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Capítulo 2: Niebla en el destino

Autor: Balloleth
last update Fecha de publicación: 2024-09-14 23:24:42

En el presente Sanathiel, sólo despertó de aquel recuerdo, porque la oscuridad de lo vivido, no trajo calma, sino una visión que no sabía si le pertenecía o si había sido tejida por los ecos del medallón. Cerró los ojos y pudo sentirlo claramente

El aroma a flores proveniente del jardín colgante, donde los rosales rojos y flores azules sobresalen en los pasajes, mientras el sol iba filtrándose entre hojas suspendidas, y el aroma tibio de la primavera.

En el centro, una niña pequeña, de vestido rojo, que la hacía parecer una muñeca con sus coletas que bailaban en el vaivén del viento, llenando en su pequeña cesta, rosas especialmente escogidas

—¿Necesitas algo más? —fueron sus palabras, un tanto invasivas. Al alzar la mirada, la niña lo atravesó con esos ojos verdes y vibrantes.

—Gracias, amable caballero.

Su   sonrisa iluminaba más que aquella mancha que dejaba huella en el mundo, tanto que no pudo evitar sonreír, algo inusual en el mismo Sanathiel

—¿Tu nombre?

Él la recordó, inclinándose, susurrando

—Aisha.

Una escena suspendida en su memoria, que se desvaneció, dejando un vacío real. Profundo. Como si la hubiera perdido dos veces sin saber cuándo fue la primera vez que ocurrió.

Sanathiel abrió los ojos de golpe.

—Aisha…

Su nombre flotó en el aire, ajeno a su voluntad. Y entonces, otro susurro lo heló.

—Sanathiel…

Su mandíbula se tensó.

—Tarde o temprano —musitó—, tenías que aparecer.

El vínculo con sus hermanos era un eco distante. Una cuerda rota que aún vibraba a veces.

Sariel.

El nombre ardió en su mente.

Un frío metálico impregnó el aire.

—No juegues conmigo —gruñó, arrugando el papel donde había dibujado el rostro de Aisha.

La presencia se retiró. Pero no del todo.

Sanathiel volvió la vista al paisaje blanco que se extendía bajo la luna, desde su balcón

—Aisha…

Sus garras se cerraron contra la palma hasta hacerse daño, entiendo que esto no tenía un porqué, solo un es como que ya conociera y no pudiese evitarlo, aunque lo negase o ignorase.

Dentro, tomó un lápiz y trazó líneas furiosas sobre una hoja. El rostro de Aisha emergió del papel, inquietante, como si refleja su propia condena.

Quizás seas pueda ser la llave de mi camino

Afuera, un vehículo elegante lo esperaba, junto a su libertad, los hombres que resguardaban su salida, agacharon la cabeza, mostrando respeto, así que Sanathiel subió al auto, y cargaron la maleta dentro, y con una carta, donde decía libertad, avanzaron el trayecto, pasando por edificios y luces de neón. Cuando se detuvo frente al hotel, Sanathiel descendió sin decir palabra.

En el ascensor, observó su reflejo. Por un instante, no fue el hombre, sino el lobo blanco de colmillos ensangrentados, listo para el ruedo, pero al salir del ascensor, solo dejó atrás a aquel niño miedoso cubierto de cenizas. Apartó la mirada.

El movimiento ya había empezado.

A la par, en otro lugar, para ser preciso en el Colegio Mayor Unidad, en los pasillos Aisha seguía su vida sin saber que algo dentro de poco cambiaría. Sintió un escalofrío calar su espalda, miró a los lados, pero no había nadie, hasta que una imagen estalló en su mente: un lobo blanco, ojos brillantes. 

Se asustó, camino rápido, agitando la cabeza, cuando el hedor llegó después. Carne. Pólvora.

Se llevó la mano a la boca y corrió a los baños, abrió el caño, mojo su rostro de inmediato, y se miro al espejo repitiendo:

—No hay nada… 

Solo el reflejo de sus propios ojos verdes, hasta que destello a través del espejo, una luz dorada, en uno de los baños con la puerta entreabierta.  

—¿Qué… me está pasando?

Cerró sus ojos con fuerza, saliendo de inmediato, sin comprender en su totalidad, regreso a la biblioteca, llevando un libro, “Los Nevri”

Sus dedos temblaron al detenerse en una frase subrayada:

“Quien escucha el aullido en su propia sangre no puede huir del vínculo.”

Un eco vibró en su pecho.

Lejos de allí, Sanathiel percibió una presencia nueva en su mente.

No era Sariel.

No era Luciano.

Era ella.

Una sonrisa apenas visible cruzó su rostro mientras el automóvil avanzaba.

—Pronto, Aisha…

Y en ese instante, la muchacha despertó sobresaltada, con un nombre ardiendo en los labios:

—Sanathiel…

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