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Capítulo 4: Reclamo de propiedad

last update publish date: 2026-09-17 21:18:29

—Buen trabajo en la presentación de hoy, Elena. De verdad te luciste —dijo Rodrigo, el director de riesgos de la firma aliada, sonriéndome mientras nos servíamos café en el vestíbulo del centro de convenciones.

—Muchas gracias, Rodrigo. Solo presenté los números que correspondían —respondí, devolviéndole la sonrisa con cortesía.

—No seas tan modesta. Conozco a muchos analistas, pero pocos manejan la volatilidad con la liquidez que tú demostraste. De hecho, me gustaría invitarte a cenar esta noche. Conozco un restaurante excelente cerca de la bahía.

—Ella no tiene tiempo para cenar con nadie esta noche —interrumpió una voz helada detrás de nosotros.

Era Gabriel. Venía con el saco abierto, las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la mirada inyectada en furia. Rodrigo dio un paso atrás, sorprendido por la brusquedad de la interrupción.

—Señor director, solo le estaba ofreciendo una cena de cortesía a su analista por el gran trabajo de hoy —explicó Rodrigo, alzando las manos en señal de paz.

—La señorita Elena tiene una revisión de inventarios y estados financieros conmigo en mi despacho privado a las ocho. Si quiere hacer relaciones públicas, hágalas con los inversionistas del fondo. Con permiso —sentenció Gabriel.

Sin esperar respuesta, me agarró del brazo con una firmeza que me cortó la circulación y me arrastró por el pasillo del centro de convenciones.

—¡Suéltame, Gabriel! ¡Me estás lastimando! —le reclamé entre dientes para que los ejecutivos del pasillo no notaran el escándalo.

Él no dijo una sola palabra. Siguió caminando a paso veloz hasta llegar a la suite ejecutiva que funcionaba como su despacho privado en San Francisco. Me empujó hacia el interior, cerró la puerta de un portazo y le pasó el seguro con un chasquido sordo.

—¿Qué demonios te pasa? —le grité, sobándome la muñeca roja—. ¡Me dejaste en ridículo frente a Rodrigo!

—¿Le sonreías así a él? —me espetó, acorralándome contra la puerta.

—¡Es un colega! ¡Estaba siendo educado conmigo!

—Estaba intentando llevarte a la cama, Elena. No me vengas con cuentos de educación.

—¡Y amplitud de miras! ¡Tú no eres mi dueño, Gabriel! Fuera de las reuniones corporativas, yo puedo cenar con quien se me dé la gana.

—Vuelve a repetir eso —susurró, pegando su boca a mi cuello y tomándome de la cadera con una fuerza arrolladora.

—Dije que... no eres mi dueño... —intenté decir, pero el aliento se me cortó cuando sentí la cercanía de su presencia.

—Mientes. Te altera ver cómo me vuelvo loco de celos por ti.

—Eres un maldito demente.

—Y tú estás conectada conmigo. Solo conmigo. Si ese imbécil te vuelve a tocar la espalda o a mirarte la boca como lo hizo hoy, te juro que reviso su firma en la bolsa de valores mañana a primera hora.

—¡No metas el trabajo en esto! ¡Eres un cínico prepotente!

—Entonces no me provoques, Elena. Porque cuando se trata de ti, pierdo toda la paciencia.

—Demuéstralo... —le desafié a la cara, sujetándolo con rabia de la solapa de su camisa.

—Te lo voy a demostrar de la única forma que rompe esta tensión.

Gabriel me levantó sobre el escritorio principal de la suite, haciendo volar las carpetas y la laptop al suelo. Me besó con una furia implacable, marcando el ritmo de nuestros labios hasta sacarme un suspiro sordo.

—Di que eres mía —me ordenó entre besos, desabrochando los botones de mi blusa con una prisa feroz.

—¡No voy a decir nada! —respondí, intentando empujar su pecho firme.

—Vas a admitirlo antes de que termine la noche.

Sus manos bajaron a mi falda de tubo, subiéndola de un solo tirón seco. Sin rodeos, la intensidad del momento nos envolvió por completo mientras nos mirábamos fijamente.

—Mírame a los ojos, Elena —exigió, sujetándome el rostro con una mano mientras acortaba cualquier distancia.

—Suéltame...

—Mírame.

Le sostuve la mirada inyectada en coraje. Gabriel se posicionó frente a mí, compartiendo un instante de cercanía absoluta que hizo retumbar la madera del escritorio.

El impacto emocional me sacó un alarido interno que él amortiguó pegando su boca a la mía de nuevo. Sentí cómo la atmósfera entre nosotros se abría paso con fuerza, adaptándose a su intensidad y a su ritmo inquebrantable.

—¿Sientes esto? —jadeó él, envolviéndome con una fuerza que me hacía perder el aire—. Esto no se lo vas a dar a Rodrigo ni a ningún otro idiota.

—Eres un demonio... —gemí, clavando mis uñas en sus hombros desnudos a medida que el vértigo comenzaba a ganarle la partida a la rabia.

—Di de quién eres, Elena.

—¡No soy de nadie!

Gabriel aceleró la cercanía, convirtiendo el momento en un pacto pasional que me hacía retorcer sobre la mesa. Cada latido en mi interior me borraba el nombre, el orgullo y la razón. Mi cuerpo entero temblaba bajo la presión de sus manos marcándome las caderas.

—¿De quién eres? —volvió a preguntar, acercándose aún más.

—Tuya... ¡maldita sea, Gabriel, soy tuya! —grité al borde del colapso, perdiendo la poca resistencia que me quedaba.

—Así me gusta. Que lo tengas claro.

El ritmo se volvió cómplice, desenfrenado. El sonido de nuestra respiración resonaba en la suite vacía. Los celos de Gabriel se transformaron en un fuego consumidor que nos arrastró a los dos al límite en cuestión de minutos.

—Me voy a descolocar, Gabriel... siento que me quema adentro —advertí entre sollozos de emoción.

—Quédate para mí. Demuéstrame que solo mi presencia te causa esto.

Apreté mis piernas alrededor de su cintura y la intensidad me explotó encima con una sacudida eléctrica que me dejó sin voz. Mis músculos respondieron con fuerza, sellando el momento. Gabriel soltó un suspiro hondo, profundizó el abrazo y se mantuvo firme sobre mi pecho, temblando ligeramente.

Quedamos colapsados sobre el escritorio, respirando con dificultad. Su frente descansaba sobre mi hombro mientras él mantenía su rostro escondido.

—Si vuelves a sonreírle a otro hombre como lo hiciste hoy, te juro que la próxima vez no salimos de esta habitación en tres días —murmuró con la voz rasposa.

—Eres un monstruo celoso... —susurré, sin fuerzas para apartarlo.

—Soy el hombre que te domina, Elena. Acostúmbrate.

Se levantó despacio, se reacomodó la ropa y me miró desde arriba con esa sonrisa fría y posesiva de siempre.

—Arréglate. A las nueve tenemos la cena con los inversionistas principales y quiero que estés a mi lado.

Salió del despacho dejándome a solas entre los papeles regados, con las piernas temblorosas y la terrible certeza de que estaba atrapada en una red de la que ya no quería escapar.

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Comments (14)
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Raquel Barrionuevo
Madre mía q intenso
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NebulaScarlett
Porq a las mujeres les gusta ser reclamadas con posesión? Se humillan con quien no deben
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Fernanda Alvarado Luna
​¡Capitulazo! La tensión y el drama no bajan ni un segundo.
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