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CAPÍTULO UNO

Author: Pri Hernandez
last update publish date: 2026-06-24 10:13:02

—No puedo más —hago una bolita de papel con la hoja que acabo de garabatear—. No me da para más la cabeza —suspiro profundo rascando con frenesí las sutiles arrugas que se forman en mi frente.

A veces creo que sufro de alergia crónica pero no. No es eso. Según el nuevo celular de Ámbar y mi pregunta a G****e se trata de ansiedad.

Crisis de ansiedad con diecinueve años... Es demasiado patético para ser honesta.

—Hija por favor —pide mi madre intentando tocar mi hombro—. Te prometo que pronto me llamarán para una nueva limpieza —procura sonreír para ocultar la amargura—. Dorotea me dijo que la casa de los Sullivan es de dos pisos; una mansión enorme con muchas recámaras y...

—¿Dorotea dices? —me enderezo en la silla y ojeo su fatigado pero precioso rostro—. Mamá, esa bruja de m****a te vio desmayarte y en vez de ayudarte le dijo a Carmen que estabas indispuesta —ruedo los ojos—. La arpía de Dorotea lo único que quiere es acaparar todo el trabajo y quedarse con las casas para ella sola.

—Charlotte ese vocabulario no me gusta.

A Samantha Donnovan hay muchísimas cosas que no le gustan de mí y eso también me trae muy estresada.

—¡Estoy cansada! —refunfuño viendo con desagrado la olla que hierve en el fogón—. ¡Mamá estoy harta!

—Puedo conseguir otra cosa —dice con una aprehensión que me parte el alma en pedazos—. Quizá limpiar los baños de las estaciones —sugiere con cierto ánimo—. Allí siempre están tomando personal y...

—No —corto—. De ninguna manera.

Es lo único que espeto y eso basta para silenciarla unos minutos.

Sé que no se está sintiendo bien, lo noto en su postura, en su semblante pálido y en sus ojos. Antes del funeral sus ojos celestes brillaban de una forma espectacular pero desde ese día la tristeza le nubló la mirada y nunca más volvieron a centellarle.

Algo encorvada se da la vuelta y va por unas zanahorias del cesto de verduras. Acerca una silla al bajo mesada y comienza a pelar, de espaldas a mí.

Es un espacio que me regala. Un momento de privacidad que me permite ahogar la ira que traigo acumulada en un fuerte y doloroso mordisco a mis nudillos.

¡Esto es tan desesperante!

Hacer cálculos una y otra vez, como si el resultado fuese a variar y en cada cuenta fuera a sobrar algún centavo me llena de ansiedad, angustia y miedo.

El estómago se me anuda y el llanto va directo a mi lagrimal.

Vamos de nuevo.

Abro el cuadernillo de apuntes y empiezo a escribir.

La cuota de la casa, la corriente y la comida. La escuela, las medicinas de mamá, el transporte y...

—¡Con un demonio, estoy odiando esto! —grito de pronto, sobresaltando a mi hermano que acaba de entrar a la cocina.

—Charlie —Liam tira su mochila en la silla contigua y con la misma preocupación con que nuestra madre me observa, pasa su mano por mi espalda—. ¿Qué pasa?

Resoplo, miro al techo y fuerzo una enorme sonrisa.

—Nada —le revuelvo el cabello, tan rubio como el mío—. ¿Tienes tarea?

—Sí —dice mientras se acerca al fogón olfateando el aroma que desprende el caldo—. Y hambre también.

Como si me llevase el mismísimo diablo, de un salto me pongo de pie.

—¡Ya no puedo más con esto!

Las cuencas entre verdes y azules de Liam se expanden y el susto se apodera de ambos.

—Charlie por favor...

—Por favor nada, mamá. Parezco una maldita neurótica abriendo el cuaderno una y otra vez —con un ritmo al son de la demencia camino alrededor de la mesa; pronto empezaré a vender las cosas de la casa y si entonces la economía no mejora y las deudas no merman seguiré con mi cuerpo. Podría hasta vender los órganos que tengo duplicados y...— Es absurdo —me río, aumentando la confusión de dos pares de ojos—. No voy a seguir sumando en esa estúpida hoja.

—Charlotita, estás diciendo muchas malas palabras en tan corto tiempo —el regaño viene de otra vocecita que permanece parada en el umbral.

—Tómalo como aprendizaje, Christopher —lo burla Liam, soltando una fuerte risotada. Risotada que calla mi madre golpeando a secas su cabeza.

—Es suficiente —el rezongo proviene de la matriarca de esta ya deplorable morada—. Tenemos comida y todavía tenemos techo —ella quiere apaciguarme con una afable mueca, mas únicamente consigue ahogarme en tristeza.

—Estamos sobreviviendo —musito—. Y yo no pienso agradecer la supervivencia.

No es el ejemplo que quiero darle a mis hermanos. Y tampoco pretendo, que habiendo tenido una vida maravillosa, mi mamá se conforme con la decadencia.

—Charlie, Charlie —deja de trozar verduras y con sus manos llenas de callos, tiesas y arrugadas por lavar en piletas de agua helada se acerca a mí, envolviendo mi mejilla en una caricia—. Lo de papá fue muy reciente y es difícil. Sé que es muy difícil porque...

—Porque estábamos acostumbrados a comer carne todos los malditos días —siseo con la vista empañada—. Porque yo no tenía que trabajar y tú trabajabas por placer. Cosías y bordabas por puro gusto...

De inmediato callo lo otro. Aquello que siempre pienso pero que jamás digo para no hacerla sentir peor de lo que está.

Papá era problemático con la bebida.

Se excedía, sí. Atravesó una fatalidad de la cual fue responsable... También, pero jamás nos privó nada. Jamás nos hizo pasar necesidad.

Mi papá fue destructivo y vil para sí mismo, pero era nuestro universo completo.

Douglas Donnovan para la familia era intachable, noble y dadivoso.

Y cuando la adicción decidió llevárselo, el mundo al que estábamos acostumbrados desapareció sin previo aviso.

Ese cambio tan brusco y abrupto fue lo que movilizó mis cimientos. Pasar de mimada con notas excelentes y meriendas diarias en lindos cafés a ser la barrendera, mesera y lavainodoros de un bar, que apenas duerme y solo tiene tiempo de bañarse fue denigrante.

Todo ha sido denigrante.

—Te amo, mami— digo simplemente, dando por terminada una conversación que no nos llevará ningún buen puerto—. Y créeme —me aclaro la garganta—, de alguna u otra forma vamos a salir de esto.

—A veces lo que pasa por esa cabecita tuya me perturba —recalca alejándose, revolviendo el caldo y probando el jugo de verduras—. Mi deseo más grande es que estudies, que seas abogada y que cumplas todos tus sueños.

Mi sueño era cantar y llenar estadios. También quería ser modelo o aparecer en cada una de las revistas del país pero, qué va.

La voz es una moda que pasa y el modelaje una carrera con fecha de caducidad establecida.

La abogacía, sin embargo, es un pasaje a ingresos continuos, un diplomado vigente en el tiempo.

—Nos vemos más tarde —me despido con un guiño que realza su preocupación.

—¿A dónde vas?

—Ma...

—Charlotte Donnovan —vuelve el sermón—, necesito saber que vas a estar bien y que no vas a cometer ninguna locura.

Inspiro hondo y le sonrío.

—Voy a ver a Ámbar —la tranquilizo—. Tengo mucho que estudiar.

—Promételo —dicta con severidad—. Prométeme que no vas a meterte en problemas.

—Mamá...

—¡Promételo Charlotte!

—Está bien; está bien te lo prometo.

Promesa que queda sin validez si cruzas los dedos.

Agarro mi mochila, un abrigo y salgo. Camino hacia la parada del autobús y meto la mano en el bolsillo del jeans, buscando dinero para el boleto.

Conté los centavos esta mañana así que para el viaje de ida se supone que no tendré inconvenientes; el asunto será al regreso... Y por eso pedí hacer un turno extra en el trabajo.

Con algunas horas más y propinas pagaré el gasto de autobus de la semana, café y tal vez algo de comida para la despensa.

El martes empiezan los semestrales y parciales y necesito dinero para ir a la universidad en autobús y no a pie. El tiempo que pierdo caminando prefiero invertirlo en estudio, porque nada me dolería más que reprobar las pruebas.

Trago saliva pero asiento con emoción al ver que llega el bus. Quizá hoy sea mi día de suerte...

Quizá en verdad la cosa mejore y entonces pueda dedicarme solamente a...

—Te falta, rubia —el tono grosero del chófer me devuelve a la realidad más agria y asquerosa que puede existir.

—¿Disculpe? —aprecio mi mano extendida hacia él con las monedas justas para el boleto.

—Que te falta —repite con impaciencia y alevosía—. Subió el precio esta mañana —aprieto con excesiva fuerza el pasamanos y antes de responder a eso el sujeto me pregunta—. ¿Traes prisa?

Parpadeo algo contrariada, notando el murmullo molesto del resto de los pasajeros. Claramente esto se está demorando más de lo habitual y no me agrada en absoluto.

—Bastante —siseo.

—Pues si eliges retrasarte un poco —baja sensiblemente la voz—, te llevo a destino, me chupas bien la verga y viajas gratis. ¿Qué dices?

Los ojos se me llenan de lágrimas, las mejillas se me encienden y lo último de lo que soy plenamente consciente es del puñetazo que lanzo y que toma desprevenido al inmundo chófer.

No lo pienso dos veces. Salto los escalones y bajo, escuchando de fondo cómo el cerdo malparido me grita puta, sidosa y barata.

Jura que no se olvidará de lo que hice y me repite sin descanso que a la próxima me echará el coche encima, que gozará pasando los neumáticos por arriba de mí y que cuando termine de despellejarme se hará una paja en honor a la mamada que no le quise dar.

Las rodillas me tiemblan del miedo y la impotencia. Me quedé sin dinero porque las monedas se regaron en el suelo del bus y ahora me toca caminar hasta el trabajo.

Suelto el aire de a poco, tocándome con frenesí los brazos pues el fresco de la tarde empieza a dar de lleno y yo no me traje ningún abrigo más que el suéter de lanilla.

Me duelen los pies al andar y eso me obliga a bajar la mirada con preocupación. Se me acaban de despegar las plantillas de la suela y el maldito dedo gordo pega contra la goma provocándome molestia y de seguro futuras ampollas.

Los labios me titiritan y no de frío, sino de desesperación.

Quiero una pasantía, tener tiempo para estudiar, comprarme tenis nuevos y viajar en coche. Quiero abrir la heladera tener yogurt...

Carajo.

Limpio disimuladamente la lágrima que rueda por mi mejilla.

Daría lo que no tengo por un pote de yogurt con frutillas. Papá surtía el refri con yogurt para mí porque sabía que era mi mayor debilidad.

La breve angustia es rapidamente sustituida por ira.

¿Porqué tuvo que irse así?

¿Porqué se volvió un asqueroso adicto?

¿Porqué nos dejó en esta espantosa situación?

Mi hermana soñaba con montar un pony, Christopher quería una cámara de fotos, Liam jugar fútbol en un equipo de inferiores profesionales y yo... Yo sólo deseaba un pote de yogurt griego con frutillas.

—¡Ey! —el pitido ensordecedor de una bocina me hace dar un brinco, deteniéndome en seco cuando los neumáticos de un bonito coche rosa se detienen a mi lado—. ¡Pero te estoy pitando hace media cuadra, mujer!

—Am —le sonrío pese a estar muriendo de rabia por dentro—. Venía... Venía pensando.

Los ojos dorados de mi mejor amiga viran al oír mi respuesta.

—¿Pensando? ¿Pensando en qué? —su perfecta dentadura se expande en una mueca socarrona—. ¿Acaso en los tenis que estas por perder de a pedazos?

Me muerdo la cara interna de la mejilla.

—Pensando que tengo que ir a trabajar y luego a estudiar para a la mañana siguiente ir a estudiar y seguir trabajando...

Me echo a caminar y ella lo hace también pero muy suavemente para acompañar mi andar.

—Es absurdo que trabajes ya te lo he dicho —apoya el brazo en la portezuela de su descapotable y se relame su labial rojo mate de gran duración—. No entiendo ni voy a entender nunca porqué trabajas ni porqué estudias —se encoge de hombros—. El trabajo es para gente fea, pobre y sin aspiraciones.

Esquivo su mirada y sigo. Sigo para no insultarla.

Ámbar es buena; juro que es buena persona. La conozco desde jardín de niños, y hasta hace un par de años tambien eramos vecinas.

Su fortuna cambió para bien y la mía todo lo contrario. Ella acaba de volver de Grecia con un ploteado nuevo en el carro y bolsas de diseñador en los asientos traseros mientras que yo, lloro por los rincones con las ganas que tengo de tomar yogurt griego.

—Ay Charlie no te hagas del rogar —grita con ironía—. Sube que te llevo, vamos.

Inspiro hondo y no dudo. Abro la puerta del acompañante y me acomodo a su lado, abrazándola fuerte; tan fuerte como puedo.

—Pero... pero qué pasa —sisea, respondiendo al gesto.

—Nada, sólo te extrañé.

—Me fui un mes —me separa y escudriña—. ¡Y te traje regalos!

Aprieto los labios y simulo sonreír. Su realidad es tan diferente a la mía que lejos de sentir envidia me da vergüenza. Vergüenza de que a semejante modelo de revista la vean acompañada de una piltrafa.

—Amy...

No le miento al decir que la extrañé. Un mes sin Ámbar Reggins tuvo sabor a castigo.

Aunque su cerebro y personalidad viven en un mundo alterno y es más superficial que empatica, me hace muchísima falta. Es a la única persona que puedo contarle mis disgustos y preocupaciones y no por sus consejos, sino por sus comentarios llenos de lujo, pomposidad y despilfarro.

Cuando Ámbar habla de sus viajes, sus amoríos y los depósitos ostentosos que recibe cada setenta y dos horas mi mente divaga. Ahí no sufro ni la paso tan mal. Oírle me transporta a otra dimensión... Y me gusta.

—¿Me vas a contar tus penurias o qué? —me ojea de soslayo y capto: debo ponerme el cinturón—. Anda, suéltalo todo que he venido preparada para tus historias de pobreza y marginalidad.

—Ámbar... No es necesario que seas tan perra, ¿sabes?

—Es cierto; tienes razón, pero... Me parece patético que estés constantemente repitiendo lo que ya me tengo memorizado: que tu madre, que tus hermanos, que la casa... Que la comida —arranca el coche y lejos de suavizar su tono, lo endurece—. Si piensas en pobreza, atraes pobreza.

—Es la amiga que te tocó —farfullo, recargando la cabeza en el asiento—. Qué lástima.

—¿Lástima? A mí no me das lástima —se ríe con arrogancia—. Para serte franca Charlie me das vergüenza.

Auch.

Sé que lo piensa, pero que lo diga es peor.

—Gracias.

—De nada —se sacude con altivez—. Por cierto le traje a baby Alexi unos vestiditos divinos que vi en el freeshop del aeropuerto —el desagrado repentino me embarga—. Unos Burberry con estampados de cerecitas para babycherry —suelta una carcajada—. Oye tengo unos tenis que me compre hace unos días. No los voy a usar. Calzamos lo mismo asi que te los puedes quedar.

Escucharla me empequeñece de una forma casi indigna. Me siento menos que una puta hormiga y creo que ni eso, porque hasta las hormigas comen lo que se les canta el culo.

—¡Por Dios Charlie vibras tan bajo que me sacas de quicio! —se queja.

—¿Y qué quieres que haga entonces? —su esporádico mal humor se me contagia.

—Es que sabes perfectamente lo que tienes que hacer de una maldita vez —frena en el semáforo—. Lo sabes desde hace bastante tiempo.

—Ámbar...

—Sólo llena los jodidos datos de la página, Charlotte. Regístrate, relájate y empieza a disfrutar de la buena vida —la sonrisa deslumbrante retorna a su cara—. Una vida que sólo las reinas nos merecemos.

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