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Capítulo 8: Las Máscaras del Alba

Author: Diosa autora
last update publish date: 2026-04-29 02:07:59

Valentina

El día amanece, gris y pesado, en perfecta armonía con el estado de sitio que reina en nuestro apartamento. El desayuno transcurre en un silencio de cripta, apenas turbado por el tintineo de las cucharas sobre los cuencos de loza desportillada. La mirada de mi madre, enrojecida y agotada, no me abandona, cargada de una interrogación muda y desesperada. Busca en mis rasgos una señal de retroceso, una fisura en la resolución descabellada que manifesté la víspera. Yo mantengo el rostro lo más liso posible, una máscara de calma que no siento. Por dentro, es la tempestad.

—Cuídate.

Murmura al fin, cuando me levanto para ir a la facultad. Su voz es ronca, desgastada por las lágrimas y el insomnio. Es todo lo que puede conceder. Una tregua frágil, armada con un miedo omnipresente.

—Siempre, mamá.

Afuera, el aire está cargado de una humedad pegajosa. Y, por primera vez, veo la calle con ojos nuevos. Ya no es simplemente mi barrio, familiar y pobre. Es un campo de batalla potencial. El vendedor de periódicos de la esquina, ¿evita mi mirada un instante de más? El policía de guardia ante la panadería, ¿su impasibilidad es natural o está ordenada? Cada sombra en un portal, cada cristal tintado de un coche aparcado, puede albergar una mirada a sueldo de Diego. La paranoia, ese veneno sutil del que él es maestro, ha comenzado ya su obra. Ni siquiera necesita estar presente. Está en el aire que respiro.

En la facultad, el ambiente es distinto, pero igualmente extraño. Mis amigos, Luis y Ana, me hacen señas desde lejos, pero su sonrisa es tensa. La noticia, ese rumor tóxico, debe de haberles llegado, deformada y amplificada. La camarera de La Última Lágrima y El Halcón… se murmura sin duda en los pasillos. Me he convertido en una curiosidad, un objeto a la vez fascinante y aterrador. Una chica que ha atraído la atención de una fuerza de la naturaleza destructora. Algunos me miran con una piedad despectiva. Otros, con una curiosidad malsana. Nadie se acerca de verdad.

Me encierro en una sala de lectura vacía, con el pretexto de repasar. Pero las palabras bailan sobre la página, sin sentido. Todo lo que veo es su rostro. La arrogancia apacible de sus facciones. La inteligencia fría de su mirada. Y aquel desafío, que resuena en mí como un gong. Sedúceme, si te atreves.

¿Cómo seducir a un hombre que lo ve todo, que lo controla todo? Un hombre para quien la seducción no es probablemente más que otra forma de manipulación, de toma de poder. La Valentina de antes, la que creía en las flores y en las promesas, no habría tenido ninguna oportunidad. Se habría estrellado contra su cinismo como una ola contra una roca.

Pero esa Valentina ya no existe. Ha sido disuelta en el ácido del miedo y de la rabia. Ha nacido otra, una chica que ha visto la jaula y se niega a permanecer en ella, aunque la única salida parezca ser caminar directa hacia el guardián.

Mi estrategia no serán los afeites, los vestidos ni las sonrisas complacientes. Será una forma de seducción mucho más peligrosa: la autenticidad del desafío. La negativa a interpretar el papel de la presa aterrorizada. Si quiere una presa, tendrá una adversaria. Si quiere luz, tendrá brillo, pero un brillo que podría cegar.

Al caer la noche, mientras me preparo para mi turno en el bar, elijo mis armas con cuidado. Un vestido sencillo, negro, que ciñe mis formas sin ostentación. Mi cabello, suelto, no es más que una cascada natural, no un peinado calculado. Un maquillaje mínimo. No quiero parecer haber «hecho esfuerzos» para él. Quiero que vea a la chica del barrio, a la camarera, a la estudiante. Pero una versión de esa chica que lo mira directamente a los ojos.

La Última Lágrima bulle con su clientela abigarrada de costumbre cuando llego. Pero se produce un silencio, ahogado y breve, a mi entrada. Las miradas se vuelven hacia mí, y luego se desvían precipitadamente. Ramón, detrás de la barra, asiente en mi dirección, su rostro curtido cerrado como una puerta de prisión. No dice nada, pero sus ojos hablan: Has vuelto. Estás loca.

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