LOGINMeses después,Graciela sacó el álbum de fotos del viejo baúl de madera que estaba en la esquina. Al pasar las hojas, los recuerdos de Henry le cayeron encima todos juntos.
Se detuvo en la foto del día de su boda. Acarició el papel con la yema del dedo y los ojos se le nublaron; todavía le costaba entender que la casa estaba vacía. Entonces recordó aquel día fatídico: Henry doblándose de dolor, el pánico de ella intentando reanimarlo en el suelo, y el peso de su cuerpo cuando se quedó frío entre sus brazos. Todavía le dolía el pecho de solo pensarlo. Las lágrimas empezaron a resbalarle por la cara, en silencio, hasta caer sobre la foto. Helena todavía no recordaba nada de su pasado. Al ver llorar a Graciela, se acercó despacio y se sentó a su lado en el suelo. Le pasó un brazo por los hombros, apoyó la cabeza contra la suya y empezó a acariciarle el brazo. Al poco tiempo, una lágrima le resbaló también a ella por la mejilla. No había pasado décadas con Henry como Graciela, pero su ausencia le dolía igual. Él la había recibido en su casa cuando no era nadie, una desconocida sin nombre ni memoria. Para Helena, ese hombre había sido su único refugio. Había sido un padre. Ninguna dijo nada. Se quedaron así, abrazadas en el suelo durante un rato largo, sosteniéndose en mitad del mismo vacío. —No te preocupes, Graciela. Superaremos esto juntas —dijo Helena, apretándole la mano con suavidad. Graciela asintió. Con los ojos enrojecidos y el rostro húmedo, esperó unos instantes antes de hablar. Miró fijamente a Helena, visiblemente preocupada. —Lo sé, cariño. Pero sin Henry, estamos desamparadas. El sustento de este hogar dependía de su pesca diaria; ahora no tenemos ningún ingreso. Helena bajó la mirada, sin saber qué decir. Era consciente de que Graciela tenía razón. Desde la muerte de Henry, todo se había vuelto más complicado. Sus escasos ahorros se estaban desvaneciendo y la comida empezaba a escasear. Helena guardó silencio, pensativa, hasta que una chispa de resolución iluminó su rostro. —Vámonos a Brighton —dijo, mirando a la anciana—. Es la ciudad más cercana a la isla. No te preocupes, yo me encargaré de buscar un empleo. Graciela reflexionó unos instantes antes de responder. —Querida, pero no tienes documentos —replicó Graciela con angustia—. Ni siquiera recuerdas tu verdadero nombre. Allí no tenemos familia ni a nadie que nos ayude. Y yo ya soy una anciana, ¿quién va a querer contratarme? No quiero convertirme en una carga para ti. —Tú no vas a trabajar, Graciela. Ya has hecho demasiado por mí —respondió Helena con firmeza—. No vuelvas a decir eso. No eres ningún estorbo; tú eres mi familia. Helena tomó las manos de Graciela entre las suyas y las apretó con suavidad. —No me hace falta un gran puesto —le aseguró—. Puedo buscar algo temporal o realizar labores informales hasta que logremos estabilizarnos. Brighton es una ciudad grande y llena de oportunidades; seguro que habrá un lugar para mí. Graciela la miró en silencio. Admiraba la determinación de la joven, pero no podía evitar sentir preocupación. —Las cosas no son tan sencillas, cariño. —Lo sé —respondió Helena—. Pero quedarnos aquí no va a solucionar nada. Si seguimos esperando, la situación solo va a empeorar. Graciela bajó la mirada. En el fondo, sabía que Helena tenía razón. Permanecer en la isla significaba ver cómo sus pocas esperanzas se desvanecían lentamente. Por primera vez en mucho tiempo, la idea de marcharse comenzó a parecerle una alternativa real. Decididas a cambiar su destino, al día siguiente se levantaron muy temprano. Empacaron sus pocas pertenencias en una vieja mochila junto con algunas provisiones para el viaje. Con el poco dinero que les quedaba, se dirigieron al muelle y pagaron su pasaje en una embarcación que las llevaría a la ciudad. Cuando el bote comenzó a alejarse de la isla, ambas se quedaron en silencio, observando cómo la costa se iba volviendo cada vez más pequeña. Ese lugar había sido su hogar durante años, el escenario de innumerables recuerdos junto a Henry. La nostalgia las invadió. Los recuerdos comenzaron a fluir en sus mentes uno tras otro, y sus ojos se llenaron de lágrimas. No hicieron falta palabras. Ambas sabían que estaban dejando atrás una parte fundamental de sus vidas. Dos horas después, llegaron a la ciudad. La lluvia golpeaba con fuerza el muelle y el frío las envolvía por completo. Empapadas y sin saber adónde ir, caminaron sin rumbo durante un buen rato. Pasaron gran parte del día refugiadas bajo un árbol, junto a unas bancas en un parque cercano, tratando de protegerse de la lluvia. El cansancio empezaba a hacerse notar y la incertidumbre pesaba sobre ellas. Sin embargo, la suerte pareció sonreírles cuando algunos lugareños, al ver su situación, decidieron ofrecerles ayuda. Gracias a su apoyo, encontraron una pequeña habitación para quedarse unos días mientras buscaban una manera de salir adelante. Al día siguiente, Helena tuvo un golpe de suerte y consiguió trabajo en un supermercado. Era un empleo temporal, pero le permitió cubrir los gastos más urgentes. Con el paso de las semanas, se fue desempeñando en distintos oficios: limpiando casas, ayudando en almacenes y realizando pequeños trabajos que encontraba por la ciudad. Finalmente, después de mucho esfuerzo, logró conseguir un empleo estable como camarera en un restaurante de lujo. Por primera vez desde que llegaron, sintió que la situación mejoraba. Pero la tranquilidad duró muy poco. Unos meses después, Graciela comenzó a enfermar. Los dolores constantes en sus huesos se volvieron parte de su día a día. Al principio, intentó disimularlo, restándole importancia a lo que sentía, pero el tiempo no hizo más que agravar su condición. Pronto, el deterioro físico se trasladó a su mente: comenzó a olvidar detalles simples, como el lugar donde dejaba sus pertenencias, conversaciones recientes e incluso fechas importantes. Las visitas al médico se volvieron frecuentes. Entre exámenes, medicamentos y tratamientos, los gastos comenzaron a ahogarlas. Muy pronto, el dinero dejó de ser suficiente. Las facturas comenzaron a amontonarse sobre la mesa y las preocupaciones no tardaron en invadir la mente de Helena. Cada noche, al regresar del trabajo, observaba a Graciela con inquietud. Verla tan débil y vulnerable le rompía el corazón. Aunque hacía todo lo posible por mantenerse fuerte, en el fondo temía que la situación siguiera deteriorándose y que, tarde o temprano, ya no pudiera afrontar los gastos que requería su cuidado. Un día, durante su turno en el restaurante, Helena decidió compartir con Laura, una de sus compañeras de trabajo, la difícil situación que estaba viviendo. Laura la escuchó en silencio, atenta. Cuando Helena terminó de hablar, meditó unos instantes antes de responder. —Tal vez exista una opción que no has considerado —dijo con cautela. Helena la miró confundida. —¿Qué opción? Laura bajó un poco la voz antes de contestar. —La reproducción asistida. Ser madre subrogada. Helena frunció el ceño. Nunca había pensado en algo así. —No es nada extraño, Helena —continuó Laura una noche, mientras cerraban la caja y el restaurante quedaba en silencio al final de la jornada—. Mi prima lo hizo y le fue muy bien. Te pagan una buena cantidad y cubren todos los gastos del embarazo. Helena permaneció callada. Siguió limpiando la barra con un trapo húmedo, sin apresurarse a responder. Escuchaba atentamente, intentando descifrar si esa propuesta era tan simple como parecía. —Tú necesitas estabilidad —continuó Laura—. Buscan mujeres sanas que puedan llevar un embarazo. Es un proceso médico en una clínica seria, nada clandestino. Y créeme, hay familias con dinero dispuestas a pagar muy bien por tener un hijo. Helena bajó la vista hacia el trapo que retorcía entre sus manos. —No lo sé, Laura. —¿Qué es lo que te preocupa? Helena soltó una pequeña risa nerviosa. —Suena como una buena oportunidad, pero implica un compromiso enorme. No es como aceptar un segundo empleo. Estamos hablando de un bebé... de dar nueve meses de tu vida. Y de entregarlo después. ¿Y si me encariño con él? Laura se encogió de hombros. —Por supuesto que es una decisión importante —continuó Laura—. Nadie está diciendo que sea fácil. Hizo una breve pausa antes de seguir. —Pero desde el principio te preparan física y emocionalmente para todo el proceso. Te ayudan a entender que estás haciendo algo muy importante: darle a otra familia la oportunidad de cumplir su sueño de tener un hijo. Laura la miró con calma. —Solo digo que podrías escuchar lo que tienen para ofrecerte. No estás obligada a aceptar nada. Helena guardó silencio. Minutos después terminó su turno, pero la propuesta se le quedó grabada. Durante varios días, fue incapaz de sacarse aquella conversación de la cabeza. Pensaba en ella mientras acomodaba mercancía en los estantes, mientras esperaba el autobús bajo la lluvia o cuando contaba el dinero que le quedaba después de pagar las cuentas. Las mismas frases regresaban una y otra vez a su mente: pagan bien, te cubren todo, es legal. Helena intentó ignorar la situación, convencerse de que todo eso no tenía nada que ver con ella. Pero al ver su situación, la idea dejaba de parecerle tan descabellada.Durante dos semanas, Leonor repitió la misma estrategia con cada dosis. Ocultaba la pastilla bajo la lengua y luego la guardaba en la ranura del cabecero de la cama, donde se acumulaban. Para engañar a Matilde durante las revisiones, contenía la respiración o se agitaba antes de que la enfermera entrara, alterando su ritmo cardíaco. Sabía que no podría mantener la farsa por mucho tiempo, pues Matilde la vigilaba de cerca. Necesitaba conseguir que la enfermera saliera de la casa.En la planta baja, William se concentraba en Helena, quien se encontraba en los últimos días de su embarazo. El parto sería mediante una cesárea programada. Aquella tarde, Helena descansaba en un diván de la biblioteca. William entró con una taza de té, se sentó a su lado y le acarició el cabello. Ella abrió los ojos y le sonrió.Por un instante, William recordó a Alicia, su difunta esposa, al ver aquella sonrisa. Apartó el pensamiento de inmediato.—Te ves cansada, mi amor —dijo William—. ¿Cómo te sientes?—
Al mediodía del día siguiente, la puerta de madera de la mansión se abrió para recibir a la nueva enfermera, la señora Matilde, una mujer de origen alemán. Era una mujer adulta, de complexión robusta, rostro severo y uniforme blanco. Sus ojos grises denotaban años de experiencia en cuidados intensivos y una disciplina estricta.William la recibió en el despacho de la planta baja. Sobre el escritorio extendió el informe médico falsificado de Leonor junto a una libreta de anotaciones.—Señora Matilde, gracias por venir tan rápido —dijo William—. El estado de mi esposa es delicado. Como leyó en el expediente, padece una miocardiopatía restrictiva grave. No podemos permitirnos errores.—Entiendo, señor William —respondió Matilde—. En cuidados intensivos no hay margen para el error. He tratado con pacientes terminales toda mi vida.William asintió y detalló las instrucciones sobre la rutina de Leonor:—Por favor, léalas, memorícelas y cúmpla las al pie de la letra. Leonor también debe acat
El trayecto en auto hacia la clínica privada transcurrió en silencio. Leonor mantuvo los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventanilla, simulando agotamiento, mientras William conducía sin dirigirle la palabra. Al llegar, un camillero los recibió en la entrada y trasladó a Leonor en silla de ruedas hasta el área de cardiología.A las cuatro de la tarde, el doctor Martínez los recibió en su consultorio. Tras un breve interrogatorio sobre el síncope anterior, el médico ordenó pasar a Leonor a la sala de ecocardiogramas y toma de muestras de sangre para los exámenes de rutina. William esperó en la recepción de la clínica.Dentro de la sala de examen, el técnico encargado del equipo resultó ser el contacto de Leonor. Mientras preparaba los electrodos, el hombre asintió en silencio, confirmando que la transferencia bancaria ya se había reflejado en su cuenta. El procedimiento se realizó de manera normal para no levantar sospechas en las cámaras de seguridad.Una vez que Leonor regresó
Durante los siguientes cuatro días, Leonor permaneció en su habitación, pero su presencia afectó la rutina de toda la casa. Siguiendo las instrucciones médicas, pasaba la mayor parte del tiempo en la cama, aunque comenzó a exigir atención constante.Durante el quinto día, las exigencias de Leonor aumentaron. William entró a su habitación a las ocho de la mañana para revisar el cumplimiento de las dosis del medicamento. Leonor estaba recostada contra las almohadas, con los ojos entrecerrados.—Me duele la cabeza, William. Siento una presión muy fuerte en la nuca —dijo Leonor con la voz baja—. Dile a la empleada que suba a cambiarme las cortinas, la luz me está lastimando los ojos.—El ama de llaves ya cerró las persianas hace una hora —respondió William, mirando el frasco de pastillas en la mesa de noche—. ¿Te tomaste la cápsula de las siete?—Apenas puedo pasar la saliva, William. Necesito que te quedes un momento. Si me levanto, me voy a desmayar otra vez. Los brazos me tiemblan.—El
William entró de golpe en la habitación. Leonor estaba sentada frente al tocador, cepillándose el cabello con calma, ignorando el fuerte golpe de la puerta contra la pared. Lo miró a través del espejo con una sonrisa fría.—¿Qué significa esta intrusión, William? —preguntó, dejando el cepillo en la mesa despacio.—Sabes perfectamente por qué estoy aquí —dijo William, hablando en un tono bajo y tenso mientras se paraba en medio del cuarto—. Destruiste la habitación de Helena. Destrozaste la ropa y los perfumes que le compré. Cruzaste el límite.Leonor se levantó de inmediato para enfrentarlo. Estaba visiblemente resentida.—¿Tus límites? ¿Y qué hay de los míos? —reclamó—. Tienes a tu amante embarazada viviendo en mi casa. La sientas a la mesa con tus padres y me humillas delante de todos. ¿Esperabas que no hiciera nada? Esa mujer merece algo peor que perder su ropa.—¡Cállate! —gritó William, avanzando un paso—. Helena no tiene la culpa de que nuestro matrimonio sea un fracaso. Si vuel
Después de la comida, se reunieron en la sala principal. Eleanor Macalister se mostraba emocionada y cercana con Helena; la rodeó de atenciones y preguntas sobre su salud, mientras le acariciaba el vientre con ternura. Leonor se acercó e intentó saludar a su suegra. Eleanor le respondió únicamente por cortesía, con un gesto rígido que no ocultaba su descontento.Leonor se sentó al extremo de un sofá largo. Observaba en silencio cómo hablaban con tanta naturalidad y cómo los sirvientes servían el vino. Cada vez que intentaba intervenir, Eleanor apenas le dirigía la palabra y se limitaba a asentir de forma cortante, ignorando deliberadamente sus comentarios.Edward Spencer, el padre de William, estaba muy feliz. No dejaba de repetir que el apellido ahora tendría dos herederos legítimos para asegurar los negocios de la familia. Se dio la vuelta hacia Helena, la miró con aprobación y le dijo que se veía muy bien, añadiendo que William parecía estar cuidándola como correspondía. Helena so







