INICIAR SESIÓN«Bienvenidos a las relaciones mutuamente beneficiosas. En éste lugar los Sugar Daddies o Mommas obtienen lo que desean, cuándo desean» El destino, tan travieso y descarado otra vez me ha puesto aquí, en este lugar... En la misma situación. Como un dejavù, la historia se repite. Es que me ha tocado regresar por lo que es mío. Por aquello que perdí, ocho años atrás. Volví, y es por él.
Ver másMADISON, 4 AÑOS
Una pala más. Sólo una pala más de arena y terminaré con mi castillo. Resoplo, y trato de sacarme las ondas que caen por mi frente, tapándome los ojos. Me doy por vencida y levanto mi mano para quitarme el cabello. ¡Muy bien, ahora sí estoy completamente cubierta de arena! Mamá se va a enojar. Bueno, sé que no se va a enojar pero sí dirá algún que otro insulto al ver que no podrá lavarme el pelo con tanta facilidad. Largo una risita y continúo construyendo mi castillo de arena. Ella sin dudas es la mujer más linda que existe. Amo el color de sus ojos, tan parecidos a los míos, y amo su cabello suave y brillante. El mío no es igual al suyo; no es dorado. Mi pelo tiene el tono de la miel que pone sobre mi tostada en la mañana. Mami dice que me parezco a mi papá y también a la hermanita de él; pero cuándo observo a mi papá me doy cuenta de que no tenemos el mismo color de cabello y, sé que tampoco tiene hermanas. Mi única tía es Alexandra, y esas dos amigas que vienen a verla de vez en cuándo; una se llama Ámbar, y la otra... Creo que Orianna. ¡Sí, se llama Orianna! A veces no sé a qué se refiere cuándo me compara con mi papá; me ve muy pequeña y piensa que no comprendo las diferencias... Pero sí las comprendo. Mi papá se llama Jordan, y la he escuchado decir Nicolas. No me gusta no entender qué significa eso. Suspiro y miro a mi costado; el niño que está a mi lado también forma un castillo de arena. El suyo es muy lindo, y el mío... El mío está espantoso. De un manotazo destruyo mi creación, hasta que solo queda arena esparcida en el arenero de la plaza. Bufo y me cruzo de brazos. ¡No haré otro! ¿Para qué? ¿Para que el de él sea más lindo que el mío? ¡No! Mejor dejo los castillos y me voy a los columpios. La tarde está empezando a caer y casi todos los niños se están yendo a sus casas. Papá todavía se encuentra en la oficina, dijo que necesitaba agarrar unos papeles de urgencia y que yo lo esperara en la plaza, jugando; que no me moviera de aquí; que demoraría unos minutos. Sonrío y limpio mis pantalones como puedo. Si los niños se van a sus casas a tomar la merienda, significa que la plaza quedará sólo para mí, y eso me gusta. Los columpios, toboganes, subibajas y calecitas para mí, cuántas veces quiera. Me inclino para arreglar las agujetas de mis zapatos, y una sombra tapa lo que queda del sol, permitiéndome comenzar con el nudo que nunca me sale bien. —¿Necesitas ayuda? —preguntan. Evito levantar la cabeza. Siento miedo. Mamá siempre me ha dicho que jamás hable con extraños, y éste señor extraño lo es; nunca había escuchado su voz. —No —susurro con temor, mientras las agujetas no forman esa linda moña que mami hace, cada ocasión que ata mis tenis. —Tal vez... Si me dejas, pueda enseñarte cómo funciona —se agacha y sin esperar mi respuesta, agarra los cordones blancos—. Mi hermana mayor solía enseñarme así: ¿conoces la historia del conejito? Arrugo mi ceño y niego. —No. Se ríe, y por primera vez me animo a alzar la cabeza y observarle el rostro. No es muy viejo, y me gusta la manera en que me sonríe. También me gusta el color de sus ojos. Son verdes, y marrones, y brillan mucho. —Primero hacemos una cruz —me explica—, y después los doblamos. ¿Ves lo mismo que yo? Con concentración analizo las agujetas pero... Sólo veo dos orejas. ¡Dos orejas! Emocionada por el descubrimiento finalmente asiento —¡Sí! —¡Y los conejitos quieren entrar a su madriguera, así que tienen que dar la vuelta entre ellos para pasar a la cueva, por el agujerito. Con felicidad aplaudo y me levanto. —¡Gracias! —chillo. Él me imita, se sacude la arena de sus pantalones de color negro, y vuelve a reír. —Es fácil. Pídele a tus padres que te ayuden a memorizarlo. Sin borrar la sonrisa de mi cara, afirmo. —¡Lo voy a hacer! —doy la vuelta y antes de despedirme del señor desconocido, con curiosidad le pregunto—. ¿Por qué me lo dijiste? Se acerca a mí y debo levantar demasiado el rostro para mirarle; es muy alto. —Porque estaba de paseo, y vi cómo destruías tu precioso castillo de arena; me pareció que te enfadaste mucho cuándo no pudiste atar tus cordones. —Mamá me lo explica, pero no me acuerdo —me quejo—. Y mi castillo estaba feo. Había un niño que lo hizo más lindo. Te lo mostraría pero también lo rompió y ya se fue. Se inclina otra vez y ahora sí consigo observarle bien. Me encantan sus ojos, son tan hermosos como los de mami; y me encanta su voz; sería mi cuenta cuentos preferido, mejor que papá. Le podría dar mi historia favorita; la de Rapunzel, para que me la lea todas las noches, antes de dormir. —Cuándo paré allí, en ese semáforo —dice señalándome su coche blanco, grande y bonito, estacionado a pocos metros de la oficina de mi padre—, y te vi, creí que había visto a alguien más. —¿A quién? —Mi hermana era muy parecida a ti, y a mí. Se enojaba si algo no le salía como quería. —No siempre me enojo —me defiendo—, a veces lloro. —¿Y qué te dicen tus papás? —Mi papá que no debo llorar, y mi mamá —sonrío, al recordar cuándo Tyler me tiró del cabello y la maestra no lo reprendió. Ella se enfureció tanto que armó un escándalo, luego me llevó a comer Mc Donald's, y por último me regaló una muñeca—. Mi mamá me cura para que yo no siga llorando. —Eso es increíble —el sol empieza a ocultarse y sin poder evitarlo miro en dirección a la oficina de papá. No ha salido y está comenzando a hacer frío—. ¿Te has quedado sola aquí? —pregunta con preocupación. —Mi papá trabaja ahí —le señalo el edificio—. Yo estoy esperando. —Pero es peligroso que estés sola. Ya no hay niños en la plaza. —No —digo—. Se fueron todos. —¿Quieres que te acompañe hasta que tu padre venga por ti? Lo pienso unos segundos, y con temor niego. —No le gusta que hable con extraños. —Entonces seré tu nuevo amigo, ¿qué te parece? Largo una carcajada. —¡Eres muy grande! ¡Mis amigos tienen los mismos años que yo! Se toca el pecho, y hace un gesto muy divertido, y triste. —¡Me ofendes! —se queja—. ¡Yo quería ser tu amigo! Sigo riéndome y le tiendo mi mano, al tiempo que él me tiende la suya. —Puedes ser mi amigo —decido—. ¿Cómo te llamas? —Me llamo Jean —dice apretando mis dedos. Los suyos están tibios, y los míos fríos. A mamá no le agradará saber que aguardé tanto rato en la plaza. —Es un nombre muy lindo —le comento. —¿Y el tuyo? —Es Ma... —antes de poder completar mi nombre, escucho que gritan "¡hija!" y de inmediato suelto la mano de mi nuevo amigo, Jean. —¡Hija! —dice papá, tras acercarse a mí prácticamente corriendo—. ¡Ay, hija, estás helada! —se lamenta cuándo me abraza. Pobre mi papi. No es su culpa, tiene mucho trabajo. —No te preocupes —lo tranquilizo, acariciándole el cabello corto y negro—, estaba con mi nuevo amigo; se llama Jean. De repente, pasa de estar arrodillado a mi lado, a pararse y con seriedad mirar a mi cuenta cuentos de conejos, como si le conociera de algún sitio. —¡No vuelvas a acercarte a mi hija! —estalla, muy enojado; más que enojado, furioso. Jamás le había visto furioso—. ¡Podría denunciarte! Con angustia tiro de su chaqueta. —Papi, me ayudó con mis cordones, no me estaba molestando. —¡Pues imbéciles como tú no deberían dejar a una niña tan pequeña sola, a éstas horas de la tarde y encima en un sitio público! —gruñe él, más enojado que mi papá; quién maldice e ignorándole me alza en sus brazos y se dirige a nuestro coche sin siquiera dejarme despedir. —Nos vamos a casa, tesoro. —Pero... —Pero nada. No debes hablar con extraños —me reprende. —Lo siento —murmuro con tristeza, mientras a lo lejos le hago adiós al señor de ojos hermosos. —Perdóname princesa —se disculpa cuándo me acomoda en mi silla, dentro de la camioneta. —Está bien —susurro, tratando de no llorar. No le gusta que llore. —¿Qué te parece si hacemos un trato? —pregunta, tocando mis mejillas—. Yo te compro un helado enorme de vainilla y chocolate, y tú no le dices a mamá que hablaste con ese desconocido. —Se llama Jean —le corrijo. —Bueno, eso... No le dices a mamá que hablaste con Jean. Será nuestro gran secreto, ¿si? Una enorme sonrisa se apodera de mi rostro. —¿Y me comprarás el helado? —Y te compraré el helado —repite, besándome la frente—. Entonces, ¿me harás sentir orgulloso, princesa? ¿Guardaremos el secreto? —¡Sí! —chillo con alegría. Lo que más quiero, es que papá se sienta orgulloso de mí. Le mostraré que soy la mejor hija del mundo... Guardando secretos.UN AÑO MÁS TARDE—¡Alex! ¡Alexandra! —como demente la busco por el patio—. ¡A... Pero qué idiota que soy. Me la topo de frente, tirada en una tumbona delante de la piscina. Usa gafas, un inmenso sombrero de ala y un traje de baño de una sola pieza en color turquesa que sumado a la pose en que se encuentra recostada la convierten en toda una diva teen. Suerte y gracias al arquitecto que tenemos amurado el patio. Una altura suficiente para que mis hijos no se den a la fuga o que algún baboso morbosee a mi hermana desde la calle. Es que si lo hacen seguro que acabo presa, porque me quedaré con el pito de cualquier degenerado que siquiera le chite y entonces se lo tiraré a Orión. —Alex —me acerco a ella y le quito los audífonos—. ¡Te vas a quedar sorda! No era eso lo que venía a decirle pero es que desde aquí escucho a Dua Lipa. —Todavía tengo bien agudizado el oído —se saca las gafas y me mira con una sonrisa—. ¿Qué pasa Charlie? —Necesito que cuiden un rato a Noah y vigilen a Ma
Agarro una servilleta y me limpio la comisura de los labios. Todos están como locos, muy alterados y a mi alrededor como moscas en la fruta. —Familia, ¿podemos terminar de almorzar en paz, por favor? Nick es el primero en dedicarme una mirada de escándalo. No hace falta ni que hable, por su expresión me está manifestando que soy una loca de mierda. —Charlie, ¿en serio? —los ojos verde azulados de Alex me escudriñan pero mantengo mi gigantesca calma ante el mar de inquietudes que hay delante de mí. —Por supuesto —objeto con total tranquilidad y llamando al mesero en ademanes—. Voy a pedir mi postre y opino que ustedes deberían de hacer lo mismo. Deberían dedicarse a disfrutar de este bellísimo restaurante, del motivo por el que estamos aquí celebrando y principalmente de la comida deliciosa que sirven, en vez de mirarme como si fuera una bomba a punto de reventar o una desquiciada que no tiene noción ni de la vida. El camarero viene a nuestra mesa y le obsequio una amable sonrisa
Hawái... La habitación de la suite se impregna de un dulce aroma a jazmines, mezclado al aceite de aromaterapia que inunda cada rincón. Estamos solas. Completamente solas... Ella y yo. —¿Estás nerviosa? —me pregunta soltándose de mi mano, enseguida que entramos. La veo salir corriendo, directo a las cortinas que esconden un ventanal inmenso. —Un poco —le ayudo a abrir las amplias ventanas que dan al balcón con vistas a un impresionante océano—. ¿Tú? —Yo también. Salimos a la terraza y aspiro profundo ese particular olor a mar y arena. El sol yace en su máximo esplendor, bañando la costa con altas temperaturas, transformando el contraste entre la suite acondicionada y el calor tropical en una sensación agradable. El viento mece las palmeras a nuestro alrededor y balancea suavemente el oleaje, mostrándome el lado más bello del Pacífico. Una mezcla de aguas azules, celestes, cristalinas y verdosas, todas llegando a la orilla de la playa en un sutil degradé. —Vas a ser una r
TRES MESES DESPUÉS—Nick, aquí. Oríllate aquí —lo codeo porque no me hace caso—. ¡Por Dios no te hagas el sordo! —No me hago el sordo brujita —maniobra y le importa un pito lo que le he dicho. Estaciona donde se le antoja—. Pero qué tantas ganas tienes de salir caminando media manzana si puedo parar cerca. Me quito el cinturón con cuidado, aún utilizo gasas para cubrir la costra que se forma en las heridas que están cicatrizando. —Yo puedo dar cincuenta pasos tranquilamente. Aparca, apaga su flamante y nuevo Jaguar F-Pace azul marino y se desabrocha el cinturón. —No —me contradice—. No puedes. —¿Disculpa Jean Henderson? —parpadeo. —Te disculpo pero insisto, no puedes. Tienes a mi hijo ahí dentro así que yo también decido sobre ti. Esto —se señala, me señala—, es trabajo compartido. Aparte todavía andas medio fallada y averiada. Abro la boca, pienso en insultarlo pero al final lo cacheteo en el brazo. —Yo hago lo que quiero —intento abrir la portezuela y él se ríe al ver que t












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