LOGINCapítulo 3.
Intuición. El trayecto hacia el aeropuerto transcurría bajo una atmósfera densa y claustrofóbica. Con las manos aferradas al volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaban blancos, Emmanuel sentía una opresión inusitada en el centro del pecho. Su mundo parecía tambalearse sobre cimientos invisibles, y la imagen persistente de Rosaura, sumida en un mar de lágrimas y desolación minutos antes de su partida, se negaba a abandonar su mente, manteniéndolo en un estado de tensa alerta. El zumbido constante de su teléfono móvil rompió el silencio del habitáculo. En la pantalla iluminada aparecieron de forma consecutiva los mensajes de Vanessa: V: ¿Dónde estás, cariño? Está helando aquí afuera, me voy a congelar. V: Emmanuel, amor, la policía de tránsito acaba de anunciar el cierre temporal de las vías; dicen que se avecina una tormenta de nieve sin precedentes. Debes darte prisa o perderemos el vuelo. Las advertencias de Vanessa operaron como un ancla que lo obligó a detenerse mentalmente. Sin embargo, en lugar de acelerar hacia el aeropuerto, una ráfaga de memoria lo asaltó de improviso. Al visualizar la silueta solitaria de un camino cubierto de escarcha, frenó de golpe en medio de la carretera, permitiendo que los recuerdos del pasado irrumpieran con la fuerza de una avalancha. Flashback. La recepción del banquete rebosaba de luces parpadeantes y risas huecas. —¡Que vivan los novios! —gritaba la concurrencia. Su padre, Rubén Maglot, cuyo rostro ya comenzaba a estampar los estragos de una enfermedad terminal, aplaudía con una emoción desbordante que obligaba a los presentes a sumarse a la ovación. Para él, aquel enlace comercial y familiar representaba la culminación de sus ambiciones más preciadas, convencido de haber tomado la mejor decisión para el futuro del apellido. Más tarde, en la intimidad de una habitación con olor a medicamentos, el anciano lo había tomado de la muñeca con una fuerza inesperada. —Emmanuel, hijo mío… prométeme que cuidarás de Rosaura —le había exigido el alcalde, con la respiración entrecortada—. Prométeme que estarás con ella hasta las últimas consecuencias, pase lo que pase. —Papá, por favor, no hables así… —intentó esquivar el compromiso el joven Emmanuel. —¡Promételo, maldita sea! —insistió el anciano, tosiendo con desesperación—. Por la memoria de este viejo que ha levantado este imperio para ti; si yo falto, tú serás el único guardián de tu esposa. No la abandones a su suerte. —Te lo prometo, papá… —cedió entonces, sellando un pacto que su orgullo había despreciado desde el primer día. Fin del flashback. El eco de aquella promesa resonó en su mente con la claridad de una sentencia. Emmanuel sacudió la cabeza, maldiciéndose en silencio, y dio media vuelta al volante. Una corazonada oscura, casi dolorosa, lo hizo pisar el acelerador de regreso a la mansión de las afueras. En cuanto llegó, la evidencia del peligro lo golpeó de inmediato: la puerta principal oscilaba pesadamente, abierta de par en par tal como la había dejado en su huida. Descendió del vehículo de un salto y corrió hacia el interior, llamando con desesperación. —¡Rosaura! —gritó, sin obtener más respuesta que el aullido del viento—. Rosaura, sal de donde estés… Recorrió el pasillo y abrió la puerta de la habitación, comprobando con horror que la estancia estaba vacía. —¡Rosaura! —vociferó su nombre con una autoridad teñida de pánico. El sonido rítmico de las contraventanas golpeando contra la fachada lo atrajo hacia la ventana. Su mente se nubló por completo. Bajó corriendo las escaleras y salió al porche, donde distinguió con claridad unas huellas diminutas grabadas sobre la capa de nieve virgen. Sin pensarlo dos veces, regresó al interior para tomar una linterna potente y una manta gruesa, adentrándose de nuevo en la intemperie para seguir el rastro que la ventisca intentaba borrar a cada segundo. La tormenta ya era una muralla blanca que reducía la visibilidad a unos pocos centímetros. Internándose en la espesura del bosque, gritaba su nombre una y otra vez, pero el viento devoraba su voz. El frío comenzó a cristalizar la humedad en sus pestañas, adormeciendo sus extremidades. Consciente de que ella había huido apenas cubierta con una ligera bata de seda, el terror aceleró su ritmo cardíaco. Las huellas se desvanecían bajo los montículos de nieve acumulada, dejándolo completamente a ciegas. De pronto, barriendo el haz de luz de la linterna de un lado a otro, distinguió un contraste aberrante sobre el blanco inmaculado del suelo: una mancha oscura a su derecha. Contuvo la respiración y se acercó a pasos cortos, descubriendo el fino cabello de Rosaura, ya cubierto por pequeños cúmulos de nieve que intentaban sepultarla. Yacía allí, prácticamente desnuda e inconsciente sobre la tierra helada. Su corazón dio un vuelco violento al contemplar sus labios violáceos y su piel translúcida, rígida por la hipotermia. Con manos temblorosas que temían quebrarle los huesos congelados, la envolvió rápidamente en la manta y la alzó en peso contra su pecho, ignorando por completo las llamadas incesantes de Vanessa que vibraban con furia en su bolsillo. —Rosaura, reacciona… ¡Mírame! Te prohíbo que te mueras aquí, ¿me oyes? —exclamó con desesperación, abriéndose paso a empujones entre la ventisca. Un murmullo débil, apenas un soplido, brotó de los labios de la joven. —E… Emmanuel… —Quédate conmigo, mantén los ojos abiertos, ya casi llegamos —le urgía él, sintiendo que sus propias fuerzas flaqueaban. —Emmanuel… no me salves —suplicó ella con un hilo de voz, tosiendo expulsando escarcha de sus labios—. Déjame ir esta vez… Yo solo quiero que seas feliz… Perdóname por haberme metido entre tú y Vanessa… Te amo desde que éramos adolescentes y creí que con el tiempo lograrías quererme, pero me equivoqué. Lo siento, mi amor… Ahora puedes ser completamente libre. Déjame aquí… déjame partir… —No digas estupideces, Rosaura, cállate… —replicó él, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta antes de que ella perdiera el conocimiento por completo en sus brazos. Un segundo después, el cuerpo de Rosaura quedó completamente laxo. El terror lo paralizó por una fracción de segundo antes de que soltara una exclamación de rabia: —¿Rosaura? ¡Maldición! Con los pulmones ardiendo y el cuerpo entumecido por el frío glacial, Emmanuel logró llegar a la escalinata de la entrada justo cuando una ráfaga huracanada amenazaba con arrancar la puerta de cuajo. Se deslizó hacia el interior y la cerró de un portazo, asegurando el cerrojo. —Rosaura, despierta —suplicaba, depositándola con extrema delicadeza sobre el sofá de la sala. Le tomó el pulso en la muñeca; los latidos eran erráticos, extremadamente débiles, y su cuerpo seguía sin reaccionar a los estímulos. Comprendiendo que la gravedad de la hipotermia exigía medidas drásticas, la alzó de nuevo y la llevó en volandas hasta el cuarto de baño. Abrió la llave del jacuzzi, configurando el agua a una temperatura templada para evitar un choque térmico letal mientras se apresuraba a despojarla de los restos de ropa mojada que se habían adherido a su piel como una segunda piel de hielo. Sumergió el cuerpo rígido de la joven en el agua caliente, sosteniéndola con un brazo mientras con la otra mano vertía agua tibia sobre su cabeza y hombros, intentando devolverle el calor vital. Al mismo tiempo, con la desesperación reflejada en el rostro, operaba su teléfono con los dedos mojados, buscando de manera frenética en internet los protocolos de emergencia para tratar casos avanzados de congelamiento cuando las líneas de asistencia médica colapsaban debido al temporal. La lectura de las indicaciones en la pantalla lo sumió en el pánico: los baños calientes directos estaban contraindicados porque podían provocar un paro cardíaco al redistribuir abruptamente la sangre fría hacia los órganos vitales. Soltando una maldición ahogada, la sacó de la tina con brusquedad controlada, la envolvió en sábanas secas y la arrastró hasta la cama, frotando su piel con frenesí para activar la circulación sanguínea. Al notar que su respiración volvía a flaquear y que el pulso era imperceptible, Emmanuel recurrió al último recurso desesperado: la técnica de reanimación cardiopulmonar. Colocó las manos entrelazadas sobre su pecho inerte y comenzó a presionar con ritmo constante, alternando las compresiones torácicas con la respiración boca a boca. Sus labios se rozaron en un contraste brutal: los de él, febriles por la adrenalina; los de ella, helados como el invierno mismo, desprovistos de la dulzura que recordaba de sus escasos encuentros previos. Sopló aire en sus pulmones una, dos, tres veces, suplicando en silencio que regresara. —Vamos, Rosaura… abre los ojos. No puedes dejarme de esta manera, me debes demasiado, mujer… ¡No te atrevas a rendirte! —gritó con desesperación, repitiendo las compresiones hasta que escuchó un fuerte acceso de tos y un estertor ahogado acompañado de una bocanada desesperada de aire. —Tranquila… ya pasó, respira hondo… —murmuró Emmanuel, estrechándola contra su pecho y frotándole la espalda mientras ella, con un temblor convulsivo en todo el cuerpo, aferraba con fuerza los dedos de su mano derecha al borde de la camisa de él, arrugando la tela con desesperación. —¿Por qué…? —preguntó ella en un susurro apenas audible, con las mejillas surcadas por un arroyo inagotable de lágrimas calientes—. ¿Por qué me has salvado…? —Cálmate de una vez, deja de llorar y quédate quieta en la cama. Iré a prepararte un té caliente —respondió él, intentando ocultar el temblor de su propia voz bajo una falsa capa de severidad. Rosaura se quedó allí, acurrucada e incapaz de procesar la realidad. Su mente era un torbellino de confusión y dolor. ¿Por qué razón la había rescatado de la muerte? Ella había saboreado la paz, había sentido el manto cálido del descanso definitivo tras meses de sufrimiento indecible. ¿Cuál era el propósito de traerla de vuelta a ese infierno terrenal? ¿Acaso no se suponía que él la aborrecía con toda su alma? En la cocina, Emmanuel apoyó las manos con fuerza sobre la barra de granito, intentando recuperar el aliento. Su teléfono seguía vibrando incesantemente con llamadas perdidas de Vanessa, pero por primera vez en mucho tiempo, el aparato le importaba un bledo. Su mente intentaba dar una respuesta lógica a su propio comportamiento, incapaz de admitir ante sí mismo el vértigo que le había producido la idea de perderla. Incapaz de procesar sus propias emociones, se refugió cobardemente tras la sombra de la promesa solemne que le había jurado a su padre en su lecho de muerte. Cuando el agua hirvió, preparó la infusión y regresó a la habitación. Al entrar, encontró a Rosaura encogida sobre el colchón, abrazando sus propias rodillas con fuerza, temblando como un pajarillo aterrado bajo las cobijas. —Rosaura, bebe un poco de esto, te ayudará a entrar en calor —le ofreció, extendiendo la taza humeante con cautela. Ella apartó la taza con un movimiento brusco, negándose con la cabeza mientras las lágrimas continuaban brotando de sus ojos hinchados. Estaba aterrorizada, incapaz de soportar la proximidad de su verdugo. —Déjame sola… vete de aquí —balbuceó con la voz rota por el llanto y el frío—. No quiero que me ayudes, no quiero seguir endeudada contigo ni con nadie… Déjame morir de una vez por todas… ¡Por favor, déjame morir!Capítulo 106. Fin. Emmanuel la toma en sus brazos muy feliz, la sostiene dándole un intenso beso. —Me haces muy feliz, ¿lo sabes? —Lo sé. Te amo. —Yo a ti, cariño. —Felicidades. —Todos se aproximan para felicitarlos, la noche se torna alegre y la celebración da inicio con una exquisita cena y un brindis. —Ese imbécil se atrevió a tocarte, pudo lastimarte. —Exclama Emmanuel disgustado—. Pudiste perder al bebé. —Pero no fue así, mi amor, estoy bien y ahora solo quiero que el juicio llegue y que todo termine. —¿Qué pasará con tu hermano, hija? —pregunta Dayanira. — Tiene a su mamá y creo que así como yo tuve que luchar un tiempo sola y sin recursos, ella tendrá que buscar un trabajo para cuidar de él; se tendrá que acostumbrar a su nueva vida y que nadie la va a mantener, así de simple. Solo deseo preocuparme por mi familia y dejar el pasado atrás. Sin duda, Rosaura ha madurado y ha tenido que hacerse fuerte por su familia, demostrando a Emmanuel que ella
Capítulo Fin Parte dos. Un año y medio después. Tras meses llevando el control, parece que todo ha vuelto a la normalidad. Rosaura y Emmanuel han empezado una nueva vida y, aunque a muchos no les guste, ellos permanecen firmes. Es un imperio en progresó, lo que requiere de mucha ayuda, por ello Vincent se hace cargo de algunos negocios en Inglaterra, dejando al frente a Tamara, a quien vigilan constantemente, ya que para ella ha sido un shock saber la muerte de su madre y luego la de su verdadero padre, simplemente está sola y solo tiene a Emmanuel, aún así ha tenido que batallar con la mentira que su madre mantuvo por años, los engaños, toda una información que simplemente tuvo que procesar, ama a su hermano, pero también le teme, ese vínculo que solían tener se rompió, el amor que tuvieron está en juego, aún así, ella hace todo para que él se sienta orgulloso, y Emmanuel simplemente le da las oportunidades que se merece, mientras la mantiene alejada de su esposa e hijos, jamás
Capítulo 104. Fin. —Puja Rous, puja. —Eso hago, pero no puedo más, estoy muy cansada—dice agitada. —Su presión está subiendo, debe tenerlo ya—afirma la enfermera. —Vamos, cariño, vamos, tú puedes, este contigo, solo un poco más, un poco más y estará terminado. —Estoy muy cansada, Emmanuel, no puedo. —Si puedes, te prohíbo darte por vencida. Tú vas a tomar aire, pujarás una última vez y lo vas a traer al mundo. No puedes fallarme, Rosaura, no puedes fallarle a nuestro hijo. Demuéstrame lo que eres capaz de hacer por mí. Rosaura toma valor, aprieta su mano y, frunciendo el ceño, puja con todas sus fuerzas. —Ahí viene, ahí viene Rosaura. —¡Mmm! —Roja, casi sin aliento, con los niveles subiendo, Rosaura puja con todas sus fuerzas, hasta que escucha el llanto fuerte y claro de su hijo. —Ya nació Rous, está aquí, tú, Rodrigo. Rosaura descansa, sonríe feliz, aunque muy débil. —Ya está aquí, está aquí, cariño, buen trabajo, buen trabajo, cariño. —Bestia, así no se l
Capítulo 103. Regreso. Emmanuel la mira muy agitado, su expresión cambia a frialdad, está expuesto ante ella, desarmado, no es la primera vez que hace algo así, que las pesadillas lo atacan, por eso no se había quedado con ella antes. Ahora él es su peor enemigo, la partida de Vincent a Inglaterra ha sido más fuerte de lo que esperaba, se siente solo, lidiando con la carga en sus hombros de todas las muertes que tiene en sus manos. —Ya lo sabes, no tengo que responderte. —¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¿Para dañar nuestras vidas? ¿Es así como quieres sobrellevar las cosas? —Lo hago lo mejor que puedo, mis razones son claras; hay cosas que prefiero reservarme para mí. —¿Por qué? Respóndeme, Emmanuel, ¿por qué? —Porque Vanessa fue quien te atropelló, ella fue la culpable de que tú te fueras, por eso, mi mamá, no sé si puedo llamarla así, cuando ella fue quien mató a mi padre, tenía un amante. Incluso Tamara ni siquiera es hija de mi papá; yo hice lo que tenía que hacer.
Capítulo 102. Proceso. Todos se reúnen en el comedor para una cena entretenida, donde conocen más de Emmanuel, de sus trabajos. Se hace más tratable; esta vez no lo juzgan, solo dejan que todo fluya. Aunque no es muy expresivo, es cerrado para los sentimientos y poco platicador, aún así puede llevar una conversación grata. Al terminar la cena, Rosaura lo acompaña a la salida, donde espera para despedirse de él. —Gracias por quedarte esta noche, Emmanuel. — Vendré mañana, intentaré quedarme una semana cada vez que venga. ¿Te gustaría ir al cine mañana? —¿Al cine? —pregunta con una ligera sonrisa. —Si no quieres, no pasa nada. —Descansa. —Emmanuela le da un beso en la frente y ella lo toma de la mano. —Sí quiero ir al cine contigo, Emmanuel. —Sí, sí, debí estudiar psicología, soy muy buena en esto. —De codo, Dailen hace reír a Rosaura. —Ella… a ella le falta un tornillo. —Solo falta que le digas adiós, Bestia, y él te diga buenas noches, mi bella, fin del mun
Capitulo 101. Acuerdo. *Semanas después. Rosaura está desecha, han sido días largo, llenos de incredulidad, le ha dado un golpe que ella no esperaba, ella a pesar de todo, jamás le pidió el divorcio, pero él, simplemente hizo todo aún lado y siguió si camino, olvidándose de ella. —Rosaura cariño, hay cosas que no te hemos dicho, por miedo a que te alteres.— dice Dayanira preocupada. —Ya nada puede hacer que me sienta peor mamá. —Rosaura, hija, tu esposo me envió estos documentos a la empresa, como abogado los revise y nos dimos cuenta que has firmado un acta de compromiso y solvencia, dónde él te deja el 70% de sus bienes en común, junto a los derechos de una corporación, la Corporación Maglot, además del 50% de la empresa Maglot. Rosaura enfoca a Igaldo muy seria. —¿Qué dijiste? Yo no quiero nada de eso, no quiero su dinero, Igaldo, ayúdame, no quiero nada de su dinero. —Escucha hija, debiste ver lo que firmaste, ¿Por qué no me llamaste? Hubiera mediado en esta s







