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Capítulo 1.
Desolación. El parpadeo lento de Rosaura fue el primer indicio de que su mente regresaba a la superficie de la consciencia. El olor a cloro, alcohol y sábanas almidonadas impregnaba el ambiente, creando una atmósfera aséptica que contrastaba violentamente con la tormenta emocional que la asediaba. Cada fibra de su cuerpo se manifestaba mediante un dolor sordo y punzante, un recordatorio físico de la catástrofe que la había arrojado a esa cama de hospital. Estaba desorientada. Su mirada, empañada por la fatiga y el residuo de los medicamentos, recorrió con lentitud la estancia. A su derecha, un hombre con bata blanca manipulaba con destreza las vendas que inmovilizaban su pierna lastimada. A su izquierda, una enfermera de uniforme impecable ajustaba el flujo de un suero intravenoso que goteaba con monotonía, introduciendo líquidos en su brazo visiblemente hinchado y amoratado. —Está despierta… —exclamó la enfermera, elevando ligeramente la voz para captar la atención del médico. El doctor Alberto Fronx se irguió de inmediato, dejando a un lado la gasa. Se acercó a la camilla con una expresión profesional pero impregnada de cautela. —Señora Swift, ¿puede oírme? —preguntó con voz grave y pausada. Rosaura asintió con lentitud, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Las palabras salieron de sus labios con dificultad, arrastradas por la sequedad de su garganta. —Señora Rosaura Swift, soy el doctor Alberto Fronx, del Hospital Norte. Usted ha sufrido un accidente grave. ¿Puede recordarlo? La confusión inicial dio paso a una claridad repentina y desgarradora. Los fragmentos del suceso comenzaron a alinearse en su mente como cristales rotos. Sin embargo, el pánico barrió cualquier otra consideración médica cuando la realidad de su estado la golpeó con la fuerza de un trueno. —¿Un accidente? —balbuceó, con los ojos abiertos de par en par—Doctor, ¿mi bebé? ¿Cómo está mi bebé? El médico la observó con una mezcla de compasión y alivio moderado, confirmando de inmediato que la lucidez de la paciente estaba intacta. —Su bebé está fuera de peligro. Logramos estabilizarlos a ambos, a pesar de que usted ha sufrido múltiples lesiones de consideración… La puerta de la habitación se abrió de golpe, interrumpiendo las explicaciones del doctor. Una enfermera joven asomó el rostro con evidente inquietud. —Disculpe, doctor Fronx. Afuera hay un hombre que asegura ser el esposo de la paciente. Dice llamarse Emmanuel Maglot. Al escuchar ese nombre, el cuerpo de Rosaura experimentó una sacudida violenta. El terror, frío y visceral, recorrió su columna vertebral, paralizando su respiración. No temía por su propio bienestar; su mente estaba obsesionada con la seguridad de la criatura que crecía en su interior, un ser indefenso que ya era el único motivo de su existencia. —¿Lo conoce, señora Swift? ¿Puede confirmar que es su esposo? —inquirió el doctor, frunciendo el ceño ante la súbita transformación de la mujer. Las lágrimas brotaron de los ojos de Rosaura sin control, convirtiéndose en un llanto descontrolado que sacudía su pecho herido. Juntó las manos en un gesto desesperado de súplica, aferrándose a la bata del médico con las pocas fuerzas que le quedaban. —Doctor, necesito su ayuda. Debe ayudarme, se lo ruego —suplicó entre sollozos ahogados, con la voz quebrada por el pánico—. Por favor, no le diga nada de mi embarazo. Él no quería ser padre, yo… yo voy a divorciarme. Le suplico que, si él pregunta, le diga que el bebé murió. Por favor, doctor, dígale que lo perdí… II. La Soledad de una Nochebuena Invernal Meses atrás, la realidad de Rosaura era un simulacro de matrimonio construido sobre los cimientos de la coacción y el desprecio. Era una fría noche de invierno. La brisa helada aullaba en el exterior, sacudiendo con violencia los grandes ventanales de la mansión y haciendo rechinar los cristales, que parecían a punto de romperse, tal como el cálido y frágil corazón de Rosaura. En ese instante, se encontraba completamente sola y afligida dentro de las cuatro paredes de su habitación. Las luces apagadas le permitían contemplar con mayor claridad la oscura entrada de la casa, mientras sus ojos, permanentemente empañados por las lágrimas, aguardaban en vano el regreso de su esposo. Estaba acurrucada en el sofá junto a la ventana, abrazando sus propias rodillas para intentar contener el frío que parecía emanar desde el fondo de su alma. Su cuerpo estaba exhausto tras horas de ordenar meticulosamente cada rincón del hogar, un esfuerzo mecánico diseñado para acallar los pensamientos obsesivos que amenazaban con destruirla. Aquella noche se cumplían exactamente dos años de casada con el prestigioso Emmanuel Maglot, heredero del influyente alcalde Rubén Maglot. El matrimonio no había sido fruto del amor, sino de una transacción mercantil. Rubén Maglot, amigo y antiguo socio de Andrés Swift el padre de Rosaura, había utilizado una cuantiosa deuda pendiente para obligar a los Swift a entregar a su hija en matrimonio. Para Rubén, era una jugada maestra; para el padre de Rosaura, una vía de escape de sus obligaciones financieras; y para Rosaura, el inicio de una condena perpetua. Ella había estado enamorada de Emmanuel en silencio desde su adolescencia, idealizándolo desde la distancia. Sin embargo, su esposo estaba convencido de que aquel enlace era simplemente una conspiración urdida por la familia Swift para mantener el control sobre su vida y su patrimonio. Ese prejuicio envenenaba cada interacción. Emmanuel la despreciaba profundamente, amenazándola de manera constante y reduciéndola al estatus de una empleada doméstica desprovista de derechos. Sometida a los abusos psicológicos de su familia política, Rosaura consumía sus días en una rutina extenuante de tareas domésticas que no dejaban espacio para la dignidad personal. Con el corazón ardiendo de un dolor sordo, se levantó del sofá y se dirigió al comedor. La mesa estaba perfectamente puesta, impecable e intacta, tal como la había preparado horas antes. Dudó un instante, preguntándose si valía la pena recalentar los platillos para un hombre que probablemente ni siquiera regresaría a dormir. Las órdenes de Emmanuel habían sido tajantes: “Independientemente de si vuelvo o no, mi comida debe estar caliente, fresca y deliciosa”. Caprichos irracionales que Rosaura cumplía con rigor militar, temerosa de las represalias. Esa misma Nochebuena, mientras ella soportaba el peso del abandono, el resto de la alta sociedad celebraba con opulencia en la mansión principal de los Maglot. Entre los invitados de honor se encontraba la razón de la ausencia de Emmanuel: Vanessa Fontier, una reconocida modelo y actriz internacional de la industria del entretenimiento italiano. Su belleza deslumbrante y su sofisticación acaparaban todas las miradas, eclipsando por completo la existencia de Rosaura, quien ni siquiera era mencionada en esos círculos. Apenas un mes después de la boda, la reaparición de Vanessa en la vida de Emmanuel había reavivado una obsesión enfermiza. Su esposo contaba los días para que el contrato matrimonial estipulado expirara, especialmente porque la cláusula principal —la llegada de un heredero— seguía sin cumplirse. Hasta entonces, habían compartido la intimidad en contadas ocasiones: la noche de bodas y dos veces más en las que Emmanuel había regresado completamente ebrio. A pesar de esos encuentros, él se aseguraba de obligarla a tomar anticonceptivos de emergencia al día siguiente, expresando su desprecio con palabras que funcionaban como cuchillas: “Tú jamás serás digna de llevar a mi heredero; Vanessa es la única mujer que merece llevar un hijo mío en su vientre”. Los recuerdos acudían a su mente como puñales afilados. Con manos temblorosas, recogió la mesa del comedor, guardó la comida sobrante y caminó hacia el baño. Necesitaba que el agua caliente borrara temporalmente el rastro físico de sus lágrimas. Era otra Navidad lejos de su hogar en Orlando, otra fecha festiva transcurrida en absoluta soledad, añorando el aroma del chocolate caliente que su antigua nana solía prepararle en la infancia. Ahora, su padre probablemente compartía esa calidez con una nueva familia, habiendo borrado a Rosaura de su testamento emocional. Todos los que alguna vez habían significado algo en su vida la habían abandonado, dejándola náufraga en un mundo donde amar y ser amada parecía un privilegio reservado para otros. Las gotas de la ducha caían sobre su piel sin lograr calmar la angustia interior. Al salir, se dirigió a la cama para aplicarse crema humectante en el cuerpo, concentrada en el ritual mecánico de su aislamiento. Estaba tan ensimismada en su dolor que no escuchó la puerta principal abrirse ni los pasos firmes que se aproximaban por el pasillo. Una presencia imponente interrumpió su concentración. Levantó la vista con lentitud, encontrándose con la mirada fría de su esposo. —Joven… —balbuceó, intentando cubrir su cuerpo con la larga melena mientras bajaba la cabeza en un reflejo condicionado por el miedo—Lo siento, no lo escuché llegar.Capítulo 106. Fin. Emmanuel la toma en sus brazos muy feliz, la sostiene dándole un intenso beso. —Me haces muy feliz, ¿lo sabes? —Lo sé. Te amo. —Yo a ti, cariño. —Felicidades. —Todos se aproximan para felicitarlos, la noche se torna alegre y la celebración da inicio con una exquisita cena y un brindis. —Ese imbécil se atrevió a tocarte, pudo lastimarte. —Exclama Emmanuel disgustado—. Pudiste perder al bebé. —Pero no fue así, mi amor, estoy bien y ahora solo quiero que el juicio llegue y que todo termine. —¿Qué pasará con tu hermano, hija? —pregunta Dayanira. — Tiene a su mamá y creo que así como yo tuve que luchar un tiempo sola y sin recursos, ella tendrá que buscar un trabajo para cuidar de él; se tendrá que acostumbrar a su nueva vida y que nadie la va a mantener, así de simple. Solo deseo preocuparme por mi familia y dejar el pasado atrás. Sin duda, Rosaura ha madurado y ha tenido que hacerse fuerte por su familia, demostrando a Emmanuel que ella
Capítulo Fin Parte dos. Un año y medio después. Tras meses llevando el control, parece que todo ha vuelto a la normalidad. Rosaura y Emmanuel han empezado una nueva vida y, aunque a muchos no les guste, ellos permanecen firmes. Es un imperio en progresó, lo que requiere de mucha ayuda, por ello Vincent se hace cargo de algunos negocios en Inglaterra, dejando al frente a Tamara, a quien vigilan constantemente, ya que para ella ha sido un shock saber la muerte de su madre y luego la de su verdadero padre, simplemente está sola y solo tiene a Emmanuel, aún así ha tenido que batallar con la mentira que su madre mantuvo por años, los engaños, toda una información que simplemente tuvo que procesar, ama a su hermano, pero también le teme, ese vínculo que solían tener se rompió, el amor que tuvieron está en juego, aún así, ella hace todo para que él se sienta orgulloso, y Emmanuel simplemente le da las oportunidades que se merece, mientras la mantiene alejada de su esposa e hijos, jamás
Capítulo 104. Fin. —Puja Rous, puja. —Eso hago, pero no puedo más, estoy muy cansada—dice agitada. —Su presión está subiendo, debe tenerlo ya—afirma la enfermera. —Vamos, cariño, vamos, tú puedes, este contigo, solo un poco más, un poco más y estará terminado. —Estoy muy cansada, Emmanuel, no puedo. —Si puedes, te prohíbo darte por vencida. Tú vas a tomar aire, pujarás una última vez y lo vas a traer al mundo. No puedes fallarme, Rosaura, no puedes fallarle a nuestro hijo. Demuéstrame lo que eres capaz de hacer por mí. Rosaura toma valor, aprieta su mano y, frunciendo el ceño, puja con todas sus fuerzas. —Ahí viene, ahí viene Rosaura. —¡Mmm! —Roja, casi sin aliento, con los niveles subiendo, Rosaura puja con todas sus fuerzas, hasta que escucha el llanto fuerte y claro de su hijo. —Ya nació Rous, está aquí, tú, Rodrigo. Rosaura descansa, sonríe feliz, aunque muy débil. —Ya está aquí, está aquí, cariño, buen trabajo, buen trabajo, cariño. —Bestia, así no se l
Capítulo 103. Regreso. Emmanuel la mira muy agitado, su expresión cambia a frialdad, está expuesto ante ella, desarmado, no es la primera vez que hace algo así, que las pesadillas lo atacan, por eso no se había quedado con ella antes. Ahora él es su peor enemigo, la partida de Vincent a Inglaterra ha sido más fuerte de lo que esperaba, se siente solo, lidiando con la carga en sus hombros de todas las muertes que tiene en sus manos. —Ya lo sabes, no tengo que responderte. —¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¿Para dañar nuestras vidas? ¿Es así como quieres sobrellevar las cosas? —Lo hago lo mejor que puedo, mis razones son claras; hay cosas que prefiero reservarme para mí. —¿Por qué? Respóndeme, Emmanuel, ¿por qué? —Porque Vanessa fue quien te atropelló, ella fue la culpable de que tú te fueras, por eso, mi mamá, no sé si puedo llamarla así, cuando ella fue quien mató a mi padre, tenía un amante. Incluso Tamara ni siquiera es hija de mi papá; yo hice lo que tenía que hacer.
Capítulo 102. Proceso. Todos se reúnen en el comedor para una cena entretenida, donde conocen más de Emmanuel, de sus trabajos. Se hace más tratable; esta vez no lo juzgan, solo dejan que todo fluya. Aunque no es muy expresivo, es cerrado para los sentimientos y poco platicador, aún así puede llevar una conversación grata. Al terminar la cena, Rosaura lo acompaña a la salida, donde espera para despedirse de él. —Gracias por quedarte esta noche, Emmanuel. — Vendré mañana, intentaré quedarme una semana cada vez que venga. ¿Te gustaría ir al cine mañana? —¿Al cine? —pregunta con una ligera sonrisa. —Si no quieres, no pasa nada. —Descansa. —Emmanuela le da un beso en la frente y ella lo toma de la mano. —Sí quiero ir al cine contigo, Emmanuel. —Sí, sí, debí estudiar psicología, soy muy buena en esto. —De codo, Dailen hace reír a Rosaura. —Ella… a ella le falta un tornillo. —Solo falta que le digas adiós, Bestia, y él te diga buenas noches, mi bella, fin del mun
Capitulo 101. Acuerdo. *Semanas después. Rosaura está desecha, han sido días largo, llenos de incredulidad, le ha dado un golpe que ella no esperaba, ella a pesar de todo, jamás le pidió el divorcio, pero él, simplemente hizo todo aún lado y siguió si camino, olvidándose de ella. —Rosaura cariño, hay cosas que no te hemos dicho, por miedo a que te alteres.— dice Dayanira preocupada. —Ya nada puede hacer que me sienta peor mamá. —Rosaura, hija, tu esposo me envió estos documentos a la empresa, como abogado los revise y nos dimos cuenta que has firmado un acta de compromiso y solvencia, dónde él te deja el 70% de sus bienes en común, junto a los derechos de una corporación, la Corporación Maglot, además del 50% de la empresa Maglot. Rosaura enfoca a Igaldo muy seria. —¿Qué dijiste? Yo no quiero nada de eso, no quiero su dinero, Igaldo, ayúdame, no quiero nada de su dinero. —Escucha hija, debiste ver lo que firmaste, ¿Por qué no me llamaste? Hubiera mediado en esta s







