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Capítulo 4

Author: Natasha
last update publish date: 2026-04-15 23:03:36

—Comamos en paz— dijo mas sereno.

Sólo asentí sin hablar, de haberle hecho mi voz se hubiera quebrado, lo sentía en mi garganta temblando, ahogándome.

— Puedes pedir lo que quieras —hablo con calma.

— ¿Puedo irme a casa entonces?

— Lo que quieras… menos eso— bebió un sorbo de vino — ahora me perteneces, recuérdalo.

— Lo sé, muy a mi pesar — no dude, tampoco me victimice— ¿puedo montar a caballo entonces?

— Claro que puedes, está es tú casa ahora y todo lo que hay es tuyo también. Pronto serás mi esposa así que…

— ¿Esposa? — pregunté, no creí que también debía casarme con el.

— Por supuesto ¿Creíste que sería tan fácil? ¿Sólo venir y estar aquí?

Tragué saliva y preferí no hablar de eso.

— Quiero el caballo negro.— cambié el tema nuevamente.

— Olvídalo — apretó los puños y su mirada se volvió fría otra vez— elije el que quieras menos ese, él está prohibido.

— Dijiste que todo lo que quieras, que todo aquí es mío ahora también…

— ¡Elije otro! —volvió a golpear la mesa con su puño.

Se limpió la boca con la servilleta y se puso de pie, caminó hasta dónde yo estaba y se detuvo junto a mí.

— Mañana tendrás una tarjeta para tú uso personal, puedes comprar lo que desees— dijo antes de irse— Buenas noches.

No respondí, estaba descolocada, su rabia iba y venía como en un vaivén de emociones.

«Una tarjeta» pensé.

Me confundía su actitud, era un hombre oscuro de a ratos y amable en otros. No estaba segura de si debía llevarlo más allá o solo dejar que hiciera a su antojo.

Termine mi comida y me retiré a mi habitación, mañana debía asistir a clases.

Encendí mi laptop.

La pantalla tintineo con notificaciones de mensajes de correo.

Casi todos eran de Laureano.

“¿Que significa esto?” se refería a la carta.

“¿Estás loca?”

“¿Me estás dejando por alguien más?”

“Por favor dime la verdad, no puedes jugar así.”

“Responde el teléfono.”

Eran muchos mensajes.

Tenía razón, debía dar la cara, se merecía una explicación.

Encendí el teléfono nuevamente y no tardo en sonar, era él me estaba llamando nuevamente.

Respondí nerviosa.

— Escucha, dejé una carta para ti…— me interrumpió.

— Helena, regresa. Debemos hablar de frente.

— No puedo, te pedí que no me buscaras.

— ¿Cómo no iba a hacerlo? ¿Entiendes lo que me estás pidiendo?

— Lo entiendo pero…—no lo escuché entrar.

— ¡Que la dejes en paz!— quito el teléfono de mis manos y le respondió,su voz sonó furiosa — Te lo advierto, no te acerques a ella, no la busques o te las verás conmigo.

— ¿ Quien eres? — se escuchó al otro lado del teléfono antes de que colgara la llamada.

Me miró amenazante con el teléfono aún en su mano.

— No lo llames.—sonó a contundente.

Quedé helada, no me salían las palabras, solo lo miré y creo que asentí.

Estiró su mano y me devolvió el celular.

Sus ojos decían algo más, algo que no lograba entender y tampoco quería averiguar.

La noche se hizo interminable, desagote el cincuenta por ciento del agua en mi cuerpo con tantas lágrimas, aún no caía a la realidad de lo que estaba pasando, ¿como habíamos llegado a todo esto? ¿Cómo era posible que has ayer iba a ser la señora Donnati y ahora iba a ser la esposa de un magnate mafioso, totalmente desconocido para mi?

El celular volvió a encenderse varias veces, lo había dejado en silencio para que él no lo escuchara, era Laureano, no había hecho caso a la amenaza y seguía insistiendo.

No respondí, había escuchado a Luca amenazar a mi padre y ahora también a Laureano y no quería saber de lo que era capaz de hacerle, preferí ser fría, cruel e incluso cobarde y no responder.

Preferí eso a tener que cargar con el dolor y la culpa de perderlo para siempre.

Agotada por el llanto, la rabia y el cansancio más del alma que del cuerpo, me dormí abrazada a una foto nuestra que había guardado en mi maleta.

El despertador suena, ya son las siete, ahora debo levantarme más temprano para llegar en hora, el viaje más largo que de costumbre para llegar a la universidad.

Escucho la puerta de al lado golpearse y sé que él ya está despierto.

Me visto con tranquilidad, hago algo de tiempo para no tener que cruzarlo aunque sé que es inevitable si estamos en la misma casa.

Me peino apenas con los dedos y ato mi cabello, me maquillo un poco para cubrir mis ojeras y disimular el hecho de haber llorado casi toda la noche.

Acomodo mi mochila, tomo el celular de encima de la cama y salgo rumbo a la cocina a desayunar algo rápido.

Él ya está en el comedor con su periódico abierto y una taza de café humeando en la mesa.

Quise seguir sin hacer ruido hacia la cocina, pero él me vio, no sé cómo lo hace pero siempre sabe cuando estoy ahí sin siquiera mirar.

— Buen día.—saluda sin bajar el periódico.

— Buen día —aclaro mi garganta antes de responder.

— Siéntate, por favor.

Creo que fue la primera vez que usó esa palabra “por favor”. Me senté sin discutir, era temprano para hacerlo y no tenía ganas.

La mesa ya estaba pronta para mí, como si me hubiera estado esperando para desayunar juntos.

— En ese sobre está tú nueva tarjeta— dijo aún sin bajar el periódico.

— Bien — respondí en voz baja pero con claridad.

— Puedes usarla en lo que desees.— lo dijo como si no le importará en que gastara.

— Debo ir a la universidad ahora — aclaré cambiando el tema.

— Lo sé, el chófer está a tú disposición.

— Bien.

— Sólo una cosa— bajo el periódico para verme a los ojos— no hagas cosas estúpidas, yo lo sé todo— sonó amenazante — si entiendes a qué me refiero ¿Verdad?.

— Lo entiendo.

— Bien, me alegro que lo entiendas.

Doblo el periódico y lo dejo a un lado sobre la mesa, bebió su café rápido y se puso de pie acomodando su saco y corbata.

Camino hacia donde yo estaba y sentí el corazón latir acelerado, sentí nervios.

Se detuvo a mi lado y esperé que algo sucediera pero no fue así, solo se despidió con un “Ten un buen día”. No sé lo que esperaba que sucediera pero fuera lo que fuera no pasó.

Respiré hondo tratando de tranquilizar mi corazón y terminé de desayunar.

Me levanté y tomé mi mochila que colgaba de la silla.

— Buen día — saludé al entrar en la cocina— debo irme ya.

— Buen día señorita, por supuesto, el auto está pronto.

Al salir veo como Luca se sube en su auto y por un momento pensé que debería ir con él.

— El otro auto señorita —me alertó Pedro señalando hacía el otro lado.

— Claro— respiré tranquila.

Ya en camino, con más calma recordé que tenía el sobre en la mano, lo llevaba sin darme cuenta. Lo abrí y mi sorpresa fue aún mayor, una tarjeta dorada con mi nombre impreso.

«¿Esté hombre tiene una máquina de imprimir tarjetas en su casa?» Pensé.

¿En qué momento la había recibido tan rápido?

Quería joderlo, quería que se hartara de mí sin necesidad de alzar la voz y tenía el medio para hacerlo en mis manos.

— ¿Tú me esperas, cierto?— le pregunto a Pedro que iba concentrado en la ruta.

— Por supuesto señorita.

— Bien, entonces después de clases iremos de compras.

— Claro señorita, como usted ordene.—respondió sin pensar.

— Nos vemos luego— me despedí antes de bajar del coche frente a la universidad.

Miré a todos lados mientras caminaba y por suerte Laureano no estaba por allí. «Mejor así» pensé. Él estudiaba bioquímica y yo medicina pero a veces venía a acompañarme o a esperar a la salida.

Al entrar sentí una presencia extraña, no me había percatado, uno de los guardias de la casa estaba cerca, muy cerca de mí, había llegado en otro auto detrás del nuestro y caminaba ahora unos pasos más atrás.

Lo miré fijamente advirtiendo que no se acercara demasiado, sabía que iba a ser imposible que se fuera pero que al menos no estuviera tan pegado a mí.

— Vigila de lejos — le susurré la orden.

Asintió y se alejo un poco. No tanto como hubiera deseado pero al menos era algo.

Las clases transcurrieron con normalidad, algunos ya se habían dado cuenta del guardaespaldas y los escuchaba susurrar teorías estúpidas pero no les di importancia.

— Hola de nuevo Pedro— saludé emocionada por irme de compras.

— ¿Cómo estuvo su mañana, señorita?— respondió mientras abría la puerta del coche para mí.

— Muy bien, gracias.—sonreí.

Ahora venía lo bueno, iba a hacerlo arrepentir por darme está tarjeta y también por arruinar mi vida.

— A las tiendas del centro Pedro.

— Cómo ordene — asintió.

El auto paró en la avenida y Pedro se apresuró a bajar para abrir mi puerta. Dos autos más atrás los guardias habían aparcado también, eran dos el que manejaba y el otro que me seguía a todos lados.

Entré en las tiendas, todas las más caras y compré si freno, lo más caro lo más insólito. Compraba , pagaba, así de fácil. El muy tonto ni siquiera necesitaba avalar la compra.

Versase, Armani, Louis Vuitton, Carolina Herrera, Cartier y muchas más.

Compré un sombrero negro de ala ancha con aplique de flores totalmente ridículo al igual que su precio.

— Me lo llevo — dije sin remordimiento.

Cargué algunas bolsas y el resto lo hacía cargar con el guardaespaldas.

— Es todo por hoy, lleva todo al auto por favor — le pedí.

Camine delante, victoriosa con bolsas en las manos, segura de que esto no le agradaría a Lombardi, sabía que me gritaría, me insultaría pero talvez así se diera cuenta que lo mejor era dejarme en paz a mí y mi familia.

Un sacudón me tomó por sorpresa, una mano bruscamente agarró mi brazo deteniéndome.

— Helena — la voz de Laureano me asustó.

— ¡Laureano!— exclamé exaltada.

El guardaespaldas que estaba detrás de mí tiro los paquetes al piso y se abalanzó sobre él obligándolo a soltarme.

Los ojos de Laureano se abrieron grandes al ser sorprendido por un hombre mucho más grande que él en físico y también en edad.

— ¡No lo lastimes! — grité la orden asustada.

— ¿Qué es todo esto Helena?— exigía una explicación.

— ¡Vete, ya déjame en paz!— le implore llorando— ya no me busques, por favor.

— No lo entiendo, tú no eras así…— sacudió la cabeza.

Seguí caminando hasta el auto donde Pedro ya me esperaba con la puerta abierta mientras daba la orden de soltarlo y dejarlo ir.

Aguardaron hasta que el auto emprendió la marcha para dejarlo y lo vi al mirar atrás, quedó allí parado con los brazos caídos y la mirada triste, derrotado, abandonado. Yo mientras tanto era un mar de lágrimas con un nudo en el pecho que no se quería ir, pero sabía que estaba haciendo lo necesario por su bien aunque el no lo supiera.

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