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El eco del vacío

Author: talia
last update Petsa ng paglalathala: 2026-03-13 23:09:00

​Elena se despertó en su propia cama el lunes por la mañana con una sensación de desorientación punzante. La luz gris de Willow Creek se filtraba por las persianas, iluminando su pequeño estudio beige, el mismo que antes sentía como un santuario y que ahora le parecía una celda de soledad. Lo último que recordaba con claridad era el frío del asiento de cuero del coche negro que Steve había enviado para devolverla a casa de madrugada, y el sonido seco de la puerta de la suite cerrándose tras ella.

​Él no la había dejado quedarse. No la había abrazado después. Simplemente se había vestido, le había dado una orden y la había sacado de su vista.

​Se llevó la mano al cuello, rozando con las yemas de los dedos la zona donde la piel aún se sentía sensible. Se miró en el espejo del baño y vio su reflejo: las ojeras marcadas, el labio ligeramente hinchado y esa mirada de derrota. Se sentía marcada, no solo físicamente, sino como si algo en su interior hubiera cambiado de dueño. Steve la había tomado, la había usado y luego la había devuelto a su vida corriente como quien devuelve un libro a una estantería.

​Lo primero que hizo fue buscar el teléfono sobre la mesilla. Nada. Ni un mensaje, ni una llamada perdida, absolutamente nada. La pantalla mostraba las notificaciones habituales del hospital, pero el contacto que ella buscaba no existía. No podía simplemente ir a su agenda y buscar "Steve". Él no estaba allí. No había rastro de él en su registro de llamadas porque siempre era él quien iniciaba el contacto desde un Número Oculto.

​—Eres una estúpida, Elena —se recriminó a sí misma mientras se echaba agua helada en la cara—. Sabías exactamente quién era. Sabías que te mandaría a casa en cuanto terminara contigo.

​Se vistió para su turno en el hospital con movimientos mecánicos. Durante toda la mañana, su teléfono fue su peor enemigo. Lo revisaba cada diez minutos, escondida en el almacén de suministros, esperando que la pantalla se iluminara con el rótulo de "Número Desconocido". Deseaba una orden, una cita, cualquier frase autoritaria que le confirmara que lo que pasó en la suite no fue un simple trámite para él. Pero el teléfono seguía muerto.

​A mediodía, la ansiedad se volvió asfixiante. Miró el registro de llamadas: Número Oculto, Número Oculto. Intentó presionar sobre una de ellas para devolver la llamada, aun sabiendo que era inútil. "El número al que intenta llamar no permite llamadas entrantes", le informó la voz grabada. Steve se había borrado. Era un fantasma que entraba en su vida para reclamar lo que quería y luego cerraba la puerta con llave desde fuera.

​—Elena, ¿estás bien? Has puesto la medicación de la 302 dos veces en el carro —la voz de la jefa de enfermeras la sacó de sus pensamientos.

​—Lo siento, me he despistado. No he dormido bien —mintió Elena, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza.

​Salió a la pequeña terraza trasera del hospital buscando aire. Se apoyó en la barandilla, mirando hacia el parking donde días atrás Steve la había acorralado. Fue entonces cuando sintió que la observaban. En la esquina del recinto, un coche oscuro con los cristales tintados estaba estacionado. No era el coche de lujo de Steve, era uno más discreto, pero igualmente imponente. El coche no se movió, simplemente estuvo allí, recordándole que aunque Steve no le hablara, sus ojos seguían puestos en ella. El miedo regresó con fuerza. ¿Eran enemigos de Steve? ¿Eran sus propios hombres vigilándola como si fuera una propiedad?

​Esa tarde, al salir del trabajo, Elena no fue directamente a casa. La soledad de su apartamento la aterraba porque la obligaba a pensar. Fue a El Horizonte.

​Sara la vio entrar y soltó el trapo de la barra. Su expresión cambió a la preocupación al ver el rostro de su prima.

—Madre mía, Elena... tienes una cara de haber pasado por una guerra. ¿Qué ha pasado? ¿Fuiste a verle?

​Elena se sentó en un taburete, ocultando sus manos temblorosas.

—Fui, Sara. Y fue... tal como imaginaba y peor a la vez. Es rudo, es dominante... y después de estar conmigo, me mandó un coche y me mandó a mi casa como si fuera un paquete de mensajería. No he sabido nada de él en todo el día. Ni un mensaje. Nada.

​Sara apretó los labios con rabia.

—Te lo advertí, Elena. Tipos como él te usan y te dejan en el estante hasta que vuelven a tener hambre. Tienes que salir de esto antes de que te rompa por dentro.

​—No es tan fácil, Sara. Me dijo que ahora soy un "cabo suelto" de su mundo. Siento que me vigila, incluso cuando no está. No puedo ni devolverle la llamada porque siempre llama oculto.

​Elena regresó a su casa con las palabras de Sara martilleando en su cabeza. Al entrar en su portal, notó algo extraño. La alfombrilla de su puerta estaba ligeramente movida. Entró con el corazón en la garganta, revisando cada rincón. Todo parecía en orden, pero el ambiente se sentía diferente, como si alguien hubiera estado allí.

​Se sentó en el sofá, sin encender la luz. Las diez, las once... El silencio era absoluto y el teléfono seguía mudo. Empezó a dudar de su propia cordura. ¿Y si Steve simplemente se había olvidado de ella? La idea le dolía más que su rudeza.

​De repente, un ruido en el callejón trasero la hizo saltar. Se asomó a la ventana y vio una silueta apoyada en una moto. El corazón le dio un vuelco pensando que era Steve que venía a reclamarla, pero cuando la luz de la farola iluminó el rostro del hombre, vio que era Marcus.

​Marcus levantó la vista y le hizo un gesto con la mano, indicándole que bajara. Elena dudó, pero la necesidad de romper ese vacío asfixiante fue más fuerte. Se puso una chaqueta y bajó casi corriendo. Al salir a la calle, el frío de la noche la golpeó. Marcus estaba allí con su eterna sonrisa de medio lado.

​—Vaya, la enfermera no puede dormir —dijo Marcus, apagando el motor.

​—¿Qué haces aquí, Marcus? Si tu hermano se entera...

​—Mi hermano está en la ciudad resolviendo "asuntos urgentes" —interrumpió Marcus, acercándose un paso—. No volverá en unos días. Está... ocupado con cosas que tú no querrías conocer, Elena.

​Elena sintió un pinchazo de celos. ¿Con quién estaría? ¿Estaría con otras mujeres como las del bar?

—¿Por qué no me ha llamado? Ni siquiera tengo su número, Marcus. Me llama desde oculto y luego desaparece. Es una tortura.

​Marcus soltó un suspiro y miró a Elena con una mezcla de lástima y deseo.

—Steve es así. Le gusta que la gente lo espere. Si te diera su número, tú tendrías el poder de llamarlo, de ser una parte real de su vida. Al llamarte desde oculto, él se asegura de que tú seas solo una opción que él activa cuando quiere. Él no busca una mujer, Elena. Busca una posesión que esté disponible y callada.

​—No soy una de sus posesiones —replicó ella, aunque sonó hueco.

​—Para él, todos lo somos —Marcus dio otro paso, quedando muy cerca de ella. Su olor era diferente al de Steve; olía a gasolina y aire libre—. Escúchame bien. No deberías estar tan sola estos días. He visto a gente rondando tu edificio. Tipos que no trabajan para nosotros. Si sospechan que eres algo para Steve, podrías estar en peligro.

​Elena tembló. La realidad de la mafia estaba filtrándose en su vida. Steve no solo la había tomado físicamente; la había arrastrado a un foso de lobos.

​—¿Por qué me cuentas esto, Marcus? ¿Por qué no me lo dice él?

​Marcus le apartó un mechón de pelo de la cara con un gesto suave.

—Porque Steve no sabe proteger sin romper primero. Y porque... me gusta esa chispa de rebeldía que tienes.

​Antes de que Elena pudiera responder, Marcus se subió a la moto.

—Ten cuidado, Elena. Y no esperes junto al teléfono. Él aparecerá cuando menos te lo esperes y cuando más daño pueda hacerte. Es su especialidad.

​Marcus se alejó rugiendo, dejando a Elena sola. Subió a su apartamento con el corazón en un puño. Se asomó de nuevo a la ventana y vio que el coche oscuro seguía allí. Steve la estaba vigilando, la tenía controlada, pero no le dirigía la palabra. Era una forma de tortura psicológica.

​Pasaron tres días más de silencio absoluto. Elena se volvió huraña en el hospital. Estaba en un limbo, esperando que el "Número Desconocido" volviera a la vida. Fue el jueves por la noche cuando la pantalla por fin brilló. Elena se lanzó sobre el móvil.

​Número Desconocido.

No había texto. Solo una dirección enviada y un mensaje corto:

"Ven ahora. No me hagas esperar".

​Elena sintió terror y alivio a la vez. Steve había vuelto. No sabía que esa noche, el silencio de Steve empezaría a tener una explicación que ella no estaba preparada para escuchar.

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