LOGIN~ANNA~ Se me abalanza encima e intenta besarme. Forcejeo con él, golpeándole el pecho con los puños y gritándole que me suelte, que se aleje de mí. No lo hace. Me acorrala contra la camioneta y me susurra cuánto me ha extrañado, lo arrepentido que está por cómo se comportó conmigo y lo mucho que todavía me ama. —Tú no amas a nadie —le gruño, dándole un golpe en el rostro que me deja la mano ardiendo—. Ni siquiera pudiste amarlo a él. El ardor en mi pecho se hace presente. El dolor me consume y comienzo a llorar al recordarlo. Lloro de tristeza por su recuerdo y lloro de rabia por culpa de Roddy. ¡Maldito! ¡Mil veces maldito! —¿Por qué me haces esto? —farfullo ahogada en lágrimas, dejándome vencer por el tormento—. ¿No te bastó todo el daño que me hiciste, que ahora vienes a recordármelo y a atormentarme? Me faltan las fuerzas y lo único que impide que caiga al suelo son los brazos de Roddy, sujetándome contra el capó del auto. Cierro los ojos y dejo que las lágrimas me inunde
~ANNA~ Al día siguiente conduzco mi automóvil hacia la dirección que me dieron. He decidido venir sola. A veces me abruma tener vigilancia constantemente detrás de mí y, según me han informado, Roddy se encuentra en Berlín. Mi estadía en Múnich se ha mantenido lo más discreta posible precisamente para evitar que se entere de que estoy aquí. Así que no debería existir ningún riesgo. Estaciono frente al refugio, me coloco los lentes de sol, tomo mi bolso y el móvil y bajo del vehículo. El edificio es pintoresco, de dos plantas y rodeado por un enorme jardín. El muro que delimita la propiedad está cubierto de coloridos dibujos de perros y gatos acompañados de mensajes que invitan a adoptarlos. Entro y me acerco a recepción. —Guten Tag, wie geht es Ihnen? (Buen día, ¿cómo está?) —me saluda la recepcionista. —Guten Tag —respondo con una sonrisa. Le explico lo que busco y, unos minutos después, una persona me acompaña hasta la zona donde se encuentran los animales disponibles para
~ANNA~ Ha pasado una semana desde que Alexander me propuso matrimonio y una de mis mayores sorpresas fue enterarme de que mi padre estaba al tanto de todo. No solo sabía que Alexander pensaba pedirme matrimonio, sino que ambos ya habían iniciado los trámites para formalizar la alianza entre sus empresas. —Mi mayor satisfacción es ver lo feliz que él te hace. Alexander es un gran hombre y ha demostrado de todas las formas posibles que te ama. No podría estar más orgulloso de la elección que has hecho —me comenta mientras tomamos café en la misma terraza donde, hace unos días, compartíamos los tres. Alexander tuvo que volar de emergencia a Nueva York por unos problemas en la empresa que requerían su presencia inmediata. Han pasado apenas dos días desde que se fue y ya lo extrañamos como si hubieran pasado dos meses. Mi padre ha resentido especialmente su ausencia. Extraña las tardes después del trabajo que pasaban conversando y fumando habanos en la terraza. Todavía me cuesta creer
~ANNA~ El corazón me da un pequeño brinco. Avanzamos lentamente unos cuantos pasos hasta que finalmente nos detenemos. —Ya puedes mirar. Retira las manos de mis ojos y me quedo sin palabras. —Pero… ¿qué es esto? El salón está casi a oscuras, iluminado únicamente por la tenue luz de decenas de velas. Un camino de pétalos de rosas nos conduce hasta una mesa redonda cubierta por un enorme mantel blanco que cae hasta el suelo. Sobre ella hay un precioso ramo de rosas, una cubitera con una botella de champán y dos copas. Me giro hacia Alexander. —Ya te dije que era una sorpresa —responde. Me toma de la mano y me atrae hacia él hasta hacer que mi pecho choque contra el suyo. —¿Te gusta? —¡Me encanta! —exclamo, emocionada. Nunca nadie había preparado algo así para mí—. Esto es maravilloso. Me has dejado sin palabras. Gracias, Alexander. —No agradezcas —susurra mientras desliza una mano por mi espalda y apoya su frente contra la mía—. Solo quiero que disfrutes todo lo que he prepa
~ANNA~ Camino hacia la enorme terraza sosteniendo una bandeja llena de bocadillos, mientras los dos hombres de mi vida platican amenamente y fuman unos habanos. Me detengo detrás del enorme ventanal que separa el salón principal de la terraza y me quedo contemplando la maravillosa escena. Los dos hablan y ríen mientras los dorados rayos del sol de la tarde bañan el enorme jardín del lujoso palacete. Han pasado tres semanas desde que a mi padre le dieron el alta y, para evitar el ajetreo y el estrés de la ciudad, decidimos trasladarnos al palacete que tiene en las afueras de Múnich. Necesita estar lo más tranquilo y relajado posible, y el aire rural parece sentarle mucho mejor. Los días han pasado rápido. Alexander se ha convertido en mi mejor consejero a la hora de tomar decisiones para las empresas. Me ha instruido, me ha enseñado muchas cosas que ignoraba, me ha guiado y, sobre todo, me ha ayudado a no claudicar. Me anima, me apoya, me impulsa a seguir adelante cuando siento que
~ANNA~ Estaba tan cansada que me quedé profundamente dormida. Me despiertan los rayos de sol que entran por las ventanas y los susurros y risas de dos personas dentro de la habitación. Abro los ojos y giro la cabeza hacia el lugar de donde provienen los susurros. La cama de mi padre. Y al lado, sentado en una silla, se encuentra Alexander. Los dos sonríen y hablan animadamente en voz baja. Parpadeo, incrédula por lo que ven mis ojos, y me pregunto si estoy soñando o qué. Muevo la cabeza de un lado a otro para desestructurarme y luego me incorporo, quedando sentada en el mueble y viéndolos con cara de confusión. —Buenos días, dormilona —me saluda Alexander con aquella sonrisa que tanto me encanta. —¿Has descansado? —pregunta mi padre con una sonrisa en su boca. —Buenos días —murmuro, medio somnolienta aún—. Sí, he descansado mucho, creo. ¿Qué hora es? —Son las nueve de la mañana —responde Alexander, con una sonrisa divertida surcándole los labios. —¿He dormido tanto? —exclamo,







