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Siete años de mentiras: ¡Los abandono!
Siete años de mentiras: ¡Los abandono!
مؤلف: Primavera Lía

Capítulo 1

مؤلف: Primavera Lía
Tras descubrir que tenía un tumor cerebral, me di cuenta de dos cosas.

La primera es que mi acta de matrimonio con Fabio Tobar era falsa; la segunda es que mi propio hijo, al que crié durante seis años, también lo sabía y, de hecho, prefería que otra mujer fuera su madre.

En ese instante comprendí que estos siete años en los que abandoné a mi familia, cambié mi nombre y lo entregué todo, habían sido una absoluta farsa.

Así que tomé tres decisiones para desaparecer por completo de la vida de este padre e hijo desalmados.

Primero, cancelé la cena romántica de nuestro séptimo aniversario que había reservado hace un mes. Borré cualquier forma de contacto que tuviera que ver con ellos dos, tanto con Fabio como con mi hijo.

Segundo, contacté a mi médico para hacerme una prueba de esfuerzo y me recetó medicamentos especiales para asegurar que mi cuerpo resistiera el viaje hasta el otro lado del océano.

Tercero, llamé a mi hermano después de siete años sin hablarle para decirle que ya sabía que me había equivocado y que lo único que quería era volver a casa.

***

—Señora, su tumor ya está presionando los nervios. Necesita tomar una decisión lo antes posible.

En el pasillo del hospital, con ese olor penetrante a desinfectante, las palabras del doctor seguían resonando en los oídos.

Viviana temblaba de pies a cabeza, apretando entre sus manos el papel del diagnóstico que ya estaba todo arrugado.

Últimamente, los dolores de cabeza y los vómitos eran constantes, y de vez en cuando le sangraba la nariz.

Al principio pensó que era algo pasajero por el estrés de desvelarse, pero jamás imaginó que un simple chequeo médico terminaría en una noticia tan fatal.

El doctor fue claro: tenía que elegir un tratamiento.

O se sometía a una cirugía, con apenas un cincuenta por ciento de probabilidad de sobrevivir, o elegía un tratamiento conservador con quimioterapia, donde perdería el cabello pero podría ganar unos años más de vida.

Viviana tenía miedo de apostar por ese cincuenta por ciento de probabilidad de éxito en la operación.

Desde niña le daban miedo hasta las inyecciones, ni se diga lo que sentía al imaginarse en una plancha fría de quirófano, decidiendo entre la vida y la muerte.

Pero si no se operaba, el tumor crecería hasta matarla entre dolores atroces.

Cerró los ojos y pensó en su esposo, Fabio.

Llevaban siete años casados; lo amaba tanto que quería pasar muchísimas décadas más a su lado.

Además, tenían a su hijo, Mario, un niño guapo e inteligente que era el fruto de su amor.

Al pensar en ellos, las dos personas más importantes de su vida, Viviana sintió un valor inmenso.

Se puso de pie y abrió la puerta del consultorio.

—Doctor, ya lo decidí. Agende la cirugía.

El médico la miró con solemnidad:

—Es solo un cincuenta por ciento de probabilidad, ¿no tiene miedo?

Viviana sonrió ligeramente:

—No. Confío en que mi esposo y mi hijo estarán conmigo. Con ellos a mi lado, no le temo a nada.

El doctor asintió con respeto:

—Está bien. Agendaré su cirugía para dentro de un mes.

Viviana salió del hospital ansiosa por volver a casa; necesitaba el consuelo y el apoyo de los suyos.

La empleada le dijo que Fabio no estaba, que se había ido a la empresa. Ella se fue directo hacia allá y, al llegar a la puerta de la oficina de la presidencia, antes de entrar, escuchó la voz de un hombre.

—Fabio, si Viviana se entera de que tienes a Carmen como tu secretaria, se va a poner loca, ¿no crees?

Viviana se quedó petrificada. Por la rendija de la puerta vio claramente a Javier Febo, el mejor amigo de su esposo.

Carmen.

Carmen Cepero.

Ese nombre lo conocía de sobra: era el "gran amor" que Fabio guardaba en el fondo de su corazón desde hacía diez años.

El hombre sentado al escritorio bajó la mirada; vestía una camisa negra con el cuello ligeramente abierto y las mangas remangadas, desprendiendo ese aire de hombre casado, frío y distante.

—No te metas en los asuntos de mi empresa —respondió Fabio con impaciencia.

Javier se encogió de hombros, burlón:

—En fin, todos estos años han tratado a Viviana como tu esposa, pero cualquiera de los que te rodean sabe que lo suyo fue solo un matrimonio falso. ¡Hasta ese certificado de matrimonio lo falsifiqué yo para ti, jajaja!

Al oír aquello, el rostro de Viviana se puso pálido como el de un muerto. Se quedó tiesa, como si le hubiera caído un rayo encima.

¿Qué acababa de escuchar?

¿Fabio y ella solo estaban fingiendo?

Fabio estaba de perfil a la puerta y no se dio cuenta de que había alguien afuera.

Javier siguió de curioso:

—Fabio, ¿por qué no dices nada? Ahora que Carmen volvió, ¿por qué no dejas a Viviana de una vez?

—Si no fuera porque ella se te pegó como lapa y se aprovechó de que estabas borracho para quedar embarazada, jamás te habrías inventado ese matrimonio falso solo para registrar al niño. Por su culpa Carmen sufrió tanto que se fue del país.

Viviana contuvo el aliento.

Sintió que la presión en su cabeza aumentaba y se tapó la boca para contener las ganas de vomitar.

Aquella noche en el bar, Javier estaba ahí.

Él sabía perfectamente que ella no le puso nada a la bebida de Fabio; él fue drogado por sus rivales de negocios y ella se ofreció a ayudarlo.

¿Por qué le echaban toda la culpa a ella?

—¿Cuándo vas a darle su lugar a Carmen? —siguió Javier—. Ese puesto de "Señora Tobar" siempre fue de ella.

Fabio levantó la mirada, con esos ojos gélidos como el invierno más crudo.

—Viviana y yo tuvimos a Mario...

Viviana empezó a temblar tanto que sentía que se iba a desmayar.

Ya no pudo más; dio media vuelta y corrió hacia el baño.

Por eso, no alcanzó a escuchar lo que Fabio dijo después.

Viviana vomitó hasta quedar sin fuerzas, sin saber si era por el asco de la verdad o por su enfermedad.

Una empleada entró y se asustó al verla, ofreciéndole una servilleta.

Ella la tomó con los ojos rojos, con una sonrisa que daba más lástima que su llanto:

—Gracias. Por favor, no le digas a Fabio que estuve aquí.

Salió de la empresa como un muerto viviente, vagando por las calles mientras recordaba cómo se conocieron.

Hace siete años, ella era una diseñadora famosa en el extranjero. Trabajaba en la empresa de su hermano y no tenía nada que ver con Fabio.

En un viaje de negocios, Viviana apenas iba saliendo del hotel cuando, de repente, se le rompió el vestido.

Justo cuando estaba a punto de quedar expuesta, Fabio bajó de su Maybach, se inclinó y le entregó su saco, que estaba tan perfectamente planchado que no tenía ni una sola arruga.

—Amárratelo a la cintura.

Esas palabras terminaron con el pánico y la vergüenza que sentía Viviana en aquel lugar desconocido.

Al levantar la mirada, su corazón dio un vuelco ante el rostro de Fabio, una cara tan perfecta que parecía esculpida por los mismos dioses.

Desde entonces, Viviana no volvió a pensar en otra cosa. Movió cielo, mar y tierra; le pidió favores a su hermano, buscó contactos, forzó coincidencias laborales con Fabio.

Sabía que Fabio cargaba el recuerdo de una mujer que se había ido sin despedirse, su eterna obsesión. Aun así, nunca retrocedió.

Una noche, el alcohol hizo lo suyo. Un descuido, una cercanía imprudente… y después, un hijo. Lo demás fue casi automático: el matrimonio como consecuencia inevitable.

Viviana todavía recuerda que, en su noche de bodas, se atrevió a preguntarle por qué se casaba con ella si nunca le había exigido hacerse responsable.

Fabio, siempre distante, la miró entonces como nunca antes. Despacio, con una gravedad que le estremeció el pecho, dijo:

—Quiero darte a ti y al niño una familia.

Por esa frase, Viviana se lanzó de lleno a la vida conyugal. Se dedicó al marido, al hijo, dejó su carrera pese a la oposición feroz de su hermano y decidió quedarse en el país, convencida de que había apostado por el amor.

Y ahora descubría que ese matrimonio al que entregó todo nunca había existido.

Fabio jamás la consideró su esposa. Durante siete años pensó en otra mujer, fingiendo a su lado una vida que no era real.

A Viviana le dolía el pecho como si le sangrara por dentro. De pronto entendió que había sido la broma más cruel.

Tomó una decisión.

Si la operación salía bien dentro de un mes, se llevaría a Mario.

Fabio no tendría que volver a pensar en el hijo que compartían. Que se casara con quien quisiera.

Al pensar en su niño, algo en ella volvió a encenderse.

Entró a la casa casi corriendo. Apenas subía las escaleras cuando escuchó la voz de Mario hablando con el mayordomo.

—Oye, ¿tú crees que si mamá se entera de que ella y papá solo están casados de mentira se pondrá muy triste?

Viviana se quedó helada.

El mayordomo sonrió con una dulzura incómoda.

—Pues ni modo, señorito. El señor no quiere a la señora, usted lo sabe.

Mario bufó, infantil y caprichoso.

—La verdad, a mí tampoco me gusta mamá. Me cae mejor Carmen. Es bien linda. Cada vez que mamá me lleva a la empresa, ella me da dulces y juguetes. Mamá solo dice que no coma tanta chatarra y que estudie… qué flojera.

—Ojalá Carmen se casara con papá.

Viviana apretó los puños hasta clavarse las uñas. El dolor fue tan fuerte que casi pierde el equilibrio.

Ni siquiera el hijo que llevó nueve meses en el vientre, al que crió con desvelo y sacrificio, estaba de su lado. Tan frío como su padre.

Las escenas que había atesorado —madre e hijo riendo, marido y mujer en armonía— se desmoronaron. No habían sido recuerdos. Habían sido un sueño.

Un sueño dulce y perverso.

Cuando su hermano le suplicó que no se fuera tan lejos para casarse, que no arriesgara su vida por alguien que podía herirla, debió escucharlo.

Si su hermano supiera lo que Fabio había hecho y lo que su propio hijo pensaba de ella seguro se aparecería hecho una furia, dispuesto a todo, sin importarle las consecuencias.

Viviana parpadeó para contener las lágrimas y bajó las escaleras.

Había desafiado la muerte por su esposo y por su hijo. Ahora, mientras recordaba la fría camilla del quirófano, sintió que la última esperanza también se hacía polvo.

Entró a la sala, sacó el celular y marcó.

—Hermanito, me voy a divorciar. ¿Vienes por mí y me llevas a casa?
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    Sí, lo había cumplido.Una sombra de burla cruzó los ojos de Viviana. Asintió en silencio.—Bien. Te creo.Apenas terminó de hablar, una voz suave sonó cerca de ellos.—Mario, ¿te gusta esta parte?Viviana y Fabio voltearon al mismo tiempo.Vieron al niño que esa mañana no quiso acompañarlos al acuario y se escapó a escondidas. Ahora venía de la mano de Carmen.Los dos caminaban entre risas, como si la estuvieran pasando de maravilla.La mano con la que Fabio sostenía la de Viviana se tensó. No esperaba encontrarse con esa escena.Frunció el ceño con evidente disgusto y caminó directo hacia ellos.Viviana quiso soltar su mano, pero Fabio no la dejó.Llegaron frente a Carmen y el niño.Al recibir la mirada fría de Fabio, Carmen se detuvo y protegió de inmediato al niño detrás de ella.Explicó por iniciativa propia:—Lo estás malinterpretando. No es como ustedes piensan. En realidad, yo…—No te pedí que hablaras.Fabio la interrumpió directamente, sin apartar los ojos de Mario.—No quisi

  • Siete años de mentiras: ¡Los abandono!   Capítulo 99

    Fabio sintió una leve decepción, pero aun así la llevó al carro.Esta vez quería que los tres salieran juntos, como una familia. Sin el niño, sentía que algo quedaba incompleto.Tomó el volante y llevó a Viviana al acuario.El lugar estaba lleno de gente. Durante todo el recorrido, Fabio la protegió con cuidado, bloqueando a los demás para que nadie la tocara.Aunque había mucha gente, Viviana no chocó con nadie ni una sola vez. En cambio, el brazo con el que Fabio la cubría recibía golpes a cada rato.Fabio no mostró impaciencia ni se quejó. Cada vez que pasaban por una zona, le preguntaba si esos animales marinos le daban curiosidad, si le parecían interesantes.Viviana incluso sintió que Fabio intentaba complacerla con extrema cautela, tratándola como a una niña.No estaba acostumbrada a esa ternura tan excesiva. Siempre sentía que nada de eso nacía de él, que solo intentaba calmarla para que no escapara.Viviana miró de pasada un letrero.—Vamos a ver los delfines.—Claro, te llevo

  • Siete años de mentiras: ¡Los abandono!   Capítulo 98

    Fabio se quedó inmóvil un segundo. En su voz apareció un agravio difícil de explicar.—¿No puedo quedarme contigo?Viviana lo miró en silencio, sin decir nada.Fabio entendió de inmediato lo que quería decir. Soltó su mano con tristeza.—Descansa bien. No voy a molestarte.Apretó los labios y se marchó en silencio.Cuando él se fue, Viviana soltó lentamente el aire. Cerró los ojos y empezó a pensar en su siguiente plan.Esperaba que, llegado el momento, pudiera escapar sin problemas.También esperaba que Fabio descubriera en esos días lo que ella le había dejado en el estudio.Aunque no lo descubriera ahora, no importaba.Cuando ella desapareciera por completo, tarde o temprano Fabio sabría por qué se había ido.A la mañana siguiente, Viviana despertó y, antes de abrir los ojos, sintió que había alguien a su lado.Se sobresaltó. Al girar la cabeza, vio a Fabio sentado allí, leyendo en silencio un libro en inglés.A su lado había un desayuno caliente, varias pastillas sobre la mesa y un

  • Siete años de mentiras: ¡Los abandono!   Capítulo 97

    Viviana sintió una oleada de hastío.Jamás permitiría que eso ocurriera.Tenía que irse en silencio y desaparecer para siempre del mundo de Fabio y del niño.Fabio no tendría derecho ni a verla por última vez.Ni a decirle una sola palabra.¿No quería poner las cartas sobre la mesa para que ella cediera su lugar y así recibir a Carmen con toda libertad?No.Jamás le daría esa oportunidad.El odio estalló en los ojos de Viviana.Después de explicarle a Eduardo el favor que necesitaba, colgó.Al mismo tiempo, Fabio empujó la puerta y entró.Viviana ni siquiera alcanzó a girarse cuando él ya la había abrazado por completo.Ella frunció el ceño.—Suéltame.Fabio apoyó la barbilla en su hombro, le besó suavemente el lóbulo de la oreja y dijo en voz baja:—Escuché tu voz y supe que no estabas dormida. ¿Con quién hablabas tan tarde?Viviana apretó el celular y reunió todas sus fuerzas para apartarlo.—Con mi hermano…Antes de que pudiera terminar, Fabio volvió a abrazarla y la consoló en voz

  • Siete años de mentiras: ¡Los abandono!   Capítulo 96

    La puerta de su habitación, al menos, no estaba cerrada con llave.Pero en la villa había mayordomo, empleadas, chofer afuera y dos guardaespaldas en la entrada.Si quería irse, sería casi imposible.Viviana tampoco tenía intención de forcejear. Solo pensaba en cómo librarse de esa situación lo antes posible.Bajó las escaleras y fue a la sala para buscar un poco de agua.Desde que Fabio la había traído a la fuerza, todas sus medicinas se habían quedado en el hospital.Sin ellas para estabilizar su estado, su cuerpo solo empeoraría cada vez más.Tenía que encontrar la forma de recuperar sus medicamentos.Viviana seguía pensando en eso mientras abría la botella de agua, cuando escuchó una voz tenue desde arriba.Levantó la cabeza.La puerta del estudio en el segundo piso estaba entreabierta. Adentro la luz era tenue; claramente solo estaba encendida una lámpara de escritorio.Si uno no miraba con atención, ni siquiera notaría que había alguien dentro.Viviana se detuvo.Entonces escuchó

  • Siete años de mentiras: ¡Los abandono!   Capítulo 95

    Fabio no se atrevió a decir nada más que pudiera molestar a Viviana.—Está bien. Entonces descansa primero en la habitación. Yo salgo y no te molesto.Volvió a mirarla. Al ver que ella seguía sin reaccionar, solo pudo marcharse, lleno de decepción.Cuando Fabio salió, una empleada se acercó con cautela y lo miró.—Señor, la señora se ve muy débil. ¿De verdad no llamaremos a los especialistas para revisarla? Pregunté por esa habitación del hospital. Si no se trata de un paciente grave o alguien que necesita reposo absoluto, normalmente no dejan entrar a nadie ahí.Al oírlo, Fabio se frotó el entrecejo con irritación.Dijo con frialdad:—Yo investigaré esas cosas. Si ahora no quiere ver doctores, no llamen a los especialistas. Esperemos un par de días.De todos modos, ella estaba allí.No podía escapar.Una sombra feroz apareció en los ojos de Fabio. Apretó los labios.La mayor parte del tiempo, él era un hombre sereno, reservado y de pocas palabras. Solo cuando se trataba de Viviana dej

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