LOGINHoratio le dio una mirada minuciosa a Isla.
Ella estaba usando un traje de baño de una pieza en color negro, pese a que poseía más tela que muchos de los bikinis que había visto usar a algunas mujeres allí, no hacía nada por disimular las curvas naturales de su cuerpo. Sus senos eran del tamaño perfecto para caber en sus manos y sus caderas anchas le trajeron algunas imágenes bastantes eróticas a la mente.
Intentó cambiar la dirección de sus pensamientos al sentir el tirón contra sus shorts. No quería dar un espectáculo. Además, la mujer frente a él, no era otra que su nueva empleada y él prefería no tener nada que ver con personas del trabajo.
—Bonito traje —dijo subiendo la mirada.
—Gracias. —Ella le dio una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Jamás creí encontrarlo en un lugar como este.
—¿Por qué no? Todo el mundo va a la playa de vez en cuando.
—Asumí que preferiría ir a un lugar más privado.
—Si quiero pasar un rato a solas, suelo ir a la casa de playa de mis padres. Pero en otras ocasiones solo busco mezclarme con las personas, así que vengo aquí.
—Por supuesto tiene una casa en la playa —comentó Isla mientras sonreía. No detectó crítica, ni burla, en su voz.
Era bastante más bonita cuando sonreía, recordaba haber pensado lo mismo cuando la vio de pie en el pasadizo de la constructora.
—¿Viniste sola?
—Yo…
—¡Isla! —la llamó una voz a la distancia y ella miró sobre su hombro.
—Supongo que eso responde mi pregunta —dijo mientras miraba en la misma dirección.
—Esa es mi madre. Yo la traje porque… —Isla se quedó en silencio.
Horatio se sintió intrigado.
—Creo que debería acercarme a saludar —comentó al ver a la madre de Isla saludarlo con la mano.
—¿Qué? —Isla reaccionó—. No es necesario.
Horatio ya se había puesto en marcha para cuando Isla terminó de hablar.
—Señora Rieti, buenos días. Es un gusto conocerla, soy Horatio Morelli.
La madre de Isla lo miró con una sonrisa mientras tomaba su mano.
—Itala. La madre de Isla —se presentó la mujer mirando a la aludida que se acomodó a lado de ella.
—Déjeme decirle que es una mujer joven y hermosa.
Las mejillas de Itala se sonrojaron mientras su sonrisa crecía aún más.
De cerca, podía ver el parecido con Isla. Las dos tenían el mismo cabello castaño y la misma sonrisa.
—¿Y ustedes son…
—El señor Horatio es uno de mis jefes —interrumpió Isla antes de que su madre pudiera terminar de hablar.
—Oh. —Itala lo miró—. Eres un jovencito atractivo. ¿Estás soltero?
—Mamá —sermoneó Isla.
Horatio soltó una carcajada.
—¿Es ese el preludio para una propuesta indecente? Porque de ser así, nada me gustaría más que llevarla a una cita, conozco unos buenos restaurantes. —Terminó con un guiño.
Esta vez fue el turno de la mujer de reír.
—Además de atractivo, divertido. Mi hija debería…
—Horatio tiene que irse, solo pasó a saludar.
—No me molestaría quedarme un rato más en compañía de tan bella dama.
—No queremos quitarte más tiempo.
Isla le dio una mirada de desafiante.
Horatio no era de los que cedían a la presión con mucha facilidad, pero decidió darle un respiro a la pobre mujer.
—Ahora que lo pienso, debo regresar a casa, tengo trabajo que hacer.
—Fue un verdadero gusto —dijo y besó en la mejilla a Itala.
—El gusto fue todo mío.
—Nos vemos el día lunes en el trabajo —le dijo a Isla.
—Está bien, señor.
—Solo Horatio. —Le dio una sonrisa ladina y la besó en la mejilla.
Se dio la vuelta para marcharse, de hecho, ya había estado a punto de marcharse cuando vio a Isla. Sin detenerse a pensarlo se había acercado a ella y, a propósito, se había puesto en su camino. No había esperado que ella chocara contra él, pero tampoco había hecho nada por impedirlo.
Horatio fingió no ver la mirada llenada de fastidio que le lanzó su primo cuando entró a su oficina sin llamar. No lo había hecho nunca y no iba a comenzar ahora. Si él quería mantenerlo fuera, entonces debería colocarle el seguro a la puerta.
—Creí que habías aprendido a tocar desde la última vez que me encontraste con Samantha —comentó Giovanni, Gio para la familia.
Se encogió de hombros.
—Ya lo superé. —Se acercó a uno de los sillones y se dejó caer en él.
Gio soltó un suspiro, pero no dejó de prestar atención a lo que sea que estaba haciendo.
Era divertido verlo perder la paciencia.
Su primo le llevaba unos buenos años de ventaja y quizás por eso era el más maduro. Los dos junto a su primo Ignazio habían forjado una buena amistad, aunque al principio solo habían sido Gio e Ignazio. Horatio había estado detrás de los dos hasta que no tuvieron más opción que aceptarlo.
Unos cuantos golpes se escucharon en la puerta.
La expectación creció dentro de él.
—Adelante. Ves, es así como funciona —explicó su primo—. Llamas a la puerta y yo te doy permiso de entrar.
—Nunca me dejarías entrar, si supieras que se trata de mí.
Los dos se pusieron de pie para recibir a la recién llegada.
—Buenos días —saludó Isla.
—Señorita Isla —saludó su primo.
Su mirada tardó unos segundos en posarse en él, como si estuviera tardándose a propósito.
—Veo que el sol le sentó bastante bien —comentó con una sonrisa.
—Supongo que ustedes dos ya se conocen. —Su primo los miraba con la misma expresión imperturbable de siempre.
Giovanni lo conocía muy bien para darse cuenta de que tenía curiosidad.
—Así es, conocí al señor Horatio después de mi entrevista —explicó Isla.
—Qué mejor, así podemos ahorrarnos las presentaciones y poner a trabajar de inmediato. Isla, toma asiento, por favor. ¿Ya firmaste tu contrato?
—Justo vengo de recursos humanos.
—Horatio y yo, nos encargamos del manejo de la empresa. Dentro de un par de semanas, saldré de vacaciones, así que, en mi ausencia cualquier duda la puedes consultar directamente con mi primo. Además, él y yo, trabajamos en el mismo equipo con los clientes más exclusivos, así como el hombre que veremos el día de hoy. Durante mi ausencia, alguien tendrá que asumir mi función como arquitecto, la decisión aún no está tomada.
Isla asintió mientras su mirada se llenaba de determinación.
Horatio ya quería ver de lo que era capaz.
—Me esforzaré al máximo —declaró Isla.
—Estoy seguro. Si mi primo te contrató, es porque eres buena. Es un aburrido, pero nadie duda de su criterio. Es por eso que dejo que se encargue de las contrataciones.
—Me las dejas a mi porque odias tener que lidiar con los candidatos.
—Detalles.
—Bueno, pongámonos en marcha. —Su primo miró su reloj—. Eduardo nos espera a las diez de la mañana.
Durante el viaje, su primo le habló a Isla sobre el cliente y del último proyecto que habían hecho para él.
—Él siempre les da a sus esposas lo que quieren —intervino en determinado momento mirando a Isla a través del espejo retrovisor—. Así que es a ella a quien debes convencer al final —sugirió.
—Entiendo.
Cuando llegaron a la cabaña, Eduardo y su nueva esposa, Ornella, no estaban aún allí, pero aparecieron cinco minutos después.
Isla estaba dando algunas vueltas con una libreta en mano mientras observaba el terreno vacío.
Después de las presentaciones, Ornella los llevó primero al interior de la cabaña y empezó a explicarles lo que quería.
Horatio dejó de escucharla y en su lugar se puso a observar a Isla. Se había recogido el cabello en una coleta alta, todavía tenía una libreta y lápiz en mano y por momentos fruncía el ceño mientras escribía algo.
—Aquí podríamos… —empezó y se quedó a medias.
—¿Qué es? —preguntó Giovanni.
Isla los miró ambos y empezó a hablar con seguridad mientras todos escuchaban en silencio.
—Eso me gustaría —dijo Ornella aplaudiendo emocionada.
Las dos mujeres se adelantaron hablando de los cambios y las nuevas implementaciones.
—Me agrada —comentó Eduardo—. Aunque no debería sorprenderme, solo tienes a los mejores
El hombre alcanzó a su esposa y la tomó de la mano.
—Es buena —comentó.
—Espero que no se lo pongas difícil —dijo su primo.
Para cuando terminaron la reunión, Eduardo y Ornella se veían bastante contentos.
Isla era más que buena en su trabajo. Tenía ideas únicas y sabía cómo manejar al cliente. Le había dado un giro a las peticiones extravagantes de la mujer de Eduardo, asegurándose de dejarla más emocionada.
Se sorprendió no haber escuchado mencionar su nombre, ni una sola vez en el pasado. En el círculo en el que se movían, debería haber escuchado al menos de alguno de su proyecto.
—Comenzaré a trabajar en los planos —anunció Isla, con la mirada sus apuntes. Era como si ya el resto del mundo hubiera dejado de existir para ella.
Habían ido a almorzar con la pareja y después Gio los llevó de regreso a la constructora.
—Por supuesto —asintió su primo.
Horatio esperó que su primo se dirigiera a su oficina antes de seguir a Isla.
—Bonita oficina —comentó cuando llegaron.
Ella lo miró confundida y luego a su oficina. Seguro, ni siquiera había notado que la estaba siguiendo.
Era bastante tierna.
—Ah, sí —dijo ella, por fin—¿Necesitas algo?
Cerró la puerta y se acercó hasta ella. Isla no retrocedió, como esperaba, solo se quedó allí con la frente en alto. Su presencia parecía no afectarla como a él, o eso pensó al principio hasta que vio un brillo de deseo en sus ojos.
—¿Te sientes incómoda conmigo?
—Para nada —respondió demasiado rápido.
Sonrió.
—¿Estás segura? —Horatio tomó un mechón de cabello que había escapado de su cola y lo colocó detrás de su oreja.
Su cabello era suave.
Sus ojos se dirigieron hacia sus labios y se preguntó si eran tan suaves como se veían. Quería probarlos.
Horatio nunca se involucraba con sus empleadas, pero quizás por Isla podía hacer una excepción.
—Así es. —Isla di un paso hacia atrás.
No, ella no era indiferente a él.
—¿Hay algo más en lo que le pueda ayudar?
Hola a tod@s. Gracias por llegar hasta aquí. Espero que disfrutaran de esta historia tanto como lo hice cuando lo escribí. La siguiente historia será de Vincenzo Morelli, el hermano de Gio. El título "Robando a la novia" y estará disponible en la plataforma en el transcurso de la siguiente semana. Si aun no has leído el resto de historias, te invito a hacerlo. El orden es el siguiente. Primera generación: 1. Niñera del italiano 2. Una enfermera para el italiano 3. Por una promesa (Hermanos Morelli #01) 4. Encuentro inesperado (Hermanos Morelli #02) 5. Cuestión de negocios (Hermanos Morelli #03) 6. Más que venganza 7. ¡Qué gane el mejor! Dentro del mismo universo: 1. Mi dulce bestia 2. Mi feroz protector Segunda generación (hijos): 1. Acuerdo perfecto 2. Matrimonio sobre papel 3. Rompiendo las reglas 4. El bebé sorpresa del playboy 5. Destinada a ti 6. Seducción planeada 7. Secretos en la oficina Nuevamente muchas gracias y un abrazo a tod@s.
Horatio soltó una carcajada mientras sus hijos se removían para tratar de que los soltara. Llevaba a Caterina bajo el brazo y a Leo sobre el hombro. —Los atrapé, tienen que rendirse. —Eso jamás —declaró Leo. Soltó otra carcajada. No sabía si se parecían más a él o a Isla, a sus tres años y medio ambos tenían una determinación que le sorprendía. —Mamá les dijo que no se ensuciaran y lo mejor que se les ocurrió fue salir a jugar al jardín. Había decidido que era hora de mudarse a un lugar un poco más espacio poco cuando los niños cumplieron dos años. El departamento no era tan pequeño, pero quería que sus hijos tuvieran aire libre donde correr. —Ella estará molesta con ustedes. Los gemelos dejaron de removerse en el acto. Ninguno de sus hijos parecía sentir la misma adoración que sentían a su mamá. Bastaba que Isla entrara en una habitación y el par de diablillos que tenía por hijos serían los niños mejor portados de la historia. Sí existía el karma, en definitiva, se estaba riend
—Estás hermosa.Isla encontró la mirada de su madre a través del espejo. Ella tenía los ojos rojos y una sonrisa enorme.—A tu padre le habría encantado estar aquí. Aunque él se aseguró de estar aquí de todas formas. —Su madre se acercó a su cartera y sacó algo de su interior—. Esto es para ti.Isla tomó lo que parecía el estuche de un collar. —Adelante, ábrelo. Te va a encantar.La obedeció y, tan pronto vio el contenido, las lágrimas se agolparon en sus ojos. No podía creerlo. No se había equivocado. Sí era un collar, pero no uno cualquiera. Isla había visto ese collar en el pasado.Debía tener unos nueve o quizás diez años. Su padre se la había mostrado y ella había quedado encantada con su belleza. Era una pieza antigua y única. En el centro de la cadena colgaba un jade circular de color verde rodeado de oro en forma de lazos entrelazados.Su familia nunca había tenido el dinero suficiente para gastarla en joyas caras. El origen de aquel collar venía de muchas generaciones atrás,
Horatio bajó del auto y se dio la vuelta para ayudar a Isla.—Con cuidado dulzura —dijo y le tendió la mano.Se alegraba de estar de regreso en casa, pero iba a extrañar el hospital. Un pensamiento demasiado raro. Uno que, estaba seguro, muchos padres primerizos entenderían. La explicación, bastante sencialla. Al menos en el hospital había personas capacitadas que parecían entender a sus hijos mejor que él.Desde que sus gemelos habían nacido, una semana atrás, no había podido relajarse. El mínimo gesto de incomodidad y él saltaba a atenderlos, la mayoría de veces sin tener idea de qué demonios los estaba fastidiando. Sus padres, las enfermeras y lo médicos le dijeron que aprendería a reconocer el motivo detrás de cada tipo de llanto. A menudo se preguntaba si esa habilidad no debería haber venido incluido en el paquete de ser padre.Siete días y él todavía se sentía igual de inútil que el primer día. Casi le dio escalofríos al recordar aquel primer día cuidando a sus hijos. Los dos
Isla estaba nerviosa. Había llegado el momento de conocer a sus hijos. En unas horas los tendría en brazos y vería sus preciosas caras. Había esperado tanto por ese momento y no podía creer que por fin iba a suceder. Los últimos meses le habían parecido una eternidad. No estaba acostumbrada a no hacer casi nada, pero era justo lo que había tenido que hacer por la seguridad de sus bebés. El último mes, había sido el peor. Entre pasar la mayoría del tiempo sentada o recostada y los malestares del embarazo, no sabía cuál había sido peor. Pero los cuidados habían valido la pena. No había presentado dolor otra vez y había podido llevar su embarazo a término. Sus hijos estaban en condiciones de venir al mundo. —¿Quieres un poco de agua? Isla sonrió. Horatio, difícilmente podía ocultar su ansiedad y no era el único. Leonardo estaba en la misma situación. Las únicas que parecían no haber perdido la cabeza eran su madre y Natalia. Y claro que estaban divirtiéndose a costa de los dos pobres
Horatio se quedó despierto, incluso cuando Isla se relajó lo suficiente para dormir. Demasiada adrenalina corría por sus venas a causa del miedo que había pasado cuando vio a Isla quejarse de dolor. Aunque había mantenido lejos los pensamientos negativos mientras tomaba decisiones, las posibilidades de lo que pudo haber pasado rondaban su mente en ese momento.Eran cerca de las cinco de la mañana cuando no pudo más mantener los ojos abiertos, pero no durmió mucho. Se despertó apenas una hora y media después, sintiéndose como si tuviera resaca. Su cuello le dolía por la posición incómoda en la que había dormido y sus músculos, en general, parecían entumecidos.Miró a Isla, que seguía durmiendo, y con cuidado soltó su mano. Ella necesitaba descansar tanto como fuera posible. Se levantó, estiró sus brazos al aire y movió la cabeza de lado a lado.Necesitaba un vaso de café cargado y una ducha, pero iba a tener que conformarse con solo uno de ellos. Después de ir al baño y lavarse el rost







