LOGINElizabeth Wardwell.Salí de su habitación sintiendo que mi cuerpo pesaba menos, como si la gravedad hubiera decidido ser opcional para mí.Bruja Maestra. Las palabras resonaban en mi cabeza como campanas de guerra.Caminé hacia los jardines interiores, buscando un poco de aire fresco que no oliera a destino y profecías.La luz del alba empezaba a filtrarse por las vidrieras del palacio, bañando los pasillos de un tono rosado y dorado que debería haber sido hermoso, pero que a mí me recordaba al color del fuego.Me detuve frente a una fuente de piedra, mirando mi reflejo en el agua cristalina. Mi rostro no había cambiado, pero mis ojos... había algo en ellos, una chispa de ese azul eléctrico de las antorchas de Hécate que se negaba a apagarse.—Bruja Maestra —susurré al agua.—Te queda bien el título, aunque suene a algo que te obligaría a llevar un sombrero demasiado grande y a hablar en acertijos.Me giré sobresaltada.Michael estaba apoyado contra una columna, envuelto en las sombra
Elizabeth Wardwell.Si el apocalipsis tuviera una banda sonora, estoy segura de que empezaría con el sonido de las botas de Drake golpeando el mármol del pasillo a las cuatro de la mañana.No hay nada como una advertencia divina de "tres días para que todo arda" para arruinarle a una el ciclo de sueño y recordarle que, en la jerarquía del universo, las brujas imperiales somos básicamente las secretarias de lujo de las deidades caprichosas.Me quedé mirando el techo de la habitación durante lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron minutos.Drake se había ido con la eficiencia de un huracán con corona, dejando tras de sí un rastro de intensidad dorada y una promesa de represalia que todavía hacía vibrar el aire.Fenrir, estaba en modo "buscador de sangre", y podía sentir los ecos de esa sed a través del vínculo que nos unía, ese hilo de plata y fuego que Drake insistía en llamar destino y que yo prefería llamar "contrato de permanencia forzosa con cláusulas abusivas".—
Elizabeth Wardwell.Vestía un manto oscuro que se movía y cambiaba de forma, como si estuviera hecho de los sueños de todos los mortales que alguna vez habían dormido bajo su protección.En sus manos, sostenía un par de llaves doradas que brillaban con una luz propia.—Hécate —susurré, y esta vez la reverencia fue real, profunda y sin un solo rastro de sarcasmo.No fue por miedo, aunque estaba allí, agazapado en un rincón de mi mente, sino por el peso abrumador de la divinidad.Era como estar frente al mar y darse cuenta de lo pequeña que es una sola gota de agua.—Elizabeth Wardwell —dijo la diosa, y su voz no resonó en mis oídos, sino en la médula de mis huesos, en la esencia misma de mi magia. —Has cruzado el Reino de las Almas y has regresado con el corazón de un lobo latiendo junto al tuyo. Has desafiado mis leyes… Las leyes de la muerte y las de mis hermanas.—Bueno, técnicamente fue Drake el que empezó a desafiar cosas cuando decidió que su destino era una sugerencia y no una or
Elizabeth Wardwell.El problema de encontrar la paz en medio de una tormenta es que, tarde o temprano, alguien se da cuenta de que no está lloviendo lo suficiente y decide abrir los grifos del cielo.Y generalmente, ese "alguien" suele ser alguna diosa con demasiado tiempo libre o un ancestro con una lista de quejas más larga que mi historial de decisiones cuestionables.Después de que Lucio decidiera que su carrera profesional necesitaba un toque de drama al estilo "sorpresa, estoy aquí para interrumpir su momento de tensión sexual", y que Michael intentara convencerme de que mi loba era un error de software en mi sistema operativo que necesitaba un parche urgente de culpabilidad, lo único que quería era dormir.Quería sumergirme en el olvido, lejos de los ojos de Drake, que me seguía mirando como si fuera la última fuente de agua en el desierto de su linaje maldito, y lejos de Freya, que no dejaba de recordarme que, como loba, ahora tenía una relación mucho más íntima con la textura
Cressida VaneEl fracaso no era un concepto que yo aceptara en mi realidad.Para los mediocres, el fracaso era un final, un muro de piedra contra el que se estrellaban sus ambiciones.Para mí, era simplemente un cambio en la frecuencia de la melodía que estaba componiendo. Una nota contraria que me obligaba a ajustar el ritmo, a afilar el tono y a preparar un clímax mucho más sangriento de lo que había planeado originalmente.Cuando el ritual en el palacio comenzó, yo no estaba allí para presenciar las caras de terror de Nox, de Dominico o la desesperación en los ojos de Blackwood.No lo necesitaba.Estaba en mi campamento base, en las estribaciones de la frontera sur, rodeada por el olor a pino quemado y la vibración constante de la magia de guerra que mis aquelarres estaban tejiendo sobre las aldeas Lycan.Tenía mi mano derecha cerrada sobre el amuleto de obsidiana, una reliquia tallada en el corazón de un volcán muerto y bautizada con la sangre de siete traidoras.Ese amuleto era m
Elizabeth Wardwell.Drake se tensó. Fenrir gruñó en la base de su garganta, un sonido que hizo vibrar las ventanas del despacho. Yo puse una mano sobre el brazo de Drake, un gesto que Michael no pasó por alto. Sus ojos se fijaron en mis dedos sobre la tela negra del uniforme de Drake como si fueran carbones encendidos.—Está bien, Drake —dije sin quitarle los ojos a Michael. —Solo será un momento.Drake me miró, buscando algo en mis ojos. Lo que encontró pareció calmarlo, o al menos, le dio la confianza suficiente para no arrancar la cabeza de Michael allí mismo.—Cinco minutos, Elizabeth —dijo Drake, su voz baja y posesiva. —Te espero en la antecámara.Él salió, cerrando la puerta con una firmeza que resonó en el silencio de la habitación. Me quedé a solas con Michael. El despacho, que hace un momento parecía pequeño con tanta gente, ahora se sentía inmenso y vacío.El fuego en la chimenea crujió, lanzando chispas que murieron antes de tocar el suelo.Michael no dijo nada al principi







