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CAPITULO SIETE

last update Data de publicação: 2026-08-24 06:47:36

Asiento sin pensármelo dos veces y aunque no lo conozco., aunque sé que no debo aceptar nada de desconocidos, ese hombre me ayudó., el misterioso sujeto apareció para impedir quién sabe cuánta atrocidad y por ello me aferro a su mano como si de un salvavidas se tratara.

Mis pantalones se ensuciaron producto de la caída y las rodillas han comenzado a dolerme., no obstante la seguridad que los dedos cálidos proporcionan influyen a olvidar breves segundos el mal momento atravesado.

—Eso es. —Sisea poniéndose de pie, y poniéndome de pie a mí también, sin recurrir a algún esfuerzo. —Dime, ¿te hicieron daño? —Pregunta lúgubre, adoptando un matiz vocal tan bajo que genera precaución., cierto grado de terror.

Evito mirarle y niego. Cabizbaja evitando las retinas de todos los hombres alrededor niego casi demencial no una, ni dos, ni tres, sino varias veces. Ocasiones seguidas enfocando las orbes al suelo y permitiéndole a la impotencia inundarme íntegra.

¡Estuve a punto de ser violada! ¡Humillada, menospreciada y me odio! ¡Los odio tanto a ellos, que por el simple hecho de ser hombres creen poseer la autoridad, el designio divino de obrar como les venga en gana para con una mujer!

Muerdo los labios rabiosa y atino a coger el bolso entre mis brazos. Me acurruco en el recoveco que la cartera y dos extremidades afligidas proveen y deseo que cada instante vivido sea solamente una tétrica pesadilla.

—¡Escúchame bien jodido cabrón!, —Le oigo tronar sin consentir réplica o contradictoria ninguna. —Como vuelvas a meterte con una mujer, no te quedará un puto hueso sano. ¿Te quedó claro?

Trago saliva agitada a causa de la orden siniestra que apabulla, seguramente mucho más que golpes o puñetazos, y alzo lentamente la vista en dirección al rescatista que gracias a ágiles zancadas permanece frente al asqueroso James tomándole de la camiseta amenazante.

De espaldas aún bajo la casi nula iluminación puedo distinguir que su altura es imponente, altísimo indudablemente y lo agradezco.

Detesto depender de otra persona pero ésta ocasión hasta mis alabanzas merece el extraño. 

—Pero Ni...

—¡Pero un carajo! —Exclama lanzándolo de un certero envión contra el asfalto. Interrumpiendo justificaciones mediocres, y evidenciando quizá, que también lo conozca. —Ya te dije., no repito las advertencias. —Vuelve a posicionarse de cuclillas y observo en primerísima fila lo amedrentadora que luce la escena: los otros tres cerdos acobardados mirando pasmados cómo el fulano cretino, desgraciado yace humillado, minimizado en el piso mientras que un sujeto el doble de corpulento está al borde de tirársele encima. —Tú o cualquiera de éstos gilipollas aborda a una señorita, señor, o puto extraterrestre y te rompo las manos, las piernas y el cuello con mucho gusto. ¿Entendiste?

Los escalofríos me recorren de arriba hacia abajo al escuchar aquello. Efectivamente por las ojeadas asustadas comprenden que el defensor de señoritas no miente, no avisa en vano.

Y así mismo dicen... Que quién avisa no traiciona.

—Sí. —Escupe entre musitas el cobarde que diez minutos atrás se comía el planeta entero jactándose de macho dominante.

—Fascinante. —Objeta jalándolo del cabello. Cediéndome a mí la observación y detalle puro de las facciones del repulsivo individuo. —Ahora bastardo, —anuncia empujándolo a donde me encuentro estática, parada, ansiando correr pero carente de estímulos nerviosos que admitan llevarlo a cabo la acción. —de rodillas le vas a pedir perdón a ésta chica.

—Ni...

—No vayas siquiera a osar decir mi nombre escoria asquerosa. —Corta sereno, taconeando impaciente. —Estoy esperando.

Las retinas atestadas de odio dan de lleno contra mi rostro y tiemblo de ira.

—Discúlpame. —Masculla sin sentirlo., tan arrastrado e inferior obedeciendo la orden por miedo.

No. No. —Niega él ronco., siendo elocuente que se conocen entre ellos. —Por favor perdóname... —Noto el silencio breve instalado en el callejón y la voz fría adopta cierto matiz amable, —¿Cómo te llamas?

—Char-Charlotte. —Balbuceo.

—Bien., ¿oíste James? —Viborea jaloneándole con mayor intensidad el cabello que lleva atado en una coleta desgarbada y de la que recién ahora logro percatarme. —Por favor., perdóname Charlotte. No se volverá a repetir. —Inclinándose hacia abajo levemente añade, —Porque si lo vuelves a hacer., te quedarás sin testículos, sin coca, y sin dedos.

Reprimiendo el menester de desquitarse conmigo., con el casto público de abusivos oficiando de testigos, el encargado de iniciar el abordaje desesperante repite al pie de la letra lo ordenado.

—¡Excelente! —Felicita el enigmático hombre arreglándose lo que supone ser un blazer., pasando al lado del atemorizado desgraciado y deteniéndose a mi altura. —Ven conmigo., —objeta extremadamente amable., entendiendo que la situación atravesada fue sino una reverenda porquería, —éste no es un lugar adecuado para señoritas y menos a semejantes horas.

Mirando de soslayo a los cuatro cerdos asiento y sigo los pasos del desconocido.

La luz de una acera paralela a los callejones choca fuerte contra mis ojos y decido achinarlos producto del impacto.

Detengo el andar inmediatamente y él, unas zancadas adelantado percibe el cese de mi avance.

Da media vuelta otorgándole finalmente un rostro al caballero que me ha salvado.

De facciones duras, y serio, totalmente serio aunque se muestre ameno. Lleva el acaramelado cabello corto. Muy corto, casi al raz lo que le da un ligero toque de peligro al afilado perfil.

No sonríe, y desde la altura impresionante únicamente limita a la labor de observarme precavido, a analizarme de la misma manera que yo con él.

Va vestido tan informal como he de verme. Sólo que siendo sincera sus prendas gritan dinero por doquier. <<Colosal diferencia con las mías.>>

Y sus ojos., enormes faroles entre caobas y verdosos me escudriñan con lástima. Tremenda pena sumado al desagrado de que una chica camine sola bajo la noche tétrica de la periferia de Washington.

—¿A dónde ibas? —Indaga después de varios minutos de análisis exhaustivo. —¿Y por qué la loca idea de cruzar esas aceras aún conociendo el peligro que podría abordarte?

Estrujo las manos nerviosa contra la cartera. Arrugo la tela gruesa buscando descargar frustración y el deseo inmaculado de llorar.

—Nunca había sucedido algo así. —Confieso vulnerada. —Me dirigía al hogar de mi mejor amiga, dos cuadras adelante., siempre transito de noche y jamás atravesé situación semejante.

Jamás lo atraviesas... Hasta que el destino te sorprende. —Reflexiona severo. Ojeándome de pies a cabeza. —Y aquellos sujetos, no pretendían absolutamente nada bueno contigo. —Chasquea la lengua reconociendo la obviedad mencionada, gira retomando la dirección establecida al estacionamiento permitido y añade., —Créeme cuándo te digo que nada bueno pretendían. Ni siquiera dejarte viva.

Frunzo el ceño con el terror colándoseme por los poros y bajo el impulso le sigo despaciosa, desconfianda puesto que si frecuenta ese tipo de gente., tampoco debo andarme a ciegas.

Agradecerle sí., infinitamente. Pero confiar., ni de broma.

Gracias. —Murmuro deteniéndome secamente. Decidida a cortar de tajo ésto, despedirme de forma cordial del íntimidante, amable, serio, extraño y llamar a Ámbar para que venga por mí.

—¿Gracias? —Cuestiona ladeando la cabeza y ojeándome inmutable. —De ninguna manera. Tengo el automóvil allí, —Resuelve señalando un deportivo blanco, aparcado en solitario y del que se asegura quitar la alarma. —muy descortés sería de mi parte no llevarte al hogar de tu amiga. —Sentencia cruzando la acera e ingresando a la zona marcada apta de estacionar vehículos.

—No es necesario. —Exclamo alto. Repitiéndome mentalmente que no subir a coches de extraños resulta la primera norma impuesta por Sam.

<<Aunque... Dentro de unas horas romperé la mayor parte de las normas impuestas por Sam.>>

—Acaso... —Bufa rodando los ojos, inspirando hondo y tal vez rezando no perder la paciencia como le sucedió con el fulano James. —¿Eres consciente de lo que podrían haberte hecho esos hijos de puta? ¿Sabes al riesgo que te expusiste por pecar de valiente? —Endureciendo las facciones abre la portezuela del copiloto instándome a subir. —No soy un caballero., ni un rescatista., o un jodido príncipe que ayuda damiselas. —Escupe gélido. Orillándome abrir los ojos anonadada a causa de su escabrosa sinceridad. —Simplemente fui un sujeto que te ayudó. Y tuviste suerte, porque como llegué yo., pudo no haber llegado nadie. Así que no busco tu confianza o agradecimiento. Únicamente pretendo irme a dormir ésta noche tranquilo de que al menos una vez en la vida logré auxiliar a alguien.

Bato las pestañas estupefacta. Acorto la lejanía que me separa del moderno coche y acabo acomodándome en el asiento del acompañante.

El interior del vehículo clama elegancia, y el aroma a cuero mezclado con cítricos inunda el ambiente.

Observo fugazmente los recovecos de la parte delantera afirmando que las colillas de cigarrillos regadas en un cenicero evidencian al conductor como fiel amante del tabaco.

Reprimo muecas de desagrado y repulsión. No me gusta el tabaco, el alcohol o las drogas.

Las odio a todas por igual.

—¿Fumas? —Sisea pillándome al acto justo de curioseo mientras enciende el potente motor.

—No. —Respondo evitando mirarle. Escudriñando de reojo su perfil sereno, dispuesto a dirigirse en la dirección encomendada.

—Eso está bien. —Murmura jugando con la palanca de cambios. Observando el espejo retrovisor para abandonar la zona de estacionamiento. —Dijiste dos aceras, ¿cierto?

—Sí. —Espeto simplemente.

—No dejes que mi semblante te cohíba. —Objeta tomándome por sorpresa la diversión que le surca la voz. —Lamento lo que te sucedió.

—No te preocupes. —Musito analizándolo todo a través de la ventanilla. —Creo que ya me acostumbré.

—A que quieran... ¿Sobrepasarse? —Pregunta desorientado.

—A que constantemente me ofendan., menosprecien, y humillen ante el simple hecho de ser una chica. —Replico reconociéndome extremista, pero que siendo realista es la mera sensación que cada sujeto inmundo delante mío brinda cuándo lejos de piropear, mancilla mi femineidad.

Suelta bufidos asombrados y sonríe. Por primera vez le veo sonreír.

—Tal parece que sueles toparte con idiotas entonces.

—Quizá. —Sugiero encogiéndome de hombros

La escasa velocidad empleada permite varios segundos de conversación que el castaño aprovecha —Los... ¿Denunciarás? —Interroga ronco.

—Les... ¿Conoces? —Pregunto con retórica.

Lamentablemente... Sí. —Recita estrujando el volante.

Me cruzo de brazos ansiando culminar el nefasto trayecto que acarreó todo tipo de emociones. Ya no busco ahondar más en el tema, expresamente necesito hacer de cuenta que jamás existió éste interludio de auténtica m****a y pensar en lo verdaderamente importante... David Henderson.

—No denunciaré. —Confieso dándole la respuesta a su interrogatorio curioso.

El automóvil frena de repente y las retinas enormes, caobas, brillantes fulminan recriminándome la decisión.

—¡Y porqué m****a no lo harás! —Viborea indignado.

—Porque como estudiante de leyes... La acción aberrante no se llevó a cabo. Y si no hubo violación., el intento de ultraje de nada sirve.

Noto la fachada del hogar Reggins vislumbrarse e indico con el dedo índice el fin del viaje.

—Es... Una acotación inteligente. —Dice repentinamente asombrado a causa del dato.

—Pasaría más horas yo declarando que ellos detenidos. Sería más estresante para mí revivir la miseria que para ellos negar las acusaciones. Desestimarían inclusive un solo testigo porque de manera cruda eran mayoría.

—Tenían posesión de drogas y alcohol.

—Estamos en el año dosmildieciocho. —Corrijo serena, con una convicción escalofriante y los pies sobre la tierra bien plantados. —El consumo de drogas ya no es tabú, no es crimen, ni delito. El narcotráfico sí. Caerte de embriaguez junto a tus amigos en una esquina tampoco resulta un acto repudiable. Y yo por el simple hecho de ser minoría y... Una chica., saldría perdiendo. Bienvenido al mundo en que vivimos. —Quito el seguro a la portezuela y a través del mutismo instalado la abro de par en par. —Aunque no desees mi agradecimiento lo mereces.

—No tienes porqué. —Asevera afectado por mis palabras. Observando atentamente cada movimiento que oficio al salir del automóvil.

Me salvaste.

—Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo si hubiese podido. —Confiesa desinteresado, adoptando la posición de mirar al frente.

—Quizá sí o quizá no. —Abandono completamente el vehículo y antes de marchar al porche de Ámbar, aseverando que no volveré a visualizar otra vez a ese enigmático hombre cuestiono —¿Serías tan amable de decirme tu nombre?

Carcajea burlesco a modo de contestación y sus orbes me taladran sarcásticas —¿A qué fin deseas saberlo si no nos veremos las caras nunca más?

Efectivamente., es un gran arrogante.

—Con el propósito de la cordialidad y gratitud. —Declaro seria.

Alza una ceja desencajado y dispuesto a acelerar, la sonrisa masculina se ensancha —Nicolas. —Exclama orgulloso. —Nick., o Niko.

Entonces gracias Niko. —Recito utilizando de los tres motes, el que más le asemeja a lo que representa. Un apodo corto, pero fuerte. De pocas letras pero intenso. —Infinitamente gracias.

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