LOGIN—Buen trabajo en la presentación de hoy, Elena. De verdad te luciste —dijo Rodrigo, el director de riesgos de la firma aliada, sonriéndome mientras nos servíamos café en el vestíbulo del centro de convenciones.
—Muchas gracias, Rodrigo. Solo presenté los números que correspondían —respondí, devolviéndole la sonrisa con cortesía. —No seas tan modesta. Conozco a muchos analistas, pero pocos manejan la volatilidad con la liquidez que tú demostraste. De hecho, me gustaría invitarte a cenar esta noche. Conozco un restaurante excelente cerca de la bahía. —Ella no tiene tiempo para cenar con nadie esta noche —interrumpió una voz helada detrás de nosotros. Era Gabriel. Venía con el saco abierto, las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la mirada inyectada en furia. Rodrigo dio un paso atrás, sorprendido por la brusquedad de la interrupción. —Señor director, solo le estaba ofreciendo una cena de cortesía a su analista por el gran trabajo de hoy —explicó Rodrigo, alzando las manos en señal de paz. —La señorita Elena tiene una revisión de inventarios y estados financieros conmigo en mi despacho privado a las ocho. Si quiere hacer relaciones públicas, hágalas con los inversionistas del fondo. Con permiso —sentenció Gabriel. Sin esperar respuesta, me agarró del brazo con una firmeza que me cortó la circulación y me arrastró por el pasillo del centro de convenciones. —¡Suéltame, Gabriel! ¡Me estás lastimando! —le reclamé entre dientes para que los ejecutivos del pasillo no notaran el escándalo. Él no dijo una sola palabra. Siguió caminando a paso veloz hasta llegar a la suite ejecutiva que funcionaba como su despacho privado en San Francisco. Me empujó hacia el interior, cerró la puerta de un portazo y le pasó el seguro con un chasquido sordo. —¿Qué demonios te pasa? —le grité, sobándome la muñeca roja—. ¡Me dejaste en ridículo frente a Rodrigo! —¿Le sonreías así a él? —me espetó, acorralándome contra la puerta. —¡Es un colega! ¡Estaba siendo educado conmigo! —Estaba intentando llevarte a la cama, Elena. No me vengas con cuentos de educación. —¡Y aunque así fuera, a ti no te importa! Tú no eres mi dueño, Gabriel. Fuera de las reuniones corporativas, yo puedo cenar con quien se me dé la gana. —Vuelve a repetir eso —susurró, pegando su boca a mi cuello y tomándome de la cadera con una fuerza arrolladora. —Dije que... no eres mi dueño... —intenté decir, pero el aliento se me cortó cuando sentí sus dedos clavándose en mi piel. —Mientes. Te encanta ver cómo me vuelvo loco de celos por ti. —Eres un maldito enfermo mental. —Y tú eres mía. Solo mía. Si ese imbécil te vuelve a tocar la espalda o a mirarte la boca como lo hizo hoy, te juro que destruyo su firma en la bolsa de valores mañana a primera hora. —¡No metas el trabajo en esto! ¡Eres un cínico prepotente! —Entonces no me provoques, Elena. Porque cuando se trata de ti, no me importa arruinar la empresa entera. —Demuéstralo... —le desafié a la cara, sujetándolo con rabia de la solapa de su camisa. —Te lo voy a demostrar de la única forma que entiendes. Gabriel me levantó sobre el escritorio principal de la suite, haciendo volar las carpetas y la laptop al suelo. Me besó con una furia implacable, mordiéndome los labios hasta sacarme un gemido sordo. —Di que eres mía —me ordenó entre besos, desabrochando los botones de mi blusa con una prisa feroz. —¡No voy a decir nada! —respondí, intentando empujar su pecho firme. —Vas a decirlo antes de que termine la noche. Sus manos bajaron a mi falda de tubo, subiéndola de un solo tirón seco. Sin rodeos ni delicadezas, rompió mi ropa interior con los dedos y se desabrochó el pantalón. —Mírame a los ojos, Elena —exigió, sujetándome el rostro con una mano mientras me separaba los muslos. —Suéltame... —Mírame. Le sostuve la mirada inyectada en coraje. Gabriel se posicionó y me penetró de un solo golpe profundo y violento que hizo retumbar la madera del escritorio. El impacto me sacó un alarido que él amortiguó pegando su boca a la mía de nuevo. Sentí cómo mi cuerpo se abría a la fuerza para recibirlo, adaptándose a su tamaño y a su ritmo implacable. —¿Sientes esto? —jadeó él, embistiéndome con una fuerza que me hacía perder el aire—. Esto no se lo vas a dar a Rodrigo ni a ningún otro idiota. —Eres un demonio... —gemí, clavando mis uñas en sus hombros desnudos a medida que el placer comenzaba a ganarle la partida a la rabia. —Di de quién eres, Elena. —¡No soy de nadie! Gabriel aceleró el ritmo, convirtiendo sus embestidas en un castigo pasional que me hacía retorcer sobre la mesa. Cada golpe en mi interior me borraba el nombre, el orgullo y la razón. Mi cuerpo entero temblaba bajo la presión de sus manos marcándome las caderas. —¿De quién eres? —volvió a preguntar, embistiéndome aún más profundo. —Tuya... ¡maldita sea, Gabriel, soy tuya! —grité al borde del colapso, perdiendo la poca dignidad que me quedaba. —Así me gusta. Que lo tengas claro. El ritmo se volvió frenético, desenfrenado. El sonido de nuestros cuerpos impactando resonaba en la suite vacía. Los celos de Gabriel se transformaron en un fuego consumidor que nos arrastró a los dos al límite en cuestión de minutos. —Me voy a correr, Gabriel... me quema adentro —advertí entre sollozos de placer. —Correte para mí. Demuéstrame que solo mi cuerpo te hace esto. Apreté mis piernas alrededor de su cintura y el clímax me explotó encima con una sacudida eléctrica que me dejó sin voz. Mis músculos lo aprisionaron con violencia, exprimiéndolo sin piedad. Gabriel soltó un rugido sordo, dio tres estocadas brutales más y se derramó por completo dentro de mí, temblando sobre mi pecho. Quedamos colapsados sobre el escritorio, respirando con dificultad. Su sudor caía sobre mi cuello mientras él mantenía su rostro escondido en mi hombro. —Si vuelves a sonreírle a otro hombre como lo hiciste hoy, te juro que la próxima vez no salimos de esta habitación en tres días —murmuró con la voz rasposa. —Eres un monstruo celoso... —susurré, sin fuerzas para apartarlo. —Soy el hombre que te domina, Elena. Acostúmbrate. Se levantó despacio, se reacomodó el pantalón y me miró desde arriba con esa sonrisa fría y posesiva de siempre. —Arréglate. A las nueve tenemos la cena con los inversionistas principales y quiero que estés a mi lado. Salió del despacho dejándome a solas entre los papeles regados, con las piernas temblorosas y la terrible certeza de que estaba atrapada en una red de la que ya no quería escapar.—¿Vas a beberte esa copa o solo la sostienes para tener algo en la mano? —preguntó Gabriel mientras dejaba la botella de vino sobre la mesa de centro.—La sostengo para no temblar —admití.Me recosté contra los cojines del sofás de cuero. La luz de la ciudad entraba por los ventanales del penthouse, proyectando sombras largas y doradas sobre el suelo de mármol.—No tienes por qué temblar aquí —dijo él, sentándose a mi lado—. Estás a salvo, Elena.—Nunca estoy a salvo contigo, Gabriel. Tú eres la amenaza.Gabriel soltó una risa amarga y se pasó una mano por el cabello, despeinándose un poco.—Siempre me ves como al monstruo de la historia, ¿verdad? El jefe tirano, el hombre que te acorrala, el tipo que destruye tus planes.—Tú te encargaste de construir esa imagen. Rompiste mi carta de renuncia en mi cara esta mañana. Me dijiste que si renunciaba ibas a comprar la empresa donde pidiera trabajo solo para seguir siendo mi jefe. ¿Cómo quieres que te vea?—Como a un hombre desesperado —res
—Los números proyectados para el tercer trimestre reflejan un crecimiento del veintidós por ciento en la división de activos internacionales —expliqué frente a la pantalla táctil de la sala de juntas, manteniendo el tono firme y profesional que exigían los inversores europeos.A mi lado, Gabriel permanecía sentado en el sillón principal de cuero negro, con los codos apoyados sobre la caoba de la mesa y las manos entrelazadas frente al mentón. Nadie en esa habitación de paredes vidriadas y aire acondicionado gélido imaginaba lo que había pasado en su despacho apenas una hora antes. Nadie sabía que mi carta de renuncia yacía hecha jirones en el fondo de su papelera, ni que la tensión entre nosotros era una bomba a punto de detonar.—El análisis de riesgo que presenta la señorita Elena es impecable como siempre —comentó el señor Alarcón, el inversor principal, ajustándose las gafas con una sonrisa de aprobación—. Tienen mi visto bueno para liberar los fondos del fideicomiso.—Agradecemos
Entré a su despacho sin tocar la puerta. Gabriel estaba de espaldas, mirando la ciudad a través del ventanal con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. La luz tibia de la mañana le marcaba la línea mandíbula, dura y tensa, como si no hubiera dormido en toda la noche. Al escuchar mis pasos, se giró despacio.—No tengo tiempo para rodeos hoy, Elena —dijo con esa voz fría que usaba cuando quería poner distancia—. Tenemos la reunión con los inversores en dos horas.—Esto no va a tomar más de dos minutos —respondí.Avancé hasta su escritorio de cristal y coloqué la carta justo en el centro. El sobre blanco destacaba contra la superficie limpia. Gabriel bajó la mirada, vio el papel y volvió a fijar sus ojos oscuros en los míos. Una ceja se le elevó imperceptiblemente.—¿Qué es esto?—Mi renuncia. Firma el recibido para que Recursos Humanos procese mi salida hoy mismo.Gabriel se quedó inmóvil. El silencio en la oficina se volvió pesado, espeso, cortado únicamente por el zumbido su
El taconeo fino resonó con fuerza en el piso de mármol de mi despacho antes de que la puerta se abriera de golpe. —¿No te enseñaron a tocar antes de entrar, o es que tu estatus de empleada te da privilegios especiales? —dije sin levantar la vista de la pantalla de mi computadora. —No necesito pedir permiso para entrar a un lugar que le pertenece a la familia de mi futuro esposo, querida —respondió una voz aguda, cargada de desprecio. Alcé la cabeza lentamente. Valeria estaba de pie en el centro de mi oficina, luciendo un vestido de diseñador color crema, lentes de sol oscuros en la cabeza y un bolso que costaba más que mi sueldo de seis meses. —Valeria. Qué sorpresa —dije, apoyando las manos sobre el escritorio con serenidad—. Gabriel no está en este piso. Subió a la sala de conferencias con la junta directiva. —No vine a ver a Gabriel —dijo, dando dos pasos lentos hacia mi escritorio, mirándome de arriba abajo con asco—. Vine a verte a ti, Elena. —Pues lamento decirte que
—Señores miembros del directorio —dijo Gabriel, de pie en la cabecera de la mesa de caoba, con el traje impecable y la voz firme como una sentencia—. Les presento a la señorita Elena, nuestra Directora Adjunta de Proyectos. Ella expondrá la reestructuración financiera que garantizará el control de la firma este trimestre. Los doce hombres maduros sentados en la sala de juntas de la planta ejecutiva giraron sus miradas hacia mí. Todos vestían trajes oscuros, con rostros serios y miradas desconfiadas. —Buenos días a todos —dije, levantándome de mi asiento a la derecha de Gabriel. Me acomodé el saco del traje sastre blanco. Apreté el control del proyector en mi mano derecha, intentando disimular el temblor de mis dedos. —Como pueden observar en la pantalla —continué, apuntando al gráfico interactivo—, las pérdidas operativas del departamento de activos internacionales no son consecuencia de una mala gestión interna, sino de una fuga sistemática de capitales canalizada a través
—¿Hacia dónde va, señorita Elena? —preguntó el auditor principal, ajustándose los lentes mientras revisaba el balance del tercer trimestre. —Voy al archivo central del sótano dos —respondí, sosteniendo la carpeta azul contra mi pecho—. Necesito cotejar las facturas físicas del proyecto europeo antes de la reunión de las cuatro. —Recuerde que la junta de accionistas exige que esos folios estén digitalizados hoy mismo. —Estarán listos. Con su permiso. Caminé a pasos rápidos hacia el ascensor de servicio. Mis tacones resonaban en el pasillo de mármol con una prisa que no podía disimular. Apenas las puertas de metal se cerraron, solté un suspiro largo. Mi teléfono vibró en el bolsillo de la falda. «Sé que bajaste al sótano. Tienes tres minutos antes de que baje yo.» Leí el mensaje de Gabriel y sentí un vuelco en el estómago. Apreté los puños, furiosa por la facilidad con la que me rastreaba, pero la corriente eléctrica en mi vientre traicionó mi rabia. El ascensor se abrió







