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Capítulo 3.

last update Fecha de publicación: 2025-11-07 10:47:36

El agua estaba helada.

Cada vez que trataba de sacar la cabeza para respirar, la corriente me arrastraba más lejos. El ruido del río era tan fuerte que apenas podía escuchar mis propios pensamientos. Golpeé una roca con el hombro, sentí el ardor inmediato y tragué agua. Tosí, pataleé, pero el cauce era más rápido de lo que había imaginado.

Vi algo entre las olas: la canoa de la que Jason me había hablado. Flotaba a pocos metros, tan cerca que creí poder alcanzarla, pero la corriente me empujó justo en el momento en que estiré la mano.

—¡No!—grité, aunque el río se tragó mi voz.

Frustrada, decidí dejarla ir. La orilla opuesta se veía más cercana, y en algún punto tenía que acabar esta pesadilla. Me dejé arrastrar un poco más y, cuando vi unas raíces gruesas sobresalir de la tierra, me lancé hacia ellas.

Las manos me ardieron al rozar la corteza mojada. Resbalé una vez, dos, pero en el tercer intento logré aferrarme. Tiré de mí misma con todas mis fuerzas hasta sentir la tierra bajo las rodillas. Me desplomé en la orilla, jadeando, tosiendo y escupiendo el agua que me había llenado la garganta.

Mis manos estaban llenas de heridas. La sangre se mezclaba con el barro.

—¿Por qué... a mí?—susurré, la voz quebrada.

Era absurdo, lo sabía. De todas las cosas que podía lamentar en ese momento, estaba pensando en las cicatrices que me quedarían.

Bueno, una más no haría diferencia.

No es como si pudiera volverme más fea de lo que ya soy.

Reí, sin humor.

A veces me preguntaba si todo habría sido diferente si hubiera nacido con otro rostro. En un mundo donde las lobas más hermosas eran vistas como elegidas por la Luna, yo era una nota discordante. Mi cabello, rojo fuego, era considerado un mal augurio; decían que quien lo poseía traía desgracias. Las pecas en mi rostro eran prueba, según las viejas del templo, de una sangre impura. Y mis ojos —demasiado claros, azules y demasiado fríos— siempre hacían que los demás apartaran la mirada.

No era de extrañar que alguien quisiera culparme de algo tan atroz.

¿Quién más, sino la loba que todos evitaban, podría ser la asesina perfecta?

Pensé en Cornelius. O en el rey Cornelius, como debía llamarlo ahora.

¿Habrá creído realmente que fui yo? ¿O solo necesitaba un nombre que limpiar para mantener su trono intacto?

Un movimiento a lo lejos interrumpió mis pensamientos. Instintivamente me agaché, el corazón acelerado. Me preparé para correr, pero cuando enfoqué la vista, lo reconocí.

—Jason…

Remaba con fuerza, mirando en todas direcciones. Su ropa estaba empapada y salpicada de algo oscuro. Cuando la canoa se acercó más, comprendí que era sangre.

El grito se me escapó sin pensarlo. Jason levantó la cabeza de golpe y sus ojos se llenaron de alivio al verme.

—¡Wen!

Acercó la canoa a la orilla y yo corrí hacia él, cojeando. Apenas pude subir cuando ya me estaba tendiendo una capa.

—Toma, ponte esto. Agáchate y no te muevas hasta que te diga.

Su voz era tensa, cortante.

—¿Estás… herido?—murmuré.

—No es mía.

Suspiré aliviada, aunque la visión seguía siendo perturbadora.

—Cuando oí a los guardias aullar que te habías escapado por el río, pensé que te habías llevado la canoa... no que te arrojaste al agua.

—No fue porque quisiera—sacudí la cabeza, empapando el suelo—. ¿Los perdiste?

Jason asintió, la mirada clavada en el frente.

—Los eliminé.

Tragué saliva. Él siempre había sido fuerte, pero esa calma después de la violencia me resultaba imposible de asimilar. Recordé los días de entrenamiento en el patio, cuando mi padre le consiguió un instructor poco después de su llegada. Jason había aprendido rápido, demasiado rápido. Solía bromear que, si quisiera, podría tomar el trono por la fuerza.

A mí nunca me pareció gracioso.

No era que odiara la violencia; simplemente no creía que todo se resolviera con ella. El diálogo siempre sería la solución.

Excepto, al parecer, cuando te inculpaban de asesinar a la familia real.

Nadie dijo nada más durante las siguientes horas. Solo el sonido del remo rompiendo el agua y el golpeteo del viento contra las ramas.

Quizá habíamos perdido a los guardias, porque no volvimos a escuchar sobre ellos.

Cuando el sol empezó a ocultarse, la canoa tocó tierra en una orilla cubierta de maleza.

—Llegamos—dijo Jason.

Bajé con cuidado. El tobillo me dolía tanto que apenas podía apoyarlo. Tomé una mochila, intentando seguirle el paso, pero el silencio del bosque se rompió con un murmullo.

—Miren lo que trajo el río.

Cinco sombras emergieron de entre los árboles.

—Carne fresca—dijo uno.

—Dinero fácil—rió otro, mostrando los colmillos.

Retrocedí instintivamente, el corazón golpeándome en el pecho. Tropecé y caí, el tobillo finalmente cediendo bajo el peso. Jason dio un paso adelante, interponiéndose entre ellos y yo.

—No buscamos resistirnos—dijo con voz firme—. Pueden llevarnos ante su líder.

¿Qué?

Miré boca abierta a Jason.

Los lobos se miraron entre sí, desconfiados.

—¿Y para qué querría verlos?

Jason no pestañeó.

—Porque sé quién es… y sé que no rechazaría una visita inesperada de nuevos rostros.

Ellos se rieron como si hubiera dicho algo muy gracioso. Entonces perdieron toda diversión y lo apresaron.

Segundos después hicieron lo mismo conmigo.

Mientras nos llevaban al hombro maniatados, mi voz salió por fin.

—¿Quién?—pregunté, con un hilo de voz a Jason.

Él giró apenas la cabeza hacia mí, sin apartar la vista de los tres lobos a nuestra espalda.

—El líder de los esclavistas del reino de Helen.

Sentí que el aire se me helaba en los pulmones.

Esclavistas.

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Mariel Sanchez
No dejo de salir de mi asombro
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