LOGINElena Vargas, una enfermera de veinticuatro años que carga con un pasado lleno de sombras y pérdidas, ha construido una vida sencilla y segura en el tranquilo pueblo de Willow Creek. Turnos interminables en un hospital privado, fines de semana con su prima Sara y una rutina que mantiene a raya cualquier emoción peligrosa. Hasta la noche en que un hombre herido de bala entra en urgencias y exige que sea ella quien lo atienda. No da nombre, no da explicaciones, pero su mirada gris y su presencia imponente despiertan en Elena algo que creía muerto: un deseo prohibido que la arrastra sin remedio. Lo que comienza como un encuentro fugaz se convierte en una espiral de pasión contenida, secretos oscuros y decisiones que cambian todo. Steve es peligroso, obsesivo, imposible de olvidar… y Elena, por primera vez en años, se permite sentir. Pero en su mundo hay celos que queman, traiciones que duelen y amenazas que llegan desde donde menos se espera. Elena descubrirá que algunas heridas no se ven, pero sangran igual. Y que amar a alguien como él puede costar más de lo que cualquiera está dispuesto a pagar. Una historia de amor tóxico, deseo que consume y sombras que nunca dejan de perseguir.
View MoreEn mitad de la penumbra de la habitación 402, Bianca Valenti mantuvo la mirada fija en las tarjetas magnéticas que descansaban sobre la manta. El silencio se volvió asfixiante mientras las botas de Steve presionaban con fuerza calculada la garganta de Alberto, impidiéndole articular palabra.Bianca respiró despacio, sintiendo cómo las cicatrices de su piel se tensaban. Sabía la verdad. Sabía que la ambición ciega de su padre y la brutalidad de su hermano habían sido el verdadero veneno que destruyó a su propia familia desde dentro mucho antes de que Steve encendiera la primera cerilla.—Alberto usó mi nombre para justificar su carnicería —dijo Bianca, con una voz rota pero impregnada de una autoridad incuestionable—. Mi padre me quería como un trofeo de odio en esa cama. No soy la jueza de nadie, Steve. Pero tampoco voy a dejar que mi sangre siga pudriendo esta ciudad.Lentamente, Bianca levantó su mano derecha y deslizó los dedos sobre el teclado del terminal de encriptación que Stev
La negrura en el ala de cuidados intensivos del Hospital Central era abrumadora, rota únicamente por el resplandor rojo y parpadeante de los ledes de emergencia. El estruendo de la tormenta en el exterior quedaba amortiguado por los gruesos ventanales, dejando un silencio denso donde solo se escuchaba el zumbido constante de las baterías de reserva y el respirador de Bianca.Alberto Valenti se apostó al lado de la puerta de la habitación 402, pegando la espalda a la pared de azulejos blancos con la pistola automática en la mano. El sudor le caía por la sien, irritándole los ojos. Sabía que Steve no había venido a negociar; el olor a humo de la mansión en llamas que su rival traía en la ropa precedía a cada uno de sus pasos.—Mantén la calma, Bianca —siseó Alberto sin mirar a su hermana—. En cuanto asome la cabeza por el marco, le vacío el cargador en el pecho.En la cama, Bianca permanecía inmóvil. Sus ojos oscuros, fijos en la puerta entreabierta, reflejaban una calma helada, casi fa
Las llamas de la mansión Valenti proyectaban sombras alargadas e inestables sobre el asfalto mojado. Steve Castellano avanzaba entre los escombros y el humo denso, con el fusil de asalto pegado al costado y el rostro cubierto de hollín. Las llamas devoraban el ala oeste de la propiedad, pero Steve no buscaba riquezas ni supervivientes entre la guardia; su objetivo era el ala principal, el descenso hacia "La Jaula".El fuego había cortado el suministro eléctrico de la finca, sumiendo los corredores superiores en una negrura iluminada solo por el fulgor naranja que filtraba por los ventanales rotos. Steve pateó la puerta de hierro del pasillo oeste, la misma por la que horas antes su hermano Marcus había sangrado hasta la muerte.Allí, al pie de los escalones de hormigón que descendían al subsuelo, encontró al viejo Lorenzo Valenti.El patriarca estaba sentado contra la pared, con la pierna derecha envuelta en un torniquete improvisado que intentaba contener la hemorragia provocada por
El suave pitido de los monitores de constantes vitales en la habitación 402 cambió de ritmo. La curva del electroencefalograma, que durante meses se había mantenido en una línea casi plana, comenzó a trazar crestas marcadas y constantes. En la cama, la mano derecha de Bianca Valenti —cubierta de finas cicatrices de tejido injertado— dio un leve espasmo sobre las sábanas blancas.Alberto Valenti se acercó a la cabecera, haciendo una seña imperiosa al neurólogo para que guardara silencio.Los párpados de Bianca temblaron. Con un esfuerzo agónico, lento, como si tuviera que arrastrar toneladas de piedra sobre sus propias pupilas, los ojos de la heredera de los Valenti se abrieron. La luz tenue del cabecero la cegó por un instante. Parpadeó tres veces, desorientada, sintiendo la sequedad de la cánula de oxígeno en sus fosas nasales y el peso muerto de su propio cuerpo tras meses de inmovilidad.—B-Bianca... —murmuró Alberto, inclinándose sobre ella con una mezcla de triunfo y desesperaci






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