FAZER LOGINValentina
El día amanece, gris y pesado, en perfecta armonía con el estado de sitio que reina en nuestro apartamento. El desayuno transcurre en un silencio de cripta, apenas turbado por el tintineo de las cucharas sobre los cuencos de loza desportillada. La mirada de mi madre, enrojecida y agotada, no me abandona, cargada de una interrogación muda y desesperada. Busca en mis rasgos una señal de retroceso, una fisura en la resolución descabellada que manifesté la víspera. Yo mantengo el rostro lo más liso posible, una máscara de calma que no siento. Por dentro, es la tempestad.
—Cuídate.
Murmura al fin, cuando me levanto para ir a la facultad. Su voz es ronca, desgastada por las lágrimas y el insomnio. Es todo lo que puede conceder. Una tregua frágil, armada con un miedo omnipresente.
—Siempre, mamá.
Afuera, el aire está cargado de una humedad pegajosa. Y, por primera vez, veo la calle con ojos nuevos. Ya no es simplemente mi barrio, familiar y pobre. Es un campo de batalla potencial. El vendedor de periódicos de la esquina, ¿evita mi mirada un instante de más? El policía de guardia ante la panadería, ¿su impasibilidad es natural o está ordenada? Cada sombra en un portal, cada cristal tintado de un coche aparcado, puede albergar una mirada a sueldo de Diego. La paranoia, ese veneno sutil del que él es maestro, ha comenzado ya su obra. Ni siquiera necesita estar presente. Está en el aire que respiro.
En la facultad, el ambiente es distinto, pero igualmente extraño. Mis amigos, Luis y Ana, me hacen señas desde lejos, pero su sonrisa es tensa. La noticia, ese rumor tóxico, debe de haberles llegado, deformada y amplificada. La camarera de La Última Lágrima y El Halcón… se murmura sin duda en los pasillos. Me he convertido en una curiosidad, un objeto a la vez fascinante y aterrador. Una chica que ha atraído la atención de una fuerza de la naturaleza destructora. Algunos me miran con una piedad despectiva. Otros, con una curiosidad malsana. Nadie se acerca de verdad.
Me encierro en una sala de lectura vacía, con el pretexto de repasar. Pero las palabras bailan sobre la página, sin sentido. Todo lo que veo es su rostro. La arrogancia apacible de sus facciones. La inteligencia fría de su mirada. Y aquel desafío, que resuena en mí como un gong. Sedúceme, si te atreves.
¿Cómo seducir a un hombre que lo ve todo, que lo controla todo? Un hombre para quien la seducción no es probablemente más que otra forma de manipulación, de toma de poder. La Valentina de antes, la que creía en las flores y en las promesas, no habría tenido ninguna oportunidad. Se habría estrellado contra su cinismo como una ola contra una roca.
Pero esa Valentina ya no existe. Ha sido disuelta en el ácido del miedo y de la rabia. Ha nacido otra, una chica que ha visto la jaula y se niega a permanecer en ella, aunque la única salida parezca ser caminar directa hacia el guardián.
Mi estrategia no serán los afeites, los vestidos ni las sonrisas complacientes. Será una forma de seducción mucho más peligrosa: la autenticidad del desafío. La negativa a interpretar el papel de la presa aterrorizada. Si quiere una presa, tendrá una adversaria. Si quiere luz, tendrá brillo, pero un brillo que podría cegar.
Al caer la noche, mientras me preparo para mi turno en el bar, elijo mis armas con cuidado. Un vestido sencillo, negro, que ciñe mis formas sin ostentación. Mi cabello, suelto, no es más que una cascada natural, no un peinado calculado. Un maquillaje mínimo. No quiero parecer haber «hecho esfuerzos» para él. Quiero que vea a la chica del barrio, a la camarera, a la estudiante. Pero una versión de esa chica que lo mira directamente a los ojos.
La Última Lágrima bulle con su clientela abigarrada de costumbre cuando llego. Pero se produce un silencio, ahogado y breve, a mi entrada. Las miradas se vuelven hacia mí, y luego se desvían precipitadamente. Ramón, detrás de la barra, asiente en mi dirección, su rostro curtido cerrado como una puerta de prisión. No dice nada, pero sus ojos hablan: Has vuelto. Estás loca.
Es pequeña, pero representa algo que hacía mucho tiempo que no tenía.Una posibilidad.—Empieza cuando quieras —me dice—. Deja que la pintura saque de ti todo lo que llevas dentro.Me instalo frente a un caballete y preparo la paleta con tonos bermellón, índigo y oro pálido.El pincel comienza a moverse.Pinto a Diego rodeado de rojo, atrapado en una composición que recuerda a una herida abierta. Pinto a Chiara envuelta en una oscuridad profunda, con una telaraña de miradas frías extendiéndose a su alrededor. Después me pinto a mí misma, desnuda y encadenada en medio de una luz que parece querer liberarme.Las horas desaparecen mientras trabajo.Cuando Lucien vuelve a examinar mis cuadros, ya ha caído la tarde. He terminado un autorretrato fragmentado y avanzado considerablemente en otros tres dibujos.—Excelente —dice, observando el resultado—. Vuelve mañana a las diez. Tienes alma de superviviente, V
ChiaraDiego duerme a mi lado, agotado.Lo observo durante un largo rato. Su rostro parece tranquilo, pero incluso en sueños conserva una tensión que conozco demasiado bien.Quiero convencerme de que esta noche ha cambiado algo, de que por fin he conseguido romper el muro que levantó entre nosotros.Sin embargo, cuando se mueve ligeramente entre las sábanas, lo escucho murmurar un nombre.—Valentina...La palabra me atraviesa.Mi expresión permanece inmóvil, pero algo dentro de mí se resquebraja.Ni siquiera dormido consigue olvidarla.Y yo, que he pasado veinte años esperando ocupar un lugar en su corazón, comprendo que una noche no bastará para conseguirlo.DiegoDespierto bruscamente con las primeras luces del amanecer.Un dolor punzante me atraviesa las sienes. Tengo el cuerpo entumecido y cada músculo parece recordarme que la noche anterior ocurrió algo que todavía n
DiegoEl nombre de Valentina resuena en mi cabeza.Sus ojos verdes, la suavidad de su piel, el recuerdo de aquel beso que todavía me persigue.Sacudo la cabeza, intentando apartar esas imágenes, pero la confusión no desaparece. Es como si una fuerza ajena a mí hubiera tomado el control de mis sensaciones, dejando mi voluntad atrapada detrás de una puerta cerrada.¿Es el vino?¿Me ha dado algo Chiara?La sospecha comienza a abrirse paso entre mis pensamientos.Ella me observa con una intensidad que nunca había visto en sus ojos. Durante años ha esperado algo de mí, algo que jamás he sabido o querido darle.Y ahora parece convencida de que esta noche cambiará todo.—Diego... —murmura.Su voz me devuelve a la habitación.La miro y, por primera vez en mucho tiempo, veo algo más que a mi esposa. Veo a una mujer que ha pasado años esperando una respuesta que nunca llegó, una mujer
ChiaraMi voz suena tranquila, serena, modulada como aprendí en aquellas clases de dicción que tomaba en secreto para perfeccionar mis modales.Diego asiente mecánicamente y toma la copa que el mayordomo acaba de colocar delante de él. Las gotas ya han desaparecido, disueltas en el líquido rubí como lágrimas en el océano.Perfecto.Bebe un largo sorbo y después otro. Sigo con la mirada el movimiento del vino por su garganta, completamente absorta.—Los negocios, como siempre —responde con voz ronca y cansada—. Hay movimientos sospechosos en las cuentas offshore y transferencias que no consigo rastrear. ¿Y tú, Chiara? ¿A qué se debe esta cena improvisada? ¿Hay alguna crisis que deba resolver? ¿Algún problema con el personal?Su voz transmite agotamiento, pero percibo el primer indicio del cambio: sus pupilas parecen dilatarse ligeramente y su respiración se acelera apenas un poco.El elixir ha comenzado a actuar
ChiaraContemplo mi reflejo en el espejo del baño que comunica con nuestro dormitorio conyugal, aquella amplia estancia de mármol negro donde tantas noches de soledad han dejado surcos invisibles en mi memoria.Mis ojos, rodeados de ojeras violáceas por el insomnio y las lágrimas derramadas en silencio sobre la almohada, me devuelven la imagen de una mujer a la que apenas reconozco. Conservo la misma mandíbula decidida, los mismos pómulos altos que heredé de mi madre. Sin embargo, en el fondo de mis pupilas hay una grieta que palpita como una herida abierta, una fractura insidiosa que avanza y amenaza con derrumbar todo lo que he construido con tanta paciencia: mi imperio, mi máscara de esposa devota, ese amor retorcido que siento desde hace dos décadas por un hombre que, durante las últimas semanas, atraviesa mi mirada sin verme, como quien recorre un pasillo familiar sin prestar atención a los cuadros colgados en las paredes.Pero yo no soy de las que se derrumban.No después de vei
ChiaraToma el teléfono, lee el mensaje una segunda vez. Veo la lucha en sus ojos. La desconfianza. El deseo. El miedo.—¿Cómo sé que no es una trampa?—No lo sabes. Eso es la libertad. Es un riesgo.Le dejo tiempo. El silencio se espesa entre nosotros. Miro los libros esparcidos, las marcas en su cuello, la luz que danza sobre su cabello. Es bella, lo veo. Comprendo por qué está obsesionado. Pero la belleza no basta. La juventud no basta. Hace falta más para retener a un hombre como Diego. Hace falta veneno. Y ella aún no ha aprendido a fabricarlo.—Acepto.Su voz es firme, pero veo la duda en sus ojos.—Dame la dirección.Anoto la dirección en un papel, se lo tiendo. Lo toma, lo aprieta en su puño.—Hay una condición. Diego no debe saberlo. Nadie debe saberlo. Es tu secreto. Si quieres sobrevivir aquí, tienes que aprender a tener secretos.—¿Por qué me ayudas de verdad?Me







