LOGINLa mansión estaba en silencio. Todos dormían. Mati, con su osito de peluche abrazado contra el pecho, soñaba con dragones y castillos de bloques. Mateo, con su respiración profunda y regular, descansaba ajeno a la tormenta que rugía en el corazón de Natasha. Pero Natasha no podía dormir.Estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte. La luna brillaba en lo alto, iluminando la ciudad con un resplandor plateado. Pero Natasha no veía la ciudad. Solo veía los chocolates. La caja de chocolates franceses de mantequilla de maní que Adam le había dado esa noche.—¿Por qué me afecta tanto? —se preguntó, con voz apenas un susurro—. ¿Por qué me gustó que me diera esos chocolates?Se abrazó a sí misma, sintiendo que el frío de la noche se colaba por las rendijas de la ventana.—No puede ser —dijo, sacudiendo la cabeza—. Mi corazón ahora es de Mateo. Él es el único que merece mi amor. Él me rescató cuando estaba en el suelo. Él me ayudó a levantarme.
La noche había avanzado más rápido de lo que Adam hubiera querido. Después de construir la torre más alta del mundo con Mati, después de jugar con los bloques, de reír, de compartir momentos que nunca pensó que viviría, la realidad comenzó a pesar sobre sus hombros como una losa de plomo.Mati estaba sentado en el suelo, rodeado de bloques de colores, con una sonrisa que iluminaba toda la habitación. Sus ojos oscuros brillaban de emoción, y sus manitas se movían con energía mientras colocaba una última pieza en la torre que habían construido juntos.—Adam —dijo, con su vocecita llena de esperanza—. ¿Puedes quedarte a dormir? Podemos hacer una pijamada. Tengo una cobija de dinosaurios y podemos ver una película. Mi mamá hace palomitas de caramelo. Son las mejores del mundo.
Después de la cena, Mati quiso mostrarle a Adam su habitación. Lo llevó de la mano, hablando sin parar sobre sus juguetes, sus libros, su osito de peluche. Adam lo escuchaba con una sonrisa, sintiendo que cada palabra del niño era un regalo. La habitación era un reflejo de la personalidad de Mati: paredes pintadas de azul cielo, estanterías llenas de cuentos infantiles, y un rincón lleno de bloques de construcción de todos los colores y formas.—Y este es mi castillo de bloques —dijo Mati, señalando una torre que había construido en el suelo—. Lo hice con los bloques que me regalaste. ¿Ves? Tiene una torre alta y un puente y hasta un foso para el dragón.Adam se agachó para verlo mejor. La torre era impresionante para un niño de cinco años: alta, con detalles cuidados, y un dragón de juguete en la cima.—Es increíble —respondió Adam, con admiración genuina—. Eres todo un arquitecto, Mati.—Sí —respondió Mati, con orgullo—. Cuando sea grande, voy a construir casas de verdad. Casas enor
Mateo apareció en el vestíbulo, con una expresión seria. Sus ojos verdes, normalmente cálidos, ahora brillaban con una intensidad fría que Adam reconoció de inmediato. Era la mirada de un hombre que estaba defendiendo su territorio. Y en ese momento, Adam supo que no sería fácil.—Adam —dijo Mateo, con voz tensa—. Bienvenido.—Mateo —respondió Adam, con voz igualmente tensa—. Gracias por recibirme.Hubo un momento de silencio, cargado de tensión. Los dos hombres se miraron, midiéndose, evaluándose. Eran dos tiburones en un mismo océano, y ambos lo sabían.Pero entonces, una vocecita rompió el hielo.—¡Señor descuidado!Mati salió corriendo de la sala y se lanzó hacia Adam. Adam se agachó y lo recibió en sus brazos, sintiendo que el corazón se le llenaba de una emoción indescriptible. El niño era pequeño, cálido, lleno de vida. Y cuando sus bracitos rodearon su cuello, Adam sintió que algo en su interior se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.—Hola, pequeño —dijo, con voz tembloro
Adam colgó el teléfono y se quedó de pie en medio de su habitación del hotel, con el corazón latiéndole tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. La conversación con Natasha había sido fría, cortante, distante. Pero también había sido esperanzadora. Iba a ver a su hijo. Iba a compartir con él. Iba a estar cerca de él por primera vez en cinco años.Pero entonces, la angustia comenzó a invadirlo. Una sensación amarga que se instaló en su pecho y le apretó el corazón.Mateo va a estar allí, pensó, sintiendo que la rabia y los celos comenzaban a arder en su interior. El hombre que ha ocupado mi lugar. El hombre que ha criado a mi hijo. El hombre que ha amado a mi esposa.Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de calmarse. Sabía que no podía ir con esa actitud. Sabía que tenía que ser humilde, paciente, agradecido. Pero le dolía. Le dolía ver a Natasha con otro hombre. Le dolía saber que Mati llamaba "papá" a alguien que no era él. Le dolía saber que había perdido cinco años de la vi
La mañana había amanecido radiante sobre Miami. El sol entraba por los ventanales de la cocina, iluminando la mesa donde la familia Di'Carlo desayunaba junta. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el de los panqueques que Natasha había preparado, y el sonido de la risa de Mati llenaba el ambiente como una melodía.Mati estaba sentado entre Natasha y Mateo, comiendo sus panqueques con frutas mientras hablaba sin parar sobre un nuevo juego que había aprendido en el parque.—¡Y entonces el dragón escupía fuego por la nariz! —exclamó Mati, moviendo las manos con entusiasmo—. ¡Y yo lo vencí con mi espada de madera! ¡Fue increíble, papi!—Eres todo un héroe, campeón —dijo Mateo, sonriendo y alborotando su cabello.Natasha observaba la escena con una mezcla de amor y nerviosismo. Sabía que ese día tenía que hablar con Mati. No podía seguir posponiéndolo. Adam era parte de su vida, y tarde o tempran







