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Su Familia La Olvidó, Un Alfa La Eligió

Su Familia La Olvidó, Un Alfa La Eligió

By:  Crystal KCompleted
Language: Spanish
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Mientras yo seguía intentando que mi propia familia se diera cuenta de mi valor, mi talento terminó llamando la atención de un enigmático Alfa lejos de Crescent Falls. Pero yo todavía no tenía idea de quién era. Cuando nuestra pequeña manada consiguió un lugar dentro de la Alianza del Norte, mi padre destinó gran parte de los recursos de la manada a construir una enorme sede principal. El día de la mudanza entendí algo que debería haber comprendido antes: en aquella casa no habían pensado en mí. Mi hermano Jace recibió una espaciosa sala de entrenamiento táctico. Chloe obtuvo un solárium donde podía practicar sus rituales de sanación. ¿Yo? Mi madre señaló un pequeño cuarto de almacenamiento y me explicó que habían olvidado preparar mi habitación. Tendría que conformarme con aquel espacio por un tiempo. Sonreí y acepté. Pensé que, si era obediente, útil y no causaba problemas, algún día terminarían prestándome atención. Tiempo después conseguí la única plaza disponible en la región para estudiar pocionística avanzada en la Academia Real de Hombres Lobo. Solo necesitaba recuperar mi identificación antes de las dos de la tarde para completar el proceso. Pero estaba encerrada en el despacho de mi padre. Cuando regresé, las puertas estaban cerradas y no había nadie en casa. Mi madre estaba ocupada con los preparativos de Chloe para sus pruebas como Maestra Sanadora. Mi padre estaba con Jace. Me senté en los fríos escalones de piedra y esperé. Cuando finalmente regresaron, el plazo ya había vencido. Nadie preguntó qué había ocurrido. Nadie pareció notar lo que acababa de perder. Aquella noche regresé a mi pequeño cuarto y saqué la vieja maleta cubierta de polvo que guardaba debajo de la cama. Jace tenía su habitación y Chloe tenía la suya. Mis padres habían construido cuidadosamente el hogar perfecto para su familia. Solo que yo nunca había tenido un lugar en ese plan. Había pasado demasiado tiempo esperando que alguien dejara una luz encendida para mí. Quizá había llegado el momento de encontrar un lugar donde pudiera encenderla yo misma.

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Chapter 1

Capítulo 1

—Hoy llamó la Academia Real de Hombres Lobo —comentó mi madre, Valerie, mientras cortaba su filete sin levantar la mirada—. Dijeron que se te pasó la fecha para entregar tus documentos.

Tres días… Habían pasado tres días desde que me dejaron fuera del edificio principal sin poder entrar, y apenas en ese momento se le ocurría mencionarlo, como si perder la única plaza disponible en toda la región no fuera gran cosa.

Dejé los cubiertos sobre la mesa y la miré.

—Sí, porque mi identificación estaba bajo llave en un cajón del despacho de papá y ninguno de ustedes estaba aquí —respondí, tratando de no perder la calma.

Mi madre frunció el ceño. No parecía sentirse mal por lo ocurrido. Al contrario, me miraba como si la culpa también fuera mía.

—Freya, hay que ver que eres bien terca —me reprendió—. ¿No pudiste buscar alguna solución cuando encontraste la puerta cerrada? Te la pasas jugando todo el día con esas pociones locas, pero ¿ni siquiera sabes abrir una cerradura?

Mientras hablaba, pinchó con el tenedor el último trozo de carne asada que quedaba en su plato y lo puso en el de Chloe con toda la sutileza del mundo.

—Come un poco más, cariño —le pidió, suavizando la voz—. La próxima semana son tus pruebas para convertirte en una Maestra Sanadora. Necesitas tener energía.

Miré aquel pedazo de carne todavía humeante y se me revolvió el estómago. Yo acababa de perder la única plaza disponible en toda la región para entrar a la Academia Real. Había pasado varias noches sin dormir preparando una muestra de poción que tenía que quedar perfecta, pero para mi madre nada de eso parecía tan importante como las pruebas de rango de Chloe.

Respiré hondo y miré a mi padre, Alaric, sentado en la cabecera de la mesa.

—Todavía necesito trescientos veinte dólares —le expliqué—. Ya perdí la plaza, pero puedo presentar un informe en el Foro de Pocionistas Independientes de otro estado. Necesito comprar un nuevo juego de viales de purificación.

Mi padre dejó la copa de vino sobre la mesa y me clavó esa mirada de Alfa con la que acostumbraba acabar cualquier discusión antes de que empezara.

—No —sentenció.

—¿Por qué? —pregunté sin bajar los ojos.

—La manada Crescent Falls apenas consiguió afianzarse dentro de la Alianza del Norte y gastamos una enorme cantidad de recursos en construir la sede principal de la manada —explicó mientras golpeaba la mesa con los dedos—. Como hija mayor del Alfa, debes aprender a ahorrar. Cada centavo de esta casa tiene que gastarse con inteligencia. Todo lo hacemos pensando en el futuro de la manada.

¡Ding!

Apenas terminó de hablar, el teléfono de Jace sonó sobre la mesa. Mi hermano lo tomó emocionado y, al ver la pantalla, soltó un silbido.

—¡Gracias, mamá! —celebró con una sonrisa—. Ya me llegaron los ochocientos dólares. Ahora ese comandante retirado de la Alianza podrá empezar mi entrenamiento privado de combate la próxima semana.

Miré a Jace y después a mis padres.

Ochocientos dólares para un entrenamiento privado de combate. Trescientos veinte para mis viales. Y se suponía que teníamos que ahorrar.

«Todo era por el futuro de la manada».

Ya entendía. Cuando se trataba de mí, había que cuidar cada centavo. Jace y Chloe, en cambio, sí eran una inversión para el futuro.

No discutí. Recogí mi plato y me levanté de la mesa.

—Yo lavaré los platos —informé antes de dirigirme a la cocina.

El agua salió tan fría que los dedos me dolieron apenas los metí bajo el chorro. Tampoco era ninguna sorpresa. En nombre de aquel famoso «ahorro», la calefacción del lugar solo abastecía la habitación principal del Alfa, la sala de entrenamiento táctico de Jace y el solárium de Chloe. Las tuberías de mi habitación, en cambio, estaban conectadas directamente al depósito de agua fría del exterior.

Pero claro, los trescientos veinte dólares para mis viales eran demasiado.

Escuché a mi madre acercarse por el pasillo. Se detuvo en la entrada de la cocina y se apoyó contra el marco de la puerta mientras yo seguía restregando uno de los platos.

—Libera tu horario del trabajo de medio tiempo este fin de semana —ordenó—. Acompaña a Chloe al mercado. Necesita escoger unas piedras lunares para sus rituales de sanación.

Apreté la esponja entre los dedos.

—Tengo que trabajar en la tienda de hierbas —le recordé—. Necesito conseguir yo misma esos trescientos veinte dólares.

—¡Freya! —exclamó mi madre, perdiendo la paciencia—. ¡Tu hermana se subió al autobús equivocado una vez cuando tenía nueve años! Los lugares públicos llenos de lobos y aromas mezclados le provocan ataques de pánico. ¿Cómo puedes ser tan egoísta siendo su hermana mayor?

Cerré el grifo y dejé que el agua helada goteara desde mis dedos.

Chloe se había equivocado de autobús cuando tenía nueve años y mi madre todavía recordaba aquel incidente como si hubiera ocurrido ayer. Jace cargaba con el orgullo del linaje Alfa y cualquier cosa relacionada con él parecía merecer atención inmediata. Yo, en cambio, había aprendido a resolver mis problemas sola y, como nunca lloraba ni corría a pedir ayuda, mi familia había terminado creyendo que conmigo no hacía falta preocuparse.

Volteé hacia mi madre y sostuve su mirada.

—Recuerdas perfectamente que Chloe tomó el autobús equivocado cuando tenía nueve años —dije con calma—. ¿Recuerdas el número de mi habitación en el centro de sanación el año pasado? Cuando probé aquella poción barata y demasiado fuerte que compró Jace y terminé con una reacción alérgica grave.

Mi madre se quedó inmóvil. Abrió la boca, pero durante unos segundos no supo qué responder.

—¡Estaba ocupada resolviendo disputas fronterizas! —espetó al fin, más molesta por la pregunta que por el recuerdo—. ¿Quién tiene tiempo para memorizar números de habitaciones?

Me lanzó una mirada furiosa, se volteó y salió de la cocina haciendo resonar los tacones contra el suelo.

Me quedé allí unos segundos antes de secarme las manos y subir sola al segundo piso.

A un lado del pasillo estaba la enorme sala de simulación táctica de Jace. Al otro, el solárium de Chloe, inundado de luz natural y aromas florales. Seguí caminando hasta llegar al rincón oscuro del fondo, donde estaba el antiguo cuarto de almacenamiento que habían convertido en mi habitación.

No tenía ventanas. Aparte de una cama individual, apenas quedaba espacio suficiente para colocar un escritorio decente. Debajo de la cama seguía mi maleta, cubierta por una fina capa de polvo.

La pantalla de mi teléfono se iluminó antes de que pudiera seguir mirándola. Era un mensaje de mi mentor de pociones:

«Freya, de verdad lo siento. La Academia Real le entregó la plaza a otra candidata que sí contaba con el respaldo de su manada. Pero eres la pocionista con más talento que he conocido. Por favor, no te rindas».

Leí el mensaje y sentí esa molestia sorda en el pecho que llevaba días tratando de ignorar. La plaza ya tenía dueña y, por mucho que quisiera buscar otra salida, nada iba a devolverme aquella oportunidad.

Guardé el teléfono, abrí el cajón de la mesa de noche y saqué un viejo cuaderno de pociones con los bordes amarillentos. La portada estaba cubierta de garabatos hechos con marcador negro.

Había sido mi obra maestra cuando tenía trece años. Pasé tres meses enteros investigando mi primera fórmula básica, llenando aquellas páginas de notas y correcciones, hasta que Chloe encontró el cuaderno y decidió usarlo para hacer dibujos.

Lo abrí y, en la esquina inferior derecha de la primera página, todavía seguía escrita una frase con mi letra de trece años:

«Si algún día desaparezco de esta casa, ¿cuánto tardarán en darse cuenta?».

Me quedé mirándola mientras, desde la habitación contigua, llegaban las risas de Chloe y la voz animada de mi padre felicitando a Jace por la fuerza de sus golpes.

Aquella era su casa. Siempre lo había sido. Chloe tenía su solárium, Jace su sala de entrenamiento y yo ocupaba un antiguo cuarto de almacenamiento al final del pasillo.

Tomé un bolígrafo y apoyé la punta contra el papel. Justo debajo de aquella pregunta, escribí:

«Pronto cumpliré dieciocho años. Ya no necesito saber la respuesta».

Leí ambas frases una última vez. Después arranqué la página de un tirón, la arrugué y la arrojé al cesto de basura.

Me agaché junto a la cama, metí la mano debajo y saqué aquella vieja maleta cubierta de polvo.

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