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Capítulo 1: La maldición del altar de Luna

last update Veröffentlichungsdatum: 14.09.2024 23:22:35

El altar ardía. No había llamas, pero las runas en su piel se quemaban como si el infierno le hubiera mordido los huesos.

—Dame al lobo —susurró Luciano Kerens a la piedra—. O maldiceme por siempre.

El viento respondió con olor a azufre. Y tras él... unos pasos. 

La luna colgaba sobre el bosque como un ojo pálido, iluminando el altar de piedra donde Luciano se arrodillaba, jadeando. No por fe. Por culpa.

Un chasquido de ramas quebró el silencio. 

—Luciano…

Se volvió despacio, como quien ya reconoce lo inevitable. Entre los árboles avanzó una silueta esbelta. La luz lunar rozó primero las garras: curvadas, letales. Luego los ojos: dorados, ardientes, idénticos a los que lo acosaban cada noche.

—Sanathiel —murmuró. No como un nombre, sino como una condena.

El muchacho emergió por completo de las sombras. Su respiración era el único sonido en el bosque, profunda, irregular, como si el aire le quemara los pulmones.

—¿Viniste a rezar? —gruñó—. ¿O a pedir perdón?

Luciano no respondió. Sus ojos se clavaron en el medallón de plata colgado del cuello del joven: un lobo aullando a la luna llena. El mismo que le había entregado la noche que lo encontró entre los escombros humeantes de Pueblo Esperanza.

—No has cambiado —mintió—. Sigues siendo el niño que rescaté de las llamas.

Un gruñido sacudió el aire. Sanathiel avanzó. Las cicatrices de su torso brillaron bajo la luna: frescas. Dolor reciente.

—Las llamas que tú encendiste.

El pelaje blanco brotó desde su piel, más erupción que cambio. Cada pelo era una espina. Los ojos dorados ardían con una furia demasiado humana.

Luciano retrocedió hasta chocar con el altar. Las runas le quemaron la espalda. Quiso gritar la verdad: que aquel pacto había sido para salvarlo. Pero la niebla que exhalaba Sanathiel olía a pólvora y carne chamuscada.

—¡Detente!

La garra le abrió el pecho en tres surcos negros.

Sanathiel lo inmovilizó contra la piedra. En sus ojos giraba algo antiguo. Algo que Luciano había puesto en marcha.

La niebla se cerró en visiones: Luciano de rodillas, décadas atrás, bebiendo de un cáliz oscuro. El cuerpo de Sanathiel yacía a sus pies, sin vida.

—¡Era la única manera de salvarte! —gimió.

Un silbido cortó el aire.

Noah apareció, clavando una daga de obsidiana en el costado de Sanathiel.

—El final siempre llega en actos —rió.

Sanathiel lanzó a Luciano contra un pino. El medallón de plata se estrelló contra la roca y se resquebrajó. Grietas en forma de constelaciones cruzaron su superficie.

Y por un instante no reflejó a Sanathiel.

Reflejó a Aisha.

Su silueta envuelta en un fulgor ámbar. Los labios temblando alrededor de un nombre que aún no recordaba.

Sanathiel aulló. No a la luna, sino al medallón roto.

El bosque respondió.

—Hasta que la oscuridad se desvanezca…

El silencio cayó.

Y en otra parte, muy lejos del altar, alguien también lo escuchó.

En una cámara iluminada por velas negras, un joven abrió los ojos. Pupilas violetas. Cabello blanco.

Varek.

Había visto todo.

El rugido. La traición. El brillo agrietado del medallón.

—Hermano… —susurró.

Sonrió.

Aún no era momento de cerrar el telón.

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