LOGIN—¡N-no, señor! —respondió Camilla apresuradamente, con la voz atascada en la garganta mientras luchaba por tomar aire, como si algo le oprimiera el pecho—. Por Dios, no quise decir eso... Simplemente no quiero faltarle el respeto a mi empleador. Mi posición en esta casa no es más que la de una cuidadora del pequeño Gael. Yo... conozco muy bien los límites que impone mi condición.Al escuchar aquella amarga afirmación salir de los labios de Camilla, la mano de Alejandro alrededor de su cintura comenzó a aflojarse lentamente. Sus ojos grises se oscurecieron, cubriéndose de una tenue capa de fría decepción.«¿Solo una relación entre empleador y cuidadora?», se burló Alejandro amargamente en el silencio de sus pensamientos.Alejandro sostuvo la mirada de aquellos claros ojos marrones que tenía enfrente, todavía temblorosos de miedo. Sin embargo, detrás de las rígidas palabras de rechazo de Camilla, una firme convicción se negaba a apagarse en su pecho.Aquella sensación... El impulso salv
—Señor, ¿qué está haciendo? —susurró Camilla, intentando no ponerse tensa. Sus ojos se abrieron de par en par mientras contemplaba el rostro de Alejandro, demasiado cerca de su abdomen.Alejandro no se apartó de inmediato. Sus ojos penetrantes se clavaron directamente en las pupilas marrones de Camilla, que temblaban intensamente. La comisura de sus labios permaneció inmóvil, sin revelar ninguna emoción evidente.—Estoy aplicando este ungüento herbal sobre tu piel —respondió Alejandro con su voz grave, extremadamente serena y profunda—. El hematoma de tus costillas inferiores se extiende hasta la curva de tu costado. Necesito tener una perspectiva clara para distribuir bien el medicamento.Camilla tragó saliva con dificultad. La sangre le ardía hasta las puntas de las orejas.—N-no... no me refería a eso, señor. ¿Por qué... por qué tiene que acercar tanto su rostro?Alejandro soltó un leve resoplido, una exhalación cálida que volvió a rozar la piel del abdomen de Camilla, erizándole l
Camilla contuvo la respiración y apretó con más fuerza los bordes de la manta, hasta que sus nudillos se pusieron completamente blancos. La mirada de Alejandro, tan cercana, hizo que de pronto sintiera que el espacio a su alrededor se estrechaba.Sin embargo, la vergüenza y la diferencia de estatus entre ambos seguían siendo una barrera que Camilla no estaba dispuesta a cruzar.—Señor Valdés... se lo ruego, no lo haga —susurró Camilla con voz temblorosa, negando con la cabeza mientras lo miraba suplicante—. Aprecio mucho su amabilidad, pero esto... esto es realmente inapropiado. Solo soy una cuidadora en esta casa. Permitir que me toque de esta manera sería un grave error. Por favor... deje el ungüento en la mesita de noche. Le prometo que me lo aplicaré yo misma más tarde.Alejandro no se movió. El hombre la observó en silencio, con una mirada fría e inquebrantable. Ni siquiera se le curvó ligeramente la comisura de los labios.—Eres demasiado terca, Camilla —murmuró Alejandro en voz
La noche había avanzado bastante. Las manecillas del reloj de pared de la habitación marcaban las doce y quince.En su cálida cuna, Gael dormía profundamente después de haber sido amamantado una hora antes. El suave sonido de su respiración era la única melodía que rompía el silencio de la habitación.Sin embargo, sobre la cama, Camilla luchaba contra un dolor insoportable. Su cuerpo estaba cubierto de sudor frío. El camisón holgado se le había deslizado hasta dejar al descubierto parte de su pecho, revelando el hematoma violáceo de su abdomen, que ahora estaba cada vez más hinchado y ardía con una pulsación dolorosa.Con los dedos temblorosos, Camilla sostuvo el recipiente de ungüento que el doctor Ferrari le había entregado esa tarde. Tomó un poco de aquella crema con aroma a hierbas con la punta de los dedos e intentó inclinarse para alcanzar el hematoma más grave, ubicado en el costado del abdomen.—Ahh... —gimió Camilla entre dientes, mordiéndose los labios con tanta fuerza que e
El doctor Ferrari, el médico personal de la familia Valdés, un hombre mayor y experimentado, entró en la habitación con su maletín médico en la mano, seguido de una enfermera que llevaba una bandeja con materiales para vendajes y medicamentos.—Buenas tardes, señor Valdés, señora Valdés —saludó el doctor Ferrari con profesionalismo, inclinándose ligeramente en señal de respeto—. Recibí un informe de la servidumbre indicando que la señorita Camilla se desmayó y necesita una evaluación de emergencia.Alejandro exhaló pesadamente. La tensión de su rostro disminuyó un poco, aunque una atmósfera fría todavía envolvía su figura. Se apartó del borde de la cama para darle espacio al médico.—Examínela —ordenó Alejandro con tono inexpresivo, lanzando una breve mirada hacia Camilla—. Asegúrese de que no tenga una conmoción cerebral ni lesiones internas que puedan poner en peligro su producción de leche materna para Gael.—Por supuesto, señor Valdés —respondió el doctor Ferrari mientras colocaba
Al ver el nerviosismo y la incapacidad de Camilla para responder, la sonrisa sarcástica de Victoria se ensanchó aún más. Había percibido su debilidad y una oportunidad de oro para empeorar todavía más la posición de la joven frente a su esposo.Victoria avanzó medio paso, levantó la barbilla con arrogancia y miró fijamente a Camilla.—¿Por qué te quedas callada, Camilla? —insistió Victoria con voz elevada—. ¿Por qué de repente se te traba la lengua cuando tienes que responder la pregunta de mi esposo? ¿Qué estás ocultando realmente detrás de ese rostro inocente, eh?Camilla apretó sus labios pálidos, mientras sus dedos, ocultos bajo la manta, comenzaban a retorcerse nerviosamente.—O será que... —continuó Victoria con una sonrisa llena de desprecio, elevando deliberadamente la voz para que Alejandro la escuchara—. ¿Hiciste algo que sobrepasó los límites allá afuera? ¿Te involucraste en ambientes indecentes o tuviste problemas con hombres de mala calaña para regresar a esta casa toda g







