FAZER LOGIN<<Varita mágica.
Que la suerte me ha tocado con una varita mágica.>>Muerdo la cara interna de mi borde inferior y reprimo insultos hacia la conclusión ridícula e incoherente, que escuché de la morena.
Simplemente callo y me repito cuánto necesito sus abrazos., sus consejos, y sobre todo oír. Poner especial atención a lo que en primera instancia y cuestión de horas atrás aborrecí, para llevar a cabo de la mejor manera posible tal encuentro.
—Por favor. —Musito avergonzada., —No continúes.
—¡Ya se me olvidaba que hablo con mi mejor amiga la monja Charlotte! —Refunfuña ese matiz suyo, dónde no distingo el límite establecido entre la ironía y la diversión. —¡Te estaré esperando! ¡Gracias a Dios bendito Carlo accedió a mandar a mis padres lejos un par de semanas! —Le noto enmudecer varios segundos que me permiten fruncir el ceño asqueada. Planteándome con convicción que si acepto la misteriosa propuesta de David Henderson ni de broma abusaré de su poder monetario. Únicamente negociaremos lo justo y necesario. ¡Me niego a contagiarme de Ámbar!
—Entonces si aguardas por mí, buscaré un suéter y salgo enseguida. —Corto tajante, añorando cesar bajo cualquier método las infidencias del que hasta hoy creía su joven y apuesto novio mediterráneo. Uno al que jamás conocí en todos estos meses que lleva de materialista relación, y del que menos imaginaba, sería un daddy azucarado.
—¿No prefieres que vaya, Charlie? —Pregunta cambiando rápidamente el rumbo de la conversación., obviando las retóricas del Daddy azucarado y preocupándose por mi bienestar tras unas pocas aceras que deberé recorrer. —¡Ya ha oscurecido!, podría ser peligroso que camines sola en una avenida tan oscura. —Puntualiza inquieta.
Esbozo una mueca de suficiencia mientras abro mi precario clóset buscando el ligero abrigo deportivo color gris, que fue posesión de Liam durante largos años.
¡Tantos salarios, jornales, vacaciones llevo sin percibir dinero extra con el cuál adquirir alguna que otra prenda! ¡Consume tanto la mantención del hogar familiar, que las doce horas diarias de mesera en la cafetería contigua a la universidad, a duras penas cubren el gasto de luz, alquiler y putas deudas a prestamistas bancarios, con los que mi difunto padre se encargó de hipotecar la casa de una sola planta!
Me he acostumbrado a utilizar la indumentaria desgastada, masculina de mis hermanos, (por lo menos de la abrigo)., pues ni siquiera las propinas que recibo brindan la posibilidad de invertir en un ropaje color coral, entallado y que muy de moda se encuentra ahora.
Respiro profundamente.
Si logro dejarles el pan cada mañana, el tazón de tibia leche, y los vegetales a Sam para preparar la tediosa sopa de pollo, cualquier sacrificio vale la pena, todo vale la pena y es un honor rezagar mi juventud dándoles incluso hasta lo que respiro a mis grandes e infinitos amores.
Parpadeo tragándome la creciente angustia que el cúmulo de sensaciones amargas provoca, y borro la tortuosa pregunta que a diario termina vanagloriándose por mi mente, sombría, siniestra y aumentando el deseo de lanzarme bajo un automóvil.
¿Qué haría si un día cualquiera ya no tuviese al lado a los renacuajos? Si no oyese los chistes malos de Liam., observara a Christopher pintar y dibujar bocetos de flores silvestres, algún pajarito libre de cargas o el atardecer., e incluso comprendo lo difícil que se me haría la rutina si no pudiese apreciar la melodiosa voz de Alexandra interpretando cada canción de Disney.
—Definitivamente no, Ámbar. —Espeto destrozando el júbilo mental de tormento, tras imaginar hechos a los que me niego atravesar. —No te inquietes por mí., sé caminar sola bajo la oscuridad. No olvides que lo hago generalmente al terminar el turno. —Quito el abrigo deportivo del armario, lo estiro sobre la cama y sentencio, —Tranquila. Nos vemos dentro de unos minutos.
Sin permitirle mediar otra frase corto la comunicación y cojo la cartera enorme donde guardo, no sólo el apartado destinado para la universidad sino también el uniforme del empleo, y ahora, mi cepillo de dientes, el pijamas de dos piezas con estampados leoninos y el cargador del teléfono móvil.
Suspiro profundamente mientras me coloco el holgado suéter, y dando la vuelta analizo la imagen que devuelve el espejo. Ese cristal tan desgastado, como todo lo que rodea mi existencia. El mismo que denota la panorámica de una preciosa chica de diecinueve años, inundada de pena.
Poseedora de la más envidiable melena dorada pero que nada resalta en el conjunto de ojeras marcadas, un perfil pálido y las retinas apagadas, sumamente tristes.
<<¡Pensar lo que representaba dos años atrás! ¡Lo que éramos los Donnovan dos años atrás!>>
—¡Ay Papito si supieras! —Bufo negando repetidas ocasiones.
Apago el interruptor de la luz, ahorrando al máximo posible lo que acarree consumo excesivo de electricidad. Me cercioro de dejar la habitación en orden y satisfecha encamino el trajín hacia la cocina donde mamá lava los tazones.
—¿Ya te vas Charlie? —Pregunta de espaldas mientras pasa la esponja frenética por una cuchara.
—Sí mamá. Volveré mañana en la madrugada. —Declaro besándole fugazmente el hombro.
—¿Tan tarde hija? —Vuelve a cuestionar perpleja. Cesando momentáneamente la tarea.
—¡Tengo doble turno! —Espeto frotándole los brazos cariñosa. —Luego de la universidad iré directamente allí. Recibiré paga extra y es algo que venimos necesitando. Por lo menos para respirar tranquilas hasta el mes próximo.
¡A no ser que mañana mismo la rutina de una chica sacrificada cambie tétricamente y no requiera de labores como camarera!
<<¡No, no!>> Pienso, <<Desinteresada del desenlace, exigiré continuar con mis labores. Exigiré sentirme un tanto normal., tal vez mejor persona al regocijarme en que aunque negocie mi cuerpo, mantendré intacto el amor propio. Ese que pide incansablemente luchar., luchar por no caer en la fácil tentación del dinero sencillo.>>
—Linda no pongas esa cara... —Concilia Sam acariciándome la mejilla aprehensiva. —¿Sabes?, considero que podría buscar algún empleo de corto tiempo., ¡estaría ayudándote!, colaborando y...
—¡De ninguna manera! —Interrumpo ofendida expresamente oírle mencionarlo. —No lo harás. ¡Se me caerá la piel de las manos!, ¡trabajaré siete días a la semana., veinticuatro horas!, pero tú no saldrás de ésta casa.
Samantha agacha la mirada y no logro más que admirarla.
¡Sólo Dios comprende cuánto amo a mi madre! ¡Moriría de pena si llegase a faltarme mi amada progenitora!
—Pero Charlotte... —Implora., —estás en edad de salir con tus amigos., divertirte, disfrutar... ¡No es justo!
—Yo elegí ésto. —Contraataco decidida a hacerlo., a doblegarme por la señora Donnovan. Pretendiendo que reciba el tratamiento médico costoso y mejore. —Yo opté cuidarlos, yo quise tomar el cargo de papá.
Esboza fingidas muecas de algarabía a modo de contestación, limitándose a asentir. ¡La conozco tanto que sé, aguardará cruce el umbral de nuestra casa para largarse a llorar desconsoladamente!
—Prometo elaborarte una cena distinta mi hermosa rapunzel. —Nuevamente reanuda la tarea de lavar los tazones y yo me inundo de calidez al escucharle llamarme así., cuándo evoca a la deslumbrante princesa de cuentos fantasiosos relacionando mi larga cabellera dorada con la suya imponente, mística, mágica.
—No es necesario mamita linda. —Espeto concluyendo la conversación, y entornando la puerta principal. —Todos tus platillos serán siempre un manjar.
—¡Qué pésima actriz eres Charlotte! —Carcajea, —¡Tan idéntica a tu padre! ¡Tan honesta y noble que para no herirme miente!
—¡Lo soy! —Digo burlesca cruzando el marco, dispuesta a marchar.
—Anda con cuidado por favor. —Pide inquieta. —Avísame apenas llegues.
Asiento y cierro el roble desgastado tras de mí.
Froto las extremidades ante la ligera brisa fresca que me golpea de pies a cabeza. Evidentemente debería de haber elegido algo más abrigado. El clima cambiante en Washington, aún bajo el verano puede resultar cálido, o tan gélido como una noche de invierno.
—¡Santo cielo! —Murmuro encaminando los pasos hacia la acera oscura, precisamente dos, que me separan de la casa de Ámbar.
El trajín resulta apresurado pues la absoluta oscuridad de los callejones me agobia, me asfixia, parece que cayera al fondo de un precipio negro sin posibilidad de escape.
¡Odio la penumbra., el silencio de la noche y... Las pandillas.
—¡Mierda! —Escupo molesta., irritada al notar cuatro asquerosos sujetos reunidos entre botellas que no distingo, risas ebrias y humo de algún narcótico sobre la esquina donde inviablemente deberé pasar.
Acelero el andar deseando., rogándole a Dios no escuchar adjetivos ofensivos, o algún improperio. Inspiro hondo con el miedo atorado en la garganta y las distancias se acortan.
No reparo de analizar rostros, o siquiera mirar a los individuos dueños de la calle., solamente estrujo el asa de la cartera y continúo.
El aroma a marihuana inunda mis fosas nasales cuando sin otra opción atravieso la zona relampagueante de peligro, y es entonces que sucede... Que mi peor pesadilla se hace realidad.
—¡Pero qué perrita más hermosa! —Dice uno de ellos masticando las palabras., tal parece curtido de alcohol o drogas.
<<Por favor no. Ahora no. Ahora no.>> Repito mentalmente entre ruegos, frunciendo los labios al punto justo de transformarlos en una fina línea de trazo recto.
El corazón late desenfrenado y los pies insinúan negarse a la colaboración. Están tan nerviosos como yo, y eso enlentece la acción de correr, huir lejos de semejantes energúmenos que nada bueno auguran pretender.
—¡Una bebita espectacular caminando solita a éstas horas de la noche! —Sugiere otro largando risas macabras.
Todos acaban contagiándose de las carcajadas sombrías y el primero, quién tuvo la desfachatez de cortarme el trajín se interpone en mi camino rápidamente, bloqueándome la salida, el razonamiento y hasta la respiración.
—Necesito pasar. —Escupo inmutable, moviéndome de un lado a otro con intención de terminar la desesperante escena.
—¡Pasará, pasará... Pero el último la quedará!, —mofa el tipo tal vez cinco o seis años mayor, jalándome el brazo, sonriendo macabro. —¡Y qué va perrita! La última eres tú.
Las alertas de pánico empiezan a activarse inmediatamente y comienzo a retorcerme de las garras inmundas —¡Déjame! —Grito sin indicio de ser escuchada, —¡Suéltame!
—¡Tch! —Me silencia su compinche dándole sorbos a la botella de whisky barato, repulsivo, —¡No te pongas brava muñeca que linduras así son más apetecibles de boca cerrada! —Se acerca a mi rostro y exhala el aliento embargándome de aroma a rancio, a deseos de vomitar íntegra la sopa de pollo. —O de boca abierta pero dentro de mis pantalones.
—¡Púdrete hijo de puta! —Exclamo perdiendo los estribos, pataleando e intentando zafar.
—¿Y ésta zorrita sexy, James? —Pregunta el tercer integrante aproximándose lentamente, como si de un psicópata se tratase., variando feliz el recipiente envasado con el apellido de ese hombre que en éste momento odio., odio como a cada individuo del mundo entero: Henderson Wine. —Habrá que callarla de algún modo.
—¡Basta! —Aúllo propinándole una patada certera, bien direccionada al maldito que osa tocarme, —¡Auxilo! —Pido entre alaridos, removiéndome casi desquiciada, —¡Auxilio!
—¡Silencio putita! —Masculla en mi oído el que me mantiene apresada, enviándome infinitas oleadas de terror por todo el sistema. —Porque créeme., no te gustará que lo hagamos nosotros.
—¡Lo que me encanta de las fieras es que al final adiestrarlas resulta jodidamente placentero! —Sisea sádico, amedrentador quién recibió el golpe glorioso contra los cojones. —Pero preciosidad somos mayoría., y ni te imaginas las ganas que tenemos de disfrutar de una buena hembra.
Lágrimas calientes caen torrenciales por mi rostro junto al bolso desaparramado sobre el piso. Insisto en seguir forcejeando, aunque los hematomas me surquen los brazos mañana: si es que tengo un mañana.
Lucho incansablemente buscando que tan ebrios, mugrosos y drogados sujetos ni siquiera osen de romper el límite que las prendas desgastadas imponen.
Contrariamente, los ojos inyectados en algo más que marihuana evidencian que el puntapié no le ha hecho mella, que morbosamente se ve enzañado a profanar mi cuerpo. Cualquiera de ellos enzañado a profanar mi cuerpo.
—¡Uf! —Viborea gangoso el encargado a iniciar el juego tétrico de abordarme. —Aún luciendo ropas holgadas perrita, tu cuerpo de puta pide a gritos ser follada.
Bloqueo los oídos a causa de reiteradas ofensas y evito a toda costa seguir escuchándolos hablar, referirse a mí con tanta bajeza.
El corazón brinca desbocado y las sienes laten feroces. Estoy desesperada y no sé cómo actuar. Nadie me oye, nadie podrá darme una mano. Seré ultrajada, o quizá algo peor que eso, aquí mismo., a una cuadra de mi propia casa.
—Tienes un par de tetas deliciosas rubia. —Espeta sardónico el tal James tocándome, asquerosamente acunando parte de mi fisonomía entre sus dedos. —Me divertiré mucho con ellas.
—¡Déjenme! —Imploro ahogada, rendida, vulnerada, vencida ante la supremacía de un hombre. —¡Por favor déjenme ir! ¡No diré nada lo juro!
—No, no zorrita. —Corta tajante, —No te irás., no hasta que terminemos contigo como se debe. —Comienza a desprenderse los botones del pantalón y tras el festejo de sus amigos viles, cretinos, imbéciles, alza mi mentón para que de una manera humillante mis ojos celestes impacten contra los suyos vacíos, dilatados, desencajados. —Ahora, —Ordena, —te vas a poner de rodillas perra y me la vas a chupar... ¿Oíste?
—¡No me toquen! —Chillo negada totalmente a semejante aberración, recurriendo a los últimos esfuerzos que unas cuerdas vocales agotadas permiten. —¡No quiero! ¡No quiero!
Las carcajadas grupales fuertes, estruendosas me obligan a rechinar los dientes finalmente doblegándome., tanto así que ni siquiera pongo atención a las chirriantes llantas frenando a pocos metros de donde permanezco inmóvil, simplemente entregándome, sirviéndome en bandeja a la escoria de la sociedad.
—¡Así son todas! —Escupe el cuarto desgraciado, —Simples sumisas.
—¡Perrita traviesa! —Objeta el mencionado James hincando los dedos en mi quijada y lamiéndome asquerosamente el lóbulo de la oreja. —Podemos ponerte en sintonía para que te sientas más... Cómoda. —la presión se torna dolorosa cuándo pretendo ladear la cabeza evitando el tedioso contacto, —Antonio, obliga a la puta ésta que inspire un poco de coca. ¡A ver si la domesticamos!
—¡Por favor no! —Ruego, sollozo, suplico, —¡No quiero drogas! ¡No quiero que me toquen!
Lloro sin interesarme consecuencia ninguna., rezo mentalmente a la salvación divina y el repugnante energúmeno harto de mis negativas acerca más de lo debido, mucho más de lo debido y de una forma que me hela la sangre —¡Importa una mier...
—Deberías aprender que cuándo una señorita dice no. —Interrumpen de manera tajante, frívola... Y masculina a mis espaldas. —El caballero se limita a cerrar la puta boca y no joder.
El silencio tenso instalado ocasiona que el agarre fuerte amaine y caiga de rodillas al suelo, siendo así que exclusivamente oigo las pisadas marcadas, seguras del salvador celestial cuyo timbre vocal denota furia, molestia y matices que jamás en toda la vida había escuchado.
Nadie menciona oración alguna., ninguno de los cerdos repulsivos parece tener de deseos de continuar la criminal tarea., y respiro, gracias a Dios y a él., al rescatista vuelvo a respirar.
—Hey. —Anuncia hincándose sobre sus talones delante mío, —Éste no es lugar apropiado para una chica hermosa. — Percibo la mano amigable que ofrece y alzo la vista temerosa, topándome de lleno con un rostro desconocido, aún dentro de la penumbra del callejón, las facciones del hombre joven, me resultan misteriosas. —Ven., vámonos de aquí, —dicta sereno, regio, temido aquel salvador y enigmático caballero. —porque sino, terminaré arrancándole las falanges una por una a quién se atrevió a ponerte los dedos encima.
NUEVE MESES DESPUÉSLos tibios rayos del me dan de lleno, mientras riego la maceta de tulipanes que tanto me ha costado hacer crecer. La compré hace unos dos meses, a un vendedor de plantines y flores cuando venía llegando a casa, tras realizar algunas diligencias.Era la flor favorita de mamá.Tener tulipanes aquí me ayudan a sentirla cerca, a nuestro lado, acompañándonos siempre.Sobreponerse no fue fácil, pero confieso desde lo más profundo de mi ser que después de lo ocurrido, su ausencia no me desgarra por dentro como aquellos primeros días, incluso semanas. He ido acostumbrándome a no verla, a no oírla y a no tocarla. Y pese a que la extraño muchísimo su partida ya no me hiere como al principio.Hace ocho meses que nos mudamos. Mis hermanos y yo nos alejamos de Seattle y de Washington, y vinimos a probar suerte en la mágica Nueva York. Contraté el servicio de un agente de bienes raíces y vendí las propiedades que estaban a mi nombre. La gran casa estilo mediterránea, el lugar dó
Han pasado dos días; cuarenta y ocho horas; dos mil ochoscientos ochenta minutos, pero para mí es como si hubiera pasado una eternidad desde que de mi vida, se fueron personas que amaba con el alma.Todavía no he podido llorarlas; no he querido hacerlo.Mis lágrimas no han vuelto a caer y a ellas las sustituyó un profundo dolor que me quema el pecho, que me acompañará por años y con el cuál tendré que aprender a convivir por el resto de mis días.Pasó tanto en tan poquito tiempo, que ni siquiera alcanzo a procesarlo todo.Cuando pienso en que mi madre murió, siento desconsuelo. Un enorme desconsuelo, porque ella sí se despidió de mí y yo no quise darme cuenta. Ignoré el pálpito de que algo no andaba bien y entonces, como el soplo de una brisa la muerte se la llevó. Sin rodeos ni preámbulos. Sin sufrimientos. Sin agonía. Su corazón sencillamente dejó de funcionar. Estaba tan débil, que pasó lo que sus médicos le advirtieron iba a pasar. Al menos eso fue lo que me explicaron, cuando lue
Mis ojos amenazan con cerrarse, pero mi yo interior se rehúsa a enfrentar con cobardía lo que será una penosa masacre. Aunque no estoy lista para ver a un demente ejecutar personas a sangre fría, me convenzo de hacer frente a mis últimos suspiros. Si esta va a ser mi forma de morir, que al menos sea viendo a los ojos al hombre del que estoy enamorada.—Nicolas, vas a hacerme los honores —Rafael, pisando fuerte se le acerca. Dos de sus matones lo levantan del piso y baldean su cuerpo con agua helada.Estremeciéndose se endereza, y veo cómo el agua mezclándose con la sangre de su rostro se escurren por su piel. Sus ojos verdes y amarronados, ahora enrojecidos se abren con desmesura, su pecho sube y baja embravecido y como loco empieza a negar con la cabeza.Trago saliva con dificultad, al darme cuenta que la idea del dealer es que él apunte y él dispare.De eso se trata, ¿no? Un "juego" suicida en dónde el azar y la suerte cumplen un rol importante si de evitar recibir un tiro en la si
«Vamos Charlotte, eres fuerte; eres valiente; eres grandiosa. Sólo abre los malditos ojos»No estoy dormida, pero tampoco estoy despierta. Me mantengo en el limbo del aturdimiento físico y mental. Mi cerebro me ordena algo pero mi cuerpo no obedece, no reacciona.A la distancia escucho el eco de voces. Creo que son discusiones y hasta gritos pero ni eso me orilla a abrir los ojos.Mi subconsciente me suplica que vuelva en sí, y me repite incontables veces que soy una chica fuerte, pero es que ni siquiera mi fortaleza colabora conmigo en este preciso instante.El dolor que aún dentro de mi estado de parálisis, siento, es indescriptible y tal vez sea por ello y por el miedo a lo que pueda pasarme cuando caiga cien por ciento en la realidad, que no respondo.Mi cerebro vaga en la inmensidad de mi ser, mientras que mi cuerpo sufre el daño del terror, de algunos golpes y de la incertidumbre. Estamos desconectados y supongo que lo prefiero así. Quizá suene a cobardía pero no estoy lista par
Giro en la cama, abro los ojos y arrugo el ceño de inmediato. Trato de humedecer mis labios con saliva pero tengo la garganta seca. Y mi cabeza... Mi cabeza va a explotar.Suelto un quejido bajo, saco el brazo de Nico de mi abdomen y vuelvo a quejarme. Mis sienes laten y toda mi cabeza parece haber sido golpeada con un ladrillo.Necesito un buen vaso de agua y una pastilla para quitarme esta maldita jaqueca.Miro a mi costado. De lado, con su precioso y tranquilo rostro frente a mis ojos está Nicolas. Duerme profundo, destapado, y completamente desnudo. Así nos quedamos dormidos anoche: sin ropa y abrazados.Me muevo y con dificultad me levanto de la cama. Mi entorno tambalea cuando me pongo de pie. Oficialmente creo que estoy con resaca, sedienta y cansada.Doy un par de pasos y esbozo una mueca de ligera molestia e incomodidad. Cada músculo de mi cuerpo duele, principalmente mi entrepierna; mis muslos están como entumecidos.Despacio me acerco a la mesa y abro mi bolso. Busco ibupro
—No los abras aún —Nicolas me da un pellizcón en el brazo.—No los voy a abrir.Después de una larga caminata y una merienda, subimos a un taxi y a los diez minutos de viaje me obligó a cerrar los ojos.Estamos en camino a la última de sus tres sorpresas.No tengo ni idea de qué se trata pero el entusiasmo y la curiosidad me están matando. No paro de juguetear con el anillo que me regaló. Es un par de talles más grande que mi dedo, pero me encanta.El taxi frena y le habla en francés al chófer.Sin poder evitarlo mi piel se eriza, se me pone de gallina. Escucho la música desde el coche y sin bajar la ventanilla. Música de bar, pegadiza, vagamente conocida para mí.Y digo vagamente porque ya he escuchado la entonación, pese a que está siendo cantada en francés.—¡No puedo creer que me trajiste aquí! —exclamo extasiada.—Te dije que no abrieras los ojos —me reprende.—No los abrí pero tengo oídos por si no lo sabes —ironizo. —Quédate quieta —tal parece que abre su portezuela, pasan uno







