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Capítulo 3

Author: Crystal K
Durante las dos semanas siguientes, usé los trescientos veinte dólares que había ganado trabajando en la tienda de hierbas de la frontera para comprar unos viales básicos de purificación. Después pasé tres noches casi sin dormir, trabajando en el suelo helado de mi habitación hasta terminar mi informe sobre pociones y enviarlo en secreto al foro preliminar del Concurso Nacional de Jóvenes Pocionistas.

Tres días después, mi mentor llamó al teléfono fijo de la Casa de la Manada. Tuvo que intentarlo tres veces solo para conseguir que alguno de mis padres atendiera. Necesitaba que el Alfa o la Luna firmaran un formulario de patrocinio que confirmara mi pertenencia a la manada. Las primeras dos llamadas quedaron sin respuesta. Mi madre contestó la tercera.

Esa misma noche, Valerie me llamó a la sala. Tenía el rostro tan serio que cualquiera habría pensado que yo había metido a la manada en algún problema.

—Hoy llamó tu mentor de pociones —soltó con el ceño fruncido—. Dijo que ese informe independiente que enviaste a nuestras espaldas superó la primera ronda.

Por su tono, parecía más molesta que orgullosa. Se cruzó de brazos antes de continuar.

—También dijo que, si quieres continuar en el Concurso Nacional, necesitas la firma del Alfa o de la Luna para demostrar que perteneces a una manada y no eres una renegada.

Me quedé de pie junto al sofá.

—Sí. Compré los viales con mi propio dinero y preparé el informe por mi cuenta —expliqué con calma—. Si gano la competencia nacional, podría entrar a otra academia de prestigio.

Mi madre hizo un gesto de fastidio con la mano.

—Freya, ¿podrías madurar de una vez? —reclamó—. Tu padre está hasta el cuello con la expansión del territorio. ¿De dónde vamos a sacar tiempo para revisar antecedentes con la Alianza y llenar un montón de formularios de patrocinio?

Siempre era lo mismo. Chloe tenía una sala privada de meditación y horarios especiales de práctica porque una Maestra Sanadora podía aumentar las posibilidades de supervivencia de toda la manada. Jace tenía tutores privados carísimos, equipo nuevo y todo lo que necesitara porque estaba destinado a convertirse en uno de nuestros principales guerreros. Mis pociones, en cambio, no eran más que un pasatiempo que encima les daba más fastidio.

—Además, últimamente has faltado varias veces al entrenamiento físico básico —continuó mi madre en tono de reproche—. Tu hermana practica hechizos de sanación cuatro horas al día y no causa ni la mitad de los problemas que tú.

No discutí. Ya sabía cómo terminaban esas conversaciones.

—Si no quieren firmarlo, buscaré otra solución —respondí.

—Como quieras —murmuró Valerie mientras se masajeaba las sienes—. La clase de entrenamiento de tu hermana para convertirse en Maestra Sanadora termina este fin de semana. Deja libre tu horario y ve con ella para ayudarla a cargar los estuches de los cristales.

Me quedé callada unos segundos. Ya ni siquiera me enojaba. Habían hecho lo mismo tantas veces que empezaba a acostumbrarme a que cualquier cosa mía pudiera esperar si Chloe o Jace necesitaban algo.

—Está bien —acepté al final.

Al día siguiente llamé a la puerta del despacho de mi mentor.

—Freya, tus padres… —empezó con cautela en cuanto me vio.

—No van a firmarlo, profesor —lo interrumpí con tranquilidad.

Se quedó mirándome durante unos segundos. En ese momento no supe interpretar del todo su expresión. Solo alcancé a ver decepción e impotencia. Más adelante entendí qué había detrás de todo eso: le dolía verme pasar por aquella situación.

—Siéntate —me pidió con un suspiro—. No tienes que exigirte tanto.

Abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó un formulario y lo deslizó hacia mí. Era la solicitud de inscripción oficial para continuar en el Concurso Nacional de Jóvenes Pocionistas.

—Tu informe preliminar ya superó la primera ronda —explicó—. Como Crescent Falls se niega a respaldarte, yo te patrocinaré personalmente como mentor independiente. Y si la Alianza pone algún problema, yo me encargaré.

Miré la fecha límite del formulario. Vencía la semana siguiente. Mi mentor se quedó con el documento para gestionar la inscripción mientras yo terminaba el trabajo de la siguiente ronda, que debía entregar al día siguiente.

Asentí y le agradecí antes de salir de su despacho.

Más adelante descubriría que, justo en ese momento, a miles de kilómetros de allí, en el norte, un prestigioso profesor de la Academia de Winterhaven había entrado por casualidad en el foro preliminar de la competencia.

Su nombre era Silas.

Entre todos los trabajos publicados de la primera ronda, uno llamó su atención: mi informe anónimo, «Eficiencia y reducción de costos en la purificación del acónito». Mi forma de abordar el problema, precisa y poco convencional, despertó su interés desde la primera lectura.

Pero yo no sabía nada de eso en ese momento.

Regresé a casa y encontré varias bolsas de compras sobre la mesa de la sala. Chloe daba vueltas frente al espejo mientras se probaba una túnica ceremonial nueva, y Jace estaba desparramado sobre el sofá con los pies encima de la mesa del centro, deslizando un dedo por su tableta como si nada en el mundo pudiera molestarlo.

Mi madre abrió otra caja y sacó unos zapatos de baile ceremonial hechos a la medida para Chloe.

—Estos son más lindos —comentó mientras se los entregaba—. Pruébatelos.

Chloe se agachó, se cambió los zapatos y caminó unos pasos antes de mover los dedos de los pies dentro de ellos.

—Me quedan un poco apretados —se quejó.

—Mañana los cambiaremos por una talla más grande —decidió mi madre sin darle mayor importancia. Después se volteó hacia mí—. Freya, lleva a tu hermana para que le ajusten el vestido.

La miré.

—Tengo que entregar el trabajo de la ronda final mañana.

—¿No se entrega por internet? —preguntó, como si con eso acabara de resolverlo todo—. Puedes escribirlo en la tableta mientras van camino a la modista.

Me quedé mirándola, esperando que se diera cuenta de lo absurdo que sonaba. No pasó.

—Son mil quinientas palabras —repliqué—. ¿Quieres que escriba todo eso en una tableta mientras voy en el autobús?

Mi madre por fin levantó la mirada y me observó con ese fastidio que reservaba solo cuando consideraba que yo estaba complicando algo sencillo.

—¿No puedes colaborar por una vez? —reclamó—. Tu hermana necesita tener listo todo su atuendo para las pruebas de la próxima semana.

Siempre había algo: las pruebas de Chloe, su túnica, sus cristales o sus clases. Lo mío podía esperar, hacerse deprisa o terminarse en los pocos ratos que me quedaran después de ocuparme de ella.

—Está bien —respondí al final.

No dije nada más. Regresé a mi habitación, me metí en la cama con la tableta y trabajé hasta la una de la madrugada. Antes de dormir revisé el informe cuatro veces.

A la mañana siguiente salí de casa con unas ojeras horribles para acompañar a Chloe a que le ajustaran el vestido. Se probó cinco y, después de hacernos pasar tres horas allí, terminó escogiendo el primero. Lo único que pidió fue que lo alargaran unos dos centímetros y medio.

Durante el viaje de regreso, Chloe se volteó de repente hacia mí.

—Freya, tienes los ojos muy rojos —comentó con cierta preocupación.

Seguí mirando al frente.

—No dormí bien —respondí.

—¿Qué estabas escribiendo anoche? —preguntó con curiosidad—. Pasé frente a tu puerta y te escuché teclear durante horas.

—El informe de la ronda final de una competencia.

Chloe ladeó la cabeza y me observó durante unos segundos.

—Sabes que eres muy buena preparando pociones, ¿verdad? —dijo con una pequeña sonrisa—. Cuando tenía siete años y me daba miedo la oscuridad, me preparaste aquella «Poción de Luz Estelar» con hierba luminosa y polvo de piedra lunar. Todavía la guardo.

Sonrió un poco más al recordarlo.

—Funciona muchísimo mejor que los inciensos calmantes de esas Maestras Sanadoras.

Me acordaba perfectamente. Chloe tenía siete años y le aterraba la oscuridad, así que compré los ingredientes a escondidas con el dinero que había ahorrado de mi mesada y pasé tres noches preparando una poción calmante solo para ella.

Después de tantos años, todavía la recordaba.

—Me alegra que no lo hayas olvidado —respondí.

El autobús llegó a nuestra parada y las puertas se abrieron. Chloe bajó primero y, después de avanzar unos pasos, se volteó hacia mí.

—¡Freya! —me llamó con entusiasmo—. Si algún día haces otra poción divertida que brille, avísame. ¡Quiero enseñársela a mis amigas!

La vi alejarse.

Chloe no era una mala loba. De hecho, era la única de aquella casa que alguna vez se detenía a preguntarme si había dormido bien o si me pasaba algo. El problema era que tampoco entendía lo que había detrás de mis pociones.

Para ella, aquella Poción de Luz Estelar era un recuerdo bonito, algo divertido que podía enseñarles a sus amigas. Nunca se había preguntado cuánto me había costado conseguir los ingredientes ni cuántas noches había pasado trabajando para prepararla.

Su cariño era agradable mientras duraba, pero nunca cambiaba nada.

Esa noche terminé el informe de la ronda final. Lo revisé tres veces para asegurarme de que no hubiera ningún error y lo envié diez minutos antes de que cerrara el plazo.

En la sala, mi madre utilizaba una piedra lunar para guiar a Chloe durante la meditación nocturna con su loba. Un resplandor suave iluminaba una esquina del sofá, mientras Jace estaba tirado sobre la alfombra con una tableta frente al rostro y un video de entrenamiento táctico sonando a todo volumen.

Ninguno sabía lo que acababa de hacer. Y a ninguno le importaba.

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