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8. El Encuentro

Autor: Cristy
last update Fecha de publicación: 2026-03-01 12:45:29

ABEL LENOX

​El expediente de Alys seguía sobre mi escritorio. Allí estaba plasmada toda su información básica: nombre completo, edad, dirección, empleo, universidad y un novio... bueno, ahora exnovio. Todo cuidadosamente detallado. También había otros datos relevantes de su vida que, por el momento, no venían al caso.

​Como hombre de negocios, me gusta prepararme con anticipación y trazar las estrategias necesarias para alcanzar mis objetivos. Y aunque Alys no es un negocio, es la mujer que quiero para mí; mientras más sepa de ella, más fácil será conquistarla. Nunca me rindo ante nada y siempre consigo lo que me propongo.

​Miré la invitación que reposaba sobre la superficie de madera. El decano de la universidad más prestigiosa de Ciudad Mar me había convocado para dictar una cátedra sobre finanzas. En cualquier otra circunstancia hubiese rechazado la solicitud, pero en esta ocasión me sería de mucha utilidad: yo sabía perfectamente que ella estudiaba ahí. Como alumno destacado, egresado con honores y considerado un prodigio en el mundo empresarial, era lógico que me invitaran; todos me consideraban un ejemplo a seguir. El momento no podía ser más oportuno.

​Llegó el día previsto. Me dirigí al campus en mi Mercedes-Maybach de edición limitada, acompañado por mi asistente y un grupo de escoltas. Al llegar al auditorio, la expectación era evidente: profesores, directivos y alumnos destacados llenaban el lugar.

​Tras las presentaciones de protocolo, subí al podio. Pero mi mente solo tenía un objetivo.

​La busqué entre la multitud y, en efecto, estaba ahí, sentada en la tercera fila. Intentó cubrir su rostro con su hermoso cabello negro, sus mejillas se sonrojaron y sus bellos ojos verdes se desviaron, ocultando la timidez.

​ALYS MOORE

​Pasaron varias semanas desde aquella noche y mi vida se centró por completo en los estudios. Estaba en el último año y la presión aumentaba. Mi tutor de tesis me informó que debía comenzar las prácticas profesionales y me entregó una invitación exclusiva para una cátedra de finanzas; un evento reservado solo para los directivos, profesores y alumnos más destacados, donde incluso existía la oportunidad de ser seleccionada para una pasantía en alguna de las empresas del invitado de honor.

​Llegué al auditorio y tomé mi lugar. Si hay algo que me tomo muy en serio es mi futuro, y esta era una oportunidad de oro que podía abrirme muchas puertas. Me preguntaba quién sería ese joven prodigio al que todos elogiaban y que había logrado revolucionar el mundo de los negocios a tan corta edad.

​Los murmullos cesaron cuando el decano hizo el anuncio oficial:

​—Ahora les presento al orador de orden... El señor Abel Lenox, presidente y CEO del Grupo Lenox.

​Mi corazón se detuvo por un instante y comenzó a latir con fuerza. ¡No lo podía creer! Era el mismo hombre con el que había pasado aquella noche. Traté de ocultar el rostro con mi cabello de inmediato; quería que la tierra me tragara. Un atisbo de vergüenza me invadió, pero me mantuve serena a pesar de que mi respiración era irregular. En ese momento comprendí que el hombre con quien me había acostado no era un tipo cualquiera: era el heredero de la familia más rica y poderosa de la ciudad.

​Abel recorrió el auditorio con la mirada hasta que sus ojos se clavaron directamente en mí. Lucía imponente. Su traje y zapatos hechos a medida, junto a una corbata impecable, le daban un aire sofisticado y peligroso. Tenía unos rasgos exquisitos y su cabello estaba arreglado a la perfección. Su tono de voz era seguro y autoritario; la voz de alguien acostumbrado a dominar y a triunfar.

​No pude evitar que los recuerdos de nuestra noche íntima me golpearan de repente, provocando que mis mejillas se encendieran. Ese hombre despertaba en mí emociones que jamás había experimentado. Además, sentí una punzada de celos al escuchar a las chicas a mi alrededor susurrar lo guapo que era; prácticamente se lo comían con la mirada.

​En cuanto concluyó el evento, salí casi corriendo del lugar. Quería pasar desapercibida; no estaba lista para enfrentar a Abel Lenox.

​Iba en modo fuga hacia el baño para calmarme y recuperar la compostura cuando, de repente, una mano firme me tomó de la muñeca y me hizo retroceder unos pasos. Perdí el equilibrio y estuve a punto de caer, pero su brazo me sujetó con fuerza por la cintura, pegando mi cuerpo contra su pecho. El roce cálido de su aliento sobre mi piel me hizo estremecer.

​Nos miramos fijamente. El tiempo pareció detenerse y, por un segundo, me perdí en la intensidad de sus ojos azules. El clic de la puerta cerrándose resonó en mis oídos como una sentencia.

​—¿A dónde vas con tanta prisa? —susurró con una voz baja, ronca y seductora—. ¿Piensas seguir escapando de mí, pequeña escurridiza?

​Me quedé sin palabras, sintiendo el calor de su cuerpo. Reaccioné como pude y me solté de su agarre.

​—¿Estás loco? Este es el baño de damas —un murmullo tenue apenas salió de mis labios. Rogaba internamente para que no hubiera nadie más en los cubículos.

​—¿Cómo me dijiste? —preguntó, con sus ojos clavados en los míos.

​—Disculpe, tengo clases y voy retrasada —logré articular antes de darme la vuelta y alejarme a toda prisa.

​Al mirar atrás, vi que se había quedado en el mismo sitio, observándome con una leve y seductora sonrisa en los labios.

​«Tienes que controlarte, Alys», me reprendí mentalmente mientras caminaba. «Supéralo y sigue adelante. Un hombre tan importante jamás se va a fijar en una simple estudiante como tú; seguro debe tener una fila de mujeres babeando por él y quizás hasta esté comprometido».

​En ese instante me di cuenta de que, en realidad, no sabía nada de él. Aunque, claro, podía averiguarlo si quisiera; muy pocos saben que soy un genio de la informática y la tecnología. Pero ya había decidido dejarlo en el pasado. ¿Para qué complicarme la vida?

​Horas después, terminé mi última clase y me dispuse a ir a casa. Era mi día libre en el café y aproveché el trayecto para pensar en mis finanzas: necesitaba mudarme a un apartamento más pequeño y económico, o buscar una compañera de piso para compartir la renta.

​Iba tan ensimismada en mis pensamientos que no me percaté del camino recorrido. Cuando alcé la vista, vi un coche aparcado justo en la salida de la universidad. Era un deportivo de lujo que conocía muy bien.

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Último capítulo

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