LOGINAceptando el hecho de que mi educación no ha fallado, giro sobre los talones y encomiendo el andar, a través del sendero que me llevará a la entrada principal.
-¡Hey! -Le oigo chistar cuándo ya unos cuantos pasos me separan del espectacular deportivo blanco. Ladeo la cabeza en su dirección y observo que aún mantiene la sonrisa intacta. -De nada Charlotte. -Dice matizando la voz suya para nada desagradable, con el ruido del motor pidiendo a gritos acelerar despavorido.
Asiento sigilosa y le doy la espalda. <<¡Qué escena más extraña!>> Pienso. <<¡Es la primera ocasión dónde un hombre me defiende., no se propasa!>>
Dónde me sonríe con autenticidad, y no con lujuria.
Dónde un mote queda resonándome en la cabeza.
Inhalo profundo mientras toco suavemente el roble cobrizo aguardando el visto bueno para ingresar.
Suspiro tan hondo como los pulmones permiten, e intento recomponerme emocionalmente de la situación vivida.
Controlar el temblor de las piernas al caer en cuenta que el mencionado Nicolas tenía razón., corrí con la suerte del mundo entero. Ya ni sé si gracias a él, o al divino destino es que permanezco aquí, de pie, buscando abrazar a Ámbar... Y respirando.Sobre todo respirando, pues perdí el recuento de las tantas chicas que a diario desaparecen no sólo en Washington, o Estados Unidos, sino en el planeta.
Cientos de ellas, vanagloriándose por los noticieros como corriente novedad del día. Como si ya fuera normal. Como si el hecho de una desaparición, una violación, un crimen, estuviera naturalizándose con el correr del tiempo. ¡Tan falsa es la sociedad que la odio! La aborrezco más todavía que los vicios, o los cerdos creyéndose tener el poder absoluto, para decidir qué hacer con una mujer, cómo y cuándo.Muerdo los labios enojada y golpeo con ferocidad la puerta., ansiando gracias al impacto de la dureza contra mis nudillos, amortiguar la impotencia que quema por dentro.
Esa tediosa sensación de verme envuelta en un laberinto retorcido del que no tengo puta idea cómo salir.
-¡Maldición! -Gritan al otro lado, -¡Maldición, ya voy!
Corto inmediatamente los tanteos y apoyo mi frente sobre la columna que sostiene una fachada elegantísima, soberbia del hogar Reggins.
-Estoy volviéndome psicótica. -Murmuro. -Una demente.
Escucho el juego de llaves introducirse en la ranura y adopto nuevamente la pose erguida. Aliso el suéter deportivo, y cuál acto reflejo miro hacia atrás. Giro el perfil definiéndome una genuina paranoica y el asombro estalla de lleno en mis retinas.
Él aún no se ha ido.
Niko no se marchó, cuándo supuse lo habría hecho.
El motor permanece encendido aunque con las revoluciones desaceleradas, y su rostro serio, inescrutable, me observa desde la distancia.
El automóvil impecable yace ahí, aparcado en la acera y su conductor, apreciando la escena bochornosa de semejante chica con carácter cambiante., tal vez padeciendo personalidad múltiple o trastornos de bipolaridad.
¡Y no!, efectivamente para nada me gusta ésto. No me gusta que me mire. ¡Ya no me gusta que nadie me mire!, y menos de esa forma que no logro develar. Pues la frialdad con que soy escudriñada pone mis pelos de punta aumentando la desconfianza a niveles desorbitantes.
-¡Menudo susto de muerte Charlotte! -Reprende llevando a cabo la acción de abrir y permitirme el ingreso. -¡Dijiste unos minutos... Pasaron treinta! -Exclama asustada, preocupada, al borde del llanto Ámbar, quién siempre aparenta inmutable ante cualquier emoción. -¡Te llamé cincuenta veces mujer! ¡Qué te sucedió! -Tocándome los hombros reiteradas ocasiones, sin obtener respuestas el desquicie azucarado estalla. -¡Estás pálida! ¡Tiemblas! ¡Mierda Char dime qué pasó! -Levanta el mentón mirando más allá de mis facciones, o el porche, y arruga el ceño tras vislumbrar el vehículo rescatista partir. -¿Qué hacía ese automóvil ahí?
-Yo... Yo me... -Percibo las orbes acarameladas taladrarme expectantes y no consigo culminar la justificación. Me rompo en lágrimas y atino simplemente a abrazarla. A hundirme entre las extremidades de mi única compinche, socia, cómplice.
-¡Me asustas! -Anuncia cerrando el roble con el pie, aceptando mi demanda de contención y acariciándome el cabello. -Por favor explícame.
-Venía caminando Am... -Balbuceo ahogada. -Había una pandilla.
-¿P... Pandilla? -Susurra temerosa de lo que pueda llegar a oír. -Ricitos. -Espeta separándose un tanto., observándome enojada, triste. -Linda ven vamos a sentarnos.
Obedezco al tirón de la mano y me desplomo sobre el amplio sofá tono manteca que como otros costosos, adorna la sala de estar.
-¡Iban a violarme! -Sollozo tapándome el rostro humillada. -¡de no ser por el hombre que me trajo hasta aquí, lo hubiesen hecho!
-¡Hijos de puta! -Viborea pegando un brinco, escapando de la posición cómoda a mi lado y desplazándose de un rincón hacia otro furiosa. -Amiga., Charlie...
-No ocurrió... -Corto limpiando varias lágrimas, -El sujeto lo impidió.
-¡Voy a matarlos! -Advierte cegada por el justificado arrebato de impotencia. -¡Esa mugre, qué m****a se cree! ¡Iremos ahora a denunciarlos! -Resuelve buscando desenfrenada la cartera, -¡O mejor!, iré yo misma a meterles un tubo por el culo!
-Ámbar. -Digo adorando a mi materialista amiga, ella que constantemente me cuida y protege. -Tranquila. Bien sabes que nada lograremos con denunciar algo que ni siquiera sucedió.
-¿Que ni siquiera sucedió? -Cuestiona mordaz. -¿Acaso viste tu rostro en el espejo? ¡Ni te percataste que no has dejado de temblar!
Suspiro mientras abandono el sillón y me aproximo a donde Reggins, transformada en una fiera embravecida se ubica parada: al punto justo de arrancarle los ojos a alguien.
-Me salvaron. -Concilio.
-Agradezco al individuo, pero no podemos permitir que semejantes escorias se salgan con la suya. -Objeta inquieta, perturbada.
-Necesito cambiar no sumergirme más en la m****a. -Confieso. -Ahondar sobre el tema no será beneficioso para mí.
-A qué... ¿A qué te refieres? -Curiosea frunciendo el ceño, cruzándose de brazos.
-A que es momento de que me ayudes tú. -Escupo cabizbaja. -Debo sacar a mi familia de éste lugar cuánto antes, pues nada bueno nos ofrece el vecindario., Liam quiere vender drogas para proveernos dinero, mamá requiere de un tratamiento médico, y yo, asumir la realidad que me toca enfrentar.
-¡Joder! -Exclama ahogando jadeos. -¡Creo que me urge una cerveza! -Se sugiere encomendando los pasos hacia la cocina enorme, adornada de puros azulejos azules. -¿Te apetece té? Indudablemente hay que conversar y el alcohol será un gran aliado ésta noche.
Afirmo lentamente y ella desaparece, retornando minutos después con destreza a la sala, acompañada del licor rubio, amargo y detestable junto a una infusión de menta
-¡Ordené tortillas! -Chilla, -No te ofrezco cerveza Charlie...-Odio el alcohol. -Interrumpo mirando cada paso que da, desde el marco hacia el apartado de cojines frente a la estufa tenuemente encendida con leña.
-En algún momento un sorbo de buen vodka cariño, sabrá a solución de cualquier tristeza. -Contraataca empinándose la botella, y tendiéndome a mí, la taza humeante que me entibia las manos.
-En algún momento la vida me sonreirá, Ámbar. Y no necesitaré beber esa porquería para celebrarlo.
Sin esperar respuesta me aproximo a la mesilla donde un juego de té yace expectante, finamente decorado, y sirvo varios terrones de azúcar.
Azúcar moreno.
¡Vaya ironía!
Coloco tres dentro del recipiente de cerámica y vuelco la vista al portaretrato que acompaña la sublime bandeja.
Rozo los dedos contra la madera brillante que lo enmarca y sonrío nostálgica.
-¡No creo que tengas ésta foto aquí., en plena sala! -Suelto inundada de buenos recuerdos. -¡Pobres de Joseph y Celeste, Ámbar! -Reprendo carcajeando, o queriendo reanudar el llanto, ya no lo sé. Evocar un pasado tan divino, tan perfecto y verme ahora envuelta en puras mierdas solamente genera desasosiego. -¡Dales un respiro mujer y deja de poner imágenes nuestras en un lugar tan paternal!
-¡Ay ricitos! -Refunfuña, -Es el mejor recuerdo que atesoro. ¡Llenaría la casa entera de esa fotografía! -B**e las pestañas contagiándose de los mismos sentimientos que me embargan y puntualiza, -Cuándo eramos normales. Cuándo llevábamos una vida feliz., sin preocupaciones, sin problemas, sin tanta mala sangre.
Trago saliva al percibir cierto matiz de angustia en la voz de mi mejor amiga y por fugaces instantes comprendo que la pantalla de Ámbar ha comenzado a resquebrajarse., efectivamente, la rutina ambiciosa que lleva... No es lo que desea.
Deslizo el pulgar sobre los dos rostros radiantes, juveniles y murmuro -Nunca se es tarde...
-¡No! -Exclama recobrando la compostura, desplomándose de manera estruendosa encima de los mullidos cojines, -No pretendas coger el rumbo equivocado de mis palabras.
-Pero...
-¡Pero nada! - Vocifera vehemente., aseverando que por el momento tendré que callarme la boca en cuánto a ese tema particular. ¡A fin de cuentas, muy propio de Reggins es tolerar, tolerar hasta el extremo y cuándo ya no soporte más., ahí sí acabar estallando cuál bomba nuclear! -Ven aquí., siéntate conmigo, bébete el asqueroso té., hablemos., pregunta lo que quieras y luego... ¡Comamos tortillas!
Ojeo rápidamente la foto hermosa y obedezco al pedido.
Acabo gustosa la infusión mentolada, exquisita, y con sumo cuidado termino acomodándome al mejor estilo indio, quedando de frente a la morena azucarada, quién me observa expectante.
-Bien... -Alude inquieta, -Adelante. Muero por escucharte.
Inhalo hondo, profundo y cuento hasta diez mentalmente.
-Qué son las... -Carraspeo incómoda, cohibida, avergonzada. -Tú y yo. ¿Qué somos tú y yo?
-Babies. -Dicta seria, sin una pizca de burla, diversión o sarcasmo. -Eso somos. Bebés., bebés o cachorras de azúcar.
Las pulsaciones se aceleran tras escuchar apelativos que no me gustan. ¡Cuánta lascivia esconden esas dos palabras!
-Mira amiga mía., -Comienza tomándome la mano, acariciándola cariñosa. -El cambio debe empezar por ti misma. Nada de lo que te diga ayudará sino. Entiendo que resulte impactante, pero así es el negocio. Así funciona ésto, y quién mejor que yo para aconsejarte.
-Lo sé. -Afirmo agachando la mirada. -Sólo que me cuesta asumirlo.
-Te comprendo. Pero debes ser fuerte. A partir de mañana tu vida dará un giro gigantesco. Todo lo que te rodea transmutará y tendrás la obligación de acompañar esa transición.
-¿Qué quieres decir? -Pregunto alzando la vista. Buceando en las retinas acarameladas intentando obtener respuestas por anticipado.
-Que el mundo es prejuicioso. Las personas de lengua ponzoñosa empezarán a destilar veneno, a hablar, a sacar conjeturas maliciosas, llenas de envidia. -Vacía el contenido de su botella y prosigue, -Porque así son ellos: envidiosos. Seres que nada ofrecen a éste mundo y que únicamente buscan mirar lo que hace el de al lado. Te envidiarán amiga, créeme que lo harán. Se preguntarán con desagrado cuál es el motivo de una nueva adquisición de vestimenta, mobiliario o si te compraste un carro nuevo. Se regocijarán en la maldad al verte saldar deudas que pensaron serían eternas, y les molestará visualizarte saliendo a flote. -Un pesado mutismo instalado corta el monólogo, sin embargo no lo interrumpo. Escasas ocasiones Reggins suele dirigirse a mí desde la madurez, y expresamente pretendo escucharla. -Correrán la bola mencionando mentiras, o quizá verdades acerca de ti. Y añorarán el instante preciso de tu caída para aproximarse, llevarse una tajada desazón y desaparecer. -La caricia conciliadora cesa y las uñas rojas de la morena se clavan en la carne de mis hombros. Las orbes felinas me fulminan y no puedo más que mirarlas hipnotizadas. -Eres demasiado inocente y pura para un mundo de m****a. Así que necesito que me jures lo siguiente: cerrar los oídos. Sé indiferente., ignora., congela tu corazón porque el daño permanece a la vuelta de la esquina esperando pulverizarte. El planeta es una jungla cariño., y el más fuerte, hijo de puta y dañino se devora al más inocente, y bueno. Prométeme procurar que tú serás siempre lo primero. Por tu familia, por mí, por si alguna vez el amor aparece delante tuyo, congela el corazón y sé lo primero. Ante la gente... Y ante David o cualquier hombre que posea intenciones distintas a las de una relación normal.
-Tengo... Tengo miedo. -Confieso procesando cada palabra suya. Cada letra que tomaré como reglamento inquebrantable.
-Sólo los cobardes no sienten miedo. -Espeta sonriente, -Pero aquí estaré yo apoyándote y sobre todo recordándote que no debes seguir mi camino -Arrugo el ceño confundida y ella se aclara la garganta buscando redondear la oración, -Éste es un medio para acceder al fin. No el fin concreto. Tu objetivo es titularte de abogada, lo deberás tener presente.
Asiento varias veces y casi exenta de matiz vocal empiezo a disipar una a una mis dudas.
-¿Hay contratos estipulados? ¿Deberé firmar? ¡Dios santo!, ¿qué clase de sujeto me aguardará mañana?
-Siempre. -Objeta tajante. -Hay un contrato de por medio el cuál firmar y si ese contrato no existe, mándalos al carajo.
-Qué, ¿qué estipulan? -Siento los labios resecos, al punto de resquebrajarse, no obstante los relamo ansiosa y observo a Ámbar anhelante de saber. Temerosa de que la curiosidad me juegue una mala pasada y termine arrepintiéndome.
-¡Uf Char! -Sisea rodando los ojos. -Pueden determinar un millón de cosas. Eso es algo a lo que te atendrás: leerás las pautas muy bien y establecerás las tuyas también.
-¡Pero millón de cosas como qué! -Chillo al borde del colapso.
-¡No sé! Desde utilizar cierto tipo de vestimenta en particular., comportarte como una niña pequeña o...
-¡¿O?!
-¡O ser una chica exclusiva! -Masculla, -Podrían hasta privarte el hablar con otros hombres. Salir sin pedir permiso, inclusive si accedes entregarles tu voluntad, ellos tendrían la potestad de hacer contigo lo que les plazca... -Traga saliva abatida de haber confesado algo semejante., aunque siendo honesta lo agradezco. Agradezco enormemente estar al tanto. -Es un precio muy alto a pagar ricitos. -Objeta apesadumbrada, -Pero claramente nadie da nada por caridad. No existe la bondad gratuita en éste negocio azucarado.
-Y piensas que David Henderson... ¿Me exigirá lo que describes? -Indago atormentada., imaginándome lo peor. Únicamente lo peor.
La noto levantarse de un brinco y chasquea la lengua contrariada -Ni idea. Conozco a David Henderson de verlo en algún que otro evento. -Declara sombría. -Y es tremendamente extraño que justo él., esté involucrado en las relaciones de mutuo beneficio.
-¿Qué quieres decir? -La ansiedad carcome poco a poco mis entrañas y el plan ya no me resulta tan atrayente. -¿A dónde vas?
-Quiero decir que debemos investigar un poco Charlotte Donnovan. -Trotando aumenta la distancia en dirección a su dormitorio y desde allí sentencia, -¡El laptop y G****e serán excelentes colegas! Aún resta la madrugada completa para sumergirnos en la vida del empresario que solicitó tus servicios.
NUEVE MESES DESPUÉSLos tibios rayos del me dan de lleno, mientras riego la maceta de tulipanes que tanto me ha costado hacer crecer. La compré hace unos dos meses, a un vendedor de plantines y flores cuando venía llegando a casa, tras realizar algunas diligencias.Era la flor favorita de mamá.Tener tulipanes aquí me ayudan a sentirla cerca, a nuestro lado, acompañándonos siempre.Sobreponerse no fue fácil, pero confieso desde lo más profundo de mi ser que después de lo ocurrido, su ausencia no me desgarra por dentro como aquellos primeros días, incluso semanas. He ido acostumbrándome a no verla, a no oírla y a no tocarla. Y pese a que la extraño muchísimo su partida ya no me hiere como al principio.Hace ocho meses que nos mudamos. Mis hermanos y yo nos alejamos de Seattle y de Washington, y vinimos a probar suerte en la mágica Nueva York. Contraté el servicio de un agente de bienes raíces y vendí las propiedades que estaban a mi nombre. La gran casa estilo mediterránea, el lugar dó
Han pasado dos días; cuarenta y ocho horas; dos mil ochoscientos ochenta minutos, pero para mí es como si hubiera pasado una eternidad desde que de mi vida, se fueron personas que amaba con el alma.Todavía no he podido llorarlas; no he querido hacerlo.Mis lágrimas no han vuelto a caer y a ellas las sustituyó un profundo dolor que me quema el pecho, que me acompañará por años y con el cuál tendré que aprender a convivir por el resto de mis días.Pasó tanto en tan poquito tiempo, que ni siquiera alcanzo a procesarlo todo.Cuando pienso en que mi madre murió, siento desconsuelo. Un enorme desconsuelo, porque ella sí se despidió de mí y yo no quise darme cuenta. Ignoré el pálpito de que algo no andaba bien y entonces, como el soplo de una brisa la muerte se la llevó. Sin rodeos ni preámbulos. Sin sufrimientos. Sin agonía. Su corazón sencillamente dejó de funcionar. Estaba tan débil, que pasó lo que sus médicos le advirtieron iba a pasar. Al menos eso fue lo que me explicaron, cuando lue
Mis ojos amenazan con cerrarse, pero mi yo interior se rehúsa a enfrentar con cobardía lo que será una penosa masacre. Aunque no estoy lista para ver a un demente ejecutar personas a sangre fría, me convenzo de hacer frente a mis últimos suspiros. Si esta va a ser mi forma de morir, que al menos sea viendo a los ojos al hombre del que estoy enamorada.—Nicolas, vas a hacerme los honores —Rafael, pisando fuerte se le acerca. Dos de sus matones lo levantan del piso y baldean su cuerpo con agua helada.Estremeciéndose se endereza, y veo cómo el agua mezclándose con la sangre de su rostro se escurren por su piel. Sus ojos verdes y amarronados, ahora enrojecidos se abren con desmesura, su pecho sube y baja embravecido y como loco empieza a negar con la cabeza.Trago saliva con dificultad, al darme cuenta que la idea del dealer es que él apunte y él dispare.De eso se trata, ¿no? Un "juego" suicida en dónde el azar y la suerte cumplen un rol importante si de evitar recibir un tiro en la si
«Vamos Charlotte, eres fuerte; eres valiente; eres grandiosa. Sólo abre los malditos ojos»No estoy dormida, pero tampoco estoy despierta. Me mantengo en el limbo del aturdimiento físico y mental. Mi cerebro me ordena algo pero mi cuerpo no obedece, no reacciona.A la distancia escucho el eco de voces. Creo que son discusiones y hasta gritos pero ni eso me orilla a abrir los ojos.Mi subconsciente me suplica que vuelva en sí, y me repite incontables veces que soy una chica fuerte, pero es que ni siquiera mi fortaleza colabora conmigo en este preciso instante.El dolor que aún dentro de mi estado de parálisis, siento, es indescriptible y tal vez sea por ello y por el miedo a lo que pueda pasarme cuando caiga cien por ciento en la realidad, que no respondo.Mi cerebro vaga en la inmensidad de mi ser, mientras que mi cuerpo sufre el daño del terror, de algunos golpes y de la incertidumbre. Estamos desconectados y supongo que lo prefiero así. Quizá suene a cobardía pero no estoy lista par
Giro en la cama, abro los ojos y arrugo el ceño de inmediato. Trato de humedecer mis labios con saliva pero tengo la garganta seca. Y mi cabeza... Mi cabeza va a explotar.Suelto un quejido bajo, saco el brazo de Nico de mi abdomen y vuelvo a quejarme. Mis sienes laten y toda mi cabeza parece haber sido golpeada con un ladrillo.Necesito un buen vaso de agua y una pastilla para quitarme esta maldita jaqueca.Miro a mi costado. De lado, con su precioso y tranquilo rostro frente a mis ojos está Nicolas. Duerme profundo, destapado, y completamente desnudo. Así nos quedamos dormidos anoche: sin ropa y abrazados.Me muevo y con dificultad me levanto de la cama. Mi entorno tambalea cuando me pongo de pie. Oficialmente creo que estoy con resaca, sedienta y cansada.Doy un par de pasos y esbozo una mueca de ligera molestia e incomodidad. Cada músculo de mi cuerpo duele, principalmente mi entrepierna; mis muslos están como entumecidos.Despacio me acerco a la mesa y abro mi bolso. Busco ibupro
—No los abras aún —Nicolas me da un pellizcón en el brazo.—No los voy a abrir.Después de una larga caminata y una merienda, subimos a un taxi y a los diez minutos de viaje me obligó a cerrar los ojos.Estamos en camino a la última de sus tres sorpresas.No tengo ni idea de qué se trata pero el entusiasmo y la curiosidad me están matando. No paro de juguetear con el anillo que me regaló. Es un par de talles más grande que mi dedo, pero me encanta.El taxi frena y le habla en francés al chófer.Sin poder evitarlo mi piel se eriza, se me pone de gallina. Escucho la música desde el coche y sin bajar la ventanilla. Música de bar, pegadiza, vagamente conocida para mí.Y digo vagamente porque ya he escuchado la entonación, pese a que está siendo cantada en francés.—¡No puedo creer que me trajiste aquí! —exclamo extasiada.—Te dije que no abrieras los ojos —me reprende.—No los abrí pero tengo oídos por si no lo sabes —ironizo. —Quédate quieta —tal parece que abre su portezuela, pasan uno







