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35. Noche de práctica

last update publish date: 2025-07-19 04:46:47

El aroma a especias, frutas asadas y panes recién horneados inunda el comedor principal. Los sirvientes van y vienen como un ejército silencioso, colocando fuentes humeantes, jarras relucientes y platos decorados como si cada uno fuese una obra de arte comestible. La mesa, larga y de madera oscura, vibra bajo la riqueza del banquete: carnes doradas, guisos espesos, ensaladas que parecen jardines, panes trenzados, salsas que chispean de color. Todo es exceso, todo es elegancia.

Elara está senta
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  • SuperLuna De Venganza   40. El segundo recuerdo: la estatuilla de Patric

    El sol comienza a trepar sobre el horizonte, bañando el palacio con su luz dorada; ya no queda señal alguna del vampiro. Ella permanece toda la mañana dentro de su habitación. No quiere ver a ninguno de los SuperAlfas. Intuye que será un problema mezclar lo que empieza a despertar en ella por Damián con los sentimientos que podría tener hacia los demás, esos que todavía no recuerda del todo. Y lo sabe con certeza: dos de ellos, Patric y Haruki, están en el palacio, esperando verla. Desayuna en su habitación, como ya se ha vuelto costumbre. La bandeja queda a un lado mientras ella regresa a su libro, intentando sumergirse en sus páginas para huir del torbellino de pensamientos que no la sueltan. Al llegar el mediodía, abre el balcón y se asoma. Abajo, en el jardín, Patric está de pie, erguido y con la mirada fija hacia su ventana, como si hubiese permanecido allí demasiado tiempo, aguardando. La inquieta preguntarse desde cuándo está así, vigilando su balcón en silencio. De pronto

  • SuperLuna De Venganza   39. El eco de un corazón invisible.

    Damián la sostiene en sus brazos, con fuerza, pero la velocidad a la que avanza es antinatural, casi insoportable. El mundo alrededor se convierte en un borrón de sombras y destellos plateados; los árboles parecen lanzarse hacia ella para golpearla y luego apartarse en el último instante. El viento gélido le muerde el rostro y sus cabellos se agitan como si quisieran arrancárselos. Siente cómo su estómago se hunde a cada zancada, como si estuviera cayendo sin fin, y por un instante, teme que, si él la soltara, saldría despedida. El aire es un cuchillo helado que corta la piel, pero al mismo tiempo lleva consigo un perfume limpio, húmedo, con notas de tierra y flores que todavía no ve. Elara cierra los ojos un instante, no para huir del frío, sino para entregarse a la sensación de volar entre la penumbra. Se aferra a él con más fuerza, y sin darse cuenta, su rostro busca refugio contra su pecho. Apoya la oreja y, durante un segundo, lo único que escucha es el viento que pasa silbando

  • SuperLuna De Venganza   38. Una atracción sin promesas

    Elara se queda en el balcón, cruzada de brazos, aún algo inquieta por la respuesta de Damián, pero también curiosa. Él está de pie frente a ella, inmutable. La luz plateada de la luna resbala por su cabello y el brillo de sus ojos carmesí, que parecen más suaves esta noche. Pero él no sonríe, no parpadea siquiera. Solo la mira. —¿No te aburres de estar vigilándome toda la noche? —pregunta ella. —No tengo nada más que hacer —responde él, sin dureza, solo como una verdad simple. —¿Y si yo sí quiero que hagas algo? —No es necesario hacer algo si no estás en peligro. La respuesta debería enfurecerla, pero no lo hace. En vez de eso, le nace una ternura inexplicable. Él parece ser así. No cambiará. No se esforzará por agradarle, no le prometerá nada. Solo estará. Y de alguna manera, eso la calma. —¿Por qué te eligieron a ti para esto? —susurra Elara. —Porque nadie más lo hará como yo. Ella traga saliva. El corazón le late muy fuerte. Hay algo en esas palabras que suena a pacto, a pro

  • SuperLuna De Venganza   37. El que siempre ha estado presente

    Elara y Badru giran con soltura en el centro del salón. El ritmo tribal del piano ha cedido a una melodía más armoniosa, pero sigue latiendo con firmeza. El compás es constante, seguro, como el brazo de Badru rodeándole la espalda. Sus dedos no aprietan, pero exigen. Su guía no impone, pero no deja espacio a la duda. Y Elara empieza a entender. Lo siente en los cambios sutiles de presión sobre su palma, en la forma en que mueve la mano apenas unos milímetros antes de cada giro. Como si pudiera leerle el pensamiento, o tal vez sea ella la que comienza a leerlo a él. Cada paso que dan la conecta más a su presente; ya no hay pasado que la guíe, solo la certeza de que, mientras esté en sus brazos, puede dejar de pensar. Badru no habla. Su mirada dice más. En sus ojos no hay celos ni urgencia, solo un anhelo contenido y un respeto profundo que la envuelve. Y cuando sus miradas se encuentran, por un segundo todo se apaga. Solo quedan ellos dos. Desde el borde del salón, Matías los observ

  • SuperLuna De Venganza   36. Cuando el pasado baila, el presente arde

    Con el cambio de melodía deslizándose por el salón, Matías da un paso hacia adelante y toma a Elara en brazos. Su mano se acomoda en la curva de su cintura con una delicadeza casi reverencial, provocándole un estremecimiento que le sube por la espalda. La otra mano se enlaza con la de ella, firme pero suave, mientras él entorna los ojos y le regala una sonrisa cargada de ternura, como si en ese gesto cupiera todo lo que no se ha dicho. El corazón de Elara se acelera, no por el movimiento, sino por la intensidad del momento. En su mente se enciende un destello del pasado: ve a Elizabeth danzar con ese mismo hombre, hace un siglo, bajo el amparo plateado de una luna que aún los observa. Y por eso, el primer paso le resulta fácil. El segundo, natural. Los siguientes, incluso placenteros. Sonríe sin darse cuenta. Cada giro fluye con una armonía que parece innata, como si los dos hubieran nacido para encontrarse en esa danza. De pronto, dejarse llevar deja de ser un acto de obediencia o

  • SuperLuna De Venganza   35. Noche de práctica

    El aroma a especias, frutas asadas y panes recién horneados inunda el comedor principal. Los sirvientes van y vienen como un ejército silencioso, colocando fuentes humeantes, jarras relucientes y platos decorados como si cada uno fuese una obra de arte comestible. La mesa, larga y de madera oscura, vibra bajo la riqueza del banquete: carnes doradas, guisos espesos, ensaladas que parecen jardines, panes trenzados, salsas que chispean de color. Todo es exceso, todo es elegancia. Elara está sentada frente a la Madre Luna y a los dos SuperAlfas. El rey Aleron, en la cabeza de la mesa, levanta su copa y sonríe satisfecho. La Madre Luna, radiante en tonos plateados y suaves perlas, no disimula su entusiasmo. La conversación continúa entre platos que se ofrecen y copas que se llenan. —Espero que todo esté de su agrado, Elara —dice la Madre Luna con su voz melodiosa—. Es un menú preparado para deleitar cada sentido. —Sí, es… impresionante —responde Elara, sin saber bien qué elegir primero.

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