INICIAR SESIÓNLa luz matutina que se filtraba por los amplios ventanales del comedor de la finca solía crear una atmósfera cálida y reconfortante. Sin embargo, esa mañana, para Lyra, aquellos rayos dorados resultaban inquietantes, como si cada rincón de la estancia le recordara lo sucedido la noche anterior.
Lyra permanecía sentada con rigidez en una de las robustas sillas de madera. Ante ella había un tazón de avena con rodajas de fruta fresca, un vaso grande de leche de almendras y suplementos herbales: todo preparado especialmente para garantizar que las necesidades nutricionales de la nodriza de la casa estuvieran bien cubiertas. Por lo general, tanta atención la habría hecho sentirse valorada. Hoy, apenas podía obligarse a tocar la comida. —¿No has dormido bien, Lyra? Tienes los ojos un poco hinchados. La voz de Elena rompió el silencio. La mujer la miraba con gesto preocupado mientras sorbía su té caliente. —¿Ha estado muy inquieto el pequeño esta noche? Lyra estuvo a punto de atragantarse. Al instante, los recuerdos de lo ocurrido en la cocina a las dos de la mañana acudieron a su mente como un relámpago. Se le encogió el estómago. —N-no, señora —respondió rápidamente—. Solo... necesito un poco de tiempo para acostumbrarme a la temperatura de aquí. —Ah, claro. Kael también se quejó de eso anoche —comentó Elena con despreocupación. Lyra sintió que se le tensaban los dedos debajo de la mesa. Sin percatarse del cambio en la expresión de Lyra, Elena se giró hacia las escaleras y sonrió. —Vaya, ahí está. El sonido de unas pisadas firmes hizo que a Lyra se le diera un vuelco el corazón. Kael apareció desde las escaleras. Esta vez lucía un aspecto más arreglado, con una camisa blanca con el primer botón desabrochado, dejando al descubierto la marcada línea de su pecho. —Buenos días, Elena —la saludó Kael escuetamente, con una voz grave y aún ligeramente ronca. Elena esbozó de inmediato una amplia sonrisa. Le echó una mirada antes de centrar su atención en Lyra, que seguía sentada con rigidez en su silla. —Ah, Lyra, déjame presentaros. Este es Kael, mi hermano pequeño, el que te mencioné el otro día. Llegó anoche. A Lyra se le quedó la garganta seca. Aunque sabía que Elena no sospechaba nada, se obligó a inclinar ligeramente la cabeza en señal de respeto. —Kael, esta es Lyra. Nos está siendo de grandísima ayuda con el bebé —continuó Elena con orgullo. Kael apartó una silla justo enfrente de Lyra y se sentó con desenvoltura. Cruzó los brazos sobre la mesa. Su mirada se posó un instante en el tazón de Lyra antes de subir lentamente hacia el rostro de la mujer, que permanecía agachado. —Lyra. El nombre brotó de sus labios despacio. Como si estuviera saboreando algo familiar, pero queriendo disfrutarlo una vez más. Las comisuras de los labios de Kael se elevaron ligeramente. —Es un placer conocerte al fin... oficialmente. Lyra estrujó la servilleta en su regazo hasta dejar la tela completamente arrugada. El saludo formal que Kael estaba empleando sonaba sospechosamente a sarcasmo. —¿Has dormido bien, Lyra? —preguntó Kael. Para Elena, la pregunta podría haber sonado normal, incluso atenta. Pero para los oídos de Lyra, el tono educado del hombre se sentía como una burla cuidadosamente empaquetada. —Sí, señor. Bastante bien —respondió Lyra, casi en un susurro. Ni ella misma se lo creía. Estaba casi segura de que Kael podía ver a través de su mentira: desde la forma en que sus ojos esquivaban la mirada hasta su respiración, que aún no terminaba de ser regular. —Me alegro —murmuró Kael mientras levantaba su taza de café—. La calidad del alimento de mi sobrino depende de tu tranquilidad, ¿no es así? Elena asintió de acuerdo. —Así es. Lyra, si necesitas cualquier cosa, un masaje relajante o lo que sea, no dudes en pedírselo al personal. —O pedírmelo a mí —interrumpió Kael. El hombre alargó el brazo por encima de la mesa para tomar el tarro de miel que estaba justo al lado de Lyra. El movimiento pareció completamente natural. Sin embargo, al acercárselo, sus dedos rozaron el dorso de la mano de ella. Duró menos de un segundo. Lyra se quedó helada. El calor permaneció en su piel más tiempo del debido. Agachó la cabeza, ocultando cualquier alteración en su rostro. Lyra no pudo soportarlo más. Se levantó de la silla, cuyas patas chirriaron suavemente contra el suelo. —Señora, disculpe. Tengo que ir a ver al bebé. Creo que Theo se está despertando. Se giró de inmediato y abandonó el comedor casi corriendo. Mientras tanto, Kael daba un sorbo a su café solo con calma, ocultando una leve sonrisa maliciosa tras el borde de la taza. *** Aquella habitación era el único lugar donde se sentía a salvo. El aroma a talco, a aceite de bebé y la suave calidez del humidificador fueron aliviando poco a poco la tensión que se apoderaba de su cuerpo desde hacía rato. Se sentó en una mecedora de terciopelo gris en un rincón del cuarto. La silla, diseñada especialmente para madres lactantes, resultaba extremadamente cómoda. Lyra se desabotonó la camisa holgada de punto, dejando que la tela se deslizara por sus hombros, y se bajó el sujetador de lactancia. El bebé comenzó a mamar plácidamente. Lyra exhaló una profunda bocanada de aire mientras acariciaba con ternura el suave pelo del pequeño. Aquel sosiego no duró mucho. Su mirada se nubló al recordar el pequeño entierro de su propio bebé, apenas unas semanas atrás. El dolor seguía ahí. Pesaba tanto como el primer día, como una mole que le oprimía el pecho cada vez que bajaba la guardia. Aún podía oler la tierra mojada que impregnaba el aire aquel día. Aún podía ver la pequeña caja blanca que parecía demasiado ligera para albergar todo su mundo destruido. Sus dedos temblorosos habían tocado la superficie del ataúd por última vez, mientras sus labios no dejaban de susurrar disculpas por no haber sabido protegerlo más tiempo. Fue en ese preciso instante cuando Lyra sintió que una parte de sí misma había quedado sepultada junto al hijo que ni siquiera había tenido la oportunidad de conocer el mundo. Apenas asistió un puñado de personas. Su expareja ni siquiera hizo acto de presencia. Se marchó en cuanto supo que el bebé había nacido en un estado muy frágil, como si la responsabilidad y el amor que un día juró tenerle jamás hubieran existido. En mitad del funeral, Lyra permaneció sola, con el cuerpo aún dolorido por el parto. Se abrazó a sí misma para protegerse del frío, de la pérdida y de la dura realidad de que, en el día más doloroso de su vida, nadie había elegido quedarse a su lado. Ahora, cada vez que amamantaba a Theo, Lyra sentía como si estuviera entregándole a otro lo que debería haber sido la vida de su hijo. Era un sacrificio, pero, al mismo tiempo, se sentía como un castigo que la iba desgarrando por dentro. ¡Clic! Lyra se sobresaltó. En el silencio de la habitación, el picaporte sonó ensordecedor. La puerta se abrió despacio, dejando ver a Kael de pie en el umbral. Llevaba la misma camisa blanca de antes, pero con las mangas remangadas toscamente hasta los codos, como si hubiera terminado alguna tarea que le hubiera agotado la energía y la paciencia. Kael se quedó paralizado. Lyra también. No le había dado tiempo a acomodarse la camisa. La luz del sol que entraba por la ventana caía de lleno sobre su cuerpo, perfilando su cuello estilizado, sus hombros pálidos y la parte al descubierto de su pecho, donde Theo mamaba tranquilamente en su regazo. La imagen impactó a Kael sin previo aviso. Hasta ese momento, jamás había considerado la lactancia como algo especial, y mucho menos como algo inapropiado. Para él, se trataba de un proceso natural entre una madre y su hijo. Sin embargo, había algo en la estampa de Lyra en ese instante que hizo que toda su lógica perdiera el equilibrio. El cabello de la mujer caía alborotado sobre sus hombros. Su rostro reflejaba una tristeza dulce, casi desgarradora, mientras que la cálida luz del sol hacía que su piel se viera suave y delicada. Por un momento, Lyra pareció un cuadro: demasiado bella, demasiado serena y demasiado capaz de despertar unos instintos que él llevaba tiempo manteniendo a raya. A Kael se le oprimió el pecho. Un impulso irracional de poseerla brotó desde lo más profundo de su ser. Su respiración se volvió más pesada de lo normal y fue incapaz de apartar la mirada. —L-Lyra... La voz de Kael sonó ronca al pronunciar su nombre. Lyra reaccionó, saliendo del impacto. El pánico se apoderó de ella al instante. Por instinto, se giró para darl la espalda a Kael, sujetando la camisa con fuerza para intentar cubrirse. Ese gesto, sin embargo, dejó su espalda al descubierto por completo ante él. El corazón le latía tan de prisa que temía que Theo notara su agitación. —S-señor Kael, por favor... por favor, márchese —suplicó con voz temblorosa. Las lágrimas comenzaron a asomar en sus ojos, fruto de una mezcla de vergüenza, miedo y un desconcierto que aún no remitía—. Estoy... estoy trabajando. Kael no se movió. La puerta a sus espaldas seguía entreabierta. Desde el piso de abajo se escuchaba el leve murmullo del personal de servicio en sus tareas. Pero dentro de la habitación, el mundo parecía haber quedado reducido a ellos tres: Lyra, Theo, que seguía mamando apaciblemente, y Kael, que libraba una batalla contra una tormenta interna que no alcanzaba a comprender del todo. Sin darse cuenta, Kael dio un paso hacia ella. El dulce aroma de la mujer se mezclaba con su fragancia limpia y característica, dificultándole la concentración. Sus instintos no dejaban de empujarlo a acercarse, mientras su razón le dictaba lo contrario. —No has echado el cerrojo, Lyra —dijo Kael en voz baja—. Cualquiera podría entrar. Lyra cerró los ojos un instante. Podía sentir a Kael a sus espaldas sin necesidad de girarse. El espacio entre ellos resultaba sofocante, haciendo que su respiración se volviera irregular. —Por favor... —dijo, aún más bajito esta vez, agachando aún más la cabeza—. Por favor, vágase.Lyra se contempló en el espejo.Su rostro continuaba pálido, pero la mirada vacía había empezado a disiparse. El chispazo de rebeldía que se había extinguido por un tiempo estaba de vuelta... y esta vez ardía con más fuerza que nunca.El juego psicológico que Kael llevaba tiempo desplegando había demostrado tener un punto débil crucial.Podía controlar casi cualquier aspecto de su vida... pero no los límites naturales de su propio cuerpo.La obstrucción en los conductos mamarios había obligado a aquel hombre arrogante a aflojar las cadenas con las que la mantenía atada. Sumado al modo en que Elena lo había echado de la habitación, Lyra comprendió por fin que Kael Blackwood no era tan inquebrantable como pretendía aparentar ante Miles. Detrás de todo su afán de dominio, seguía siendo un ser humano con sus
El alegre tintineo que provenía de la cuna de Theo cesó de golpe. Un instante después, el pequeño dejó escapar un gemido suave, algo más alto que antes, como si protestara por la falta de atención.En un segundo, la bruma que los envolvía se disipó, arrancándolos del torbellino emocional en el que a punto habían estado de perderse.Kael expulsó el aire despacio. Echó un vistazo al cronógrafo suizo de su muñeca.Le quedaban treinta minutos.En treinta minutos lo esperaba una reunión virtual en su despacho, una cita que no podía posponer.A Kael se le apretó la mandíbula. ¿Cómo se le había escapado la mañana tan rápido? Y todo por habérsela pasado con Lyra. Lo peor de todo era que los treinta minutos que le quedaban no le parecían, ni de lejos, suficientes.Kael contempló a Lyra, que seguía reclinada contra el canto de la consola, sin haber recuperado del todo las fuerzas. Aún conservaba el rubor en las mejillas y un velo tenue le nublaba la mirada. Ni siquiera su respiración se había e
Kael dejó escapar un largo suspiro. Despacio, inclinó la cabeza y le besó la frente a Lyra. El beso se prolongó más de lo debido, como si hubiera algo que quisiera transmitirle, aunque ni él mismo fuera capaz de admitirlo.Al distanciarse, su mirada volvió a endurecerse. No hacia Lyra. Sino hacia la situación que él mismo había provocado con sus propias manos.—Puedes salir de la casa principal, mi pajarillo.La voz de Kael rompió el silencio. Sus dedos se movieron para acariciar el labio inferior y seco de Lyra.—Puedes dar un paseo. Respirar el aire fresco de fuera.Hizo una breve pausa.—Pero no te hagas falsas ilusiones.Su tono volvió a volverse gélido.—Tu límite sigue siendo la verja exterior de la finca Blackwood. Ni se te ocurra buscar la forma de escapar. Porque vayas a donde vayas... siempre te encontraré.Un ligero destello asomó a los ojos de Lyra. Sus pupilas se dilataron levemente. No porque estuviera conmovida, sino por la sorpresa.De modo que... Kael de verdad estaba
Kael se quedó paralizado. Sus dedos permanecieron un breve instante bajo la barbilla de Lyra antes de caer despacio a su costado.El tono llano y casi desprovisto de emoción de Lyra sonaba muchísimo más aterrador que los insultos más encendidos o los gritos más histéricos. La mujer que tenía delante no lo estaba desafiando, ni lo estaba ignorando adrede.—Basta, Lyra.La voz de Kael brotó más afilada de lo que pretendía, como si un tono gélido pudiera camuflar la inquietud que comenzaba a filtrarse en su pecho.—Ve a tu cuarto y descansa. Después de esto, tómate todas las vitaminas que te ha recetado el doctor.Lyra no respondió. Se limitó a levantarse de la silla con un movimiento pausado, casi sin vida. Finalmente, pasó por delante de Kael sin alzar la cabeza ni una sola vez.Kael se giró, observando cómo desaparecía despacio tras la puerta. Apretó los puños con fuerza dentro de los bolsillos de sus pantalones.Maldita sea.La sensación de satisfacción que le había llenado el pecho
Los días posteriores se difuminaron en una rutina fría, casi desprovista de alma. Lyra ejecutaba cada una de las órdenes de Kael con una obediencia rozaría la perfección. Cada mañana se despertaba antes del amanecer, se ponía el uniforme, atendía a Theo y asistía al médico durante las terapias en el pabellón interior. Ya no había réplicas. Ni miradas desafiantes. Tampoco los murmullos de fastidio que en su día solían acompañar a cada uno de los mandatos de Kael.Con el paso del tiempo, la luz de sus ojos se fue apagando despacio. Las pupilas que una vez desprendieron vida y garra lucían ahora vacías y opacas, como si hubieran perdido el motivo para seguir brillando. Lyra continuaba respirando, moviéndose, dejando pasar los días... pero eso era todo. Su cuerpo permanecía con vida, mientras su alma se marchitaba lentamente.Para Kael, aquel cambio resultaba profundamente satisfactorio. Cada vez que se cruzaban en el pasillo y Lyra agachaba de inmediato la cabeza sin articular palabra, u
Lyra dejó escapar un silbido entre dientes y dio un paso al frente hasta que solo quedaron dos cuartas de distancia entre ambos. Su rabia quemaba con más fuerza que su propio miedo.—¡No disimules, Kael! El mensaje enviado desde mi número al teléfono de Miles... lo enviaste tú, ¿verdad? —La voz le temblaba, pero no perdió firmeza—. Tuviste que usar mi teléfono para atraer a Miles a ese centro comercial. ¡Me usaste de cebo!Kael ni siquiera pestañeó. Escuchó en absoluto silencio, con la expresión tan inmóvil como el cristal. En lugar de responder, dio un paso más hacia ella.Ahora Lyra se veía obligada a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.—¿Tienes alguna prueba de que fuera yo, pajarillo? —Su voz era baja, sonaba casi como un susurro afectuoso, pero cada palabra entrañaba una amenaza que le erizó el vello de la nuca a Lyra.—Tú... —Lyra se quedó sin palabras. El pecho le subía y le bajaba desbocado, henchido de una rabia a punto de desbordarse—. ¡Eres el único qu







