LOGINMientras el Rey sufría un intento de asesinato en plena cacería, mi esposo, Diego de Valenzuela, el comandante de la Guardia Real, estaba ocupado consolando a su amante Camila, quien se había marchado indignada por un berrinche. Esta vez, no lancé la señal de auxilio que apretaba en mi mano. En su lugar, con mis ocho meses de embarazo a cuestas, me planté con firmeza ante el Rey, convirtiendo mi propio cuerpo en el último escudo de Su Majestad. En mi vida pasada, sí lancé la señal. Mi esposo abandonó a su amante para acudir al rescate y, aunque gracias a eso le otorgaron el título de Duque, Camila terminó cayendo al vacío. Él actuó como si nada hubiera pasado, pero el día de mi parto, me arrastró hasta el Coliseo Real. Empapada en sangre, le pregunté por qué era tan cruel conmigo. Él solo me lanzó una mirada cargada de desprecio: —¡Al Rey no le faltaban guardias! ¿Por qué tenías que llamarme a mí? —rugió—. ¡Es obvio que solo buscabas lucirte frente al trono! —¡Si no hubieras lanzado esa maldita señal, Camila aún estaría viva! ¡Pagarás muy caro por esto, te lo aseguro! Al final, las fieras nos despedazaron a mí y al hijo que llevaba en el vientre. Al abrir los ojos de nuevo, regresé justo al instante en que la espada se dirigía hacia el Rey.
View MoreDiego hablaba como si hubiera encontrado la excusa perfecta, mientras apretaba el cuello de Camila con cada vez más fuerza. Ella me miró con una súplica desesperada.—Señora, usted dijo... que me salvaría.Agité mi abanico con desdén.—Lo que dije fue que debían matarse entre ustedes. Camila, parece que no escuchaste bien.Ella no esperaba que yo, que siempre fui compasiva, fuera capaz de jugar de esa manera. Intentó decir algo más, pero su respiración se extinguió por completo. Murió con los ojos abiertos.Diego temblaba de pies a cabeza. Había matado con sus propias manos a la mujer que decía ser su gran amor.Sin embargo, no dudó mucho. Se arrastró hasta mis pies y me miró con una devoción casi sagrada.—Leonor, pasé tres días de rodillas para pedir tu mano. Sabes que te amo. Solo dejé que esa mujer me confundiera. No te preocupes, no dejaré vivo a ninguno de esos bastardos. Si no los quieres, yo mismo acabaré con ellos.—Volvamos a ser como antes, ¿sí? ¿Recuerdas mi licor de duraz
Diego me miró con la mente en blanco, como si estuviera frente a una extraña.Qué espectáculo tan ridículo ofrecía en ese momento.—Leonor, llevamos años casados, ¿de verdad tenemos que llegar a esto?Suspiré, imitando el tono que él solía usar conmigo.—Justamente porque somos esposos, no puedo encubrirte. Sé que no eres un hombre ambicioso. Esta es la única forma de que Su Majestad crea que eres de verdad un hombre de honor. ¿Cómo podría alguien como tú arriesgar la vida del Rey solo por seguir a una amante caprichosa?Me dirigí a los criados:—Empiecen. Pero pongan algo debajo de ellos. No quiero que manchen el suelo.Tomé asiento con total calma, dispuesta a ver cómo se devoraban entre ellos.Diego entendió, por fin, que su palabrería ya no encontraba eco en mí y que nunca más volvería a ser esclava de mis sentimientos por él.Cuando volvió a hablar, su mirada fingía una ternura dolorosa. Se volvió hacia Camila:—Camila, crecimos juntos... tú estarías dispuesta a salvarme, ¿verdad?
El Rey se marchó de prisa. En un abrir y cerrar de ojos, no quedábamos más que Diego, Camila, el servicio y yo.En cuanto el Rey se fue, Diego se puso de pie. Sin el menor rastro de arrepentimiento, volvió a tratarme con aires de mando.—Podrás ser la Duquesa, pero sigues siendo mi mujer. Tu lugar es cuidar de tu esposo y de este hogar. Anda, que preparen algo de comer y trae el mejor vino. Necesito despejarme después de todo esto.—Sobre el niño —agregó con total indiferencia—, dio su vida por el Rey, lo que dota de honra a su breve existencia. He elegido ya su nombre. Haz que inscriban su nombre en el árbol genealógico de los Valenzuela.Diego no veía nada malo en sus actos. Al contrario, ya se estaba apropiando de mi éxito como si le perteneciera.Sentí un desprecio gélido. Ante un ser tan cínico y malagradecido, ¿cómo pude ser tan ingenua? ¿Cómo pudo conmoverme verlo de rodillas?Todo aquello no fue más que una farsa para arrastrarme al infierno.Camila también recobró la compostu
—Diego tiene razón... me crié a su lado y siempre lo he visto como a un hermano. Desde que supe que la señora Leonor estaba encinta, no he dejado de rezar por ella y por su hijo. Pero ella insiste en que mis intenciones son malas. Prefiere sacrificar a su propio hijo con tal de calumniarme.—Ya no puedo más. Señora, hoy probaré mi inocencia con mi propia muerte. ¡Solo espero que usted y Diego puedan volver a ser felices!Dicho eso, y antes de que alguien pudiera reaccionar, Camila se lanzó con todas sus fuerzas contra una de las columnas de mármol. Lo hizo con tanta furia que quedaba claro que quería acabar con su vida.Sentí un vuelco en el corazón.Si ella moría ahí, Diego se salvaría, sin importar todo lo que hubiera sufrido yo.La señal de auxilio seguía perdida, y si ella moría bajo mi techo, jamás podría ganarle a una muerta.Diego también lo entendió. Aunque estaba lo suficientemente cerca como para detenerla, no movió ni un dedo. Se quedó arrodillado, solo gritando.Por fortuna
Apenas terminé de hablar, la debilidad por la pérdida de sangre me golpeó como una marea.—¡Señora! ¡Abra los ojos! —el médico real me acercó con brusquedad un frasco de sales a la nariz, mientras me practicaba una sangría en el brazo para intentar reanimarme. Se secó el sudor frío de la frente y,
—¡Protejan al Rey!Al ver a ese grupo de asesinos con capas negras y un manejo implacable de la espada, retrocedí un paso por instinto. De verdad había renacido... estaba justo en el momento en que todo comenzó.Al reaccionar, bajé la mirada hacia la señal de auxilio que apretaba en mi mano.Mientr
Hice un esfuerzo por sentarme en la cama, con la vista nublada por la pérdida de sangre.—¿Esposa? ¿Un hijo? Diego, ¿de verdad no tienes alma? ¡Ese niño murió! ¡Tú mismo lo mataste! —grité con todas mis fuerzas. Diego, sin embargo, solo frunció el ceño con asco, manteniendo una mirada gélida.—¡Qué
Finalmente estuvo listo el remedio que el médico esperaba. Después de beberlo, me sumí en un sueño profundo.Cuando volví a abrir los ojos, una joven sirvienta a la que no conocía me acomodaba las almohadas con cuidado para que pudiera incorporarme.—Señora, el atentado contra Su Majestad ha conmoci
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