LOGINEl frío peso del oro macizo golpeó la clavícula de Kayleen. Mantuvo la espalda recta mientras Viktor cerraba la pesada cadena alrededor de su cuello.
«No te muevas, cariño», murmuró Viktor en su cabello, su aliento cálido chocando contra su piel fría. No apartó las manos. En cambio, deslizó los dedos por su cuello, apoyando la palma plana sobre su garganta, donde el pulso le latía rápido. «Mírate. Hermosa. Sabía que el verde te quedaría bien». Kayleen miró fijamente hacia las ventanas oscuras de su ático. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban a través de la lluvia. Dentro, la habitación olía a cigarros pesados y a la fuerte colonia de Viktor. «¿Está demasiado apretado?», preguntó Kayleen, con la voz seca. Alzó la mano para tocar el collar, pero Viktor le agarró la muñeca al instante, apretando con fuerza. «Te queda perfecto», dijo Viktor, con tono suave y posesivo. La giró por los hombros, obligándola a mirarlo bajo las tenues luces de la oficina. Le agarró la barbilla entre el pulgar y el dedo, inclinándole la cabeza hacia atrás hasta que miró directamente a sus ojos pálidos. «Ahora, cuéntame todo», dijo. «Empieza desde el segundo en que pisaste el suelo del salón de baile». Kayleen forzó una sonrisa suave, ignorando el dolor en la mandíbula mientras el pulgar de él se clavaba. «Fue exactamente como planeamos, Viktor. Hice contacto en quince minutos». Los ojos de Viktor se estrecharon ligeramente. Arrastró el pulgar por su labio inferior, presionando lo bastante fuerte como para manchar su lápiz de labios rojo. «¿Te tocó?». «Solo cuando derramé la bebida», dijo Kayleen rápidamente, inclinándose hacia su toque lo justo para que se sintiera en control. «Fue un accidente. Se lo creyó por completo». «¿Te miró?», insistió Viktor, su voz bajando a un susurro celoso y bajo. Deslizó la mano libre alrededor de su cintura, agarrándola con fuerza. «Dime cómo te miró, Kayleen. ¿Te miró como a otra cara bonita más, o como a algo que quería llevarse a casa?». Kayleen tragó saliva, la garganta seca al recordar la voz quieta de Adrian en el pasillo susurrando su verdadero nombre, Katarina. Sus manos querían temblar, pero forzó el cuerpo a permanecer quieto bajo el pesado agarre de Viktor. «Era arrogante», mintió Kayleen con suavidad, mirando a Viktor directamente a los ojos. «Pensaba que era mejor que todos en esa sala. Me miró como a una chica molesta que le arruinó la chaqueta». Viktor soltó un bajo murmullo. Su pulgar se deslizó de su barbilla para acariciarle el cuello, los dedos recorriendo la pesada cadena de oro que acababa de cerrar alrededor de ella. «Bien», dijo Viktor. «Ese bastardo arrogante se cree intocable. Cree que porque controla la mitad de los puertos del estado, nadie puede tocarlo». «No tiene ni idea de lo que se le viene encima», dijo Kayleen, apartando ligeramente su mano de la garganta para poder respirar. «El rastreador está colocado. Una vez que se sincronice, tendrás su ubicación exacta». Mintió sin pestañear. En realidad, el rastreador estaba muerto, su dispositivo había sido borrado y Adrian sabía su verdadero nombre. Si Viktor descubría que su misión había fallado antes siquiera de empezar, no saldría viva de este ático. Viktor sonrió, aunque sus ojos permanecieron fríos. Se inclinó, presionando un beso duro contra su mandíbula. «Mi chica brillante», murmuró, apartándose para mirarla. «Mi obra maestra. ¿Qué haría yo sin ti, Kayleen?». «Tendrías que encontrar a alguien más para derramar champán sobre multimillonarios», dijo Kayleen, forzando una risa quieta mientras alisaba las solapas de su chaqueta. «No es solo el entrenamiento, cariño», dijo Viktor suavemente, apartándole el pelo detrás de la oreja. «Tienes el espíritu de tu padre y mi disciplina. Por eso tienes éxito». Se apartó, caminando hacia el gran escritorio con vistas a la ciudad. Sirvió un vaso de bourbon y dio un sorbo lento, sin apartar los ojos de ella. «Así que», dijo Viktor. «¿Cuándo pasamos a la fase dos?». «Dame cuarenta y ocho horas», dijo Kayleen rápidamente, acercándose al escritorio. «Es cuidadoso. Si me precipito demasiado, se pondrá sospechoso. Déjalo pensar que él está en control». Viktor dejó el vaso. Sacó un pequeño juego de llaves de plata del bolsillo y abrió el cajón superior de su escritorio, extrayendo una larga caja de terciopelo negro. «No tenemos cuarenta y ocho horas, Kayleen», dijo Viktor, su voz volviéndose fría y plana. Abrió la caja de golpe. Dentro había una gruesa carpeta con las rutas de seguridad privadas de Adrian, y a su lado había una jeringa transparente con una aguja de acero. Kayleen se quedó paralizada. «Viktor… ¿qué es eso?». «La fase dos», dijo Viktor, deslizando la caja a través del escritorio hacia ella. «No necesito que juegues a ser su novia durante un mes. Necesito que esté muerto antes de la votación del senado del viernes». Kayleen miró de la aguja al rostro frío de Viktor. «El plan era construir un rastro de papel. Íbamos a chantajearlo—». «Los planes cambian», cortó Viktor con sequedad. «Está investigando mis cuentas. Se está acercando demasiado al senador. Si encuentra lo que busca, caemos los dos». «¡No sabe nada del senador!», dijo Kayleen, manteniendo la voz firme. «Hablé con él, Viktor. Está centrado en sus propios asuntos. ¡No te está mirando a ti!». «No me arriesgo», dijo Viktor, agarrándole la barbilla y tirando de ella hacia la caja. «Vas a usar esos mapas de rutas. Vas a encontrarlo en su apartamento mañana por la noche, acercarte a él y clavar esta aguja en su cuello». Kayleen miró la aguja, el pecho apretado. «¿Y si no puedo acercarme lo suficiente?». Viktor soltó su barbilla y se echó hacia atrás, una sonrisa oscura extendiéndose por su rostro. «Entonces será mejor que lo averigües, cariño», susurró Viktor. «Porque si no llegas a él para el viernes, enviaré a alguien que sí lo haga».“Los neumáticos chirriaron sobre el pavimento mojado. Luego, una puerta de coche se cerró de golpe.”La garganta de Kayleen se cerró. El aire le ardía en la garganta. Adrian la arrastró hacia atrás, en dirección a la puerta abierta de un G-Wagon negro blindado en el callejón. Sus botas arrastraban la grava. Sus rodillas cedieron. Se aferró a las mangas del abrigo de él.“¡Suéltame!” Kayleen golpeó el marco de la puerta con las palmas. Su voz se quebró.El zumbido del motor encendido resonaba en sus oídos como una sirena. “¡Estás mintiendo! ¡Bastardo, suéltame!”“Sube al coche, Kayleen”, gruñó Adrian. Su brazo se cerró alrededor de su cintura. Sus pies se despegaron del suelo. Cayó sobre el asiento de cuero.Él subió justo detrás de ella y cerró la puerta de golpe, aislándolos de todos los sonidos del callejón. Antes de que pudiera lanzarse hacia la manija del otro lado, Adrian extendió el brazo, la agarró del hombro y la inmovilizó contra el asiento. El coche arrancó de golpe, los neu
La galería de Chelsea aún olía a pintura al óleo húmeda y trementina. El olor le quemaba la garganta a Kayleen y le hacía llorar los ojos. La medianoche había pasado hacía veinte minutos, dejando la sala de techos altos casi completamente a oscuras. Kayleen se apretó la chaqueta oscura contra el pecho. Sus botas de suela de goma no hicieron ningún ruido sobre el suelo de hormigón mientras se deslizaba detrás de un lienzo de tres metros y medio montado en una pared divisoria. Se metió en el estrecho espacio detrás del marco de madera, manteniendo la respiración lenta y silenciosa. Fuera de la salida trasera, el bajo ronroneo del motor de un G-Wagon estaba al ralentí en el estrecho callejón. A través de la rendija entre el tabique y el borde del lienzo, vio a dos hombres de traje oscuro pasar a zancadas. Sus linternas barrían de un lado a otro, revisando la zona. Al no encontrar nada, se volvieron hacia la salida. «Parte trasera despejada, señor Cross», dijo un guardia por el micr
El frío peso del oro macizo golpeó la clavícula de Kayleen. Mantuvo la espalda recta mientras Viktor cerraba la pesada cadena alrededor de su cuello. «No te muevas, cariño», murmuró Viktor en su cabello, su aliento cálido chocando contra su piel fría. No apartó las manos. En cambio, deslizó los dedos por su cuello, apoyando la palma plana sobre su garganta, donde el pulso le latía rápido. «Mírate. Hermosa. Sabía que el verde te quedaría bien». Kayleen miró fijamente hacia las ventanas oscuras de su ático. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban a través de la lluvia. Dentro, la habitación olía a cigarros pesados y a la fuerte colonia de Viktor. «¿Está demasiado apretado?», preguntó Kayleen, con la voz seca. Alzó la mano para tocar el collar, pero Viktor le agarró la muñeca al instante, apretando con fuerza. «Te queda perfecto», dijo Viktor, con tono suave y posesivo. La giró por los hombros, obligándola a mirarlo bajo las tenues luces de la oficina. Le agarró la barbilla
«Dilo otra vez», dijo Kayleen. Su voz bajó, despojada de su tono de fiesta, mientras sus dedos se deslizaban en su bolso en busca de la navaja oculta en el forro. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, pero su rostro permaneció completamente en blanco. Había pasado seis meses entrenándose para no mostrar miedo. Adrian no retrocedió. Sus ojos se deslizaron hasta su muñeca, un gesto de sonrisa sabia tocando sus labios. «No hace falta. Me oíste». Kayleen forzó una risa quieta y fácil y dejó caer los hombros. Se acercó, dejando que su perfume de jazmín llenara el espacio entre ellos. Apoyó una mano contra su pecho, trazó el borde de su solapa mientras deslizaba un diminuto chip de rastreo en el bolsillo de su chaqueta. «¿Katarina?», preguntó, mirándolo a los ojos con una sonrisa perezosa. «¿Una antigua novia, señor Cross? Si intentas despistarme, necesitarás una frase mejor que esa». Adrian permaneció inmóvil bajo su toque, observándola como un rompecabezas que ya hab
«Quédate quieta, señorita. Solo un segundo», murmuró la maquilladora, extendiendo la mano con un pincel de polvos.Kayleen apartó la mano de un tirón, ignorando a la chica. Levantó la muñeca hacia la luz del tocador, comprobando el brazalete de diamantes que brillaba contra su piel. «Ya terminé».Miró más allá de su reflejo en el espejo de cristal del salón VIP. En el gran salón de baile, la luz dorada bañaba a cientos de invitados en esmóquines oscuros y vestidos de gala, pero a Kayleen solo le importaba un hombre.Adrian Cross.Estaba de pie cerca de la escultura de hielo, hablando con tres hombres mayores. Se inclinó ligeramente, sosteniendo un vaso de whisky, luciendo exactamente como el frío y poderoso multimillonario de las noticias.Kayleen se alisó el vestido de seda verde, tomó una copa de champán de un camarero que pasaba y caminó directamente hacia la multitud. Se movía con fluidez, la cabeza erguida, como si perteneciera a aquel lugar.«¡Oh, discúlpeme!» exclamó Kayleen, f







