LOGINAlfa Leonardo me llevaba colgada sobre su hombro cuando irrumpió en su habitación como el animal maleducado que era y me arrojó sobre la cama.
Mi espalda impactó contra el colchón con un fuerte golpe y un dolor agudo me atravesó la cintura. Me sujeté la zona dolorida mientras un grito escapaba de mis labios. Quise moverme, pero de repente sentí el cuerpo rígido.
«¿Esta bestia acaba de paralizarme?», rugí para mis adentros, sin apartar la vista de su irritante rostro.
—Ha llegado el momento de empezar a pagar la deuda de tu padre.
Su voz destilaba veneno. Se inclinó hacia mis piernas y las atrajo bruscamente hacia él, como si quisiera arrancarme la cintura del resto del cuerpo.
—¿Qué crees que estás haciendo? —grité, mirándolo a través del espacio que quedaba entre mis piernas abiertas.
—¿Cómo te atreves a cuestionarme? ¿Qué demonios creías que implicaba el trato que aceptaste?
Sus palabras salieron frías, duras e implacables. Lentamente comenzó a desabotonarse la camisa.
Mis ojos recorrieron el vello de su torso cuando se quitó la camisa y la lanzó a un lado. Después llevó la mano al cinturón. Sentí que la respiración se me atascaba en la garganta mientras el miedo me oprimía el pecho. Nunca había visto el miembro de un hombre y no estaba preparada para hacerlo.
Se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera del pantalón, dejando al descubierto su ropa interior blanca. Luego volvió a sujetarme las piernas y me arrastró hacia él.
Intenté apartarlo de una patada, pero me aferró con fuerza de los muslos, separándome aún más las piernas y acercándome a su cuerpo, hasta dejarme justo frente a él.
El Alfa Leonardo deslizó una mano por debajo de mi falda, buscando mi ropa interior hasta sujetarla con firmeza.
Lo agarré de la muñeca al instante.
—¡No, por favor, Alfa! ¡Nunca he estado con ningún hombre! ¡Por favor, deténgase!
Luché por liberar mi ropa de su agarre.
Se detuvo por un instante y clavó la mirada en mi rostro mientras aspiraba mi aroma con una expresión extrañamente divertida, como si todo aquello le resultara entretenido.
—¿Y qué te hace pensar que eso me importa?
Esbozó una sonrisa burlona y, de un tirón, rasgó mi ropa interior, arrancándome un grito.
Intenté apartar las piernas, con el corazón latiéndome cada vez más deprisa, pero él me sujetó ambas muñecas y las inmovilizó por encima de mi cabeza.
—Me está haciendo daño... por favor, Alfa... se lo suplico...
Las lágrimas inundaron mis ojos mientras rompía a llorar.
Aquel era mi peor miedo: que un hombre se impusiera sobre mí por la fuerza.
Pero él hizo oídos sordos.
El Alfa Leonardo estaba a punto de quitarse la ropa interior cuando un fuerte golpe en la puerta lo hizo detenerse.
—¡Alfa Leonardo! ¡Por favor, tiene un asunto urgente que atender!
Aquel golpe llegó como una salvación y, por fin, el Alfa Leonardo me soltó.
Recogió su camisa y salió de la habitación con paso decidido.
Me hice un ovillo sobre la cama mientras las lágrimas ardientes corrían por mis mejillas y mi cuerpo temblaba de miedo. La idea de que esa fuera mi nueva realidad era algo que todavía no podía aceptar.
¿Cuál sería mi destino? ¿Cómo iba a soportar vivir con esta bestia? ¿Sería capaz de sobrevivir un año entero a su lado?
Las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza cuando pensé en Caleb y en cómo se sentiría al verme marcharme con otro hombre. ¿Cómo podría explicarle lo que estaba ocurriendo si estaba atrapada aquí? Si hubiera despertado a mi loba, habría podido comunicarme con él mediante el vínculo mental.
Caleb era mi mejor amigo y el único hombre con el que había tenido una conexión romántica. Habíamos pasado por todo juntos debido a nuestra condición de Omegas. Habíamos acordado comenzar una relación cuando yo cumpliera los dieciocho años, y faltaba apenas un mes para mi cumpleaños. Pero nada de eso sucedería. La hermosa vida que había imaginado junto a Caleb jamás se haría realidad por culpa del error de mi padre.
Me aferré a la almohada mientras las lágrimas seguían cayendo segundo tras segundo, empapando tanto la almohada como el colchón. La tristeza envolvió todo mi ser y sentí como si la parte feliz de mí hubiera desaparecido para siempre.
Escuché que la puerta de la habitación se abría y me incorporé de golpe sobre la cama.
Pero no era el Alfa Leonardo.
Era una mujer joven; una mujer increíblemente hermosa, para ser exactos. Llevaba varios documentos en la mano.
Medía aproximadamente un metro sesenta y cinco, tenía unos brillantes ojos azules y una larga cabellera oscura que le caía hasta la cintura. Vestía un corto vestido negro que dejaba al descubierto sus largas y perfectas piernas. Sus stilettos rojos se ajustaban a la perfección a sus pies y le daban un aspecto elegante.
—Tú eres el nuevo juguete del Alfa Leo, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa cargada de sarcasmo.
—No soy el juguete de nadie.
Soltó una risita maliciosa. Arrugó la nariz con gesto de desprecio mientras recorría mi cuerpo con la mirada.
—Veo que tienes agallas.
Me lanzó los documentos a la cara y me sobresalté. Las hojas quedaron esparcidas por toda la cama.
—Ese es tu acuerdo definitivo con el Alfa Leo. Más vale que lo firmes antes de que regrese. No sé qué puede ver el Alfa Leo en una Omega tan sucia y apestosa.
Bufó con desdén y salió de la habitación.
Sus palabras me golpearon como un rayo mientras la veía marcharse. Me acerqué la nariz a la axila y la olí para comprobar si desprendía algún olor desagradable, pero no percibí nada.
—Entonces, ¿por qué me insultó? Creo que en esta casa hay demasiada gente maleducada.
Recogí las hojas una por una, las ordené cuidadosamente y empecé a leerlas por encima.
Se trataba de un contrato matrimonial por un año que parecía más un pacto capaz de costarme la vida que un simple acuerdo. Al final del documento había una advertencia que decía:
«Si no firmas nuestro acuerdo definitivo, da por muerto a tu padre.»
¿Qué clase de persona en su sano juicio enviaría un contrato de matrimonio acompañado de una amenaza de muerte?
Me levanté de la cama con los documentos aún en las manos. Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación, como un animal encerrado en una jaula, intentando decidir qué debía hacer.
¿Debía firmarlo o no?
¿Y si, después de un año, era incapaz de recuperar mi vida? ¿Qué sería de mí?
Pero... mi padre...
No podía dejar que muriera, y devolverle al Alfa Leonardo el dinero que le debía era prácticamente imposible.
Me mordí el labio inferior mientras las lágrimas empañaban mi vista. Tomé un bolígrafo del tocador.
El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho mientras las lágrimas resbalaban lentamente por mis mejillas, empapando los documentos que sostenía entre las manos.
Un profundo suspiro escapó de mis labios cuando estampé mi firma, sellando el contrato con aquella bestia.
Cerré los ojos con fuerza y las lágrimas comenzaron a caer con más intensidad.
—Acabo de venderme al diablo... —murmuré.
—Nos estamos acercando a la entrada —le recordé a Freya. Detenernos a cierta distancia de la casa de la manada evitaría que los hombres de Leo vieran lo que se avecinaba. No podían percibir nuestro rastro porque habíamos enmascarado nuestros aromas por completo.Llevaba demasiado tiempo en este juego como para no jugarlo mejor que nadie. Todo había estado calculado desde el inicio. Cuando esta partida comenzó, mi mayor obstáculo era conseguir a alguien de confianza en el bando contrario. Leo era extremadamente meticuloso con la gente que permitía a su alrededor.Por eso se me hacía tan difícil ejecutar mis planes. Cuando conocí a esa chica Omega, descubrí que era mi compañera predestinada. Rechazarla fue lo primero que me cruzó por la mente, pero la reacción de Leo aquel día me hizo cambiar de idea. Se mostró posesivo con ella.Jamás lo había visto con tantas ansias de reclamar a alguien tan rápido. Leo podía escudarse tras la excusa de que solo intentaba provocarme, pero la realidad
Vogar:—Reúnan a todos. A cada hombre. Díganles que se preparen para la guerra. Atacamos la casa de la manada esta noche —le ordené a mi mano derecha, Poison.Inclinó la cabeza antes de marcharse a toda prisa.—¿Por qué estás reuniendo a todos tus hombres? Y además, el plan no era ir a la casa de la manada. No fue esto lo que hablamos —Freya entró al auto, azotando la puerta.—Oye, vas a terminar arrancándola, carajo.—Tu puerta es la menor de mis preocupaciones. ¿Por qué nos dirigimos a la casa de la manada? ¿Y por qué le ordenaste a tu mano derecha que alistara a los hombres?—Te dije que hubo un cambio de planes.—¿Cuándo fue eso?—Hace una hora.—¿Cómo te atreves a alterar todo por lo que hemos trabajado sin avisarme? —Me señaló directo a la cara—. Más te vale no estar pensando en engañarme, porque te voy a destrozar. Lo juro por la Diosa.—Tranquila, Freya. El plan sigue en pie. No hay nada de qué preocuparse. Me enteré de que esos viejos del Consejo de Ancianos están teniendo un
Eira;Sus ojos marrones permanecieron en la vista de mi entrada por una eternidad antes de subir hacia mis pechos. Sus ojos decían tantas palabras sin que sus labios se movieran. Me adoraba. Cada parte de mi cuerpo. Pero entonces su mirada se deslizó hasta mi rostro y su mandíbula se endureció.¿Iba a alejarse y reprenderme por intentar seducirlo? No podía saberlo. Díme algo, por favor. Solo sabría si él quería esto de la misma forma que yo cuando hablara. Quizá era yo la que estaba empujando esto. Tal vez interpreté mal la señal cuando decidió limpiar mi piel. Pero no era culpa mía.Su toque había encendido una chispa dentro de mí, haciendo que mi centro latiera. Quería más de su toque. Quería sentir sus labios en mi piel, no solo sus manos. Quería que presionara su cuerpo contra el mío. Quería que estuviéramos entrelazados en el suelo, mirándonos el uno al otro. Y que fuéramos lo único que importaba.—Si limpio… —tocó el pañuelo en mi cuello—. Esta parte de ti, no voy a parar.—Ento
Alfa Leonardo;¡Maldita sea!… ¡No, joder!Mis rodillas chocaron contra el suelo mientras me movía a toda prisa, alcanzándola antes de que se desplomara sobre el pavimento. Cayó inerte entre mis brazos. No respiraba. La jodida realidad era que no respiraba.—Eira —le di unas palmadas en la mejilla—. Tienes que despertar. ¿Por qué demonios lo hiciste? —Estaba tan pálida.¿Por qué carajos tuvo que ir más allá de sus límites para salvarme? ¿Y cómo demonios llegó a este lugar?—Oye, Eira. ¿Puedes oírme? Tienes que despertar —la sacudí con tal desesperación que temí alterar su sangre—. No puedes hacerme esto. De ninguna maldita manera voy a permitir que des tu último aliento entre mis brazos.Ojalá pudiera escucharme.Ojalá se moviera, aunque fuera un poco. Por fin la tenía frente a mí y éramos solo los dos; el resto del mundo había dejado de existir.Coloqué un dedo debajo de sus fosas nasales, esperando sentir un hilo de aire. No me importaba lo débil que fuera la corriente, solo necesita
—No te ves muy feliz de reunirte con tu amante —se burló Freya. ¿Qué carajos le parecía tan gracioso a esta perra? ¿Cómo se atrevía a sonreír mientras la bestia se estaba muriendo?—¿Qué le hiciste? —los latidos de mi corazón retumbaron en mi pecho como un trueno.Se encogió de hombros, cruzándose de brazos sobre el pecho:—Nada grave. Solo le di una pequeña dosis de acónito. Parece que su organismo no puede resistirlo debido a su estúpida enfermedad.El padecimiento de la bestia no era ningún secreto para Freya, y aun así le hizo esto. ¿Cómo podía ser tan desalmada?—Sabías de su condición y aun así decidiste hacerle esto.—Sí —sus labios se curvaron en una sonrisa burlona—: Eso es parte de la diversión. Me muero por ver cuál de los dos dará la vida por el otro.—¿A qué te refieres?Freya resopló con desdén y extendió la palma de la mano frente a Vogar. Él sacó una navaja de su bolsillo y la colocó sobre la mano de ella.—Hazlo más interesante —dijo Vogar, rascándose la comisura de l
Eira;Un líquido frío me salpicó de golpe, enviando un escalofrío punzante por toda mi piel. Mi cuerpo se sacudió al soltar un estornudo violento. Las sienes me martilleaban con fuerza.—¿Por fin despierta la miserable? —Una voz resonó en mis sueños. O más bien, no era un sueño, porque mis párpados acababan de abrirse. Al principio, mi visión era borrosa; luego, poco a poco, todo cobró claridad. Mis ojos recorrieron las piernas que se alzaban frente a mí, subiendo hasta sus rostros.Eran Vogar y Freya, de pie el uno junto al otro, cerniéndose sobre mí.Freya tenía los brazos cruzados sobre el pecho, mientras que el pulgar de Vogar acariciaba la comisura de sus labios mientras me observaba de arriba abajo.—Me hiciste esperar demasiado —habló Freya primero. Se dirigía a mí.Intenté responder, pero el dolor generalizado en todo mi cuerpo protestó al instante. Cada parte de mí ardía en agonía. Mis labios temblaron, incapaces de articular palabra. Parecía que el tormento se intensificaba







