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Capítulo 2

Author: Liora
A mi padre nunca le gustaron los dragones negros, pero sabía que yo era terca. Así que solo frunció el ceño y me dijo:

—El Clan de los Dragones Negros lo va a tener difícil. Si después pasas apuros, no te dé vergüenza pedirle ayuda a Diana.

Cuando Diana entendió lo que él insinuaba, se plantó frente a mí solo para burlarse de mí, puso los ojos en blanco y soltó una risita fría.

—Sonia, en serio, qué mala decisión. Si sabes que en el Clan de los Dragones Negros ya hasta tienen la comida racionada. Si te casas y terminas pasando hambre, será por tu culpa.

Se inclinó un poco, como si estuviera dándome una lección.

—Con los lobos no existen esos problemas. Mansiones impresionantes, andando por ahí con más de diez guardias lobo escoltándome. Si no aguantas la vida dura, ponte de rodillas y ruégame. Tal vez me apiade y te ayude.

Sonreía con total ligereza, sin importarle que los sirvientes de al lado se quedaran rígidos, incómodos.

Sí. Los lobos tenían una base sólida, y Daniel cargaba con la fama de leal y confiable. Con solo quedar embarazada, Diana podría sentarse tranquila en el trono como Primera Dama de la Alianza.

Pero ella no lo sabía.

Aunque tuviéramos la Bendición, para los humanos era extremadamente difícil concebir con otras razas. Y Daniel era un fanático del poder. Él no quería una esposa: quería un hijo con la Bendición heredable para subir un peldaño más y controlar a las tres razas.

En mi vida pasada, al principio se mostró tierno hasta lo exagerado. Pero cuando pasaron seis meses sin embarazo, empezó a torturarme.

Yo sobreviví solo porque entregué todo mi poder de la Bendición y busqué a un hechicero para hacer un ritual antiguo; a cambio, nació Oscar Vázquez.

Bajé la mirada.

—No te preocupes. Ya que yo elegí a mi pareja, pase lo que pase, lo acepto.

—¿Y tú de qué presumes? —se burló al instante—. ¡Te vas a casar con un dragón de mala muerte, en ruinas! ¡Ya verás! Yo seré la primera en tener un híbrido. ¡Mi hijo será el siguiente gobernante de las tres razas!

No soportó que yo siguiera tranquila. De un manotazo barrió un florero decorativo y lo estrelló contra el suelo. Luego se fue hecha una furia.

Yo volví a mi cuarto y seguí preparando mi vestido de boda.

Por lo de Diana acostándose con el hombre de otra, cambié de prometido y la ceremonia se pospuso dos días.

El Clan de los Dragones Negros, en efecto, estaba debilitado. Ni siquiera sabía si podrían prepararme un vestido.

Pero al día siguiente, Lorenzo vino en persona y trajo diez cajas de regalos. Entre ellas había un vestido de corte palaciego, impecable.

El vestido era de un negro profundo, con hilos bordados en forma de dragón que brillaban como metal. En el escote, escamas negras y cristalinas formaban un borde elegante. Y la falda se abría desde la cintura en capas y capas, como una cascada, tan lujosa que mareaba.

Él dejó la caja con cuidado.

—Esta es la ropa nupcial de la reina del Clan de los Dragones Negros. Las escamas son las más resistentes que he mudado.

Me giré hacia él.

Ojos ámbar, luminosos. Rasgos fríos y definidos. Y un aire sereno que no se parecía en nada al "dragón negro malvado" de los rumores.

—Es la primera vez que nuestro clan se une a una humana. Por eso se preparó todo con los más altos estándares. Si necesitas algo más, dímelo.

Pasé la yema de los dedos por la tela. Bajo la luz, el vestido despedía un brillo oscuro y dorado.

—Me gusta mucho.

Iba a guardarlo cuando la puerta se abrió de golpe.

Diana entró del brazo de Daniel.

—¿Eso es todo lo que te mandó el Clan de los Dragones Negros? ¿Un solo vestido? —dijo, con esa sonrisa venenosa—. Daniel me trajo veinte, con todos los accesorios. Me dolieron los ojos de tanto elegir.

Daniel la miraba como si fuera lo único en el mundo: puro cariño.

Qué ironía.

La lealtad de los lobos no era virtud, era pura biología. Instinto de bestia. Necesidad de reproducirse. Y Daniel, como Rey Lobo del norte, era el peor de todos.

Sin un método desesperado como el mío, Diana no iba a poder quedar embarazada en seis meses. Solo quedaba ver si aguantaría las torturas de Daniel cuando él perdiera la paciencia.

Lorenzo me miró y habló con solemnidad, como un juramento:

—Si aceptas casarte conmigo, Sonia, yo, Lorenzo, te amaré y te protegeré por el resto de mi vida.

Diana torció la boca y volvió a poner los ojos en blanco.

—Vaya, no sabía que un dragón negro malvado también supiera soltar palabras bonitas. Quiero ver si siguen tan dulces cuando no puedan tener hijos.

Ahora solo pensaba en lo mismo: embarazo y heredero.

En su vida pasada, haber sido expulsada del Clan de los Dragones Plateados por no poder concebir se le había convertido en una espina clavada en el corazón.

La miré una vez y sonreí, con intención.

—Mejor preocúpate por tu esposo. Si no paras de mirar a mi prometido, ¿otra vez te están dando ganas de quitármelo?

Su cara cambió al instante.

Daniel la jaló y se la llevó sin decir más.

Cerré la puerta y aun así escuché su voz chillona desde el pasillo:

—¡El próximo gobernante…!

Idiota. Reencarnó y aún cree que por elegir antes que yo, ya puede dormir tranquila.
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