LOGINAlfa Leonardo;
Mi puño se estrelló contra el escritorio y luego golpeó la pared. Rugí cuando el dolor se volvió insoportable. Mis manos se aferraron a mi camisa, haciéndola jirones sobre mi cuerpo. Las venas se marcaron bajo mi piel, haciendo que el dolor me atravesara con aún más intensidad. Mi lobo gimió de sufrimiento mientras ambos llorábamos.
De repente, una intensa debilidad hizo que mis piernas cedieran y me desplomé contra el suelo. Me abracé con fuerza el cuerpo, intentando contener los temblores que lo sacudían.
Tras varios minutos luchando, desgarrándome la piel e hiriéndome a mí mismo, el dolor por fin comenzó a desaparecer. Mis heridas sanaron. Me levanté del frío suelo y me limpié las lágrimas de las mejillas mientras mi lobo, Red, permanecía inmóvil, respirando con dificultad.
Así era cada una de mis noches. Una parte de mí que nadie conocía ni había visto jamás, aparte de mis difuntos padres. Mi lobo padecía una enfermedad que nos estaba matando lentamente, y cada día que pasaba nos acercaba un poco más a la muerte.
Mi lobo, Red, estaba débil y agonizaba. Y si no hacía algo al respecto, algún día podría desaparecer para siempre, dejándome sin lobo.
Un Alfa sin lobo.
Eso también me convertiría en alguien completamente inútil y me arrebatarían mi posición. Justo lo que mi medio hermano ilegítimo, Vogarth, llevaba tanto tiempo esperando.
Esa era mi propia cruz. Quizá fuera un castigo de la Diosa Luna por mi crueldad. Pero no podía cambiar esa parte de mí. Me crié en medio de un torbellino de violencia, y la crueldad corría por mis venas como un río desbordado. Prefería morir antes que renunciar a quien era. La brutalidad era mi escudo, y lo sostenía con todas mis fuerzas.
—¿Estarás bien, Red? —le pregunté a mi compañero.
—Sí, Leo. Solo necesito descansar un poco.
Me dirigí al armario y empecé a rebuscar hasta encontrar mi camisa blanca favorita. Me gustaba escoger la ropa del guardarropa de mi habitación secreta porque tenía prendas mucho mejores que las de mi dormitorio.
Me puse la camisa sobre mi cuerpo y, frente al espejo, acomodé mi corto cabello oscuro y rizado. Una amplia sonrisa apareció en mi rostro al admirar lo atractivo que me veía.
—¿Qué opinas, Red, de nuestra nueva mascota?
—No lo sé. Me da igual. ¿Por qué la trajiste aquí en lugar de buscar a nuestra compañera predestinada? —replicó Red.
Así de malhumorado se ponía siempre que se recuperaba de uno de nuestros ataques.
—Perfecto. Eso confirma que ya te sientes mucho mejor.
Tomé mi perfume y me lo rocié por todo el cuerpo.
—Algún día vas a terminar asfixiándonos con tanto perfume —gruñó Red.
Red era alérgico a todo lo que oliera bien, y precisamente por eso jamás iba a dejar de usar perfume. Ningún lobo mío iba a oler como un perro abandonado.
Salí de mi habitación secreta y entré en mi dormitorio.
Al abrir la puerta, mis ojos encontraron a mi mascota. Ella dio un respingo al verme. Era evidente que había estado llorando. Incluso con los ojos hinchados seguía siendo bastante hermosa.
Negué con la cabeza, decepcionado, mientras caminaba hacia ella.
—Creía que eras valiente. Es demasiado pronto para empezar a derramar lágrimas. Eso terminará siendo aburrido.
Corrió hacia mí y, sin previo aviso, su mano impactó contra mi mejilla con una fuerte bofetada.
—¡Maldito bastardo! ¿¡Qué demonios le hiciste a mi padre!? —gritó.
Me quedé completamente inmóvil por la sorpresa.
No podía creer el atrevimiento de aquella loba de tan baja categoría. Había tenido el valor de abofetearme.
El rostro me ardía de ira. La sangre me hervía y el corazón me latía con fuerza mientras imaginaba todas las maneras posibles de hacerle pagar por semejante insolencia.
Sentí que la mano me temblaba, ansiosa por cerrarse alrededor de su garganta y enseñarle lo que significaba desafiar al Alfa Leonardo.
Mi rostro se deformó en una mueca de furia.
—¿¡Cómo te atreves!? —rugí.
La sujeté del cuello con fuerza, la empujé contra la pared y la inmovilicé allí.
Ella golpeó mis manos, intentando que la soltara. Por el color rojizo de su rostro y la forma desesperada en que luchaba por respirar, sabía que la estaba asfixiando.
—Suéltala, Leo. Está a punto de morir —rugió Red.
La solté.
Ella cayó al suelo sujetándose el cuello mientras tosía violentamente.
Mi ira aumentó todavía más. La escena de aquella bofetada seguía repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.
—¿Te atreves a levantarme esa mano sucia?
Me lancé hacia ella, pero se desmayó.
Se había desmayado.
¿Cómo podía ser tan débil?
Rugí frustrado.
La había elegido como mascota porque había demostrado valentía al defender a su padre. Era la única que había tenido el coraje de desafiarme. Quería ver hasta dónde llegaba esa valentía.
¿Pero qué era esto?
Tenía el descaro de desplomarse antes de que empezara la verdadera lección.
Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación mientras esperaba a que despertara. Ni siquiera había terminado de castigarla por haber golpeado a un Alfa consagrado. Pero ella seguía inmóvil sobre el suelo, sin dar la menor señal de despertar.
Corrí hasta donde estaba y me detuve a su lado. Le di unas suaves patadas con la punta del pie.
—Oye... ¡Mascota!... Te ordeno que despiertes. Este no es momento para jugar.
—¿No ves que está inconsciente, idiota? —replicó Red, aunque yo ni siquiera le estaba hablando.
Nunca entendía por qué ese maldito lobo siempre sonaba como si fuera mi padre.
—¡Mascota! —volví a llamarla.
Ni siquiera sabía cómo se llamaba, y tampoco creía que fuera necesario saberlo.
Al ver que seguía sin reaccionar, corrí al baño, llené un cubo de agua y se lo vacié encima.
Pero no se movió.
Entré nuevamente al baño, llené otro cubo y estaba a punto de arrojárselo cuando, por fin, su cuerpo se estremeció sobre el suelo.
Ella se puso de pie completamente empapada. El agua goteaba de su ropa mientras observaba, atónita, lo mojada que estaba.
—¿¡Qué demonios le pasa a este lunático!? —espetó.
El cubo que tenía en la mano cayó al suelo y el agua salpicó el piso de mi habitación.
—¿Qué? ¿Lunático? ¿Acabas de llamar lunático a tu Alfa?
Sus palabras me resultaron tan inesperadas que solté una breve carcajada divertida. Era la primera mujer que se atrevía a llamarme así.
Sin duda, era una chica fuera de lo común.
Una sonrisa ladeada se dibujó en mis labios mientras fruncía ligeramente el ceño y avanzaba despacio hacia ella.
Intentó huir, pero la sujeté del brazo al instante y la empujé de nuevo contra la pared, inmovilizándole las muñecas por encima de la cabeza.
Mis ojos recorrieron lentamente su rostro antes de descender por su cuerpo.
Entonces me di cuenta de que no llevaba sostén.
A través de la tela mojada de su ropa se marcaban claramente sus pezones rosados, apuntando directamente hacia mí.
Era la visión más hermosa que había contemplado jamás.
No pude evitar quedarme mirándolos mientras el deseo comenzaba a correr por mis venas.
Y, justo en ese momento, Red rugió dentro de mi cabeza:
—Tómala, Leo. Quiero sentirla.
—Nos estamos acercando a la entrada —le recordé a Freya. Detenernos a cierta distancia de la casa de la manada evitaría que los hombres de Leo vieran lo que se avecinaba. No podían percibir nuestro rastro porque habíamos enmascarado nuestros aromas por completo.Llevaba demasiado tiempo en este juego como para no jugarlo mejor que nadie. Todo había estado calculado desde el inicio. Cuando esta partida comenzó, mi mayor obstáculo era conseguir a alguien de confianza en el bando contrario. Leo era extremadamente meticuloso con la gente que permitía a su alrededor.Por eso se me hacía tan difícil ejecutar mis planes. Cuando conocí a esa chica Omega, descubrí que era mi compañera predestinada. Rechazarla fue lo primero que me cruzó por la mente, pero la reacción de Leo aquel día me hizo cambiar de idea. Se mostró posesivo con ella.Jamás lo había visto con tantas ansias de reclamar a alguien tan rápido. Leo podía escudarse tras la excusa de que solo intentaba provocarme, pero la realidad
Vogar:—Reúnan a todos. A cada hombre. Díganles que se preparen para la guerra. Atacamos la casa de la manada esta noche —le ordené a mi mano derecha, Poison.Inclinó la cabeza antes de marcharse a toda prisa.—¿Por qué estás reuniendo a todos tus hombres? Y además, el plan no era ir a la casa de la manada. No fue esto lo que hablamos —Freya entró al auto, azotando la puerta.—Oye, vas a terminar arrancándola, carajo.—Tu puerta es la menor de mis preocupaciones. ¿Por qué nos dirigimos a la casa de la manada? ¿Y por qué le ordenaste a tu mano derecha que alistara a los hombres?—Te dije que hubo un cambio de planes.—¿Cuándo fue eso?—Hace una hora.—¿Cómo te atreves a alterar todo por lo que hemos trabajado sin avisarme? —Me señaló directo a la cara—. Más te vale no estar pensando en engañarme, porque te voy a destrozar. Lo juro por la Diosa.—Tranquila, Freya. El plan sigue en pie. No hay nada de qué preocuparse. Me enteré de que esos viejos del Consejo de Ancianos están teniendo un
Eira;Sus ojos marrones permanecieron en la vista de mi entrada por una eternidad antes de subir hacia mis pechos. Sus ojos decían tantas palabras sin que sus labios se movieran. Me adoraba. Cada parte de mi cuerpo. Pero entonces su mirada se deslizó hasta mi rostro y su mandíbula se endureció.¿Iba a alejarse y reprenderme por intentar seducirlo? No podía saberlo. Díme algo, por favor. Solo sabría si él quería esto de la misma forma que yo cuando hablara. Quizá era yo la que estaba empujando esto. Tal vez interpreté mal la señal cuando decidió limpiar mi piel. Pero no era culpa mía.Su toque había encendido una chispa dentro de mí, haciendo que mi centro latiera. Quería más de su toque. Quería sentir sus labios en mi piel, no solo sus manos. Quería que presionara su cuerpo contra el mío. Quería que estuviéramos entrelazados en el suelo, mirándonos el uno al otro. Y que fuéramos lo único que importaba.—Si limpio… —tocó el pañuelo en mi cuello—. Esta parte de ti, no voy a parar.—Ento
Alfa Leonardo;¡Maldita sea!… ¡No, joder!Mis rodillas chocaron contra el suelo mientras me movía a toda prisa, alcanzándola antes de que se desplomara sobre el pavimento. Cayó inerte entre mis brazos. No respiraba. La jodida realidad era que no respiraba.—Eira —le di unas palmadas en la mejilla—. Tienes que despertar. ¿Por qué demonios lo hiciste? —Estaba tan pálida.¿Por qué carajos tuvo que ir más allá de sus límites para salvarme? ¿Y cómo demonios llegó a este lugar?—Oye, Eira. ¿Puedes oírme? Tienes que despertar —la sacudí con tal desesperación que temí alterar su sangre—. No puedes hacerme esto. De ninguna maldita manera voy a permitir que des tu último aliento entre mis brazos.Ojalá pudiera escucharme.Ojalá se moviera, aunque fuera un poco. Por fin la tenía frente a mí y éramos solo los dos; el resto del mundo había dejado de existir.Coloqué un dedo debajo de sus fosas nasales, esperando sentir un hilo de aire. No me importaba lo débil que fuera la corriente, solo necesita
—No te ves muy feliz de reunirte con tu amante —se burló Freya. ¿Qué carajos le parecía tan gracioso a esta perra? ¿Cómo se atrevía a sonreír mientras la bestia se estaba muriendo?—¿Qué le hiciste? —los latidos de mi corazón retumbaron en mi pecho como un trueno.Se encogió de hombros, cruzándose de brazos sobre el pecho:—Nada grave. Solo le di una pequeña dosis de acónito. Parece que su organismo no puede resistirlo debido a su estúpida enfermedad.El padecimiento de la bestia no era ningún secreto para Freya, y aun así le hizo esto. ¿Cómo podía ser tan desalmada?—Sabías de su condición y aun así decidiste hacerle esto.—Sí —sus labios se curvaron en una sonrisa burlona—: Eso es parte de la diversión. Me muero por ver cuál de los dos dará la vida por el otro.—¿A qué te refieres?Freya resopló con desdén y extendió la palma de la mano frente a Vogar. Él sacó una navaja de su bolsillo y la colocó sobre la mano de ella.—Hazlo más interesante —dijo Vogar, rascándose la comisura de l
Eira;Un líquido frío me salpicó de golpe, enviando un escalofrío punzante por toda mi piel. Mi cuerpo se sacudió al soltar un estornudo violento. Las sienes me martilleaban con fuerza.—¿Por fin despierta la miserable? —Una voz resonó en mis sueños. O más bien, no era un sueño, porque mis párpados acababan de abrirse. Al principio, mi visión era borrosa; luego, poco a poco, todo cobró claridad. Mis ojos recorrieron las piernas que se alzaban frente a mí, subiendo hasta sus rostros.Eran Vogar y Freya, de pie el uno junto al otro, cerniéndose sobre mí.Freya tenía los brazos cruzados sobre el pecho, mientras que el pulgar de Vogar acariciaba la comisura de sus labios mientras me observaba de arriba abajo.—Me hiciste esperar demasiado —habló Freya primero. Se dirigía a mí.Intenté responder, pero el dolor generalizado en todo mi cuerpo protestó al instante. Cada parte de mí ardía en agonía. Mis labios temblaron, incapaces de articular palabra. Parecía que el tormento se intensificaba







