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Capítulo 7: Los Funámbulos 2

Author: Diosa autora
last update publish date: 2026-04-26 20:49:54

Valentina

El pánico, esta vez, es real, agudo. Me clava una hoja helada en el vientre. No solo me tiene "echado el ojo". Tiene ojos por todas partes. Una red de informantes. Una telaraña.

—Y esta noche… —continúa mi madre, sus lágrimas fluyendo de nuevo libremente—. Don Alberto… ya sabes, el viudo del tercero… vino a verme. Estaba blanco como el papel. Dijo… dijo que le habían hecho llegar un mensaje. "Que la linda camarera de La Última Lágrima se cuide. Las calles son peligrosas de noche para los ángeles."

Rompe en sollozos ruidosos.

—¡Es una amenaza, Valentina! ¡Una amenaza velada, pero lo es! ¡Todo el mundo lo ha entendido! ¡Todo el mundo le tiene miedo a ese demonio!

La palabra está dicha. Demonio. Resuena en la habitación pobre, dándole una dimensión de pesadilla.

Guío a mi madre hasta el sofá, me siento a su lado, meciéndola maquinalmente. Mi mente gira a toda velocidad, pero está vacía. Vacía de soluciones. Llena de esa imagen de Diego, de su sonrisa ambigua, de sus ojos que absorbían la luz.

—No me ha hecho nada —repito, como un mantra hueco.

—¡Todavía no! —gime—. ¡Pero mira a tu alrededor! ¡Su simple atención es un veneno! Nuestros vecinos nos evitan. El casero me ha mirado con terror hoy. Estamos marcadas, Valentina. Marcadas por su interés. Y ese interés… es como una mancha de sangre en la puerta de los hebreos. Atrae la desgracia.

Pienso en los lirios blancos para la hija de El Ratón. En el gesto calculado, en la monstruosidad del contraste. La negrura con gestos de luz. Él tenía razón.

—¿Qué quieres que haga, mamá? ¿Que huya? ¿Y tú?

—¡Sí! ¡Huye! —exclama, aferrándose a mí—. Vete a Veracruz, a casa de tu tía Clara. Déjame aquí. Yo no soy nada. Una vieja. No irán a por mí. Pero tú… tú eres el objetivo.

Miro su rostro deshecho, el amor puro y aterrorizado que refleja. El amor que grita huida, preservación. Y en mí, algo se rebela. Una cólera sorda, terca, se eleva.

¿Por qué yo? ¿Por qué tendría que dejarlo todo, a mi madre, mi mísero empleo, mis sueños ya asfixiados, por culpa de su mirada? ¿Por culpa del miedo que inspira a los demás? Yo no he hecho nada. No he pedido ser ni una luz, ni un blanco.

Y luego, está ese desafío. Ese desafío lanzado en el silencio tras la violencia. Sedúceme, si te atreves. No es una invitación romántica. Es un duelo. Una trampa, quizás. Pero ahora es mío. Huir sería darle la razón. Sería admitir que no soy más que una chispa que se apaga al primer soplo del viento. Que mi luz es una ilusión.

—No puedo huir, mamá —digo, y mi propia voz me sorprende por su calma recién hallada.

Ella me escruta, incrédula.

—¿Qué?

—No puedo. No quiero. —Tomo sus manos entre las mías. Están frías, frágiles como pájaros—. Si quisiera hacerme daño, ya lo habría hecho. Está jugando un juego. Un juego peligroso. Pero huir es perder de antemano. Es darle todo el poder.

—¡Te estás volviendo loca! —susurra, horrorizada—. ¡Hablas como si fuera una partida de ajedrez! ¡Es tu vida, Valentina!

—Precisamente. Es mi vida. —Me levanto, recorriendo la pequeña habitación. Una energía extraña, casi eléctrica, me recorre. El miedo sigue ahí, pero ha cambiado de naturaleza. Se ha vuelto combustible. Ya no quiero vivir huyendo. Con miedo a la sombra. Él dijo que yo brillaba en la oscuridad. Pues bien, que mire.

—No, hija mía, no… —Se retuerce las manos, al borde de la histeria—. No sabes con quién estás tratando. ¡Nadie le planta cara! ¡Nadie!

—Quizás alguien sí. —Me detengo frente a la ventana, mirando la calle oscura abajo. No veo a nadie. Solo sombras. Pero las siento, ahora. Las miradas. El miedo de los otros. Forma una jaula. La jaula que Diego, con una simple palabra, ha construido a mi alrededor.

Me giro hacia mi madre, su rostro devastado por la angustia.

—Voy a tener cuidado. Te lo prometo. Pero no huyo. ¿Quiere un juego de seducción? ¿Un juego de luz y sombra? —Tomo una profunda inspiración. El papel arrugado en mi bolsillo parece arder con más fuerza—. De acuerdo. Pero será con mis reglas también.

Mi madre me mira como si ya no me reconociera. Y quizás sea cierto. La Valentina que servía cervezas y bajaba la mirada se está disolviendo. Otra emerge, una muchacha que ella nunca ha visto. Una muchacha que tiene el abismo frente a sí y que, en lugar de retroceder, se pone a medir su profundidad.

Esa noche no duermo. Tumbada en mi cama estrecha, escucho la respiración inquieta de mi madre tras el tabique. Fijo la vista en el techo agrietado, y ya no veo la pobreza, la grisalla.

Veo un cielo estrellado, vertiginoso, peligroso y magnético.

Y sé, con una certeza que me hiela y me enciende a la vez, que la próxima vez que él venga, no bajaré los ojos. No retrocederé.

Voy a aceptar su desafío.

El demonio ha puesto sus ojos en mí. Y quizás, solo quizás, el ángel ha decidido mostrarle de lo que es realmente capaz.

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