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Renací y Me Convertí en Reina
Renací y Me Convertí en Reina
Author: Liora

Capítulo 1

Author: Liora
—Sonia, no lo hice a propósito. Me equivoqué de cuarto, no me eches la culpa. Pero ya… ya me acosté con él. Por favor, cásate tú con uno de los dragones. Tú también quieres que seamos felices, ¿verdad?

Negué con la cabeza, intentando ahuyentar el mareo. Cuando la vista por fin se me aclaró, vi a Diana agachada frente a mí, débil y frágil, secándose las lágrimas en la esquina del ojo.

Mi padre también estaba a mi lado, hablándome en voz baja, como si me estuviera haciendo un favor:

—Sonia, entonces cámbiate de pareja. Diana aún es joven, no te pongas a su nivel.

Aunque yo era la hija legítima, y Diana no era más que la hija ilegítima que mi padre tuvo con una antigua amante, ella tenía una cara agradable, sabía mostrarse dócil, sabía complacer. Y siempre fue la favorita.

Desde donde estaba, podía ver con claridad el orgullo escondido en sus ojos.

Me reí para mis adentros: ella también había renacido. Y, además, me había drogado la noche antes de la boda para colarse directamente en el cuarto de Daniel.

En mi vida pasada, me casé con el Rey actual del Clan de los Lobos Plateados: Daniel.

En ese entonces, el Rey del Clan de los Lobos Negros del sur ya estaba casado. A mí no me gustaban los dragones plateados, tan altivos, ni confiaba en los dragones negros, peligrosos y malvados según todos. Solo los lobos tenían fama de leales y disciplinados; para mí, eran el aliado perfecto.

Un año después de casarnos, di a luz a un niño híbrido.

Tenía un talento monstruoso: apenas nació, el Consejo de la Alianza ya lo había señalado como futuro gobernante de las tres razas. Por eso Daniel terminó convirtiéndose en señor absoluto y los lobos dominaron el mundo durante cien años.

Y Diana, en esa vida, seducida por el encanto del dragón plateado, se casó con Javier Ruiz, el Rey del Clan de los Dragones Plateados.

Pero jamás imaginó la verdad: Javier era un borracho. No solo le costaba controlar el poder de su sangre; cuando perdía la razón, se ponía violento y furioso, y le destrozó el vientre: la hizo abortar y la dejó estéril para siempre. Al final, el Clan de los Dragones Plateados la abandonó.

Pero ella no odió a Javier.

Me odió a mí, porque yo era la hija legítima, porque podía elegir primero.

Y en una reunión familiar, enloqueció y me apuñaló a mí y a mi hijo.

En ese instante, el odio me cerró la garganta. Apenas podía respirar. Quise lanzarme sobre ella y arrancarle la cara a pedazos.

Respiré hondo. Y sonreí suavemente, como si nada.

—Claro que no voy a ser yo quien separe a una pareja destinada.

Diana se quedó congelada. Hasta se le olvidó secarse las lágrimas.

Mi padre aprovechó el momento de inmediato:

—Diana, Sonia les está dando su Bendición.

Ella se levantó, sonriendo.

—Entonces, gracias.

Y salió casi corriendo a buscar a Daniel.

—Esta niña de verdad no tiene ni un poquito de paciencia —mi padre soltó un suspiro, aliviado.

Luego, al ver que mi expresión no cambiaba, se detuvo un momento y bajó aún más la voz:

—Sonia, ahora solo quedan dos: Javier y Lorenzo Santerbás, del Clan de los Dragones Negros. Javier tiene dinero y además es guapo. Es muchísimo mejor que ese dragón negro. Diana antes también decía…

—Elijo a Lorenzo.

Lo interrumpí en seco.

Mi padre se quedó atónito.

Yo mantuve la voz fría y firme:

—Estoy dispuesta a casarme con Lorenzo.

Los humanos decían que los dragones negros eran fríos, malvados, peligrosos. Durante miles de años de alianza, ninguna mujer humana con el poder de la Bendición los había escogido como pareja, y por eso nunca habían tenido un heredero capaz de recibir esa fuerza de manera perfecta.

Así, el Clan de los Dragones Negros siempre fue reprimido por el Clan de los Dragones Plateados, hasta rozar la extinción.

Pero yo lo recordaba con claridad.

En mi vida pasada, después de que elegí al Clan de los Lobos Plateados, alguien me lo dijo: Daniel no era una buena elección.

Fui yo quien no quiso escuchar.

Y cuando Daniel empezó a destrozarme, a torturarme, fue Lorenzo el primero en notar lo que pasaba. Fue él quien me dio medicamentos para las heridas.

Cuando Diana me clavó el cuchillo, lo último que recordé fueron esos ojos ámbar.
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