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Capítulo 3

Penulis: Primavera Lía
Viviana pidió un carro desde la calle y, mientras esperaba, se disponía a buscar boletos de avión para irse directo al aeropuerto.

Sin embargo, en ese momento recibió una llamada del médico.

—Señora, ¿cuándo se va al extranjero para el tratamiento conservador?

Viviana estaba bajo la luz amarillenta de un poste; su figura delgada proyectaba una sombra muy larga sobre el pavimento.

Miró su propia silueta y respondió:

—Ahora mismo. Voy camino al aeropuerto.

—¡No puede hacerlo! —exclamó el doctor con urgencia—. Tiene un tumor cerebral; su presión intracraneal no es como la de una persona normal. Volar podría causarle complicaciones graves o accidentes. ¡Es obligatorio hacerle una prueba de presión antes!

Viviana se quedó helada.

¿Cómo era posible?

Estaba lista para desaparecer esa misma noche y resultaba que no podía irse de inmediato.

El médico suspiró aliviado, como celebrando haberla localizado a tiempo.

—Venga mañana al hospital para un chequeo. Evaluaremos si su estado de salud le permite subir a un avión.

Colgaron y el carro llegó. El chofer bajó la ventana:

—¿Se va, señorita?

Viviana vaciló un segundo.

—Sí. Al hotel Luna Azul.

Evitó a propósito cualquier hotel que estuviera a nombre de Fabio. Una vez instalada, se dio un baño de agua caliente y cerró los ojos para planear su siguiente movimiento.

Si no podía volar, se iría por mar. Era más lento, pero podría ver el paisaje; tardar tres o cinco días en llegar tampoco estaba mal.

Mientras pensaba, sintió un cosquilleo en la nariz.

Luchó contra el sueño y, al bajar la mirada, vio cómo el agua de la tina se teñía de la sangre.

Se limpió la sangre rápidamente, presionó su nariz para detener la hemorragia y, tras un momento, se fue a la cama.

Su celular no emitió ni un sonido.

Quizás Fabio, al ver la carta, estaba demasiado feliz celebrando que ella le había dejado el camino libre a Carmen.

Se quedó dormida sin darse cuenta.

Al despertar, se arregló para ir al hospital, pero el celular comenzó a sonar. Era la maestra de Mario.

—¿Hola? Maestra, dígame...

—Señora Viviana, ¿podría venir a la escuela de inmediato? Mario se peleó con otro niño y le hizo una herida en la frente. Los papás del otro pequeño están aquí exigiendo una explicación —dijo la maestra con voz apremiante.

Por puro instinto maternal, el corazón de Viviana se encogió.

—¿Y Mario? ¿Está muy herido?

—Él está bien, pero se niega rotundamente a pedir disculpas. Los otros padres están muy molestos.

Viviana lo meditó un momento.

Era día laboral y Fabio seguramente estaba muy ocupado.

Normalmente, ella se encargaba de todo lo relacionado con la escuela.

"Ya que me voy, ayudaré a Mario una última vez como su madre", pensó.

No soportaba la idea de imaginar al niño solo, enfrentando los regaños de otros adultos.

Tomó un carro y corrió hacia la oficina de la maestra.

Se imaginaba a Mario desolado y triste, por lo que apuró el paso. Sin embargo, antes de entrar, escuchó una voz dulce:

—Mario no lo hizo a propósito. No hizo la tarea y la maestra lo regañó; estaba de mal humor y su hijo se burló de él, por eso empezó la pelea. ¿Cómo va a ser solo culpa de Mario? Señor, ¿no le parece?

Viviana sintió una sacudida en el pecho.

Al asomarse, la escena le cortó la respiración.

Era Carmen.

Llevaba un vestido largo de tirantes en tonos claros, con el cabello recogido por un lazo blanco; de espaldas se veía elegantísima.

A su lado estaba Fabio, impecable en su traje negro, hombros anchos y porte distinguido.

Y Mario, el hijo por el que ella lo había dado todo, estaba abrazado a la mano de Carmen, recargándose con cariño contra ella.

Parecían la estampa de una familia feliz.

Los padres del otro niño, apaciguados por las palabras de Carmen, dejaron de discutir.

Carmen bajó la mirada y, con una sonrisa, le acarició la cabeza a Mario:

—Mario, pídele perdón a tu compañero, ¿sí?

El niño hizo un puchero y obedeció de inmediato.

Todo se arregló en santa paz.

Los maestros que observaban suspiraron aliviados y miraron a Carmen con admiración.

—Señora Tobar, qué buena mano tiene para los niños. Hace un momento Mario no quería ni hablar, pero usted llegó, dijo un par de cosas y se portó como un ángel.

Fabio se tensó y frunció el ceño:

—Ella no es...

El otro padre lo interrumpió con una sonrisa:

—Qué suerte tiene de tener una esposa así, señor Tobar. La mía es una fiera. Hacen una pareja preciosa, les deseo mucha felicidad.

Fabio, con el rostro serio, aclaró:

—Ella no es la madre del niño.

Carmen se puso rígida por un instante y abrazó a Mario.

El niño gritó de inmediato:

—¡Aunque Carmen no sea mi mamá, es mucho mejor que ella!

El ambiente se volvió incómodo.

Fabio clavó una mirada de advertencia sobre su hijo.

Viviana lo veía todo desde lejos; esa sensación de opresión y mareo regresó. Se apoyó en el marco de la puerta, sintiéndose como una flor marchita y sin nutrientes.

Todos los que ella creía su familia la abandonaban para correr hacia Carmen, esa rosa radiante.

En ese momento, Mario giró la cabeza y vio a quien estaba detrás de Carmen.

—¡Mamá! —gritó, soltando a Carmen y corriendo hacia la puerta.

Fabio, al ver a Viviana, no dudó en caminar hacia ella.

Esa reacción dejó a Viviana un tanto confundida, pero al segundo siguiente, Mario la jaló con fuerza de la ropa, con la cara roja de coraje.

—¡Es tu culpa! ¿Por qué anoche no me obligaste a hacer la tarea? ¡Por tu culpa me regañó la maestra! ¡Por tu culpa se burlaron de mí y me peleé! ¡Todo es tu culpa!

Mario le dio un fuerte tirón y luego la empujó.

La fuerza de un niño puede ser mucha; Viviana, que ya se sentía mal y mareada, retrocedió un paso a punto de caerse.

En el último instante, unos brazos firmes la sostuvieron por la cintura.

Viviana se sintió envuelta por ese pecho cálido y giró la cabeza.

Fabio miraba a Mario con frialdad y le gritó con dureza:

—¡Pídele perdón a tu madre! ¿Quién te dio permiso de faltarle al respeto? Si no te vigilan, ¿qué? ¿Ya estás tan grande y no puedes hacer la tarea solo?

En casa, Fabio siempre había sido estricto.

Mario, aterrorizado por el enfado de su padre, empezó a temblar con los ojos llorosos, haciendo pucheros sin atreverse a decir nada ni a pedir disculpas.

Viviana recuperó el equilibrio y se soltó suavemente del abrazo de Fabio.

Él notó de inmediato que algo andaba mal y la miró con preocupación.

—¿Estás bien?

Viviana asintió con la cabeza.

Fabio le tomó la mano para tranquilizarla y ordenó con voz grave:

—¡Mario, pide perdón!

El niño se estremeció. Carmen, que estaba un paso atrás, vio cómo ellos tenían las manos entrelazadas; desvió la mirada rápidamente y se acercó con una sonrisa.

—Fabio, no le grites así. El niño está sensible porque lo regañaron y se peleó; es normal que tenga un poco de mal humor. Estoy segura de que la mamá de Mario no se lo va a tomar a mal, ¿verdad?

Viviana levantó la vista y se encontró con los ojos de Carmen.

Al estar tan cerca, pudo percibir ese suave aroma a mandarina que emanaba de ella.

Era exactamente el mismo perfume que había sentido anoche en la ropa de Fabio.

El corazón le dio un vuelco y, por puro instinto, soltó la mano de Fabio. Carmen, con una sonrisa que no flaqueaba ante el silencio de Viviana, añadió:

—Fabio, es la primera vez que veo a la mamá de Mario, ¿no nos vas a presentar?

Fabio se quedó mudo por un segundo.

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