LOGINUn grupo de tres Hijos de la Noche había logrado penetrar el escudo que los centinelas y yo habíamos conjurado, dejando claro que aquellos guerreros del mal no eran unos simples aprendices.
La primera que reconocí fue a Kalia, quien me observaba con una mezcla de burla y odio. Junto a ella estaban Lavied y Leo, manifestando con cada gesto su deseo de torturarme. La maldad que desprendían era tan intensa que mis rabihats ardieron
Desde aquella noche, algo había cambiado.Adrián se volvió más distante. Cumplía su promesa de entrenarme, pero su mirada evitaba la mía, como si mis labios aún le suplicaran algo que su razón se empeñaba en olvidar. El fuego entre nosotros no se extinguió, simplemente quedó sepultado bajo capas de orgullo, miedo y silencio.Yo, en cambio, no podía ignorar lo vivido. La visión de Tristán seguía clavada en mi mente como un anzuelo espectral. Había sentido su presencia. Su voz. Su perfume. No fue un delirio.¿Fue un adiós?Las noches siguientes no volví a verlo, pero la sensación de estar siendo observada persistía. Cada vez que pasaba junto al espejo antiguo, algo en mí se detenía, como si mi reflejo ocultara un segundo rostro, una sombra que deseaba hablarme desde el otro lado.Me obligaba a concentrarme en los entrenamientos, a seguir aprendiendo, fortaleciéndome. Había un propósito en todo esto, una guerra allá afuera que aún no comprendía del todo. Pero nada de eso tenía sentido si
Bajé el rostro para romper el momento; Adrián lo comprendió de inmediato y continuó revisando la herida.—Estás bien. Tu evolución ha sido notable —dijo con voz suave.Pero mi cuerpo volvió a temblar. Adrián se percató de ello, deteniendo su expedición por mi pierna. Sin pensarlo, tomó mi otra pierna y me atrajo con firmeza, acomodándome sobre sus caderas en un solo movimiento. Quedé sentada en horcajadas sobre él, como un jinete a punto de domar a su fiera.Estaba sin aliento, desorientada. En cambio, Adrián se cernía más y más sobre mí, robándome el aliento.—A veces siento que no podré detenerme… Me resulta cada vez más difícil controlarme —confesó, mientras uno de sus dedos rozaba mis labios. Acto seguido, comenzó a acariciarlos con delicadeza—. Estoy loco por tenerte, Victoria… Te deseo —agregó, y la distancia entre nuestras bocas desapareció.—Adrián… —susurré, justo antes de sentir la humedad cálida de sus labios sobre los míos.Me dejé llevar por sus caricias. Por más culpas q
Su sonrisa se desvaneció como humo. Dio un paso hacia mí, pero el hechizo lo contuvo con un destello eléctrico en el aire. Su rostro se contrajo con una mueca de frustración.—Estos rituales caerán… y no podrás retenerla aquí mucho tiempo. Victoria me complace como Estefanía lo hizo en su momento.—¡Estefanía nunca fue tuya! —rugí—. Tuviste su cuerpo, sí, pero su alma… nunca la tuviste. Y no voy a permitir que contamines a Victoria como lo hiciste con ella.Arturo alzó las cejas con deleite venenoso.—Ah… la amas. Entonces esto será aún más doloroso para ti. Te lo advierto, no sabes quién es Victoria realmente. Por tu bien, Adrián, no la toques.Sus ojos, usualmente azules como el hielo más puro, comenzaron a teñirse de rojo. Vi mi reflejo en ellos, no como soy ahora, sino como fui: inocente, impulsivo, lleno de amor y rabia. Arturo era mi sombra, mi eco deformado. Él ocupaba ahora el lugar en el que yo estuve cuando Estefanía lo eligió a él.—Tú no decides lo que debo hacer —dije, co
—Cada vez que me veo en el espejo… no puedo verme. Lo rompí, con furia. Ese cristal se negó a mostrarme mi alma. Esta alma que nunca ha dejado de clamar por ti. Y ahora está rota… ¡rota y expuesta! Si realmente soy un ser oscuro, un demonio enfrentado al mundo humano… dime entonces: ¿cómo es posible que te ame… si ya no tengo alma?No me aparté. No podía. Su necesidad me alcanzaba, me atravesaba. Y en su tormento también habitaba mi propia agonía. Aunque él lo negara, algo profundo nos unía… algo que aún no comprendía y que él se negaba a confesar.—Todo a su tiempo —susurró, como si pudiera leer mis pensamientos. Se alejó y retomó su relato con un deje de resignación.—Victoria, no sé si pueda cumplir tu deseo de bajar mis armas. —Una sonrisa irónica curvó sus labios—. Qué ironía, ¿no crees? No quería vivir… y estoy condenado a la inmortalidad. Pero ya no queda nada en mí… salvo el deseo de matar.—¡Cállate! ¡No quiero escuchar más de esos deseos oscuros! ¡No quiero ser parte de esto
VictoriaAdrián me había colocado otra bolsa de suero mezclada con el antídoto. Mientras me administraba el medicamento, se mantuvo en un silencio espeso, casi doloroso, concentrado únicamente en atender mis heridas. Su nueva actitud, distante y profesional, me exasperaba… y al mismo tiempo, una punzada de culpa me atravesó. Sabía que había sido indócil respecto al tema de la reencarnación, y que mis palabras no fueron justas.—Debes seguir descansando —me aconsejó, sin añadir nada más. Desapareció por la puerta, dejándome con la palabra atrapada entre los labios.La noche había descendido con su velo de aparente calma. Giré el rostro hacia la ventana, donde el árbol de roble se alzaba imponente, coronado por la luz de la luna.—“El monarca de los bosques” —murmuré, evocando la leyenda que Adrián me había contado.Minutos más tarde…Adrián volvió con una bandeja, la colocó en la mesa y se dirigió a cerrar la ventana. Luego, verificó mi temperatura. En su rostro se dibujó un leve alivi
—Entonces me esforzaré —afirmé.—¿Trato hecho? —pregunté, alzando la mano.—Acepto el trato. Sin embargo, yo también tengo una condición.—¿Cuál? —adopté un rostro serio.—Necesito que pruebes el caldo y me digas sinceramente qué opinas. Todos dicen que soy un pésimo cocinero, y duele que, tras siglos de intentos, mi sazón siga siendo un desastre —confesó con un humor que apenas disfrazaba cierta vulnerabilidad.—Si eso es tan importante para ti, acepto tu cláusula adicional. Pero con ella, el pacto queda sellado.







