es medio asqueroso y medio perfecto.

Se aparta, me toma la cara. “Pregúntame lo que sea. Lo que quieras. Responderé.”

Me muerdo el labio. “¿Por qué necesitas un heredero tan desesperado? Tienes treinta y ocho, no noventa.”

Su mandíbula se tensa. Por un segundo pienso que no va a responder. Luego:

“Mi padre se está muriendo. Cáncer. Seis meses, tal vez menos. La junta está rodeando como tiburones. Si no tengo un heredero de sangre para cuando él se vaya, me votarán fuera y venderán la compañía pedazo por pedazo. Todo lo que construí, se va.” Traga saliva. “No puedo dejar que eso pase.”

Lo miro. “¿Así que te pusiste en modo cavernícola total y decidiste robarte una esposa?”

“Más o menos.” Intenta sonreír, pero le tiembla. “Te vi en ese callejón y solo… supe. Eras eso. Mía. Entré en pánico e hice la cosa más loca posible.”

“Eso no es romántico, Elias.”

“Lo sé.”

“Es realmente muy jodido.”

“Lo sé.”

Estamos en silencio un minuto.

Luego digo, voz diminuta, “¿Alguna vez me ibas a invitar a una cita real?”

Cierra los ojos. “Si te hubiera conocido en una cafetería, sí. Habría derramado tu bebida a propósito solo para hablarte. Te habría pedido el número y te habría mandado memes a las 2 a.m. y te habría llevado a diners de m****a al amanecer.”

Mi pecho duele. “Igual no habría dicho que sí.”

Abre los ojos. Están vidriosos.

“Siento haberte quitado eso,” dice.

“Exactamente por eso hice esto” sonríe con los ojos.

Asiento, porque mi garganta está demasiado apretada para hablar.

Me peina el pelo hacia atrás. “¿Puedo… puedo empezar de nuevo? Ahora mismo?”

Parpadeo. “¿Qué quieres decir?”

Toma una respiración temblorosa, luego se desliza lentamente hasta quedar de rodilla en el piso de la cocina, mirándome hacia arriba como si yo fuera la que tiene todo el poder.

Mi corazón se detiene.

“Harper,” dice, voz quebrándose, “sé que jodí esto más allá de cualquier reparación. Sé que no te merezco. Pero estoy pidiendo… no, estoy rogando… dame una oportunidad de ganarte. No por fotos o amenazas o contratos. Solo… déjame intentar hacer que te enamores de mí. De la forma correcta esta vez.”

Lo miro. Mi asesino. Mi esposo. De rodillas en pantalones de chándal con manchas de lágrimas en la camiseta.

Empiezo a llorar otra vez, pero más suave esta vez.

“Eres un idiota,” susurro.

“Lo sé.”

“Un idiota realmente, realmente caliente.”

Suelta una risa húmeda.

Me deslizo del mostrador y a sus brazos. Me atrapa, me jala hacia abajo para que estoy a horcajadas en su regazo en el piso frío de la cocina. Envuelvo mis brazos alrededor de su cuello y entierro la cara en su hombro.

“Okay,” murmuro contra su piel.

Se queda completamente quieto. “¿Okay qué?”

“Okay, empieza de nuevo. Pero si alguna vez me vuelves a poner un arma en la cabeza te corto los huevos mientras duermes.”

Se ríe, tembloroso y aliviado, y me abraza tan fuerte que no puedo respirar.

“Trato,” dice contra mi pelo. “Sin más armas. Solo cortejo realmente agresivo.”

Me separo, me limpio la nariz en su manga porque ahora soy clase. “Desayuno primero. Quiero pancakes. Y tocino. Y tú cocinas.”

Me besa la frente, las mejillas, la punta de la nariz. “Lo que quieras.”

Se levanta conmigo todavía envuelta alrededor de él como un koala y me carga hacia la estufa. No me baja. Solo me sostiene con un brazo mientras saca sartenes con el otro.

Apoyo la barbilla en su hombro y lo veo romper huevos con una sola mano.

“Esto sigue siendo una locura,” le digo.

“Lo sé.”

“Todavía eres medio psicópata.”

“Certificado.”

“Pero eres mi psicópata ahora, supongo.”

Gira la cabeza, me besa suave y lento y dulce. Sin lengua, sin posesión, solo labios diciendo lo siento y por favor y gracias todo al mismo tiempo.

Cuando se aparta sus ojos están rojos.

“Tuyo,” dice simplemente.

Comemos pancakes directo de la sartén, sentados en el piso de la cocina, dándonos bocados el uno al otro y lamiendo jarabe de los dedos. Me dice que su segundo nombre es James. Le digo que el mío es Rae. Dice que es bonito. Le digo que él es bonito cuando llora. Me muestra el dedo del medio con un dedo lleno de jarabe y me río tan fuerte que resopló.

Después me prepara otro baño, el de verdad, con velas y música y sin audiencia. Me lava el pelo, lento, cuidadoso, como si tuviera miedo de que me rompa. Me quedo dormida contra su pecho en el agua tibia.

Cuando me despierto estamos en la cama otra vez, enredados, el sol de la tarde entrando por las ventanas. Él está trazando la banda en mi dedo como si no pudiera creer que está ahí.

“Hey,” susurro.

“Hey,” susurra de vuelta.

“Dime algo verdadero.”

Piensa un segundo.

“Nunca he estado enamorado,” dice en voz baja. “Pero creo que estoy a punto de estarlo.”

Mi corazón hace esa cosa estúpida de dar volteretas.

“Bien,” digo contra su boca. “Porque soy una perdedora realmente amargada cuando alguien no se enamora estúpidamente de mí.”

Se ríe en el beso, me jala más cerca.

Y él es mío.

Y tal vez eso sea suficiente para empezar. Al menos eso creo, pero poco sé que lo que estoy a punto de descubrir sobre él me va a destruir.

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