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Capítulo 2: Sin Recuerdos

Author: JJBenitez
last update publish date: 2026-07-01 02:26:45

Dos meses antes:

Cerca de las costas de la Isla de Wight, después del accidente en alta mar, el océano aún permanecía agitado tras la tormenta.

Una pareja que estaba pescando en una pequeña embarcación divisó a lo lejos lo que parecía ser un cuerpo aferrado a un tronco flotante. Las olas lo sacudían de un lado a otro, arrastrándolo despacio entre la espuma.

Al principio no quisieron acercarse. Se quedaron quietos unos segundos, mirándose sin decir palabra, como si no dieran crédito a lo que veían. Pero la angustia pudo más y giraron el bote en esa dirección.

Cuando llegaron al lugar, descubrieron que se trataba de una mujer gravemente herida. Con mucho cuidado, Henry se estiró hacia ella y le buscó el pulso en el cuello.

Al verla, Graciela se tapó la boca del susto, impactada. La mujer tenía una herida profunda detrás de la oreja que todavía sangraba, y la cara completamente pálida, casi gris.

—Su pulso es muy débil, pero sigue viva —exclamó Henry, mirando a su esposa con urgencia—. Graciela, ayúdame a subirla al barco.

Les costó muchísimo. Entre los dos juntaron fuerzas y lograron meterla al bote, sin tener idea de quién era ni cómo había sobrevivido a la furia del mar.

Graciela sacó una cobija de su mochila y la envolvió como pudo y con mucho cuidado. El cuerpo de la desconocida yacía en la embarcación, empapado y helado tras horas a la deriva.

Mientras el bote metía velocidad de regreso, la mujer no daba señales de reaccionar.

En cuanto amarraron en el muelle, Henry la levantó en brazos. Seguía helada y completamente ida.

—El hospital está demasiado lejos y no sobrevivirá al viaje en este estado —dijo Henry con preocupación.

Graciela asintió.

—Llevémosla a casa primero.

Caminaron por un estrecho sendero de tierra hasta llegar a su humilde vivienda, una pequeña construcción de madera situada cerca de la costa. El techo de chapa crujía fuerte por el viento del mar y las paredes tenían encima el peso de los años.

Con mucho cuidado la acostaron en la cama. Graciela se apuró a quitarle la ropa empapada y la tapó con un montón de mantas, mientras Henry prendía la estufa de leña para calentar el ambiente.

No tenían mucho, pero estaban decididos a hacer todo lo posible para salvarle la vida.

—Voy por el médico del pueblo —dijo Henry, apurado, agarrando la puerta—. Quédate con ella, no la dejes sola por nada del mundo.

Graciela asintió sin decir palabra.

Henry se calzó las botas viejas y salió rápidamente de la casa. El viento marino le golpeó el rostro mientras corría por el sendero de arena que lo llevaba al pueblo.

Dentro de la vivienda, Graciela se quedó al lado de la cama. Observó a la mujer inconsciente y, con un trapo limpio, empezó a quitarle la sangre seca que tenía alrededor de la oreja.

—¿Quién eres? —susurró, llena de curiosidad y compasión—. ¿Qué te pasó para terminar sola en medio del mar?

La desconocida no respondió. Su respiración era débil, pero constante. Graciela le agarró una de las manos heladas entre las suyas, rezando para que el calor aguantara hasta que llegara el doctor.

Poco después, Henry apareció en el umbral de la puerta, acompañado por el doctor Louis, un hombre alto y serio que traía un maletín de cuero gastado.

El médico se acercó sin apuro y arrastró una silla de madera para sentarse al lado de la cama.

Comenzó a examinarla cuidadosamente. Con una linterna, observó la reacción de sus pupilas, luego le tomó el pulso —que ya se sentía más firme— y le midió la presión antes de concentrarse en la cortada que tenía detrás de la oreja, que por suerte ya no sangraba.

Después le desinfectó la cortada, le pasó medicamento por la vena y le vendó la cabeza.

En cuanto terminó, se paró y les hizo una seña a Henry y a Graciela para hablar aparte.

—A juzgar por cómo está el golpe detrás de la oreja, parece ser el resultado de un golpe fuerte, probablemente causado por algún objeto durante un accidente.

—¿Va a salir de esta, doctor? ¿Se va a curar? —preguntó Graciela, con el alma en un hilo.

—A simple vista, no veo fracturas en el cráneo —explicó el médico—.

Sin embargo, les aconsejo que le hagan una tomografía lo antes posible para descartar cualquier lesión interna. Por ahora está estable. Manténganla abrigada para ayudarla a recuperarse de la hipotermia. Sinceramente, es un milagro que esté viva.

—Gracias a Dios —suspiró Graciela, llevándose una mano al pecho.

El doctor asintió y luego añadió:

—El golpe fue fuerte. Puede despertarse confundida… con dolor de cabeza, mareos… incluso sin recordar algunas cosas.

Hizo una pausa antes de añadir:

—En casos más delicados, podría no recordar quién es.

Henry y Graciela se miraron con preocupación mientras sus ojos se posaban en la joven que yacía inmóvil en la cama. El silencio que siguió estaba lleno de incertidumbre.

A la mañana siguiente, la mujer abrió lentamente los ojos.

Un gemido se le escapó mientras se llevaba las manos a la cabeza; el dolor era agudo y constante. Intentó sentarse, pero Graciela, que seguía a su lado, la contuvo con suavidad.

—Tranquila, no te muevas. Por favor.

La joven la miró, desorientada. Tocó el vendaje alrededor de su cabeza y luego revisó la habitación desconocida con ojos de pánico.

—¿Dónde estoy? —alcanzó a decir.

—Estás a salvo —le dijo Graciela, intentando sonreír para calmarla—. Te encontramos en el mar, cerca de la costa. Estabas inconsciente y te trajimos aquí.

La mujer frunció el ceño. Buscó algo en su cabeza, pero todo estaba en blanco.

—¿En el mar…? —murmuró. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza para obligarse a recordar.

Nada. Ni un rostro, ni un nombre, ni un solo lugar.

Una sensación de angustia comenzó a crecer en su pecho.

—No… no recuerdo nada.

Graciela sintió un nudo en el estómago al escuchar aquellas palabras. Las advertencias del doctor Louis regresaron de inmediato a su mente.

—Tranquila —le tomó la mano—. No te fuerces. El médico dijo que era normal que despertaras confundida.

La mujer la miró, sus ojos llenos de incertidumbre.

—¿Quién soy? —su voz se quebró—. No sé cómo me llamo… no me acuerdo de nada.

—No pasa nada —Graciela le dio un apretón suave, buscando transmitirle una seguridad que ella misma no sentía—. Ya va a pasar. Solo necesitas descansar.

La mujer bajó la mirada, respirando a bocanadas, como si intentara atrapar un fantasma que se desvanecía en su propia mente.

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