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Capítulo 3

ผู้เขียน: Natasha
last update วันที่เผยแพร่: 2026-04-14 22:11:04

Una sensación extraña recorrió mi cuerpo.

No era miedo… tampoco nervios.

Era algo más.

Algo que no supe nombrar.

Pero que gritaba una sola cosa, peligro.

El sonido de un teléfono rompió el silencio, no era mío.

Me quedé inmóvil.

Venía de la habitación contigua.

Agudicé el oído, conteniendo la respiración.

No podía escuchar con claridad, pero si distinguí el tono.

Tenso, cortante, molesto.

Era él, lo supe sin necesidad de verlo.

Su voz, aunque apenas podía oírla, tenía ese peso imposible de ignorar. Como si cada palabra fuera una orden, estaba en medio de una discusión.

Di un paso más cerca de la pared, casi sin darme cuenta.

—… ¡no me interesa!—se escuchó bien claro.

Todo quedó en silencio por segundos y luego, un golpe seco, la puerta nuevamente.

De un salto me alejé de la pared, como si me hubieran descubierto.

El corazón me latía con fuerza.

«Así que esa era su habitación» pensé.

Estaba demasiado cerca.

Esperé a que se fuera.

Un minuto.

Dos.

No escuchaba nada.

Silencio absoluto.

Solté el aire lentamente.

Se había ido.

Abrí la puerta y salí confiada.

Di apenas dos pasos…

Él estaba ahí.

Inmóvil.

Esperándome, cómo si supiera que saldría.

Mi respiración se cortó, pensé que ya no estaría.

—¿Estabas escuchando? —preguntó, con una calma que erizaba la piel.

—¿Por quién me tomas? —respondí al instante, sosteniéndole la mirada con desafío.

Por un segundo pareció desconcertado.

Tal vez esperaba otra reacción.

Tal vez miedo.

No iba a dárselo. Aunque por dentro estaba temblando.

Su mirada descendió hasta la bandeja que sostenía en mis manos.

—Veo que ya comiste.

—Sí —respondí cortante.

Extendí la bandeja hacia él casi con brusquedad, la tomó por instinto, y, sin esperar respuesta, giré sobre mis pasos y entré a la habitación, cerrando la puerta detrás de mí.

No tardó en reaccionar.

El golpe fue seco.

Violento.

El sonido de la bandeja golpeando contra el suelo, seguido del estallido de los cristales, hizo eco en el pasillo.

Me quedé quieta.

Mi corazón se aceleró.

Esperé con nervios, que golpeara la puerta, o que entrara sin permiso tal vez.

Pero no lo hizo.

Solo escuché sus pasos alejarse, acompañados de una serie de maldiciones dichas entre dientes.

Solté el aire lentamente, y sin poder evitarlo… sonreí apenas.

Era una pequeña victoria en medio de su juego perverso.

No sabía cuánto iba a durar esa sensación…

Pero algo me decía que no iba a salir gratis.

Algunos minutos después escuché como recogían los pedazos de cristal del suelo, una aspiradora se llevaba todo rastro del desastre.

Terminó, silencio nuevamente. Un golpe en la puerta me alertó.

Pensando que era él que había regresado, no respondí de inmediato, aguardé hasta escuchar otro golpe, era suave y delicado.

—¿Helena?— escuché la voz suave y tímida.

— Adelante .

— El señor acaba de irse…

— Que bueno, al fin voy a poder salir de este cuarto.

— Quiere que cene con él está noche.—su voz era nerviosa.

— Que ni lo sueñe… ¿ por cierto como es tú nombre?

— Laura señorita.—la miré con una ceja alzada y ella sonrió nerviosa— perdón, Helena.

— Dile al señor que no, gracias.

Se retiró dudosa, sabía que el no lo tomaría bien, aquello no había sido una invitación sino una orden.

Llene la tina de baño y me sumergí completamente desnuda con el cabello recogido en un moño, necesitaba relajarme, como si el agua caliente se pudiera llevar estos dos malditos días.

— Laureano…

Su nombre volvía a mi cabeza con fuerza, la imagen de su rostro aparecía frente a mí como si pudiera tomarlo entre mis manos y besarlo con ansías, pero se esfumaba como lo hacían todos mis planes.

Las lágrimas aparecían sin esfuerzo, sólo necesitaba recordar por qué lo estaba haciendo para tranquilizarme, mi padre era más importante, así que debía ser fuerte.

Salí del agua envuelta en una toalla.

Entré en el vestidor y miré todo alrededor, era demasiada ropa, todo nuevo, todo para mí, pero no lo usaría, tengo mi maleta con lo necesario, es gracioso, mi vida cabía en una maleta.

La puse sobre la cama para abrirla por fin, no lo había hecho desde que había llegado en la mañana.

Saque unos jeans y una remera de manga corta, ropa interior cómoda y mis zapatillas viejas, esas que son más cómodas para estar en casa, aunque no fuera mi casa.

Até mi cabello en una cola alta peinada solo con los dedos y salí a recorrer la casa, era enorme así que tendría un buen rato para entretenerme.

Primero busque la cocina, era un pendiente que tenía desde hacía un rato.

No había mucha gente, solo la ama de llaves, Laura la chica que había estado en mi habitación y el chofer que me había traído.

Saludé a todos y me presenté formalmente, nunca había sido grosera y no tenía por qué serlo con ellos ahora.

Salí al patio por la puerta trasera, por la cocina, y allí afuera había varios hombres más, eran cuatro, apostados alrededor de la casa vigilando todo.

— ¿Señorita?— pregunto en forma de saludo y pregunta a la vez.

— Voy a dar una vuelta. —respondí cómo pidiendo permiso.

Era curioso nunca había pedido permiso para pasear en mi casa y ahora tenía que hacerlo en la que supuestamente sería mi nuevo hogar.

El hombre sólo asintió y se comunicó con los demás guardias por radio para advertir mi presencia en los alrededores.

Deambule admirando la belleza del lugar, era extenso, lleno de paz, a un lado de la casa separado por varios metros había un establo , me dirigí allí sin dudarlo.

Seis caballos, hermosos, grandes, imponentes.

— Tenga cuidado señorita.—una voz me advirtió cuando traté de acariciar el caballo negro por encima del portón.

— ¿Qué?...— creí que no había nadie y me sorprendió.

— No es tan dócil como aparenta, la podría lastimar.— se acercó un poco.

— Pero si es tan lindo, no parece que fuera a lastimar a nadie.

— Créeme, él es de cuidado.

El hombro era bastante mayor, se veía tranquilo y amable.

Obedecí y me aleje un poco de la barda, aunque estaba segura que no podía ser tan malo.

—Mi nombre es Helena— extendí mí mano al presentarme.

—Lo sé…yo soy Marco, mucho gusto.

Lo mire confundida, ¿ya todos sabían quién era antes de conocerme? Por lo visto el “señor Luca” no había perdido tiempo.

— ¿Puedo montarlo? — pregunté señalando el caballo negro.

— No ese no, el señor Luca me mataría.

— ¿ Por qué no? Prometo ser buen jinete. — suplique.

— No señorita, esté caballero está en pena hace diez años.

— ¡Díez años! ¿Qué cosa tan mala hizo?

— Créame señorita, usted sólo debe saber que esté caballo está prohibido.— se retiró a su rutina sin dar más explicación.

Me quedé un par de minutos más observando el animal, intentando descifrar que había pasado con el, que lo hacía prohibido, que pena tenía que pagar por tanto tiempo.

Regresé a la casa cuando el hambre me advirtió que ya era hora.

Entré por la puerta principal está vez saludando a los dos hombres parados en las esquinas delanteras de la casa. Apenas saludaron con un movimiento de cabeza. Parecían estatuas allí paradas, atentos a movimientos extraños.

«Debe ser muy importante y muy peligroso este hombre para tener tanta seguridad aquí» pensé.

Ya era más del medio día y aún estaba aburrida, no tenía mucho que hacer y no había ido a la universidad hoy, pensé en llamar a una amiga pero desistí , aún no estaba lista para las preguntas.

Mi teléfono sonó.

Era Laureano.

No respondí.

Volvió a sonar insistente.

Aún no sabía que decir. Lo apagué, ya sé que era una actitud infantil pero fue lo único que creí mejor.

Ocho de la noche, ya había recorrido todo, no tenía nada que hacer, no tenía con quién hablar y ni tenía ganas de dormir, aún era temprano aunque el Sol ya se había ocultado dos horas atrás.

Me metí en la tina nuevamente, con las luces tenues.

No escuché cuando la puerta se abrió.

Estaba envolviendo la toalla a mi cuerpo cuando sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Era él parado detrás de mí a no más de dos metros observando, silencioso, inmovil.

—¡¿Qué haces aquí?!— grité exaltada.

—Baja a cenar…— ordenó.

Me quedé sin palabras, nerviosa, asustada, su orden sonó con fuerza pero había algo diferente al igual que en sus ojos.

Bajé, casi media hora después, realmente no quería pero era lo mejor.

Me senté en la cabecera de la mesa opuestamente a él, su rostro mostraba enojo, me esperaba para comenzar a comer.

Alzó su copa dando la bienvenida a la mesa y luego de dar un pequeño sorbo se dispuso a comer.

Yo no alce mi copa, no sonreí ni tampoco mostré amabilidad.

—¿Porqué entraste a mi habitación?— pregunté tratando de imponer límites.

Golpeó la mesa con su puño.

Me sobresalté.

—Dije que cenaras conmigo… no fue una invitación.— su rostro era duro, sus ojos negros asustaban más.

Sostuve su mirada fría, amenazante. Todo en mi temblaba por dentro.

Tome los cubiertos y comencé a comer en silencio, sin mirarlo.

Una lágrima comenzó a rodar en mi mejilla, traicionando mi temple y la limpié con un movimiento rápido.

Él lo vio, siempre veía todo, seguía observando cada gesto, cada movimiento, pero su mirada ya no era fría, su rostro se había suavizado, quizá sintió pena por mí o quizá sintió pena por él mismo, por ser el causante de todo esto.

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