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La finca en las afueras del pueblo era demasiado espaciosa para que viviera en ella una familia pequeña, y demasiado silenciosa para una mujer cuyo corazón acababa de romperse en mil pedazos.
Lyra se despertó cuando el reloj dio las dos de la mañana. No fue la alarma lo que la desveló, sino ese dolor tan familiar en el pecho: un cruel recordatorio biológico de que su cuerpo aún producía leche, mientras que su propio bebé yacía desde hacía tiempo bajo la fría tierra. Fuera, el viento de otoño aullaba suavemente. Las ramas de los viejos robles se mecían, golpeando de vez en cuando los muros de piedra de la finca con un chasquido irregular que sonaba como un susurro lejano. Una llovizna constante caía empapando el camino de grava y trayendo consigo el olor a tierra mojada que se colaba por las rejillas de ventilación. Entonces, desde la habitación contigua, el llanto de un bebé rompió el silencio. Lyra cerró los ojos un instante. Aquel llanto no era el de su hijo. Nunca volvería a ser el de su hijo. Con movimientos lentos y pausados, se levantó de la cama. Se echó un cárdigan de punto holgado sobre el camisón de seda fina con el que dormía. Salió a la oscuridad y se dirigió hacia la habitación del bebé de sus señores. Al entreabrir la puerta, Lyra alcanzó a ver la silueta de Elena bajo la tenue luz de una quitamiedos con forma de estrellas. La mujer no se parecía en nada a su imagen habitual. Su cabello, siempre impecable, estaba alborotado, con mechones sueltos apuntando en todas direcciones. El bebé en sus brazos no paraba de llorar, agitándose sin descanso mientras pataleaba en el aire. Elena intentó ofrecerle el biberón una vez más, pero el pequeño giró la cara de inmediato y lloró aún más fuerte. —Vamos, cariño… por favor. Solo un poco para mamá —murmuró Elena. Tenía la voz ronca por el cansancio. Las ojeras marcaban su rostro pálido, dejando al descubierto lo mucho que había luchado sola esa noche. El pánico se reflejaba en cada uno de sus movimientos. Desde aquella distancia, Lyra pudo notar el brillo de las lágrimas que comenzaban a asomar en los ojos de Elena. Lyra se acercó un poco más. —Déjeme hacerlo a mí, señora. Elena se sobresaltó ligeramente y giró la cabeza. Sus ojos hinchados se encontraron con la mirada de Lyra. Había un alivio tan palpable en ellos, pero también una profunda culpa que resultaba casi dolorosa de presenciar. —Lyra… —le tembló la voz—. Lo he intentado. Una y otra vez. Pero la leche no me sale. —Elena miró a su hijo y cerró los ojos—. Theo no deja de llorar. Lyra se acercó y le tomó al bebé con delicadeza a Elena, cuyos brazos temblaban de agotamiento. En el momento en que lo acunó en sus brazos, el llanto cesó, como si el pequeño hubiera reencontrado el calor que llevaba buscando todo ese tiempo. —Debería descansar un poco —dijo Lyra con voz suave, meciendo al bebé—. Deje que me ocupe de él esta noche. Elena dejó escapar un largo suspiro. La tensión que pesaba sobre sus hombros pareció desvanecerse en un instante. —Gracias, Lyra —susurró—. No sé qué haría sin ti. Lyra le devolvió una leve sonrisa. Unos momentos después, Elena salió de la habitación dando tumbos, casi incapaz de mantener los ojos abiertos. Lyra se sentó en una mecedora junto a la ventana. Se desabotonó el cárdigan y se estrechó al bebé contra el pecho. Aquella intimidad consolaba algo dentro de ella al mismo tiempo que le rompía el corazón una vez más. El silencio los envolvió a ambos. Solo se escuchaba el sonido de una respiración pausada, el crujido suave de la mecedora y los latidos del corazón de Lyra, que poco a poco volvían a la normalidad. Por un momento, mientras el diminuto cuerpo descansaba cómodamente en sus brazos, el dolor en su pecho se alivió ligeramente. Treinta minutos después, cuando el bebé volvió a quedarse dormido, Lyra sintió una sed abrumadora. Bajó las escaleras y sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre el frío suelo de mármol. La cocina solo estaba iluminada por el tenue resplandor de la campana extractora. Lyra se sirvió un vaso de agua fría y bebió con avidez, hasta que unas gotas le resbalaron por la comisura de los labios, humedeciéndole el cuello y deslizándose hacia su pecho, que aún se sentía caliente. Al dejar el vaso de nuevo sobre la mesa, algo cambió. El aire a su alrededor se sintió diferente de repente. El aroma a vainilla y leche que se aferraba a su cuerpo fue desplazado lentamente por otra fragancia desconocida: madera de sándalo, tabaco fino y el frío del aire nocturno que entraba desde el exterior. Lyra se giró rápidamente. El aliento se le atascó en la garganta. Un hombre estaba allí, apoyado con desenvoltura contra la columna oscura que separaba el comedor de la cocina. Era alto y de complexión fuerte, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Tenía el pelo ligeramente alborotado, como si se hubiera pasado los dedos por él una y otra vez. Lo que dejó paralizada a Lyra no fue su apariencia, sino sus ojos. Sus ojos oscuros la miraban con una intensidad inquietante, como si fueran capaces de atravesarle la piel y leer cada secreto que intentaba ocultar. Instintivamente, Lyra se ajustó más el cárdigan alrededor del cuerpo. Pero ya era demasiado tarde. La mirada del hombre se había detenido por un instante en la tenue mancha húmeda visible bajo la fina tela que le cubría el pecho, antes de volver lentamente a su rostro. —¿Quién eres? Su voz era grave y ligeramente ronca, rompiendo el silencio sofocante que reinaba en la cocina. Lyra dio un paso atrás. Su cintura chocó contra el borde de la encimera. —Yo… yo… —La garganta se le quedó seca de repente—. Soy la nodriza. El hombre ni siquiera parpadeó. En lugar de dar un paso atrás, se acercó más, acortando la distancia entre ellos hasta que Lyra pudo sentir el calor de su cuerpo. Contuvo la respiración cuando él inclinó la cabeza. Su nariz rozó la curva de su cuello mientras inhalaba lentamente. El movimiento fue tan audaz, tan primitivo, que hizo que todo el cuerpo de Lyra se tensara. —¿La nodriza? —repitió él en voz baja—. Con razón. Su mirada recorrió el rostro de Lyra por un segundo antes de clavarse de nuevo en sus ojos. —Toda esta habitación de repente huele a algo… —Hizo una breve pausa, como buscando la palabra adecuada—: …muy dulce. Lyra presionó la espalda con más fuerza contra el borde de la encimera. Sus instintos le gritaban que se alejara, pero sus pies permanecían clavados en el suelo. —Soy Kael. —Hubo una pausa antes de que las comisuras de sus labios se curvaran ligeramente—. Tengo la sensación de que me dará sed muy a menudo mientras me quede aquí. El corazón de Lyra pareció detenerse por un segundo y luego comenzó a martillearle el pecho. La mirada de aquel hombre la descolocaba de una manera que no podía explicar. El pánico le oprimió la garganta. —Yo… yo… —Lyra tragó saliva con dificultad—. Tengo que volver a mi habitación. —Su voz fue tan suave que casi se perdió en el silencio de la cocina. Cuando Lyra intentó esquivarlo para escapar, una mano grande y cálida se cerró alrededor de su muñeca. No fue doloroso, pero sí lo suficientemente firme como para detenerla en seco. Lyra se estremeció. Intentó zafarse, pero fue en vano. Su respiración comenzó a acelerarse. —Suélteme —suplicó en voz baja, con lágrimas acumulándose en sus ojos. Kael no la soltó. Se limitó a contemplarla durante unos segundos más y luego la atrajo un poco más hacia él. Lo suficientemente cerca como para que Lyra se viera obligada a mirar otra vez esa mirada indescifrable. En la penumbra de la cocina, Lyra vio cómo la nuez del hombre se movía lentamente. Su mandíbula se tensó como si estuviera conteniendo algo. La tensión había surgido de la nada, tan aguda que le aceleró el pulso. Lyra continuó forcejeando levemente, pero su fuerza no era rival para la de él. Su corazón latía desbocado y, justo cuando sintió que las lágrimas estaban a punto de derramarse, la presión en su muñeca desapareció de golpe. Sin pensarlo dos veces, Lyra se giró y corrió escaleras arriba. No se atrevió a mirar atrás. Ni una sola vez. Al llegar a su habitación, cerró la puerta con llave con manos temblorosas. Su espalda se deslizó contra la madera mientras se llevaba una mano al pecho, intentando calmar su respiración. ¿Quién era ese hombre? Lyra cerró los ojos con fuerza. Su mente intentaba procesar lo que había sucedido en la cocina hacía unos minutos, pero todo era un caos. El miedo le impedía pensar con claridad. Ni siquiera recordaba bien lo que Kael le había dicho. Lo único que quedaba era ese par de ojos oscuros que seguían persiguiéndola: unos ojos tan intensos que le dificultaban respirar. Y esa voz profunda. Abajo, Kael seguía de pie en el mismo lugar. Lentamente, levantó la mano que había estado sujetando la muñeca de la mujer y la acercó a su rostro. El rastro de su aroma aún estaba allí. Las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente. Había pasado mucho tiempo desde que algo llamaba su atención tan rápido. Sus ojos brillaron en la tenue luz de la cocina. Su regreso esta vez… resultaba que no sería tan aburrido como había pensado.—¿Tú… no puedes responder a eso? —preguntó Lyra, con la voz sonando dolorosamente frágil.—Toda esta posesividad, todos estos besos, que me prohíbas marcharme… —continuó, mientras los ojos se le volvían a empañar—. Kael, ¿qué significo verdaderamente para ti? ¿Acaso… sientes algo por mí, o solo soy algo que no quieres que nadie más tenga?Kael permaneció en silencio. Apretó la mandíbula y su mirada se volvió distante y extraña.Las preguntas sobre sentimientos eran el único terreno en el que jamás quería adentrarse. Kael estaba acostumbrado a soportar la presión de ser el heredero de los Blackwood, acostumbrado a lidiar con gente que intentaba destruirlo y acostumbrado a controlar casi cualquier situación a su alcance.Pero al enfrentarse a sus propios sentimientos, todo ese control parecía esfumarse.El silencio que flotaba en la cocina se volvió cada vez más opresivo. Transcurrieron varios segundos y Kael seguía sin decir palabra.Al ver su silencio, las lágrimas que Lyra había esta
La lluvia del exterior se fue volviendo cada vez más intensa, golpeando los ventanales de cristal del ático con un ritmo constante. En el interior, las luces principales se habían apagado a propósito, dejando únicamente el tenue resplandor amarillo de una lámpara de pie en la esquina, que creaba un ambiente cálido e íntimo.Lyra dejó por fin las agujas de tejer sobre la mesa.Un par de diminutos patucos de bebé de color azul claro con encaje blanco estaba completamente terminado. Sostuvo las pequeñas prendas a la altura de su rostro, contemplando su propio trabajo con un destello de ternura en la mirada.La añoranza que sentía por Theo se suavizaba un poco cada vez que se imaginaba los piesecitos del bebé calzando los patucos que ella misma le había hecho.Kael, que la había estado observando desde detrás de los documentos de trabajo desplegados sobre su regazo, cerró la carpeta de gruesas pastas. Extendió la mano y tomó uno de los pequeños patucos de las manos de Lyra.Se veía tan di
Esa primera noche en el nuevo hogar transcurrió con un ritmo extraño: inquietante y, sin embargo, con una vaga sensación de calma que Lyra no esperaba en absoluto.Kael no la trató con dureza como en las noches anteriores. Se limitó a abrazarla con fuerza por la espalda sobre la espaciosa cama, que se abría directamente a un mar de luces a lo largo de Seattle, como para cerciorarse de que Lyra continuaba entre sus brazos cuando abrió los ojos a la mañana siguiente.Y al llegar la mañana, dio comienzo su nueva rutina.El ático se sentía infinitamente más aislado que su antiguo apartamento. Mientras que antes Lyra aún podía percibir levemente los ruidos de los vecinos o el murmullo lejano del tráfico, aquí —en la última planta de un rascacielos— el silencio resultaba casi absoluto.Las paredes insonorizadas y una privacidad casi perfecta hacían parecer que el lugar existiera al margen de la vida de la ciudad. Seattle se desplegaba tras los ventanales de cristal, pero todo allí fuera par
En el interior del coche que se deslizaba suavemente por las calles de Seattle esa tarde, el contraste entre ambos pasajeros no podía ser mayor.Lyra permanecía sentada con rigidez al lado de Kael, mirando por la ventanilla con la mirada perdida. Los altos edificios, los semáforos y las hileras de vehículos que se cruzaban a su paso desfilaban ante ella como un borrón, incapaces de penetrar verdaderamente en su mente.Sus pensamientos continuaban fijos en la sucesión de acontecimientos que se habían desencadenado demasiado deprisa. Demasiadas cosas habían cambiado en muy poco tiempo, y aún no había tenido ocasión de asimilar ninguna de ellas.Por otra parte, el hombre al volante parecía encontrarse en un estado de ánimo completamente distinto.Kael conducía mostrando una postura muchísimo más relajada tras días viviendo bajo una tensión constante. No era capaz de disimular la sonrisa de satisfacción que permanecía en su rostro desde que abandonaron el apartamento.La mano derecha de K
En el interior del apartamento, Lyra permanecía sentada en el borde de la cama, sujetándose las rodillas fuertemente contra el pecho. Los patucos de bebé que había estado tejiendo el día anterior yacían ahora abandonados sobre la mesilla de noche, olvidados e inacabados.Desde que Elena y Kael se marcharon el día anterior, la inquietud se le había asentado en el pecho, impidiéndole respirar con tranquilidad ni por un instante. Cada minuto transcurrido se sentía como una tortura; era como si el tiempo se hubiera ralentizado a propósito solo para prolongar la angustia que le devoraba la mente.Sabía que, tras el encuentro de ayer, un choque entre Kael y Elena en la mansión era solo cuestión de tiempo.Pi. Pi. Pi.El sonido del código de acceso introduciéndose en la puerta de entrada rompió de golpe el silencio del apartamento.El cuerpo de Lyra se tensó en el acto. Bajó rápidamente ambos pies al suelo y se puso en pie, alerta y en tensión, con la mirada fija en la puerta del dormitorio
A la mañana siguiente...El ambiente en el comedor de la mansión era silencioso y gélido, en marcado contraste con el suntuoso desayuno servido sobre la larga mesa. Solo se escuchaba el tintineo ocasional de los cubiertos; por lo demás, la estancia estaba envuelta en un silencio asfixiante.Kael ocupaba un extremo de la mesa ataviado con una camisa gris oscura de corte impecable, con los botones superiores desabrochados. Llevaba las mangas remangadas con pulcritud, mientras sus dedos se movían con parsimonia y precisión cortando la carne de su plato. No había prisa alguna en sus movimientos, como si nada aquella mañana pudiera perturbar su compostura.Al otro lado de la mesa estaba sentada Elena, removiendo su té de vez en cuando. Sin embargo, toda su atención permanecía fija en su hermano.Las ausencias cada vez más frecuentes de Kael de la mansión habían empezado a







