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Capítulo 2. Regreso del verdugo.

Author: Isabella
last update publish date: 2024-11-15 07:29:46

Capítulo 2.

Regreso del Verdugo.

El silencio en la habitación era espeso, casi tangible, interrumpido únicamente por el leve roce de la crema deslizándose sobre la piel de Rosaura. Emmanuel la observaba desde el umbral con una fijeza calculada, habiendo permanecido inmóvil durante varios minutos, estudiando cada uno de sus movimientos con una mezcla de fastidio y desinterés latente. Su presencia alteraba de inmediato el aire del lugar, cargándolo de una tensión invisible pero asfixiante.

—¿Qué te dije sobre el seguro de la puerta después de las doce? —inquirió Emmanuel, con un tono calmado pero rezumando una arrogancia calculada que lograba desestabilizarla por completo.

El pánico, sutil pero constante, hizo que Rosaura se sobresaltara. Dejó a un lado el frasco, sintiendo que el corazón le latía desbocado contra las costillas.

—Lo lamento, yo… lo esperaba —respondió con voz trémula, apresurándose a girar hacia él.

En ese preciso instante, un movimiento brusco hizo que Emmanuel dejara caer una pequeña caja al suelo. El sonido seco del impacto contra la madera resonó en la habitación, y Rosaura se movió de inmediato, impulsada por un reflejo condicionado por el miedo a incurrir en cualquier falta. Obediente, se inclinó para recoger el objeto, lo depositó con delicadeza sobre la mesita de noche y se incorporó para atenderlo con la misma sumisión de siempre. Se acercó a él, le ayudó a retirar el pesado abrigo con movimientos precisos y lo colgó en el perchero. Acto seguido, se agachó para desabrocharle los zapatos, una tarea meticulosa que en el pasado había reservado para su padre y que ahora ejecutaba con el mismo fervor servil para con su esposo.

—¿Ha comido? ¿Desea que le prepare algo de comer? —preguntó levantando el rostro, ofreciéndole esa mirada tierna y suplicante que la caracterizaba, un destello de afecto genuino en medio de un páramo de indiferencia.

—No, ya cené; en la caja hay un regalo para ti —respondió Emmanuel con sequedad, desatendiéndose de sus atenciones.

Al escuchar aquellas palabras, Rosaura experimentó un inusual destello de ilusión. Sus ojos se iluminaron ligeramente y levantó la mirada para encontrarse con la de él, dibujando una sonrisa frágil, casi imperceptible, en sus labios.

—Gracias, yo… no lo esperaba.

—No te lo compré yo —replicó él con frialdad, apartándola sin miramientos mientras caminaba hacia el armario.

La sonrisa de Rosaura se desvaneció al instante, evaporándose como el aliento en la escarcha. Bajó la vista, avergonzada por su propia ingenuidad, y dio un paso atrás para apartarse de su camino. Emmanuel abrió una pequeña maleta de viaje y comenzó a sacar ropa con desdén, un gesto rutinario que para ella significaba el preludio del abandono y generaba una angustia insoportable en su pecho.

—¿Se marcha? —preguntó con un hilo de voz, apenas audible sobre el eco del silencio nocturno.

—Saldré de viaje por unos días. Te avisaré cuando regrese —contestó sin voltear a verla.

Rosaura asintió con lentitud, moviéndose con pasos mecánicos hacia la cama para tomar una bata con la que cubrirse los hombros, sintiendo el frío de la indiferencia calándole los huesos.

El temblor en sus manos delataba el miedo que intentaba contener. Tomó aire, reuniendo el escaso valor que le quedaba, consciente de que estaba rompiendo las reglas no escritas de su convivencia.

—¿Puedo pedirle algo? —Su voz, suave y quebradiza, detuvo por una fracción de segundo los movimientos de Emmanuel. Jamás se había atrevido a tutearlo; las normas de la casa estipulaban un trato distante y formal, y cada una de sus peticiones anteriores había chocado sistemáticamente contra la muralla infranqueable de sus negativas.

Emmanuel se giró lentamente, arqueando una ceja con irritación contenida.

—¿Qué quieres ahora?

—¿Puedo ir a visitar a mi padre? —La pregunta flotó en el ambiente, pesada e incosteable, retumbando en los oídos de Emmanuel de una manera sumamente incómoda.

—No creo que quiera verte. Además, los vuelos están suspendidos por el temporal; lo mejor que puedes hacer es quedarte encerrada aquí, donde estás segura —respondió con desdén, reanudando su camino hacia la salida.

Rosaura no pudo contenerse más. Lo vio caminar hacia la puerta y sintió que el tiempo se agotaba, que su vida se deslizaba entre los dedos como arena fina. Da un paso al frente, persiguiendo su silueta.

—¿Qué más tengo que hacer para saldar mi deuda, señor? —Las palabras brotaron con una desesperación sorda, obligando a Emmanuel a detenerse en seco. Al girarse, la miró con una frialdad analítica, pero esta vez ella no bajó la mirada; le sostuvo el contacto visual, desafiando por primera vez el peso de su autoridad—. Usted no me quiere en su vida. Ya han pasado dos años desde esta farsa y sé perfectamente que no desea que le dé hijos. He cumplido con cada capricho, con cada orden, pero no soporto seguir viendo cómo se consume su infelicidad por mi culpa. Dígame, ¿qué debo hacer para que usted sea libre? ¿Cómo consigo que este contrato se rompa de una vez por todas?

—No hay nada que hacer. El contrato es irrevocable; debemos esperar a que los plazos se cumplan —respondió él con sequedad, sin un ápice de empatía.

—Debe haber una manera. ¿Qué debo firmar? ¿Qué papeles necesito para conseguir que esto termine? —insistió, siguiéndolo de cerca, con la desesperación pintada en el parpadeo constante de sus pestañas.

—Si fuera así de fácil, ya te habría devuelto a las calles; eres solo un estorbo, una carga innecesaria en mi vida.

Las palabras de Emmanuel golpearon como un martillo sobre cristal templado. Rosaura sintió que las fuerzas abandonaban sus piernas y, sin poder sostenerse más, cayó de rodillas directamente sobre el suelo frío de la habitación.

—Lo sé… —murmuró con la voz rota, mientras su pulgar izquierdo comenzó a pellizcar con fuerza la piel de su mano derecha en un tic nervioso que Emmanuel observó con fastidio—. Yo lo lamento tanto. Le juro que jamás fue mi intención hacerlo infeliz. Creí que con el tiempo, tal vez…

—Estoy perdiendo el tiempo contigo. Tengo que tomar ese avión —espetó, interrumpiendo su letanía de disculpas sin inmutarse ante su postura de total rendición.

—Pero… pensé que había dicho que no había vuelos disponibles —replicó ella, levantando los ojos anegados en lágrimas, buscando una contradicción en su discurso.

El fastidio de Emmanuel estalló en un gesto violento al ver que ella no se apartaba.

—¡Demonios! No tengo tiempo para hacer esto, pero si tanto necesitas escucharlo para que dejes de hostigarme, te diré la verdad: tu padre no quiere verte. Él ya cobró su parte del trato, saldó su deuda con la familia y ahora tiene una nueva vida, una nueva familia donde tú no encajas. Él pidió dinero a cambio de deshacerse de ti, y mi padre aceptó las condiciones. ¿De verdad creías que era yo quien te prohibía verle? Me da exactamente igual lo que pienses, es él quien te aborreció y prefirió el dinero antes que a su propia hija. No…

—Si muero… —Rosaura lo interrumpió de repente, levantando la barbilla mientras un arroyo silencioso de lágrimas surcaba sus mejillas con velocidad—. Si usted no me hubiera salvado aquella vez de mi enfermedad, tal vez este contrato se habría anulado de forma natural. Si yo muera hoy mismo, ¿se arreglaría todo para usted? ¿Sería feliz?

Las palabras de la joven detuvieron al hombre en el dintel de la puerta. Emmanuel se giró lentamente, observándola con una mezcla de sorpresa y hastío, sopesando la gravedad de lo que acababa de escuchar.

—Solo si estás tan cansada de vivir como aparentas... En ese caso, sí. Tu muerte me libraría de esta carga insoportable. Pero esa es una decisión absurda que no me corresponde tomar a mí —sentenció con crueldad indiferente.

En ese preciso instante, el timbre estridente de su teléfono celular rompió el silencio sepulcral de la estancia. Emmanuel sacó el aparato del bolsillo con rapidez, comprobó el nombre en la pantalla y respondió la llamada sin importarle la presencia ni el estado de su esposa.

—¿Sí? Cariño, ¿dónde estás? —se escuchó la voz cristalina de Vanessa a través del altavoz, resonando con nitidez en la habitación y asestando la estocada final al corazón destrozado de Rosaura.

Emmanuel reaccionó de inmediato, ajustando el volumen del altavoz a la normalidad mientras daba la vuelta y se marchaba a paso firme por el pasillo.

—Ya voy en camino, amor, no te preocupes por nada —respondió con una dulzura y una urgencia que jamás había empleado con su esposa.

Rosaura permaneció inmóvil, arrodillada sobre el suelo, con la cabeza gacha y el alma sumergida en un abismo de pensamientos oscuros y definitivos. A lo lejos, a través del ventanal, pudo ver las luces del automóvil de Emmanuel encenderse y alejarse lentamente en la oscuridad de la noche, dejándola completamente sola con sus fantasmas.

III. El Camino hacia la Deriva

Sin fuerzas en las extremidades, temblando de pies a cabeza y con el terror atenazando cada rincón de su mente, Rosaura se puso en pie con torpeza. Comenzó a caminar descalza hacia la salida de la habitación, cruzando el umbral sin detenerse a pensar en las consecuencias. Sus pies desnudos pisaron el suelo helado, y al abrir la puerta exterior, una ráfaga de viento gélido la recibió, azotando su cuerpo y cubriendo sus plantas con la nieve acumulada en el porche.

La mansión estaba situada en las afueras de la ciudad, un refugio apartado donde la distancia con el mundo exterior era inmensa y desoladora. Comprendió con absoluta crudeza la realidad de su situación: si ella muriera en ese instante, a nadie le importaría en absoluto; si su cuerpo se perdía en la intemperie, nadie la buscaría; si su existencia se apagaba, el mundo continuaría girando sin que su ausencia dejara la menor huella.

Cada pensamiento repetitivo en su mente actuaba como un motor que la impulsaba a avanzar hacia la intemperie de la noche estival convertida en invierno por la ventisca. Su piel se erizó al instante, los músculos se le contrajeron por el frío extremo, y el fino tejido de su ropa interior apenas lograba ofrecer una mínima barrera contra la brutalidad del clima. Caminaba sin rumbo fijo, sin mirar hacia dónde se dirigían sus pasos, mientras su vida entera parecía proyectarse en su mente como una película acelerada, recordando fugazmente los pocos instantes en los que había conocido la felicidad antes de ser entregada como una mercancía.

Sus piernas, debilitadas por la desnutrición emocional y el dolor físico, comenzaron a flaquear. Se adentró en los linderos del bosque circundante, donde las ramas secas crujían bajo sus pies y la maleza raspaba su piel desprotegida. De repente, un intenso dolor punzante estalló en su pie derecho al pisar una roca oculta bajo la nieve; la presión provocó una mezcla de ardor y dolor agudo que ascendió por toda su pierna, desvaneciéndose lentamente al mismo ritmo en que sus ganas de luchar y de vivir se consumían.

Rosaura cayó de rodillas sobre la tierra helada, acurrucándose sobre sí misma en posición fetal. Temblaba de manera descontrolada, sintiendo cómo el frío penetraba hasta los huesos, entumeciendo su cuerpo mientras esperaba el final inevitable. En medio del delirio provocado por la hipotermia y la angustia, un único recuerdo nítido cruzó su mente, aferrándose a él como su última tabla de salvación: el día de su boda, cuando pronunció las palabras que ahora resonaban como un eco doloroso en el bosque vacío.

—Te amo, amor mío… Espero que algún día seas verdaderamente feliz. Eres libre…

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Comments (12)
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Vane
Este libro promete, pobre mi Ross ...
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LULÚ y BETY Cardozo
pobre Rosaura estar en un matrimonio que no es feliz xq Emmanuel no la quiere
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Kenia Urbina
pobre Rosaura no solo Emmanuel es así con ella ahora su padre no quiere saber de ella porq será
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