LOGIN《Dios》
Es como si todo oliese a vino aunque no esté en sus viñedos. Vino y buenas decisiones... O malas, ya no lo sé a ciencia cierta. El despacho es inmenso pero no he podido reparar en toda su extensión a detalle. A decir verdad no estoy pudiendo quitar los ojos de mis manos y la forma en que mis palmas sudan a medida que mis dedos se entrelazan. Es pasado el mediodía; una y quince si soy precisa. Perdí un día de universidad y me remuerdo de pena por ello pero... él es mi última oportunidad. —¿Entonces? —pregunta sin alterar el tono; tan impasible como severo—. ¿Qué piensas hacer? Trago saliva y en el primer golpe seco a la puerta mi corazón brinca; un salto brusco que me arremolina el pecho provocándome sordo dolor. —Adelante —es la orden que da, y una mujer abre. Una de sus tantos empleados viene con una bandeja y en ella, una jarra con agua helada y un bonito vaso de cristal. Sin decir una sola palabra coloca la bandeja sobre el escritorio, justo a mi costado, sirve al tope y asintiendo se marcha dejándome nuevamente a solas con tan intimidante hombre. —Bebe —es la demanda que escucho pero que no acato de buenas a primeras. La sed me carcome pero los nervios me ganan y eso al magnate al parecer no le gusta en absoluto. —Cuando te dé una orden, la cumplirás sin chistar, sin dudar y de inmediato... Sino, cancelaré cualquier tipo de pre acuerdo que pueda existir entre nosotros. La frivolidad con que habla me lleva a obedecer rápidamente. Llevo el vaso a mis labios y obviando modales lo vacío en un santiamén. —Mucho mejor. Con timidez alzo la mirada, permitiendo que mis ojos se topen con los suyos. —Sigo esperando una respuesta y créeme, esperar es algo que me molesta bastante. Me cruzo de piernas una y otra vez. —Yo no tengo idea de absolutamente nada señor Henderson —replico en baja voz—. Pero... Lo único que puedo garantizarle es que haré lo que usted desee. Una mueca triunfal se explaya en su cara. —¿Lo que yo desee? —afloja el nudo de su corbata—. Eso es lo que espero de ti —puntualiza—. Y mientras me complazcas a mí, a ti no te faltará nada —se toma un instante y me escudriña. Se da el gusto de analizarme, incluso, levantando su dedo indica que me ponga de pie y con cierta distancia mediante, dé una vuelta lenta y completa—. Efectivamente eres lo que quiero —susurra al cabo de unos minutos de minuciosa y lasciva apreciación—. ¿Acaso para ti soy lo que quieres? La pregunta me revuelve el estómago pero lo disimulo. Sé de qué va esto. La he visto a Ámbar colmarse de lujos y llevar una vida de princesa gracias a este mundo. —Sí señor —respondo—. Usted es lo que quiero. A mis palabras el empresario retira la silla del escritorio y se pone de pie. —Dinero, propiedades, viajes —enumera—. Joyas, ropas y costosas carteras —se me acerca; lo noto aún cabizbaja—. Te daré lo que me pidas... Charlotte Donnovan —mi nombre en sus labios dispara mi pulso—, pero a cambio espero todo de ti, para mí... Y solamente para mí. El murmullo se transforma en lejanía pues regresa a su escritorio, toma los papeles que con tanto interés leía y me los entrega retomando esa postura salvaje del principio. —¿Qué es esto señor Henderson? —Un contrato, Charlotte —la mirada se desvía hacia el bolígrafo de tinta negra—. Me entregas tu tiempo, tu cuerpo, tu alma y tu silencio y yo te serviré el mundo en bandeja de oro. Las entrañas se me estrujan y el malestar comienza a agobiarme. —¿Qué me sucederá si firmo y... No cumplo con mi parte? Por primera vez observo su dentadura. Una mueca blanca y perfecta que se tuerce en un gesto siniestro y macabro. —Desearás no haber nacido mi dulce ángel.NUEVE MESES DESPUÉSLos tibios rayos del me dan de lleno, mientras riego la maceta de tulipanes que tanto me ha costado hacer crecer. La compré hace unos dos meses, a un vendedor de plantines y flores cuando venía llegando a casa, tras realizar algunas diligencias.Era la flor favorita de mamá.Tener tulipanes aquí me ayudan a sentirla cerca, a nuestro lado, acompañándonos siempre.Sobreponerse no fue fácil, pero confieso desde lo más profundo de mi ser que después de lo ocurrido, su ausencia no me desgarra por dentro como aquellos primeros días, incluso semanas. He ido acostumbrándome a no verla, a no oírla y a no tocarla. Y pese a que la extraño muchísimo su partida ya no me hiere como al principio.Hace ocho meses que nos mudamos. Mis hermanos y yo nos alejamos de Seattle y de Washington, y vinimos a probar suerte en la mágica Nueva York. Contraté el servicio de un agente de bienes raíces y vendí las propiedades que estaban a mi nombre. La gran casa estilo mediterránea, el lugar dó
Han pasado dos días; cuarenta y ocho horas; dos mil ochoscientos ochenta minutos, pero para mí es como si hubiera pasado una eternidad desde que de mi vida, se fueron personas que amaba con el alma.Todavía no he podido llorarlas; no he querido hacerlo.Mis lágrimas no han vuelto a caer y a ellas las sustituyó un profundo dolor que me quema el pecho, que me acompañará por años y con el cuál tendré que aprender a convivir por el resto de mis días.Pasó tanto en tan poquito tiempo, que ni siquiera alcanzo a procesarlo todo.Cuando pienso en que mi madre murió, siento desconsuelo. Un enorme desconsuelo, porque ella sí se despidió de mí y yo no quise darme cuenta. Ignoré el pálpito de que algo no andaba bien y entonces, como el soplo de una brisa la muerte se la llevó. Sin rodeos ni preámbulos. Sin sufrimientos. Sin agonía. Su corazón sencillamente dejó de funcionar. Estaba tan débil, que pasó lo que sus médicos le advirtieron iba a pasar. Al menos eso fue lo que me explicaron, cuando lue
Mis ojos amenazan con cerrarse, pero mi yo interior se rehúsa a enfrentar con cobardía lo que será una penosa masacre. Aunque no estoy lista para ver a un demente ejecutar personas a sangre fría, me convenzo de hacer frente a mis últimos suspiros. Si esta va a ser mi forma de morir, que al menos sea viendo a los ojos al hombre del que estoy enamorada.—Nicolas, vas a hacerme los honores —Rafael, pisando fuerte se le acerca. Dos de sus matones lo levantan del piso y baldean su cuerpo con agua helada.Estremeciéndose se endereza, y veo cómo el agua mezclándose con la sangre de su rostro se escurren por su piel. Sus ojos verdes y amarronados, ahora enrojecidos se abren con desmesura, su pecho sube y baja embravecido y como loco empieza a negar con la cabeza.Trago saliva con dificultad, al darme cuenta que la idea del dealer es que él apunte y él dispare.De eso se trata, ¿no? Un "juego" suicida en dónde el azar y la suerte cumplen un rol importante si de evitar recibir un tiro en la si
«Vamos Charlotte, eres fuerte; eres valiente; eres grandiosa. Sólo abre los malditos ojos»No estoy dormida, pero tampoco estoy despierta. Me mantengo en el limbo del aturdimiento físico y mental. Mi cerebro me ordena algo pero mi cuerpo no obedece, no reacciona.A la distancia escucho el eco de voces. Creo que son discusiones y hasta gritos pero ni eso me orilla a abrir los ojos.Mi subconsciente me suplica que vuelva en sí, y me repite incontables veces que soy una chica fuerte, pero es que ni siquiera mi fortaleza colabora conmigo en este preciso instante.El dolor que aún dentro de mi estado de parálisis, siento, es indescriptible y tal vez sea por ello y por el miedo a lo que pueda pasarme cuando caiga cien por ciento en la realidad, que no respondo.Mi cerebro vaga en la inmensidad de mi ser, mientras que mi cuerpo sufre el daño del terror, de algunos golpes y de la incertidumbre. Estamos desconectados y supongo que lo prefiero así. Quizá suene a cobardía pero no estoy lista par
Giro en la cama, abro los ojos y arrugo el ceño de inmediato. Trato de humedecer mis labios con saliva pero tengo la garganta seca. Y mi cabeza... Mi cabeza va a explotar.Suelto un quejido bajo, saco el brazo de Nico de mi abdomen y vuelvo a quejarme. Mis sienes laten y toda mi cabeza parece haber sido golpeada con un ladrillo.Necesito un buen vaso de agua y una pastilla para quitarme esta maldita jaqueca.Miro a mi costado. De lado, con su precioso y tranquilo rostro frente a mis ojos está Nicolas. Duerme profundo, destapado, y completamente desnudo. Así nos quedamos dormidos anoche: sin ropa y abrazados.Me muevo y con dificultad me levanto de la cama. Mi entorno tambalea cuando me pongo de pie. Oficialmente creo que estoy con resaca, sedienta y cansada.Doy un par de pasos y esbozo una mueca de ligera molestia e incomodidad. Cada músculo de mi cuerpo duele, principalmente mi entrepierna; mis muslos están como entumecidos.Despacio me acerco a la mesa y abro mi bolso. Busco ibupro
—No los abras aún —Nicolas me da un pellizcón en el brazo.—No los voy a abrir.Después de una larga caminata y una merienda, subimos a un taxi y a los diez minutos de viaje me obligó a cerrar los ojos.Estamos en camino a la última de sus tres sorpresas.No tengo ni idea de qué se trata pero el entusiasmo y la curiosidad me están matando. No paro de juguetear con el anillo que me regaló. Es un par de talles más grande que mi dedo, pero me encanta.El taxi frena y le habla en francés al chófer.Sin poder evitarlo mi piel se eriza, se me pone de gallina. Escucho la música desde el coche y sin bajar la ventanilla. Música de bar, pegadiza, vagamente conocida para mí.Y digo vagamente porque ya he escuchado la entonación, pese a que está siendo cantada en francés.—¡No puedo creer que me trajiste aquí! —exclamo extasiada.—Te dije que no abrieras los ojos —me reprende.—No los abrí pero tengo oídos por si no lo sabes —ironizo. —Quédate quieta —tal parece que abre su portezuela, pasan uno







