INICIAR SESIÓN
William Spencer se encontraba junto al altar conmemorativo dedicado a Alicia Bennett, su esposa, quien había desaparecido hace dos meses en un trágico accidente en altamar. A pesar de los esfuerzos incansables de los rescatistas, su cuerpo nunca fue hallado.
Aceptaba los pésames sin decir una palabra, apenas con un leve movimiento de cabeza. Entre los dedos apretaba una rosa blanca; se aferraba al tallo como si esa flor fuera lo único que le quedaba de ella. Desde un rincón, cerca de las coronas fúnebres, Leonor Patterson observaba a William. No hacían falta palabras para ver que ahora estaba completamente solo: al mando de un imperio empresarial y de una fortuna que muchos envidiaban, pero, por primera vez, sin Alicia a su lado. Tras un breve silencio, se puso de pie. Alisó la tela de su vestido negro, una prenda ajustada que acentuaba sus curvas con una elegancia fría. Con el cabello impecable, se acercó a William con un andar felino, sigiloso. Al llegar a su lado, no dijo nada. Mantuvo las manos entrelazadas frente al retrato de Alicia en un gesto de falso respeto; sin embargo, ocultos tras las gafas oscuras, sus ojos lo escudriñaban de reojo. —Es increíble que ya no esté —dijo Leonor, rompiendo el silencio—. Era una mujer extraordinaria. La voz se le quebró en las últimas palabras, como si el dolor todavía la tomara por sorpresa. William no contestó. Siguió inmóvil, con los ojos fijos en la foto de su esposa, atrapado en esa sonrisa que tantas veces lo había sostenido. Quiso responder a Leonor, pero el nudo en la garganta le ahogó la voz. Leonor se acercó un paso, mirándolo de reojo tras sus gafas oscuras. —Ella te amaba mucho —dijo en voz baja. William bajó la mirada hacia la rosa blanca que sostenía y apretó el tallo. El dolor seguía ahí, trabado en el pecho, sin dejarlo hablar. —Lo sé —logró decir William, con la voz ronca. Un segundo después, murmuró—: A veces todavía espero escucharla. Es una tontería, supongo. —No es ninguna tontería —respondió Leonor en voz baja—. La amabas. William levantó la mirada hacia la fotografía de Alicia. —La sigo amando. A Leonor se le revolvió el estómago. Le dio una punzada de envidia en el pecho: ni muerta, Alicia dejaba de estorbarle. —Sigo intentando entender todo esto. Aún no puedo creerlo —dijo William. El silencio se extendió entre ellos durante unos segundos. Finalmente, él giró un poco el rostro hacia ella. —Tú estabas con ella ese día. Sé que también te duele porque era tu mejor amiga, pero... necesito saber qué pasó de verdad. A Leonor se le detuvo el corazón y el aire faltó en sus pulmones. Fue solo un segundo. De inmediato, contuvo el aliento, sostuvo la mirada de William y no dejó que ninguna emoción la traicionara. En un parpadeo, la foto de Alicia desapareció. En su lugar, el mar rugió bajo la tormenta. El viento sacudió el yate, la madera crujió y la lluvia cayó con tanta fuerza que borró todo a su alrededor. Entre la cortina de agua, Leonor la vio: Alicia seguía junto a la barandilla con los binoculares en la mano. Tenía el pelo en la cara y los ojos desencajados. —¡Leonor, hay que volver! —le gritó—. Esto se está poniendo feo muy rápido. Voy a mirar el radar y a pedir ayuda. Pero Leonor ya no escuchaba. Estaba paralizada frente a Alicia, empapada por la lluvia, mirándola con los ojos fríos, idos. Unos sollozos a su espalda rompieron el recuerdo. Leonor pestañeó. La tormenta se desvaneció y estuvo de vuelta en el presente. Las velas seguían encendidas alrededor del retrato y los invitados murmuraban en voz baja. —No hay mucho que contar. Fue un accidente —respondió finalmente Leonor, forzando la voz para que no le temblara—. Todo pasó demasiado rápido. Al pronunciar aquellas palabras, su voz se quebró. Se llevó una mano al rostro y dejó escapar un sollozo ahogado que sacudió sus hombros; luego vino otro, más profundo, cargado de dolor. Su cuerpo temblaba levemente mientras las lágrimas fluían por sus mejillas. William observó la escena en silencio. Una opresiva culpa se instaló en su pecho al verla luchar contra el llanto. Había estado tan concentrado en su propio tormento que, por un momento, olvidó que Leonor también había perdido a alguien importante. —Lo siento, Leonor —dijo él—. No quería hacerte pasar por esto. Ella guardó un silencio estratégico. Con la mirada fija en el suelo, se limpió el rastro de las lágrimas con las yemas de los dedos. William sintió el peso del remordimiento oprimiéndole el pecho. —Por favor, discúlpame —insistió en voz baja. William metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pañuelo de tela fina, bordado con sus iniciales. Con un gesto amable, se lo ofreció. Al tomarlo, el perfume de William se elevó desde la tela, claro y envolvente. Ese aroma provocó en Leonor una reacción visceral, un vuelco inesperado que casi la delata. Rápidamente, reprimió el impulso y volvió a forzar la cara de pena. —No tienes que disculparte —murmuró Leonor. Tenía los ojos rojos y hacía fuerza por calmarse. Se secó las lágrimas, se puso otra vez las gafas oscuras y apretó el pañuelo. Luego, mientras William miraba el retrato de Alicia, lo dobló rápido y lo metió en su bolso como un trofeo. El silencio se prolongó durante unos minutos ante el altar. —¿Qué voy a hacer ahora sin ella? —dijo entre sollozos—. Éramos inseparables. Lo era todo para mí. William la miró, conmovido por verla tan rota. —No estás sola, Leonor. Ella levantó la mirada despacio, oculta tras los cristales oscuros. —A veces siento que sí. El silencio regresó, espeso, entre ambos. Por un instante, Leonor dejó caer una mano a su costado y rozó los dedos de William, un contacto tan corto que pudo pasar por un accidente. William giró la cabeza hacia ella, con un destello de confusión en la mirada. Al notar su extrañeza, Leonor retiró la mano de inmediato. —Lo siento —murmuró, forzando un temblor en la voz—. Estos días han sido realmente difíciles. William la miró. No vio malicia; ante él solo estaba una mujer que, al igual que él, hacía lo que podía por no caerse a pedazos. —No te preocupes —dijo él. Luego desvió la mirada hacia la fotografía de Alicia, entrelazando las manos. Leonor copió el gesto. Pero detrás de las gafas oscuras, estuvo a punto de escapársele una sonrisa. —Alicia siempre decía que tenías buen corazón —comentó con una sonrisa triste—. Tenía razón. William no dijo nada. Leonor aprovechó el silencio para observarlo discretamente. Incluso devastado por el dolor, seguía siendo un hombre impresionante; su porte, su seguridad natural y aquella tristeza contenida lo hacían parecer más accesible que nunca. De inmediato, sepultó esa fascinación bajo un rostro compungido. —Debes estar agotado —dijo ella—. Llevas semanas cargando con todo esto solo. —Hago lo que puedo. —No tienes por qué hacerlo solo —respondió Leonor. Esperó unos segundos. Luego, estiró el brazo y le tocó el antebrazo con suavidad, un segundo, antes de apartar la mano. —Si necesitas hablar... aquí estaré. —Gracias, Leonor —asintió él. Ella dejó la mano un segundo de más antes de quitarla. La ceremonia terminó poco después. Los invitados empezaron a marcharse en grupos pequeños y los murmullos se apagaron, dejando el salón otra vez vacío. William se quedó hasta el final y Leonor no se movió de su lado. Frente al altar, él miraba la foto de Alicia, sin terminar de creerse que ya no estuviera. Leonor observó el retrato en silencio. Detrás de las gafas oscuras, una sonrisa apenas perceptible rozó sus labios. Para ella, en cambio… todo acababa de comenzar.Durante dos semanas, Leonor repitió la misma estrategia con cada dosis. Ocultaba la pastilla bajo la lengua y luego la guardaba en la ranura del cabecero de la cama, donde se acumulaban. Para engañar a Matilde durante las revisiones, contenía la respiración o se agitaba antes de que la enfermera entrara, alterando su ritmo cardíaco. Sabía que no podría mantener la farsa por mucho tiempo, pues Matilde la vigilaba de cerca. Necesitaba conseguir que la enfermera saliera de la casa.En la planta baja, William se concentraba en Helena, quien se encontraba en los últimos días de su embarazo. El parto sería mediante una cesárea programada. Aquella tarde, Helena descansaba en un diván de la biblioteca. William entró con una taza de té, se sentó a su lado y le acarició el cabello. Ella abrió los ojos y le sonrió.Por un instante, William recordó a Alicia, su difunta esposa, al ver aquella sonrisa. Apartó el pensamiento de inmediato.—Te ves cansada, mi amor —dijo William—. ¿Cómo te sientes?—
Al mediodía del día siguiente, la puerta de madera de la mansión se abrió para recibir a la nueva enfermera, la señora Matilde, una mujer de origen alemán. Era una mujer adulta, de complexión robusta, rostro severo y uniforme blanco. Sus ojos grises denotaban años de experiencia en cuidados intensivos y una disciplina estricta.William la recibió en el despacho de la planta baja. Sobre el escritorio extendió el informe médico falsificado de Leonor junto a una libreta de anotaciones.—Señora Matilde, gracias por venir tan rápido —dijo William—. El estado de mi esposa es delicado. Como leyó en el expediente, padece una miocardiopatía restrictiva grave. No podemos permitirnos errores.—Entiendo, señor William —respondió Matilde—. En cuidados intensivos no hay margen para el error. He tratado con pacientes terminales toda mi vida.William asintió y detalló las instrucciones sobre la rutina de Leonor:—Por favor, léalas, memorícelas y cúmpla las al pie de la letra. Leonor también debe acat
El trayecto en auto hacia la clínica privada transcurrió en silencio. Leonor mantuvo los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventanilla, simulando agotamiento, mientras William conducía sin dirigirle la palabra. Al llegar, un camillero los recibió en la entrada y trasladó a Leonor en silla de ruedas hasta el área de cardiología.A las cuatro de la tarde, el doctor Martínez los recibió en su consultorio. Tras un breve interrogatorio sobre el síncope anterior, el médico ordenó pasar a Leonor a la sala de ecocardiogramas y toma de muestras de sangre para los exámenes de rutina. William esperó en la recepción de la clínica.Dentro de la sala de examen, el técnico encargado del equipo resultó ser el contacto de Leonor. Mientras preparaba los electrodos, el hombre asintió en silencio, confirmando que la transferencia bancaria ya se había reflejado en su cuenta. El procedimiento se realizó de manera normal para no levantar sospechas en las cámaras de seguridad.Una vez que Leonor regresó
Durante los siguientes cuatro días, Leonor permaneció en su habitación, pero su presencia afectó la rutina de toda la casa. Siguiendo las instrucciones médicas, pasaba la mayor parte del tiempo en la cama, aunque comenzó a exigir atención constante.Durante el quinto día, las exigencias de Leonor aumentaron. William entró a su habitación a las ocho de la mañana para revisar el cumplimiento de las dosis del medicamento. Leonor estaba recostada contra las almohadas, con los ojos entrecerrados.—Me duele la cabeza, William. Siento una presión muy fuerte en la nuca —dijo Leonor con la voz baja—. Dile a la empleada que suba a cambiarme las cortinas, la luz me está lastimando los ojos.—El ama de llaves ya cerró las persianas hace una hora —respondió William, mirando el frasco de pastillas en la mesa de noche—. ¿Te tomaste la cápsula de las siete?—Apenas puedo pasar la saliva, William. Necesito que te quedes un momento. Si me levanto, me voy a desmayar otra vez. Los brazos me tiemblan.—El
William entró de golpe en la habitación. Leonor estaba sentada frente al tocador, cepillándose el cabello con calma, ignorando el fuerte golpe de la puerta contra la pared. Lo miró a través del espejo con una sonrisa fría.—¿Qué significa esta intrusión, William? —preguntó, dejando el cepillo en la mesa despacio.—Sabes perfectamente por qué estoy aquí —dijo William, hablando en un tono bajo y tenso mientras se paraba en medio del cuarto—. Destruiste la habitación de Helena. Destrozaste la ropa y los perfumes que le compré. Cruzaste el límite.Leonor se levantó de inmediato para enfrentarlo. Estaba visiblemente resentida.—¿Tus límites? ¿Y qué hay de los míos? —reclamó—. Tienes a tu amante embarazada viviendo en mi casa. La sientas a la mesa con tus padres y me humillas delante de todos. ¿Esperabas que no hiciera nada? Esa mujer merece algo peor que perder su ropa.—¡Cállate! —gritó William, avanzando un paso—. Helena no tiene la culpa de que nuestro matrimonio sea un fracaso. Si vuel
Después de la comida, se reunieron en la sala principal. Eleanor Macalister se mostraba emocionada y cercana con Helena; la rodeó de atenciones y preguntas sobre su salud, mientras le acariciaba el vientre con ternura. Leonor se acercó e intentó saludar a su suegra. Eleanor le respondió únicamente por cortesía, con un gesto rígido que no ocultaba su descontento.Leonor se sentó al extremo de un sofá largo. Observaba en silencio cómo hablaban con tanta naturalidad y cómo los sirvientes servían el vino. Cada vez que intentaba intervenir, Eleanor apenas le dirigía la palabra y se limitaba a asentir de forma cortante, ignorando deliberadamente sus comentarios.Edward Spencer, el padre de William, estaba muy feliz. No dejaba de repetir que el apellido ahora tendría dos herederos legítimos para asegurar los negocios de la familia. Se dio la vuelta hacia Helena, la miró con aprobación y le dijo que se veía muy bien, añadiendo que William parecía estar cuidándola como correspondía. Helena so







