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Capítulo 4

Penulis: Crystal K
—Primer lugar —anunció mi mentor apenas me entregó la notificación del premio en su despacho.

Parecía más emocionado que yo.

—Obtuviste la única puntuación perfecta de toda la competencia nacional —continuó con una enorme sonrisa—. Eso significa que recibirás un premio de seis mil dólares y, además, tendrás ingreso directo a la Academia de Winterhaven. ¡No necesitarás ninguna carta de recomendación de tu manada!

Bajé la mirada hacia el documento que tenía entre las manos. Había algo todavía más importante: el trabajo que presenté en la ronda final, «Análisis farmacológico del impacto del estrés psicológico sobre el aroma de miembros marginados de una manada», había despertado el interés de Silas, uno de los jueces.

Un lobo al que yo todavía no conocía.

Doblé la notificación y la guardé en el bolsillo de mi mochila. Durante todo el camino de regreso a casa pensé en cómo iba a contarles la noticia a mis padres. No era que dudara en hacerlo. Estaba ensayando porque conocía muy bien a mi madre y podía imaginar cada una de sus posibles reacciones.

En el mejor de los casos, diría:

—No está mal.

Y enseguida volvería a hablar de Chloe.

Lo más probable era que ni siquiera preguntara de qué competencia se trataba. Y, en el peor de los casos, seguramente soltaría:

—¿De qué sirve una competencia de pociones? Eso no aumenta la fuerza de combate de la manada.

Cuando llegué a casa, el olor a té negro costoso y macarons llenaba el vestíbulo del primer piso. Mi madre había organizado una pequeña reunión con algunas de las lobas más importantes de la manada. Frente a ella estaba sentada Martha, la Luna de otra poderosa manada de la Alianza, acompañada por su hija Elara, quien había tenido su primera transformación unos días antes.

La mesa de centro de mármol estaba cubierta de porcelana fina, y Chloe aprovechaba toda aquella atención para mostrar un hechizo avanzado de sanación que acababa de aprender. Una luz suave brillaba entre sus manos mientras las invitadas la llenaban de elogios.

—Chloe tiene un talento extraordinario —aseguró Martha mientras levantaba su taza con una amplia sonrisa—. Estoy segura de que algún día será una de las Maestras Sanadoras más solicitadas de toda la Alianza.

Mi madre intentó mostrarse modesta, pero la sonrisa la traicionó.

—Martha, exageras —replicó, aunque se le notaba encantada—. Todavía necesita practicar mucho.

Jace acercó una silla y se sentó junto a ellas para pasarle a Chloe varios cristales de sanación. Mi padre, por su parte, seguía encerrado en su despacho con otros Alfas.

Me cambié los zapatos y entré.

Martha me vio enseguida y me miró de arriba abajo sin ningún disimulo.

—¿Esta es Freya? —preguntó mientras me examinaba—. Escuché que estás a punto de alcanzar la mayoría de edad. ¿Tu loba todavía no ha mostrado señales de despertar?

La sonrisa de mi madre se tensó. Tomó un sorbo de té, claramente incómoda de tener que hablar de mí frente a sus invitadas.

—Su condición… sigue bajo observación —contestó con frialdad.

—¿Todavía? —repitió Martha, sorprendida, antes de mirar a su hija con orgullo—. Nuestra Elara tuvo su primera transformación la semana pasada. Su pelaje es de un gris plateado y es el más hermoso de todo el territorio. Incluso el futuro Alfa de la manada Blackwood le envió un regalo de Luna Llena.

Después de escuchar eso, me tragué todo lo que había pensado decir sobre mi premio.

Elara se entretuvo mirando sus uñas recién arregladas antes de dedicarme una sonrisa falsa.

—Freya, tampoco pasa nada si tu loba nunca despierta —comentó con una amabilidad que no le creí para nada—. Puedes llevar una vida tranquila entre los humanos. Y, si algún día no consigues trabajo, cuando tenga mi propio territorio podrías ayudarme a cuidar mis jardines.

Lo dijo como si me estuviera haciendo un gran favor, aunque por su tono parecía más bien que me ofrecía limosna.

No le respondí.

A la hora de la cena, las visitas ya se habían marchado, pero mi familia seguía encantada con la impresión que habían causado.

—Escuché que la manada Blackwood reclutará a muchos guerreros de élite este año —comentó mi madre con entusiasmo—. Jace está justo a tiempo para entrar en esta generación de entrenamiento especial.

Antes de que pudiera seguir hablando, Chloe levantó el teléfono y abrió mucho los ojos al mirar la pantalla.

—¡Mamá, mira! —exclamó emocionada—. ¡Ya publicaron la lista preliminar de la Asociación de Maestros Sanadores! ¡Quedé seleccionada!

En cuestión de segundos, toda la atención cayó sobre ella. Mi madre prácticamente le arrebató el teléfono de las manos para comprobarlo, mi padre bajó las escaleras preguntando qué había pasado y Jace soltó un grito exagerado de celebración.

—¡¿Quedaste seleccionada?! ¡Gracias a la Diosa Luna! —celebró mi madre mientras la abrazaba—. ¡Chloe, eres increíble!

Mi padre soltó una carcajada y le dio una palmada orgullosa en el hombro.

—¿Cuándo es la competencia? —preguntó entusiasmado—. Iré personalmente al Consejo de Ancianos para escoger el mejor amuleto de protección para ti.

Después la miró con una sonrisa satisfecha.

—Chloe sí que es el orgullo de nuestra manada.

Su nombre no dejó de sonar por todo el salón. Chloe y su competencia, Chloe y sus pruebas, Chloe y su futuro como Maestra Sanadora.

Yo seguía allí con la notificación de mi primer lugar guardada dentro de la mochila, pero decidí no sacarla.

No porque ya no me importara.

Simplemente sabía lo que iba a pasar si lo hacía: mi noticia terminaría ahogada entre todas las felicitaciones de Chloe o, peor todavía, alguno de ellos me acusaría de haber escogido ese momento para llamar la atención.

Hasta podía escuchar la frase en mi cabeza:

«No siempre tienes que intentar robarle el protagonismo a tu hermana».

Cuando todo terminó, me quedé ayudando a limpiar el salón. Mi madre organizaba los diagramas de hechizos de Chloe mientras mi padre ya había regresado a su despacho para seguir ocupándose de los asuntos del territorio.

Sobre el sofá habían quedado varios catálogos de vestidos de lujo. Mientras los recogía, vi la esquina de un sobre gris plateado asomándose por debajo de uno de los cojines.

Lo saqué y descubrí que era un itinerario privado para unas vacaciones en el Complejo Termal Moonstone.

El viaje estaba programado para el mes siguiente. Moonstone era uno de los resorts más exclusivos de toda la Alianza, un lugar al que los lobos comunes ni siquiera podían entrar.

Revisé los datos del vuelo.

Cuatro pasajeros: Alaric, Valerie, Jace y Chloe.

Volví a leer los nombres para asegurarme de que no me había saltado ninguno, pero no. Eran solo cuatro.

El viaje figuraba bajo el nombre de «vacaciones del núcleo de liderazgo de la manada».

Entonces vi las fechas. Coincidían exactamente con la semana de mi cumpleaños número dieciocho, la misma semana de mi ceremonia de mayoría de edad.

Mi familia había organizado unas vacaciones para cuatro durante una de las semanas más importantes de mi vida.

Ni siquiera podía decir que se habían olvidado de mí.

Nunca habían planeado incluirme.

Volví a meter el itinerario debajo del cojín y regresé a mi habitación sin decir una palabra.

No encendí la luz. Una fina línea de claridad proveniente del pasillo se colaba por debajo de la puerta y se reflejaba sobre el cierre metálico de mi maleta.

No lloré.

¿Para qué?

Aunque lo hiciera, no había nadie en aquella casa que fuera a venir a secarme las lágrimas.

Saqué el teléfono y usé parte de los seis mil dólares que había ganado en la competencia para pagar un vuelo hacia el norte y confirmar mi inscripción en la Academia de Winterhaven.

Fui llenando los campos uno por uno: nombre, identificación, información de contacto y dirección de residencia.

Al llegar al último, mi dedo se quedó quieto sobre la pantalla durante unos segundos. Después escribí una dirección nueva, la de un lugar en el que jamás había estado, pero al que estaba a punto de marcharme.

Presioné «Enviar» y esperé mientras la página se actualizaba. Unos segundos después apareció el escudo de un lobo verde en la pantalla acompañado de dos palabras:

«Inscripción completada».

A las cuatro de la madrugada, la alarma de mi teléfono vibró. Toda la casa seguía dormida, así que me vestí, tomé la maleta y bajé sin hacer ruido.

Mientras atravesaba el salón del primer piso, miré una última vez hacia el sofá. El itinerario para cuatro seguía escondido debajo del cojín, con una pequeña esquina gris todavía a la vista.

No me detuve.

Abrí la puerta con cuidado y la cerré con la misma suavidad detrás de mí. La luz con sensor de movimiento del pasillo exterior se encendió al detectar mis pasos y volvió a apagarse unos segundos después.

Todavía no había amanecido cuando llegué a las puertas de la propiedad. El taxi que había reservado ya me esperaba fuera de los límites del territorio.

Guardé la maleta y me acomodé en el asiento trasero. Cuando el vehículo atravesó las puertas de Crescent Falls, me volteé para mirar hacia atrás.

La Casa de la Manada comenzó a quedar cada vez más lejos. Alcancé a distinguir el edificio principal y la segunda ventana desde la derecha, la del solárium de Chloe. Sus cortinas seguían completamente cerradas.

Dentro de aquella casa había una vida preparada con esmero para cuatro lobos amados. Y luego estaba yo, la hija cuyo nombre jamás había aparecido en aquel itinerario.

La terminal del aeropuerto estaba casi vacía a esa hora. No había muchos pasajeros esperando vuelos de madrugada, así que me senté en una banca metálica de la sala de espera, dejé la maleta junto a mis pies y escuché los primeros anuncios por los altavoces.

Entonces mi teléfono se iluminó. Era el grupo familiar. Mi madre había enviado un mensaje:

«Ya decidimos el vestido de Chloe para la competencia regional. Elegimos el vestido blanco lunar hecho a la medida».

Mi padre respondió poco después:

«Perfecto. Como era de esperarse de mi hija».

Jace escribió:

«¡Genial!».

Y Chloe añadió varios corazones brillantes.

Me quedé mirando la conversación durante unos segundos.

Nadie preguntó dónde estaba yo. Nadie había notado que el viejo cuarto de almacenamiento estaba vacío ni que esa noche nadie había dormido en mi cama.

El altavoz anunció el abordaje de mi vuelo.

Me levanté, sujeté el asa de la maleta y avancé por la pasarela hasta el avión. A través de las ventanas, el cielo comenzaba a teñirse de un azul pálido mientras las luces de la ciudad se apagaban una tras otra.

Encontré mi asiento y me abroché el cinturón. El avión empezó a retroceder lentamente y después avanzó hacia la pista. Cuando los motores rugieron y sentí el impulso del despegue, fue como si algo enorme por fin me arrancara de aquella manada.

Entonces apareció otro mensaje en mi teléfono.

Esta vez era privado y venía de mi madre:

«Freya, el mes que viene estaremos fuera unos días. Prepara con anticipación las pociones calmantes de Chloe para el viaje y guárdalas en su maleta. Asegúrate de no equivocarte con la dosis».

Me quedé mirando la pantalla y me reí.

Eso era lo más absurdo de todo.

Mi madre sabía perfectamente que no había un lugar para mí en aquel viaje y, aun así, daba por sentado que antes de marcharse yo debía dejar listas las pociones de Chloe.

Ni siquiera se le había ocurrido preguntarse si yo estaría allí para prepararlas.

Saqué la tarjeta SIM del teléfono, la sostuve entre los dedos unos segundos y la dejé caer en la pequeña bolsa de basura que tenía junto al asiento.

Con ella tiré también los últimos dieciocho años de mi vida.

El avión siguió ascendiendo hasta alcanzar los nueve mil metros de altura. El territorio que durante tanto tiempo había llamado hogar se hizo cada vez más pequeño bajo las nubes, hasta que dejó de distinguirse por completo.

Y mientras desaparecía detrás de mí, mi mundo apenas comenzaba a hacerse más grande.

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