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Eira;
¿Alguna vez has dicho unas palabras que jamás tuviste la intención de pronunciar frente al terror, y esas mismas palabras se volvieron en tu contra cien veces peor? Sí… esa soy yo ahora mismo, frente al Alfa Leonardo, cuyos aterradores ojos parecían atravesarme el alma, haciendo que mi corazón latiera desbocado por el pánico.
Siempre supe que mi lengua afilada me metería en problemas algún día, y sí, así fue. Y no fueron unos problemas cualquiera. Y ahora mismo, solo espero no terminar muerta junto a mi padre, cuando la única razón por la que abrí la boca fue para salvarlo de la bestia: el Alfa Leonardo.
El Alfa Leonardo dio un paso más hacia mí. Su mano me sujetó la mandíbula mientras hundía en ella sus afiladas garras. Su rostro se deformó en una mueca de desprecio.
—Veo que tienes una lengua bastante afilada. Será un honor para mí cortarla en pedacitos.
Me lanzó el rostro hacia un lado con violencia, haciendo que mi cuello se doblara bruscamente.
—Traigan al idiota y córtenle la mano por robar mi dinero —ordenó el Alfa Leonardo.
Al instante, sus hombres vestidos de negro se abalanzaron sobre mi padre.
—¿Qué clase de Alfa trata a uno de los suyos como un pedazo de m****a solo por treinta mil dólares? ¡Debería caérsete la cara de vergüenza! —le grité, mientras las lágrimas volvían a llenar mis ojos.
Mis propias palabras sonaban como una sentencia de muerte.
El Alfa Leonardo extendió un brazo hacia sus hombres, con la palma abierta a modo de señal.
—Suelten al sucio ladrón.
Sus agresivos hombres lo soltaron de inmediato.
Su mirada ardiente se posó sobre mí.
Una leve sonrisa apareció en sus labios mientras caminaba lentamente hacia mí. Colocó un dedo bajo mi barbilla y me levantó el rostro.
—Parece que a esta pequeña preciosidad le gusta hacerse la valiente. Dime, ¿qué tan bien juegas al ajedrez?
Su dedo descendió lentamente hasta mis clavículas.
Mi corazón latía tan rápido que parecía a punto de estallar. Las piernas me temblaban mientras luchaba por mantenerme en pie, con el sudor brillando sobre mi frente y mi barbilla. Ni siquiera sabía qué estaba haciendo al enfrentarme a un Alfa tan despiadado y letal. Solo esperaba que hoy no fuera mi último día sobre la tierra.
—Solo... perdónale la vida a mi padre. Te prometo que encontraremos la manera de devolverte tu dinero —tartamudeé, obligándome a pronunciar cada palabra.
Las comisuras de los labios del Alfa Leonardo se elevaron, dejando al descubierto sus dientes. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, formando una red de finas líneas que parecían irradiar maldad. Su sonrisa era fría.
—No perdono a mis enemigos. La única forma de que salves a tu padre es haciendo un trato conmigo.
Lentamente se inclinó hacia mí. Sus labios quedaron muy cerca de mi oído, enviando un escalofrío por toda mi espalda mientras susurraba con crueldad:
—Sé mi mascota durante un año a cambio de la libertad de tu padre.
Su voz ronca sonó amenazante.
Cuando volvió a apartarse, vi el perverso deseo que llenaba los ojos de aquella bestia.
Mi mirada se desvió hacia mi padre, que permanecía encogido y temblando sobre el frío suelo, cubierto de moretones. Sabía que tenía el repugnante hábito de apostar, pero no merecía morir.
Sí, mi padre le robó al Alfa Leonardo, y también había robado a muchas otras personas. Pero esta vez lo hizo por una buena causa. Mamá se estaba muriendo y necesitábamos dinero para la operación de su corazón.
Era una situación desesperada. Mi padre no tenía un solo centavo porque había perdido todo apostando, dejándonos a mamá y a mí sumidas en la más absoluta pobreza. Mi padre le había robado a todo el mundo: vecinos, compañeros de trabajo, familiares e incluso a mamá.
La enfermedad de mamá llegó en el peor momento posible. Quiero decir, nunca existe un momento perfecto para enfermarse, pero este era el peor de todos. No teníamos dinero ni para los medicamentos, mucho menos para pagar la factura del hospital. ¿Cómo íbamos a costear una operación del corazón si apenas podíamos permitirnos llevar un plato de comida a la mesa?
Tuve que abandonar la escuela para conseguir dinero para el tratamiento de mamá. En muchos de los lugares donde busqué trabajo me rechazaron porque aún no tenía la edad legal para trabajar. No teníamos a nadie que pudiera ayudarnos.
¿Qué podía hacer una Omega de diecisiete años como yo en un mundo tan solitario? No estaba de acuerdo con que mi padre robara, pero, en esta ocasión, no podía reprochárselo.
Ahora tendría que tomar una decisión terrible que podría condenarme al infierno, solo para salvar a mi padre. Sé con certeza que, si mi padre muere, mamá terminará siguiéndolo. Así de fuerte era el vínculo de compañeros predestinados que compartían.
Al volver a mirar a la bestia que tenía delante de mí, con aquella sonrisa complacida dibujada en los labios, jamás imaginé que «yo, convertida en su mascota» sería la condición que exigiría a cambio de la vida de mi padre.
¿Ves a esta bestia que tengo enfrente? Era lo peor de su especie.
El Alfa Leonardo era el Alfa de nuestra manada, pero todos lo odiaban y le temían.
Habíamos oído rumores de que había matado a muchísimas personas, igual que su difunto padre, quien también había sido un hombre despiadado. El Alfa Leonardo nació en la familia más poderosa del mundo. Tras la muerte de su padre, asumió el puesto de Alfa de nuestra manada, la Manada del Lago Plateado, y también fue nombrado heredero del despiadado imperio empresarial de su familia.
Sin embargo, era joven.
Había oído que muchas lobas de alto rango lo deseaban como amante y estaban dispuestas a hacer cualquier cosa con tal de tenerlo. Solía dudar de que estuvieran tan obsesionadas con el Alfa Leonardo... hasta el día en que lo vi por primera vez en el mercado.
Tenía la estatura perfecta, medía casi un metro ochenta, un rostro bien proporcionado y una nariz finamente esculpida. Sus ojos marrones eran tan hermosos que, por un instante, casi lo confundí con una mujer de extraordinaria belleza. Su cuerpo también era perfecto: atlético y bien definido.
Nunca había visto a un hombre tan perfectamente creado por la Diosa. Pero su personalidad lo arruinaba todo. Era despiadado y cruel, orgulloso y arrogante. Una bestia repugnante que no sentía el menor respeto por los miembros de su propia manada.
Todos lo detestaban, y yo encabezaba esa lista. Mi odio hacia él aumentó después del incidente ocurrido en el mercado, cuando sus hombres derribaron a una anciana y ninguno de ellos fue capaz siquiera de abrir la boca para ofrecer una disculpa.
Ese día, el Alfa Leonardo pasó junto a mí mientras yo ayudaba a la anciana a ponerse de pie. Llevaba en el rostro aquella sonrisa malvada y cruel... la misma que tenía ahora delante de mí.
Tragué con dificultad el nudo que tenía en la garganta y volví a fijar la vista en el Alfa Leonardo.
—Haré todo lo que desees de mí, pero asegúrate de no volver a tocar ni un solo cabello de la cabeza de mi padre.
Él soltó una risa cargada de malicia, aunque esta se transformó en una leve sonrisa burlona casi al instante.
—Traigan el pagaré de su padre.
Le ordenó a uno de sus hombres, quien abrió un maletín, sacó una hoja de papel y se la entregó.
El Alfa Leonardo tomó mi pulgar y clavó un objeto afilado en él, provocando un dolor intenso que recorrió mis venas. Las lágrimas brotaron de mis ojos y resbalaron por mis mejillas. Unas gotas de sangre salieron de mi dedo, y él lo presionó a la fuerza sobre el lugar del documento donde estaba escrito el nombre de mi padre.
—Nuestro contrato está sellado.
Lo dijo con frialdad antes de soltar mi mano de un brusco movimiento. Luego volvió el rostro hacia sus hombres.
—Pueden desatar al viejo.
La orden salió de sus labios con absoluta indiferencia.
Mi mirada se dirigió de inmediato hacia mi padre. Estaba a punto de correr hacia él cuando sentí un fuerte tirón a un lado.
Antes de que pudiera decir una sola palabra, mis pies dejaron de tocar el suelo. El Alfa Leonardo me había cargado sobre su hombro derecho, con el vientre apoyado sobre él y las piernas colgando en el aire, mientras salía de nuestra pequeña casa conmigo a cuestas.
Intenté liberarme, pero de pronto me arrojó al asiento trasero de su automóvil y cerró la puerta de un portazo. Me estremecí de miedo.
El Alfa Leonardo tomó asiento en la parte delantera y su conductor arrancó el vehículo sin decir una sola palabra.
Fue en ese preciso instante cuando comprendí que yo sola acababa de arrastrarme al mismísimo infierno.
—Nos estamos acercando a la entrada —le recordé a Freya. Detenernos a cierta distancia de la casa de la manada evitaría que los hombres de Leo vieran lo que se avecinaba. No podían percibir nuestro rastro porque habíamos enmascarado nuestros aromas por completo.Llevaba demasiado tiempo en este juego como para no jugarlo mejor que nadie. Todo había estado calculado desde el inicio. Cuando esta partida comenzó, mi mayor obstáculo era conseguir a alguien de confianza en el bando contrario. Leo era extremadamente meticuloso con la gente que permitía a su alrededor.Por eso se me hacía tan difícil ejecutar mis planes. Cuando conocí a esa chica Omega, descubrí que era mi compañera predestinada. Rechazarla fue lo primero que me cruzó por la mente, pero la reacción de Leo aquel día me hizo cambiar de idea. Se mostró posesivo con ella.Jamás lo había visto con tantas ansias de reclamar a alguien tan rápido. Leo podía escudarse tras la excusa de que solo intentaba provocarme, pero la realidad
Vogar:—Reúnan a todos. A cada hombre. Díganles que se preparen para la guerra. Atacamos la casa de la manada esta noche —le ordené a mi mano derecha, Poison.Inclinó la cabeza antes de marcharse a toda prisa.—¿Por qué estás reuniendo a todos tus hombres? Y además, el plan no era ir a la casa de la manada. No fue esto lo que hablamos —Freya entró al auto, azotando la puerta.—Oye, vas a terminar arrancándola, carajo.—Tu puerta es la menor de mis preocupaciones. ¿Por qué nos dirigimos a la casa de la manada? ¿Y por qué le ordenaste a tu mano derecha que alistara a los hombres?—Te dije que hubo un cambio de planes.—¿Cuándo fue eso?—Hace una hora.—¿Cómo te atreves a alterar todo por lo que hemos trabajado sin avisarme? —Me señaló directo a la cara—. Más te vale no estar pensando en engañarme, porque te voy a destrozar. Lo juro por la Diosa.—Tranquila, Freya. El plan sigue en pie. No hay nada de qué preocuparse. Me enteré de que esos viejos del Consejo de Ancianos están teniendo un
Eira;Sus ojos marrones permanecieron en la vista de mi entrada por una eternidad antes de subir hacia mis pechos. Sus ojos decían tantas palabras sin que sus labios se movieran. Me adoraba. Cada parte de mi cuerpo. Pero entonces su mirada se deslizó hasta mi rostro y su mandíbula se endureció.¿Iba a alejarse y reprenderme por intentar seducirlo? No podía saberlo. Díme algo, por favor. Solo sabría si él quería esto de la misma forma que yo cuando hablara. Quizá era yo la que estaba empujando esto. Tal vez interpreté mal la señal cuando decidió limpiar mi piel. Pero no era culpa mía.Su toque había encendido una chispa dentro de mí, haciendo que mi centro latiera. Quería más de su toque. Quería sentir sus labios en mi piel, no solo sus manos. Quería que presionara su cuerpo contra el mío. Quería que estuviéramos entrelazados en el suelo, mirándonos el uno al otro. Y que fuéramos lo único que importaba.—Si limpio… —tocó el pañuelo en mi cuello—. Esta parte de ti, no voy a parar.—Ento
Alfa Leonardo;¡Maldita sea!… ¡No, joder!Mis rodillas chocaron contra el suelo mientras me movía a toda prisa, alcanzándola antes de que se desplomara sobre el pavimento. Cayó inerte entre mis brazos. No respiraba. La jodida realidad era que no respiraba.—Eira —le di unas palmadas en la mejilla—. Tienes que despertar. ¿Por qué demonios lo hiciste? —Estaba tan pálida.¿Por qué carajos tuvo que ir más allá de sus límites para salvarme? ¿Y cómo demonios llegó a este lugar?—Oye, Eira. ¿Puedes oírme? Tienes que despertar —la sacudí con tal desesperación que temí alterar su sangre—. No puedes hacerme esto. De ninguna maldita manera voy a permitir que des tu último aliento entre mis brazos.Ojalá pudiera escucharme.Ojalá se moviera, aunque fuera un poco. Por fin la tenía frente a mí y éramos solo los dos; el resto del mundo había dejado de existir.Coloqué un dedo debajo de sus fosas nasales, esperando sentir un hilo de aire. No me importaba lo débil que fuera la corriente, solo necesita
—No te ves muy feliz de reunirte con tu amante —se burló Freya. ¿Qué carajos le parecía tan gracioso a esta perra? ¿Cómo se atrevía a sonreír mientras la bestia se estaba muriendo?—¿Qué le hiciste? —los latidos de mi corazón retumbaron en mi pecho como un trueno.Se encogió de hombros, cruzándose de brazos sobre el pecho:—Nada grave. Solo le di una pequeña dosis de acónito. Parece que su organismo no puede resistirlo debido a su estúpida enfermedad.El padecimiento de la bestia no era ningún secreto para Freya, y aun así le hizo esto. ¿Cómo podía ser tan desalmada?—Sabías de su condición y aun así decidiste hacerle esto.—Sí —sus labios se curvaron en una sonrisa burlona—: Eso es parte de la diversión. Me muero por ver cuál de los dos dará la vida por el otro.—¿A qué te refieres?Freya resopló con desdén y extendió la palma de la mano frente a Vogar. Él sacó una navaja de su bolsillo y la colocó sobre la mano de ella.—Hazlo más interesante —dijo Vogar, rascándose la comisura de l
Eira;Un líquido frío me salpicó de golpe, enviando un escalofrío punzante por toda mi piel. Mi cuerpo se sacudió al soltar un estornudo violento. Las sienes me martilleaban con fuerza.—¿Por fin despierta la miserable? —Una voz resonó en mis sueños. O más bien, no era un sueño, porque mis párpados acababan de abrirse. Al principio, mi visión era borrosa; luego, poco a poco, todo cobró claridad. Mis ojos recorrieron las piernas que se alzaban frente a mí, subiendo hasta sus rostros.Eran Vogar y Freya, de pie el uno junto al otro, cerniéndose sobre mí.Freya tenía los brazos cruzados sobre el pecho, mientras que el pulgar de Vogar acariciaba la comisura de sus labios mientras me observaba de arriba abajo.—Me hiciste esperar demasiado —habló Freya primero. Se dirigía a mí.Intenté responder, pero el dolor generalizado en todo mi cuerpo protestó al instante. Cada parte de mí ardía en agonía. Mis labios temblaron, incapaces de articular palabra. Parecía que el tormento se intensificaba







