INICIAR SESIÓNDos meses antes:
Cerca de las costas de la Isla de Wight, después del accidente en alta mar, el océano aún permanecía agitado tras la tormenta. Una pareja que estaba pescando en una pequeña embarcación divisó a lo lejos lo que parecía ser un cuerpo aferrado a un tronco flotante. Las olas lo sacudían de un lado a otro, arrastrándolo despacio entre la espuma. Al principio no quisieron acercarse. Se quedaron quietos unos segundos, mirándose sin decir palabra, como si no dieran crédito a lo que veían. Pero la angustia pudo más y giraron el bote en esa dirección. Cuando llegaron al lugar, descubrieron que se trataba de una mujer gravemente herida. Con mucho cuidado, Henry se estiró hacia ella y le buscó el pulso en el cuello. Al verla, Graciela se tapó la boca del susto, impactada. La mujer tenía una herida profunda detrás de la oreja que todavía sangraba, y la cara completamente pálida, casi gris. —Su pulso es muy débil, pero sigue viva —exclamó Henry, mirando a su esposa con urgencia—. Graciela, ayúdame a subirla al barco. Les costó muchísimo. Entre los dos juntaron fuerzas y lograron meterla al bote, sin tener idea de quién era ni cómo había sobrevivido a la furia del mar. Graciela sacó una cobija de su mochila y la envolvió como pudo y con mucho cuidado. El cuerpo de la desconocida yacía en la embarcación, empapado y helado tras horas a la deriva. Mientras el bote metía velocidad de regreso, la mujer no daba señales de reaccionar. En cuanto amarraron en el muelle, Henry la levantó en brazos. Seguía helada y completamente ida. —El hospital está demasiado lejos y no sobrevivirá al viaje en este estado —dijo Henry con preocupación. Graciela asintió. —Llevémosla a casa primero. Caminaron por un estrecho sendero de tierra hasta llegar a su humilde vivienda, una pequeña construcción de madera situada cerca de la costa. El techo de chapa crujía fuerte por el viento del mar y las paredes tenían encima el peso de los años. Con mucho cuidado la acostaron en la cama. Graciela se apuró a quitarle la ropa empapada y la tapó con un montón de mantas, mientras Henry prendía la estufa de leña para calentar el ambiente. No tenían mucho, pero estaban decididos a hacer todo lo posible para salvarle la vida. —Voy por el médico del pueblo —dijo Henry, apurado, agarrando la puerta—. Quédate con ella, no la dejes sola por nada del mundo. Graciela asintió sin decir palabra. Henry se calzó las botas viejas y salió rápidamente de la casa. El viento marino le golpeó el rostro mientras corría por el sendero de arena que lo llevaba al pueblo. Dentro de la vivienda, Graciela se quedó al lado de la cama. Observó a la mujer inconsciente y, con un trapo limpio, empezó a quitarle la sangre seca que tenía alrededor de la oreja. —¿Quién eres? —susurró, llena de curiosidad y compasión—. ¿Qué te pasó para terminar sola en medio del mar? La desconocida no respondió. Su respiración era débil, pero constante. Graciela le agarró una de las manos heladas entre las suyas, rezando para que el calor aguantara hasta que llegara el doctor. Poco después, Henry apareció en el umbral de la puerta, acompañado por el doctor Louis, un hombre alto y serio que traía un maletín de cuero gastado. El médico se acercó sin apuro y arrastró una silla de madera para sentarse al lado de la cama. Comenzó a examinarla cuidadosamente. Con una linterna, observó la reacción de sus pupilas, luego le tomó el pulso —que ya se sentía más firme— y le midió la presión antes de concentrarse en la cortada que tenía detrás de la oreja, que por suerte ya no sangraba. Después le desinfectó la cortada, le pasó medicamento por la vena y le vendó la cabeza. En cuanto terminó, se paró y les hizo una seña a Henry y a Graciela para hablar aparte. —A juzgar por cómo está el golpe detrás de la oreja, parece ser el resultado de un golpe fuerte, probablemente causado por algún objeto durante un accidente. —¿Va a salir de esta, doctor? ¿Se va a curar? —preguntó Graciela, con el alma en un hilo. —A simple vista, no veo fracturas en el cráneo —explicó el médico—. Sin embargo, les aconsejo que le hagan una tomografía lo antes posible para descartar cualquier lesión interna. Por ahora está estable. Manténganla abrigada para ayudarla a recuperarse de la hipotermia. Sinceramente, es un milagro que esté viva. —Gracias a Dios —suspiró Graciela, llevándose una mano al pecho. El doctor asintió y luego añadió: —El golpe fue fuerte. Puede despertarse confundida… con dolor de cabeza, mareos… incluso sin recordar algunas cosas. Hizo una pausa antes de añadir: —En casos más delicados, podría no recordar quién es. Henry y Graciela se miraron con preocupación mientras sus ojos se posaban en la joven que yacía inmóvil en la cama. El silencio que siguió estaba lleno de incertidumbre. A la mañana siguiente, la mujer abrió lentamente los ojos. Un gemido se le escapó mientras se llevaba las manos a la cabeza; el dolor era agudo y constante. Intentó sentarse, pero Graciela, que seguía a su lado, la contuvo con suavidad. —Tranquila, no te muevas. Por favor. La joven la miró, desorientada. Tocó el vendaje alrededor de su cabeza y luego revisó la habitación desconocida con ojos de pánico. —¿Dónde estoy? —alcanzó a decir. —Estás a salvo —le dijo Graciela, intentando sonreír para calmarla—. Te encontramos en el mar, cerca de la costa. Estabas inconsciente y te trajimos aquí. La mujer frunció el ceño. Buscó algo en su cabeza, pero todo estaba en blanco. —¿En el mar…? —murmuró. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza para obligarse a recordar. Nada. Ni un rostro, ni un nombre, ni un solo lugar. Una sensación de angustia comenzó a crecer en su pecho. —No… no recuerdo nada. Graciela sintió un nudo en el estómago al escuchar aquellas palabras. Las advertencias del doctor Louis regresaron de inmediato a su mente. —Tranquila —le tomó la mano—. No te fuerces. El médico dijo que era normal que despertaras confundida. La mujer la miró, sus ojos llenos de incertidumbre. —¿Quién soy? —su voz se quebró—. No sé cómo me llamo… no me acuerdo de nada. —No pasa nada —Graciela le dio un apretón suave, buscando transmitirle una seguridad que ella misma no sentía—. Ya va a pasar. Solo necesitas descansar. La mujer bajó la mirada, respirando a bocanadas, como si intentara atrapar un fantasma que se desvanecía en su propia mente.Pero el peligro seguía acechando muy cerca. Varios metros por encima de ellos, en la penumbra del segundo piso, las cortinas de una de las habitaciones se abrieron apenas unos centímetros. Leonor estaba de pie junto a la ventana, oculta en la oscuridad. Desde ahí arriba, la vista del jardín era perfecta. Tenía los ojos fijos en la pareja, llenos de rabia, mirando cómo William abrazaba a Helena y cómo le acariciaba esa panza que ella tanto había anhelado. Aunque no podía escuchar lo que decían, los gestos se lo decían todo: se amaban, planeaban un futuro y ella ya no encajaba ahí.La furia le recorrió las venas como fuego. Apretó los dedos contra el marco de la ventana con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su respiración se volvió pesada y cortada. Sentía que la estaban borrando de su propia vida para cambiarla por una intrusa.—Disfruta mientras puedas —susurró Leonor para sí misma, con una voz llena de veneno—. Crees que te vas a quedar con mi casa, con mi esposo
—Ella no lo ve así. Para ella, la culpa es mía. Piensa que yo seduje a William —dijo Helena.Clara la observó en silencio unos segundos. Se levantó de la silla con calma, dejó a un lado las cosas que llevaba y dio un par de pasos firmes hacia la cama.—Míreme, niña. La gente como la señora Leonor siempre busca culpables afuera porque no puede aceptar sus propios fracasos. Al señor William nadie lo obliga a nada; si está con usted, es porque quiere.Clara estiró la mano y, con un gesto amable, le acomodó la manta.—Tener miedo es normal, pero no deje que la paralice. Mientras yo esté en este cuarto, nadie va a tocarla a usted ni a los bebés. El señor William me paga para cuidarla y yo me tomo mi trabajo muy en serio. Además, ninguna mujer merece pasar un embarazo con temor. Descanse. Yo vigilo.Helena asintió, sintiendo que una pequeña parte de la angustia que la asfixiaba por fin cedía.—Gracias, Clara —susurró.Clara le sonrió levemente con la cabeza, tomó su ropa y entró al baño, de
Habían pasado unos días desde aquel enfrentamiento entre William y Leonor.Desde entonces, Leonor había intentado acercarse a Helena en varias ocasiones, pero Clara, la enfermera, tenía instrucciones estrictas de William: nadie debía entrar en la habitación ni molestar a Helena.Aquella tarde, Clara fue a la cocina para preparar un vaso de agua con el que Helena debía tomar sus vitaminas, además de un vaso de leche caliente y unas galletas. Mientras acomodaba todo en una bandeja, Leonor se acercó a ella, intentando entablar conversación. Sin embargo, su verdadera intención era encontrar la manera de acercarse a Helena.—Clara, cuéntame, ¿cómo está Helena? —preguntó Leonor con una voz aparentemente dulce, mientras fingía buscar algo dentro de la nevera.—Está bien, señora. Está evolucionando perfectamente.—Me alegra. De verdad. La pobrecita ha sufrido mucho.Leonor cerró la nevera y volvió a mirarla.—Y cuéntame, ¿mis hijos cómo están? Estoy ansiosa por tenerlos muy pronto en mis braz
Pasaron tres días en la clínica. Fueron días tranquilos, casi como si el mundo de afuera se hubiera detenido. William se quedó con ella todo el tiempo que pudo. Hablaban en voz baja, almorzaban juntos y, poco a poco, los miedos de Helena empezaron a enfriarse. Cada caricia de él se sentía real, sin fantasmas de por medio. Los bebés respondieron bien al tratamiento y el susto del aborto pareció quedar atrás, gracias a que ella no se movió de la cama.El día del alta, el médico fue muy claro antes de firmar los papeles.—Helena, ha evolucionado muy bien y los gemelos también, pero no debe confiarse —dijo, mirándola fijamente—. Se va a casa con una orden estricta: reposo absoluto. Nada de esfuerzos, nada de disgustos y nada de andar caminando por ahí. Su único trabajo es descansar. Si hace un movimiento en falso o vuelve a presentar algún síntoma, regresa directamente a la clínica.William, que permanecía a un lado con los brazos cruzados, asintió.Ya lo tenía todo pensado.—No se preocu
Helena lo miraba con los ojos muy abiertos, atrapada entre el profundo deseo de creerle —porque su propio corazón latía con fuerza por él— y el temor racional de ser solo un reemplazo.La música de la caja empezó a perder fuerza, ralentizándose poco a poco, haciendo que el silencio de la habitación se volviera aún más íntimo.—William... —susurró ella, sintiendo la calidez de sus dedos en su piel, debilitando todas sus defensas.—Déjamelo demostrarte —suplicó él, acercándose lentamente a sus labios, dándole el tiempo para apartarse si ella lo deseaba—. Déjame borrar esa duda.El susurro de William actuó como un hechizo. Helena cerró los ojos, intentando acallar la voz de la razón que le advertía, pero el latido desbocado de su propio corazón fue mucho más fuerte. La cercanía de William, su calor y la desesperación en su mirada terminaron por derribar la última barrera de su resistencia.Ella no se apartó. Al contrario, dejó caer la cabeza sutilmente hacia atrás, permitiendo que la man
Helena llevaba casi dos semanas en la clínica recuperándose. William iba a visitarla casi todos los días. Esa mañana, William entró a la habitación de Helena con una caja pequeña en sus manos. La llevaba años guardada, escondida entre unos objetos que habían sobrevivido a Leonor; ella se había deshecho de ellos argumentando que esos recuerdos avivaban la nostalgia de William, y que él necesitaba recuperarse y olvidar a Alicia porque le estaba haciendo daño.William pensaba entregársela a Helena porque, después de verla tantas veces, empezaba a sentir una necesidad inexplicable de comprobar cuánto se parecía a Alicia. Además, esa caja de música ayudaba a Alicia a relajarse, algo que podría ayudar a Helena también en su proceso de recuperación.William cerró la puerta de la habitación con suavidad. Helena estaba sentada en la cama, mirando hacia la ventana, pero se giró al escucharlo entrar. Al notar la pequeña caja de madera en las manos de William, frunció levemente el ceño, intrigada







