Se connecter*La compró por tres años.* *Ella nunca planeó desear para siempre.* Isabella firmó el contrato para salvar a su hermano. Tres años de obediencia. Tres años en su cama. Tres años fingiendo que no siente nada cuando el hombre más peligroso de Sicilia la toca. Se suponía que debía odiarlo. No se suponía que iba a necesitarlo. Entonces salen a la luz las mentiras. Su hermano la vendió primero. La esposa muerta de él sigue respirando. Y el hombre que siempre la ha deseado está dispuesto a destruirlos a ambos. Ahora, el único lugar adonde huir es directo a los brazos del monstruo al que nunca debió amar.
Voir plusCAPÍTULO UNO: EL CONTRATO**
**Punto de vista de Isabella**
La habitación olía a óxido, a dinero viejo, a whisky caro y a cigarrillos.
Intenté no respirar muy hondo. Intenté no pensar en por qué ese olor me resultaba tan familiar. Pero se me pegó al fondo de la garganta, espeso y metálico, y supe que me acompañaría mucho después de esa noche.
Me temblaban las manos a los costados. La única luz venía de una bombilla que se balanceaba del techo y proyectaba sombras que se movían contra las paredes como seres vivos.
Detrás de mí, mi hermano lloraba.
—Isabella, por favor. Por favor, no dejes que me maten.
La voz de Luca se quebraba en cada palabra. Estaba arrodillado en algún punto de la oscuridad, con las manos atadas a la espalda. Lo había visto cuando lo arrastraron adentro.
La sangre seca a lo largo de la mandíbula, la hinchazón alrededor del ojo, el modo en que todo su cuerpo temblaba como si algo se le hubiera soltado por dentro. Apenas lo reconocí.
El hombre del traje negro estaba de pie frente a mí. Se había presentado como Marco. No había sonreído ni una sola vez. Se limitaba a permanecer allí, con los brazos cruzados, mirándome como si yo fuera un problema que ya había resuelto.
—Tiene cinco minutos —dijo. Con voz plana. Aburrida. Como si la vida de mi hermano no estuviera en juego en absoluto.
Cinco minutos.
El corazón me latía tan fuerte que apenas oía otra cosa. Apreté las manos contra los muslos para tratar de calmarlas. No funcionó.
—Lorenzo Moretti le perdonará la vida a su hermano —continuó Marco—. A cambio, usted se convertirá en su esposa.
El nombre me golpeó como un viento helado.
*Lorenzo Moretti.*
Ya lo había oído antes. Todo el mundo lo había oído. El jefe del imperio Moretti. El hombre más temido de Sicilia. Un nombre que se susurraba en habitaciones oscuras y que jamás se pronunciaba en público.
Y yo tenía cinco minutos para decidir si me casaba con él o si veía cómo mataban a mi hermano delante de mis ojos.
Lo llamaban el diablo con traje a medida. ¿Cómo iba a pasar tres años atada a un desconocido al que apenas conocía?
Seguía pensando cuando el reloj siguió avanzando, más rápido de lo que debía, más rápido de lo que el tiempo tenía derecho a moverse.
Marco deslizó una pistola cargada por la mesa pulida. Se me encogió el estómago. Ya no quedaba tiempo suficiente para sopesar lo que me costaría cada opción.
Entonces arrastraron a Luca hasta la luz, con las manos aún atadas y la boca cubierta con una tira de tela blanca. Parecía que lo habían torturado durante días. Ya ni siquiera podía gritar.
Me abalancé hacia él. Un hombre se interpuso de inmediato en mi camino, con el arma ya alzándose hacia la mano de Luca.
—¡No! —Me tapé la boca con las manos, negando con la cabeza—. No pueden hacerle eso.
—Se acabó su tiempo, señorita Romano. —Marco apuntó con la pistola a la cabeza de Luca. Su dedo se posó cerca del gatillo. Se detuvo ahí, lo justo para que la habitación dejara de respirar conmigo.
Todo se volvió lento. El mundo se ladeó. No lograba pensar con claridad, ya no sentía mis propias manos.
Empezó a apretar el gatillo.
—¡Me casaré con él! —Las palabras me desgarraron la garganta con una energía que no sabía que me quedaba.
—Felicidades, princesa.
Una voz, fría, profunda, pausada, recorrió el pasillo como si fuera dueña del aire de la habitación.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba de rodillas hasta que me levanté a toda prisa y me volví hacia el sonido.
Entró despacio, como si el propio tiempo esperara a que él llegara. Sus pasos resonaron contra el mármol. Alto. De hombros anchos. Vestido con un traje que probablemente costaba más que la casa de mi familia.
Lorenzo Moretti era exactamente como decían las historias.
Como un hombre que jamás había perdido una pelea y había dejado de esperar que ocurriera.
Las rodillas me flaquearon. Me aferré al borde de la mesa para mantenerme en pie.
Se detuvo a pocos pasos y dejó que su mirada recorriera mi cuerpo: mi rostro, mis manos, el temblor que no podía ocultar. Me sentí desnuda, como si pudiera ver a través de mí cada miedo que intentaba enterrar.
—Bueno, princesa. —Su mirada era lo bastante afilada para cortar—. Creo que ya sabes quién soy. Nos saltaremos las presentaciones.
No dije nada. No estaba segura de que se me permitiera hablar. Me quedé allí, esperando lo que viniera después.
Lorenzo miró a Marco, que sacó una carpeta gruesa que parecía haber estado esperando ese momento exacto. La dejó sobre la mesa junto a una pluma, inclinó levemente la cabeza y salió de la habitación sin decir palabra.
El silencio se instaló tras él, más pesado de lo que jamás había sido la pistola.
—¿De verdad tengo que firmar el contrato? —pregunté, con la voz más pequeña de lo que habría querido.
Lorenzo no respondió de inmediato. En cambio, tomó la pluma y la hizo girar una vez entre los dedos, sin prisa, como un hombre que ya sabe cómo terminará todo.
—No *tienes* sin hacer nada, señorita Romano. —Su voz bajó, más grave y más callada, de algún modo peor que si hubiera gritado—. Ya aceptaste. Esto… —golpeó la carpeta una vez— …es solo para que ninguno de los dos pueda fingir lo contrario más adelante.
Mis ojos se desviaron hacia Luca. Dos hombres ya lo habían arrastrado de vuelta a las sombras, pero aún podía oír su respiración: entrecortada, húmeda, viva.
—Quedará libre en el instante en que firmes —dijo Lorenzo—. Ni antes. Ni después.
Mi mano encontró la pluma antes de que mi mente lo advirtiera. El metal estaba frío. Más frío aún en el lugar donde habían estado sus dedos.
—Tres años —dije. No era una pregunta. Necesitaba oírselo decir. Necesitaba que fuera real.
—Tres años como mi esposa. —Me observó como observa un hombre una tormenta de la que no teme escapar—. Lo que ocurra después depende por completo de lo bien que aprendas a comportarte.
Apoyé la pluma sobre el papel. Me temblaba tanto la mano que la primera letra salió torcida.
—Fírmalo, Isabella. —Más suave ahora. Casi amable. Lo cual, de algún modo, me asustó más que todo lo que había dicho antes.
Firmé.
En cuanto la pluma se despegó de la página, Lorenzo extendió la mano y me rodeó la muñeca. No con fuerza, pero sí de forma definitiva, como se cierra una puerta cuando no queda manija del otro lado.
—Buena chica. —Su pulgar presiona una vez contra mi pulso, justo donde latía más rápido—. Ahora que eres mía, hablemos de lo que espero realmente de una esposa.
Detrás de mí oí cómo cortaban las ataduras de Luca, oí cómo jadeaba mi nombre.
Pero Lorenzo no me había soltado la muñeca.
Y, de algún modo, ya lo sabía: los cinco minutos que acababa de sobrevivir no eran nada comparados con los tres años en los que acababa de entrar.
CAPÍTULO SEIS: SU HABITACIÓN****Punto de vista de Isabella**Durante un largo momento, ninguno de los dos se movió.La luna se había desplazado mientras yo permanecía allí, y su luz pálida cortaba el rostro de Lorenzo en un ángulo que lo hacía parecer tallado en algo más antiguo que la carne. Su mano seguía en el marco de la puerta, los nudillos blancos contra la madera.—Dámelo.No era una orden. Eso era lo que me asustaba. Cada mandato que me había dado venía envuelto en certeza, y este salió quebrado por la mitad.Debí entregárselo. En cambio, mis dedos se apretaron con más fuerza alrededor de la fotografía.—¿Quién es ella?Algo oscuro y veloz se movió detrás de sus ojos. Cruzó la habitación en tres zancadas, y yo retrocedí tropezando hasta que el borde del tocador se me clavó en la espalda. Los frascos de perfume tintinearon detrás de mí. Me quitó la fotografía de la mano sin tocar mi piel, la dejó boca abajo sobre el cristal y se volvió hacia mí con una quietud que me erizó cad
CAPÍTULO CINCO: LA HABITACIÓN CERRADA****Punto de vista de Isabella**Caminé hasta que las piernas dejaron de temblarme, con el pulso todavía zumbándome en los oídos y aquel único vistazo de dolor crudo en su rostro grabado en mí más hondo que cualquier amenaza que hubiera hecho esa mañana.*Sal de aquí.* No *vete.* Ni siquiera con mi nombre pegado a la frase. Solo esas palabras, escupidas como algo que se rompe de golpe.Acabé en el jardín sin recordar haber decidido ir allí, con la grava mordiéndome las suelas finas de los zapatos y el aire de la mañana incapaz de enfriar lo que se me había alojado bajo las costillas.Existió una mujer antes que yo. Una mujer que él aún no podía oír mencionar sin desmoronarse. Y nadie en aquella casa parecía dispuesto a decirme quién era.Beatrice me encontró una hora después, apoyada contra la balaustrada de piedra, como si hubiera estado esperando justo ese momento.—Estás pálida —dijo, estudiándome con la misma crueldad evaluadora que había most
CAPÍTULO CUATRO: LAS REGLAS DE ESTA CASA****Punto de vista de Isabella**La mañana llegó sin piedad.No había dormido. Me había quedado sentada contra aquella pared hasta que el fuego se redujo a brasas, y luego me había arrastrado hasta la cama porque una parte terca de mí se negaba a que una criada me encontrara hecha un ovillo en el suelo, como algo roto.Cuando el sol se coló entre las cortinas, tenía los ojos en carne viva y el cuerpo entero dolorido, con ese agotamiento particular de una noche pasada discutiendo conmigo misma y perdiendo.A los pies de la cama había un vestido extendido. No era mío. Nunca sería mío, al parecer, ya no. Seda verde oscuro, sencillo, caro de esa manera discreta que indicaba que alguien lo había elegido específicamente para mí.Encima había una nota doblada: *Póntelo. Te espero en el despacho. A las nueve. Esta vez, no me pongas a prueba.*Me lo puse. Me dije que era por practicidad, porque no tenía nada más, y traté de no notar lo bien que me queda
CAPÍTULO TRES: LO QUE COMPRÓ****Punto de vista de Isabella**Su mano se deslizó hasta mi nuca, y cada argumento que había estado construyendo contra él se derrumbó bajo la primera presión firme de sus dedos en mi cabello. Cálida. Posesiva. Esa clase de contacto que no pide permiso, sino que reclama el derecho a tenerlo.Abrí la boca para protestar, para recordarle que aquello no formaba parte de ningún contrato que yo hubiera leído, pero no me salió ningún sonido. A mis espaldas, la chimenea crepitó más fuerte y esparció una luz dorada por la habitación, por los ángulos afilados de su rostro, por la calma aterradora de sus ojos. Esa calma era lo más peligroso de él. Decía que ya sabía cómo terminaría todo.—¿Por qué tiemblas, princesa? —dijo en voz baja. Cruel.—Solo tengo frío —respondí.—No es verdad. —Su pulgar recorrió la curva de mi mandíbula, sin prisa, deliberado, como si tuviera toda la noche y pensara gastar cada segundo aprendiendo los lugares que me desestabilizaban. La ye












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