INICIAR SESIÓNMikael entró en el vestíbulo del hotel como una tormenta entrando en un puerto. Los empleados, la mayoría miembros de manadas menores o humanos con el conocimiento, bajaron la cabeza instintivamente. El aura de poder que irradiaba el Alfa era tan densa que hacía difícil respirar.
Ignoró los saludos. Fue directo al mostrador, donde una joven recepcionista humana temblaba ligeramente al verlo acercarse.
—La mujer que acaba de entrar —dijo Mikael. Su voz era grave, una vibración que resonó en el pecho de la chica—. Nombre y habitación.
La recepcionista tecleó frenéticamente, con los dedos torpes por los nervios. —E... Elena Moore, señor Berg. Reserva estándar. Iglú número 42.
Mikael gruñó por lo bajo. El 42 estaba cerca del perímetro, cerca del bosque público. Demasiado expuesto. Demasiado cerca de donde Ingrid solía patrullar con sus guardias.
—Cancélalo —ordenó.
La chica palideció. —¿Señor? ¿La echamos?
—No, idiota —Mikael se inclinó sobre el mostrador, sus ojos brillando con una urgencia peligrosa—. Muévela a la Suite Real. El Iglú del Águila. Ahora mismo.
—P-pero señor, esa suite cuesta cinco mil euros la noche y está reservada para...
—Es mía. Y ahora es de ella. Dile que es un upgrade por... por ser la huésped número diez mil. Invéntate algo. Y escucha bien: nadie, absolutamente nadie, debe saber que está ahí. Pon su registro como "Anónimo". Si su nombre llega a oídos de la manada del Este (la manada de Ingrid), tú serás la responsable.
La chica asintió, tragando saliva, y corrió a interceptar a Elena antes de que llegara a su habitación original.
Mikael se giró hacia los monitores de seguridad. Vio a Elena en la pantalla, mirando su teléfono con una expresión de tristeza que le estrujó el corazón al lobo. Fenrir arañó su interior, queriendo lamer esas lágrimas invisibles.
—Estás a salvo, mea luna (mi luna) —susurró Mikael a la pantalla—. Y te voy a dar el mundo, aunque tenga que quemarlo primero.
Veinte minutos después, Elena no podía creer su suerte.
La recepcionista, una chica que parecía a punto de sufrir un ataque de nervios, le había dicho que había ganado un "sorteo instantáneo". Elena, que nunca ganaba ni un reintegro en la lotería, sospechó al principio, pero el cansancio pudo más.
Ahora, parada en el centro de la Suite del Águila, sentía que estaba dentro de un diamante.
La estructura no era un simple iglú. Era una cúpula inmensa de cristal térmico situada en la colina más alta y privada del complejo. Tenía una cama redonda gigante cubierta de pieles (sintéticas, esperaba ella), una chimenea flotante y, lo más impresionante, un jacuzzi privado excavado en el suelo de piedra con vistas directas al norte.
Elena dejó caer su abrigo y caminó hacia el cristal. Afuera, la oscuridad era absoluta, salvo por el brillo de las estrellas. Se sentía completamente sola en el fin del mundo, pero por primera vez en meses, la soledad no se sentía vacía. Se sentía... protegida.
Se quitó las botas, luego los vaqueros ajustados, y finalmente el jersey de lana, quedando en ropa interior. Su piel reaccionó al calor acogedor de la suite.
Sin saber que los cristales estaban polarizados (se veía hacia fuera, pero no hacia dentro), se abrazó a sí misma mirando el bosque oscuro.
—Quizás Finlandia no sea tan mala idea —murmuró.
A quinientos metros de distancia, oculto entre la línea de árboles y la nieve profunda, un lobo gigantesco de pelaje negro como la noche observaba la luz cálida que emanaba de la cúpula en la colina. Mikael, en su forma animal, se sentó sobre sus patas traseras. Sus ojos dorados no se apartaban de la silueta de la mujer en la ventana.
No podía entrar. Aún no. Pero podía vigilar. Esa noche, ningún peligro se acercaría a Elena Moore. El Rey estaba haciendo guardia.
7 Años Después.Si alguien pensaba que criar a tres Alfas fue difícil para Elena, no tenía ni idea de lo que significaba criar a la siguiente generación en una mansión llena de superpoderes, tecnología de punta y armas medievales.Era domingo por la mañana en el jardín de la Mansión Berg. El césped inmaculado era ahora un campo de batalla de juguetes.—¡Ragnar! ¡Suelta a tu prima! —gritó Bjorn, corriendo detrás de un niño de seis años que era una réplica exacta de él: rubio, enorme y con demasiada energía. Ragnar (hijo de Bjorn y Astrid) tenía agarrada por el tobillo a Ada (hija de Thorsten y Stella) y la arrastraba alegremente por la hierba.—¡Papá! —se quejó Ada, de cinco años, ajustándose sus gafitas rosas—. ¡Ragnar está violando mi espacio personal y comprometiendo mi integridad estructural! Ada era la hija de su padre: hablaba con palabras de cuatro sílabas y prefería desmontar sus muñecas para ver cómo funcionaban que jugar con ellas.Thorsten levantó la vista de su tablet, dond
El jardín de la Mansión Berg ya no parecía un jardín finlandés. Parecía un fragmento del Edén transplantado al norte de Europa. Gracias a la colaboración entre los paisajistas de Emma, la tecnología de terraformación de Thorsten y un "pequeño favor" climático de los Antiguos, el clima era de una primavera perpetua, a pesar de que fuera del perímetro de seguridad la nieve cubría Helsinki.No había sillas de plástico ni carpas blancas genéricas. Había bancos de madera viva, cultivados directamente del suelo por la magia de la Reina Ximena (quien había insistido en decorar como regalo de bodas). Había arcos de flores que brillaban con luz propia al atardecer. Y en el aire flotaban pequeñas esferas de luz dorada, invento de Thorsten, que grababan el evento desde todos los ángulos posibles sin el zumbido molesto de los drones.Pero lo más impresionante no era la decoración. Eran los invitados.Por el pasillo central, Arthur Olsen (padre de Stella) conversaba animadamente con el Alfa de la
El regreso a la mansión no tuvo la fanfarria de las victorias antiguas, ni cuernos sonando ni banderas al viento. Fue un retorno marcado por un silencio denso y reverente, el tipo de calma que solo existe después de que el mundo ha estado a punto de romperse y, milagrosamente, ha decidido seguir girando. Era el silencio de los supervivientes.Emma y Stella fueron escoltadas de inmediato al ala médica bajo las órdenes estrictas, casi histéricas, de Thorsten. El médico de la manada insistía en descontaminarlas de cualquier "patógeno arcaico" que pudiera haber residido en las profundidades de la cueva junto al Anciano. Pero mientras las máquinas zumbaban y las enfermeras limpiaban el hollín y la sangre seca, la mente de Emma ya no estaba en el peligro pasado, sino en el hombre que la había sacado de ahí.Una hora más tarde, el ala este de la mansión estaba sumida en la penumbra. Eirik entró en la habitación de Emma sin llamar, aunque sus pasos se detuvieron en el umbral, como si temiera
—¡Izquierda! ¡Gira a la izquierda!Emma y Stella derraparon sobre el suelo húmedo de la caverna, girando justo a tiempo para evitar una masa de dientes y garras que se estrelló contra la pared de roca donde ellas habían estado un segundo antes. Las Varguillas eran ciegas, pero rápidas. El sonido de sus chillidos rebotaba en las paredes, haciendo imposible saber cuántas eran. Cientos.—¡Stella, el escudo! —gritó Emma, viendo que el túnel se terminaba en un callejón sin salida.Stella agarró el rubí de su collar. Sus manos temblaban, pero su mente funcionaba. —Thorsten dijo que dura 30 segundos. ¡Tenemos que sincronizarlo!Esperaron. Las criaturas se agolparon en el túnel, oliendo la sangre del rasguño de Stella. Saltaron como una ola negra. —¡AHORA! —gritó Stella.Pulsó el rubí. Una cúpula de energía azul translúcida se expandió desde su pecho, golpeando a las criaturas en el aire y lanzándolas hacia atrás con una descarga eléctrica brutal. El olor a ozono y carne quemada llenó la cuev
El sol de la mañana se filtraba entre los árboles del Bosque de los Susurros. El grupo caminaba de regreso a la mansión, todavía en un estado de euforia mística. Emma miraba sus manos, sintiendo el hormigueo residual de la magia de los ancestros. Stella y Thorsten caminaban cogidos de la mano, debatiendo si la aparición de los espectros podía explicarse mediante física cuántica o si debían aceptar la metafísica.—Ha sido... intenso —admitió Bjorn, rompiendo una ramita con los dedos—. El abuelo Konrad siempre me dio miedo, incluso muerto.Eirik sonreía, abrazando a Emma por la cintura. —Ya está hecho. Nada se interpone en nuestro camino.En ese preciso instante, el viento cambió. No fue un cambio gradual. Fue un golpe. El aire cálido y primaveral que rodeaba la mansión desapareció, reemplazado por un viento helado que olía a azufre y sangre vieja. Los pájaros cayeron muertos de los árboles, golpeando la nieve con sonidos secos.—¿Qué demonios...? —Mikael se detuvo, sus ojos dorados esc
La noche antes de la boda no hubo despedidas de soltero ni alcohol. Hubo silencio y ayuno. Según la tradición de la Dinastía Berg, antes de unirse legalmente ante el mundo, las parejas debían presentarse ante aquellos que ya no estaban.Elena despertó a Emma y a Stella dos horas antes del amanecer. —Es la hora —dijo la Reina Madre, llevando dos túnicas de lino blanco sencillas, sin costuras ni adornos.—¿Hace falta ir así? —preguntó Stella, mirando la tela fina y luego la ventana, donde la nieve cubría el suelo—. Es una congelación garantizada, Elena. Biológicamente imprudente.—La tierra os mantendrá calientes si vuestro corazón es puro —respondió Elena con una sonrisa enigmática—. Y si no lo es... bueno, el frío será el menor de vuestros problemas.Las llevaron al linde del Bosque de los Susurros, una sección de la propiedad que Thorsten nunca monitoreada con cámaras porque la electrónica fallaba allí. Era tierra sagrada, saturada de magia antigua.Mikael, Eirik, Thorsten y Bjorn e







